Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

¡Adiós, Berkeley! Las cosas pequeñas

Querido lector:

Mi curso de intercambio en Berkeley ha llegado a su fin. Estos meses pasados hemos estado en contacto, desde el momento en que llegué hasta experiencias posteriores como mis primeros exámenes. Hoy quiero compartir contigo una última reflexión sobre mi curso aquí: la importancia de las cosas pequeñas.

Es increíble que los estudiantes de la Carlos III, una universidad pública española, podamos pasar un año en Berkeley. Como estudiantes de intercambio, las tasas académicas que pagamos son las mismas que pagaríamos en Madrid -unos 1500 euros- mientras que los estudiantes ordinarios pagan más de 30.000. Es un año que ha desafiado nuestros horizontes intelectuales, en el que hemos hecho amigos de todos los rincones del mundo: Estados Unidos, China, Kenia, Senegal…

Ser conscientes de todo lo que hemos recibido exige la pregunta de quién lo ha hecho posible. El esfuerzo propio juega un cierto papel, ya que el expediente académico es un factor importante para la asignación de las plazas de intercambio. Pero si hemos vivido esta experiencia es porque nuestros padres han podido apoyar nuestra manutención, y muchos compañeros no tienen esa suerte. Además hay otro factor al que debemos esta experiencia. Es un factor en el que casi nunca reparamos pero que lo hace todo posible.

Las personas que forman el equipo de Movilidad No Europea de la UC3M se encargan de cosas que, en principio, son pequeñas. Gestionan nuestro papeleo -por momentos inacabable-, responden pacientemente nuestros emails -mil millones-, en los que sin querer les preguntamos varias veces lo mismo. Se encargan de mantener los acuerdos de intercambio con las universidades extranjeras año tras año. Las cosas pequeñas, como éstas, se pueden hacer desde la rutina y cumpliendo el mínimo exigido. O pueden hacerse desde el amor por los estudiantes, llegando a hacer esfuerzos que nadie ha pedido. Es entonces cuando las cosas pequeñas dejan de serlo y se convierten en enormes. Sin un ápice de exageración, cambian nuestras vidas.

Cuando este curso la UC3M envió 32 alumnos a la universidad de California -de la que Berkeley forma parte-, el curso próximo enviará 50. También a partir del curso que viene, un estudiante de Ingeniería Biomédica podrá optar a pasar un curso en la universidad Johns Hopkins, muy reconocida en este área. Estos son sólo algunos de los logros que va consiguiendo el equipo de Movilidad No Europea año tras año. Podrían limitarse a mantener las plazas existentes, gestionar los trámites diarios y cumplir con lo que se les exige. Pero con su trabajo diario, en el que rara vez pensamos, van mucho más allá, ofreciéndonos más y más posibilidades a los estudiantes. Y lo hacen siempre con amabilidad, con paciencia. A vosotros, gracias, una y mil veces. Porque lo que hacéis cambia nuestras vidas.

En un post anterior explicaba mi percepción de que algunos de mis profesores de la UC3M son tan buenos como los profesores que me han dado clase en Berkeley. Una mirada retrospectiva sobre mi experiencia en la UC3M me da a entender que estos profesores tienen algo en común. Ellos, también, hacen de las cosas pequeñas cosas enormes. Semana tras semana nos dan clase, pero no lo hacen cumpliendo con el mínimo exigido. No se conforman con hacer lo común -dictarnos la materia y esperar que la copiemos, hacernos memorizar y repetir. Preparan cuidadosamente las clases, nos hacen leer, debatir, investigar, argumentar nuestra propia opinión. Las consecuencias no son nimias. Consiguen que percibamos la belleza y el impacto social de lo que estudiamos. Nos dan herramientas para ser personas críticas y libres. Nada es perfecto, claro. No existe universidad, ni estudiantes ni profesores, que se parezcan a ese ideal lejano de la Academia de Platón. Pero estos profesores hacen enormes las cosas pequeñas de su día a día como docentes, y así hacen extraordinaria la educación que recibimos.

A veces, convertir las cosas pequeñas en enormes requiere no sólo un esfuerzo extra sino incluso ir contracorriente. Muchos profesores en Berkeley hacen algo que en ocasiones puede generar escepticismo. Ponen en la puerta de sus despachos una pegatina arcoíris, para que sus estudiantes LGBT+ sepan que pueden ser ellos mismos sin miedo al prejuicio y la discriminación. Otros, al comienzo del cuatrimestre, preguntan a sus estudiantes por los pronombres que prefieren utilizar -femenino, masculino o neutro-, haciéndoles saber que su identidad de género es respetada y bienvenida. A pesar de que hay quien puede ver estos gestos como innecesarios, exagerados o incluso estrafalarios, estos profesores no se resignan. Hacen estas cosas pequeñas, que en realidad son enormes porque marcan la inmensa diferencia de generar un espacio seguro para sus estudiantes.

Está en nuestra mano. No sólo en lo académico sino mucho más allá, podemos cambiar vidas con esas pequeñas cosas. Podemos ser quien pregunta a otro “qué tal estás”, y escucha de verdad la respuesta. Podemos ser quien hace el esfuerzo de hablar en inglés cuando en el grupo todos somos españoles y uno solo es japonés, aunque cueste y no haya nada mejor que nuestra jerga madrileña/catalana/cántabra/la que sea. Podemos ser quien invita a otro a apuntarse al plan de por la noche aunque en principio no quepamos más. Podemos ser tantas cosas.

A todas las personas que habéis decidido hacer de las cosas pequeñas cosas enormes. A vosotras os debo mi año en Berkeley. No sé con seguridad si volveré a caminar por este campus. Pero tengo la certeza de que se quedan conmigo las amistades y las lecciones que he aprendido. Y entre esas lecciones quizá una por encima de todas: podemos convertir en enormes las cosas pequeñas. Y al hacerlo, nada más y nada menos que cambiar vidas.

¡Hasta pronto!

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