Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

Lo más leído en UNISI. La evaluación del profesorado: “el alumno me tiene manía”

Cuando un estudiante llega a la Universidad, piensa que los profesores solo se dedican a dar clase. Después, uno se da cuenta de que realizan otra actividad que se llama investigación. Y más tarde, uno aprende que ésta última tiene mucha más incidencia en su carrera profesional que la docencia. Y entonces uno se pregunta por qué algunos de los profesores ponen tanto empeño en preparar y dar bien las clases, si apenas se les va a reconocer el mérito. Probablemente, por pura vocación.

Y es que en nuestro país puede hacer igual carrera profesional en la Universidad alguien que da las clases bien, que alguien que lo hace de manera mediocre. Es más, quien dedica mucho tiempo a su labor docente, en lugar de dirigir todos sus esfuerzos a publicar, podrá ver perjudicada su trayectoria. Se comprende que se oiga a menudo la queja de que la docencia “quita tiempo para la investigación”. No se oye a casi nadie, por el contrario, quejarse de que la investigación quita tiempo para la docencia.

La calidad de la docencia universitaria es un punto clave para que la Universidad pueda seguir cumpliendo dignamente el papel que siempre ha tenido: generar conocimiento y transmitirlo. Es imprescindible evaluar, diagnosticar, y solucionar los problemas cuando los haya. Así lo entienden colectivos cada vez más numerosos, como La Facultad Invisible, a la que esta firmante pertenece.

Como es sabido, la ANECA utiliza el programa Docentia para evaluar la cualificación de los candidatos a los cuerpos docentes universitarios. Entonces, ¿cómo se evalúa al profesorado? Algunos aspectos son más fácilmente puntuables, como la publicación de materiales docentes originales, o la dirección de trabajos de fin de grado o máster.

Pero el meollo de la cuestión es la docencia en sí misma, lo que ocurre detrás de las puertas del aula. Esto solo es presenciado, en el día a día, por el propio docente y por los alumnos. Así pues, y salvo la autoevaluación del docente, son los estudiantes los únicos que pueden aportar su punto de vista, y en esto se basan las encuestas de evaluación que realizan actualmente las Universidades por medio de sus SGIC (Sistemas de Garantía Interna de Calidad). Aunque cada universidad dispone de sus propias encuestas, he aquí un ejemplo.

Cabe preguntarse, sin embargo, por la utilidad real de estas encuestas, que debería ir más allá de la burocracia. ¿Cómo se recompensa a quienes obtienen los mejores resultados? ¿Cómo se ayuda a mejorar a quienes los tienen peores?

Parece claro que la evaluación ha de ir de la mano con la formación pedagógica del docente: otro gran caballo de batalla. Y esta formación, a la par que la evaluación, debería tener lugar tanto en el momento inicial como de manera continuada. Pero actualmente no existe tal formación. El doctorado está concebido para formar a investigadores, y se da por hecho que también sirve para formar docentes. Sin embargo, los conocimientos sobre un tema, o la capacidad de crear nuevo conocimiento, no necesariamente garantizan la capacidad pedagógica.

Cierto es que existen cursos de formación para el profesorado universitario, proporcionados por cada Universidad. Pero la asistencia a ellos es voluntaria y reducida, y no está claro que repercutan en la mejora de la calidad global.

Además, por lo mismo que los docentes apenas recibimos formación pedagógica, tampoco se nos proporcionan criterios para interpretar las encuestas de los estudiantes. Existe el mito de que, cuando los docentes recibimos evaluaciones negativas, se debe a que somos “demasiado exigentes”, siendo común la creencia de que nuestras evaluaciones por parte de los estudiantes serían más positivas “si aprobásemos a más alumnos” o “si bajáramos el nivel”.

Sin embargo, todos los que hemos pasado por las aulas -universitarias o no- sabemos muy bien en qué se distingue un buen profesor. Es quien hace que los alumnos aprendan -parece simple, pero no lo es-, quien hace fácil lo difícil, quien transmite motivación y entusiasmo. Y esto no está reñido con el nivel de exigencia. El alumno aceptará de buen grado que seamos exigentes, si la docencia impartida ha sido acorde. Por el contrario, si nuestro desempeño es mediocre, aunque bajemos el listón, no por ello obtendremos mejor consideración entre los alumnos. Quizá incluso lo contrario.

Y es que la capacidad pedagógica se forma y progresivamente se perfecciona, y para ello se han de poner los medios necesarios. De no ser así, si los docentes obtenemos en algún momento evaluaciones desfavorables, no sabemos a qué se debe ni cómo mejorar, y quizá lo atribuyamos, en una curiosa inversión de los roles tradicionales, a que los alumnos “nos tienen manía”.

Aunque también la evaluación por parte del estudiante tiene sus limitaciones. La participación a menudo es escasa y hay que conceder que para el estudiante es muy difícil ser imparcial. Y por otra parte, se corre el riesgo de que el docente oriente su desempeño hacia aquellos aspectos susceptibles de ser puntuados, sin que esto signifique necesariamente una mejora en la calidad docente.

Por ello, posiblemente las encuestas a los estudiantes hayan de complementarse con la presencia de observadores externos en las aulas. Esta es una idea que ya se está experimentando en distintas universidades europeas -aunque aún está lejos de implantarse de manera sistemática- y que permite además dar validez a las evaluaciones de los estudiantes, al verificarse la correlación entre ambos datos. Asimismo, las evaluaciones retrospectivas por parte de alumnos egresados pueden aportar otro punto de vista interesante, ya que -aunque también con sus limitaciones- se obtienen opiniones más claras y enriquecidas por la experiencia.

