Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

Enseñar y aprender: profesores y estudiantes ante las “innovaciones educativas” y el Plan Bolonia.

La lectura de un reciente artículo del profesor Juan Vázquez en este blog (Cinco tópicos  sobre innovación docente) me lleva a profundizar en el tema de una dialéctica propositiva entre enseñar y aprender, y lo que significa en los roles de estudiantes y profesores en estos procesos. Utilizaré cinco tesis que me parecen situar el problema (más bien, los problemas) en una dimensión adecuada.

1.Un profesor enseña lo que sabe y sobre lo que se ha experimentado individualmente para aprender (incluyendo sus dudas y preguntas). Más allá de limitarse a repetir lo conocido, el docente debe ofrecer un conocimiento abierto con diferentes formas de acercarse a él y con el objetivo de que el estudiante desarrolle su propio criterio y elija por sí mismo.

Creo que docencia e investigación son inseparables en un profesor universitario y de la misma forma que se le prepara para investigar, se le debería preparar para ser docente, hecho que en la actualidad no se produce. 

Hablamos hasta la saciedad de grupos de investigación pero, a efectos docentes, a lo más que se aspira es a un coordinador de grupos con las múltiples tareas administrativas que implica (cronogramas, exámenes, programas, seguimiento de resultados anuales en las titulaciones, etc.) dejando a cada profesor la práctica cotidiana en su clase con muy poca interacción con sus colegas. O acaso, ¿las buenas prácticas docentes se ponen sobre la mesa?

2. Se incentiva lo que da mayor “visibilidad” (investigación y transferencia), pero se olvida que una misión clave de toda universidad que se precie: formar futuros ciudadanos críticos y con pensamiento propio. ¿Es esto lo que hacemos cotidianamente? En mi opinión, la docencia universitaria se limita a transmitir conocimiento existente y valorar cómo el estudiante reproduce lo esperado por el transmisor, independientemente de cómo este contribuye a estimular el conocimiento del alumno. La puesta en práctica del sistema ECTS en el que se plantea la tesis del reconocimiento de un supuesto” trabajo “objetivamente inmiscible” del estudiante y al que se le somete a un denominado sistema de “evaluación continua”, consistente en incrementar el número de pruebas y evaluaciones que conducen a una visión compartimentada en lugar de una global e integrada, ha generado un sistema caótico que impide una reflexión pausada por parte del estudiante. Mi práctica con grupos de trabajo en las asignaturas que imparto (en primer curso) y plantearles objetivos/problemas que me explican colectivamente en una presentación oral, implica un mayor trabajo para mí (sin reconocimiento en mi dedicación docente por parte de la Universidad) pero que me permite conocer el grado de evolución de los alumnos, sus capacidades expositivas en el razonamiento y desarrollar un trabajo en equipo, que deberían figurar en toda la panoplia de “competencias y habilidades” con las que “embellecen” los grados, másteres y doctorados.

3. Sostengo que los programas implícitos en cada nivel universitario y su evaluación (tras pasar las diferentes fases en las agencias de calidad regionales o nacionales) son un auténtico “contrato de conocimiento” entre la institución y el estudiante y que, desgraciadamente, su cumplimiento se limita a porcentajes de abandono, tasas de éxito y otras palabras correctas en el paradigma de Bolonia.

Las “encuestas a los alumnos” no tienen repercusión alguna y la “opiniones de los profesores” son absolutamente marginadas, no existiendo una interacción real entre unos y otros en dicha valoración.

La actitud global del estudiante es la de llevar a cabo una “inútil tarea” limitándose al objetivo de “aprobar” a cualquier “coste y precio”. Como profesor de grados de Ingeniería observo con una preocupación, corregida y aumentada con la implantación boloñesa, cómo los alumnos no se implican en las denominadas “actividades tutoriales” y prefieren invertir el tiempo (y el dinero) en academias de todo género y condición que les preparan para el “éxito” en  los exámenes y evaluaciones, mientras que el profesor se dedica a impartir sus horas “regladas”, a realizar “exámenes y pruebas varias”. ¡Y eso es todo! Mi sensación como “servidor público” adquiere un alto grado de frustración ante dichas prácticas.

4.- No existe un auténtico compromiso con la docencia tanto a nivel institucional como individual, con el reconocimiento de buenas prácticas docentes y los incentivos, que sí existen para la investigación, ni con el seguimiento del aprendizaje de los alumnos (más allá de los resultados globales); y, no hay una evaluación de resultados, por el desconocimiento de la formación previa de los alumnos (más allá de las notas de corte en la PAU) y de la valoración global por parte de los estudiantes, tanto al final de cada curso académico como al final de los estudios y durante su posterior trayectoria profesional (si tiene relación con el título adquirido).

Siendo realista, la opinión de alumnos ni existe ni tiene repercusiones en la realidad docente de nuestras universidades. Su papel como stakeholders es irrelevante, dicho sea sin acritud.

5.- Conocimiento y metodologías de aprendizaje no son incompatibles. Sacralizar el papel de las nuevas tecnologías (sin olvidar el acceso a la información ilimitada que éstas proporcionan) frente al elemento de relación directa y sin intermediarios entre el profesor y el estudiante, nos lleva a otra dimensión que debemos explorar. Existen “profesores” en la medida en que existen “estudiantes” y los medios utilizados para mejorar la relación entre ambos en los procesos docentes y de aprendizaje (más allá de técnicas  concretas) deberían implicar un bloque de tareas por ambas partes (tanto deberes como derechos) que dejen de lado la “carga docente” de unos (concebida como una alteración en la actividad investigadora y/o de gestión) y “una economía de esfuerzo” generalizada en función  de las ideas dominantes en las instituciones académicas.

Como colofón y opción personal, disfrutar de enseñar y aprender, conectar con estudiantes que nos aportan visiones realistas más allá de lo cotidiano del Departamento y de la Facultad (ruptura generacional), formar ciudadanos y ciudadanas libres, iguales y solidarios  más allá de una visión propia de su perspectiva profesional, es una tarea apasionante que da sentido a mi propia actividad académica.

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Comentarios
  1. Antonio dice: 09/05/2016 a las 11:01

    En definitiva, creo que se trata de situar la EDUCACIÓN en el centro de la universidad (también en el centro de la sociedad). Algo que parece evidente no siempre está tan claro. Objetivos como la empleabilidad, o incentivar lo que tiene “tiene mayor visibilidad (investigación y transferencia)”, deben ir acompañados por una verdadera apuesta por la “buena docencia”. El problema, y pregunto, es que si bien es relativamente sencillo establecer indicadores para la empleabilidad y la investigación, ¿Cómo medimos la docencia?¿podemos establecer un sistema de incentivos?

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