El siguiente problema es cómo utilizar los resultados de la evaluación para que efectivamente desemboquen en una mejora de la calidad docente. Muy diversas ideas se están proponiendo en los últimos años, y el debate se está haciendo imprescindible.

Por ejemplo, ¿debería darse más peso a la docencia, y a la calidad de ésta, en los procesos de acreditación de la ANECA? Para aspirar a ser Profesor Titular o Catedrático, tener una calificación A (máxima) en docencia no es útil, pues no compensa posibles carencias de investigación. Sin embargo, una A en investigación sí puede compensar la falta de calidad docente del candidato.

¿Debería contemplarse la figura del profesor que se dedique (casi) solo a la investigación, o (casi) solo a la docencia? De este modo se evitaría obligar a dar clase a quienes en realidad no quieren darla, ya que quien hace algo sin ganas es muy difícil que lo haga con calidad. Y también se conseguiría que los profesores con gran vocación docente puedan desarrollarla plenamente sin verse absorbidos por la investigación.

La retribución variable es otra posibilidad que a menudo se baraja, más allá de los actuales tramos docentes que prácticamente son un trámite. Bueno es premiar al que hace bien su trabajo, aunque los detractores también ven deseable que los profesores desempeñen bien su labor por motivos que no sean puramente de pane lucrando. Los países más avanzados en la enseñanza, como Finlandia, hacen un gran esfuerzo por atraer a la profesión docente a las personas más capacitadas y vocacionales, de modo que la motivación dé lugar a la recompensa, y no al contrario.

Muchas son las posibilidades y los caminos abiertos. Lo que está claro es que tanto la evaluación como la formación del profesorado han de ser una labor constante y continuada, con el firme propósito de aspirar a una docencia universitaria excelente. Y esto ha de involucrarnos a todos: alumnado, profesorado, gobernantes y autoridades académicas, y en última instancia a la sociedad en su conjunto. Nos jugamos mucho en ello.

¿Quieres recibir los contenidos de este blog?

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

Comentarios
  1. Oriol Fàbregas Pujol dice: 23/08/2017 a las 12:53

    Muchas gracias por aportar claridad al tema. Trataré de transmitir las reflexiones a mi universidad.

  2. Milagros Dones dice: 23/08/2017 a las 16:54

    No puedo estar más de acuerdo con esta reflexión e incluso añadiria que investigar no es solo y estrictamente publicar en revistas “de prestigio internacional” por todos conocías y por muchos inalcanzables. Todo profesor vocacional investiga, analiza, recicla sus conocimientos peo lo hace en pro de mejorar la calidad de sus clases, en favor del estudiante para transferir la mejor y más actualizada información sobre la materia/s que imparte y sin priorizar que temáticas están de moda y, en consecuencia, cuentan con una probabilidad superior de convertirse en un artículo JCR. Investiga porque su compromiso docente así se lo exige aunque sus esfuerzos se vean compensados con una ordenación docente ampliada en cantidad de clases y asignaturas porque el prestigio de la institución se mide en “gallifantes”…uff perdón, en excelencia investigadora medida en píldoras de dimensión intercuartilica de unos índices de impacto que engordan con las citas creadas por el club de los elegidos.

  3. Omar Sánchez Andrade dice: 23/08/2017 a las 18:17

    Una propuesta que debería ser recogida precisamente en los sistemas o políticas de la educación superior, y que debería contemplarse tácitamente en los reglamentas de carrera docente. Excelente. Gracias.

  4. Luz Bolaños Bernal dice: 24/08/2017 a las 15:48

    Me parece un razonamiento claro e interesante que compartiré con mi grupo de maestría en Docencia Universitaria. Aquí en Perú, tenemos una prolongada huelga de maestros de educación pública básica el y el punto de quiebre en las negociaciones con el gobierno es la evaluación docente. Estoy de acuerdo que la evaluación del profesorado, en todos los niveles, es un factor de calidad que favorece la meritocracia e impulsa las motivaciones personales y profesionales.
    Saludos

  5. Marta García Abós dice: 12/09/2017 a las 12:37

    Estoy de acuerdo con lo que tan acertadamente expone, explica y razona la autora. Si, si,si . Un si rotundo. Me decanto a favor da la presencia de observadores externos en las aulas para complementar la evaluación del profesorado.

  6. Oscar Veiga dice: 13/09/2017 a las 22:55

    Estoy bastante de acuerdo con la mayor parte de los planteamientos y el articulo es claro y clarificador. Me temo, sin embargo, que no vamos a ver (en breve al menos) un sistema de evaluación docente bien diseñado, de calidad y que propicie la mejora en la Universidad Española, porque realizarlo es caro y no veo a ninguna Universidad (ni a las administraciones públicas correspondientes) con deseo de invertir recursos en ello. Las prioridades, mucho me temo, son otras…y también me temo pagaremos las consecuencias a medio (y largo) plazo. Romper la inercia de un sistema plagado de profesores que han sido empujados a desarrollar una docencia mediocre por las presiones de sistema va ser muy difícil una vez consolidada ese dinámica.

¿Y tú qué opinas? Deja tu comentario