Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

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Aun a riesgo de que se me enfaden los amigos y colegas que trabajan en las agencias de evaluación, me voy a reafirmar en mi posición crítica con respecto a la ANECA que manifesté en 2011 (ver aquí) y que volví a ratificar al año siguiente[2]. En esta segunda ocasión, recordando los graves problemas estructurales del sistema universitario español denunciado con acierto por Jordi Llovet, iniciaba el artículo del modo siguiente: “…pero en estos momentos, y desde hace algunos años, el cáncer afecta y destruye de manera lenta pero eficaz alguno de sus órganos vitales. Se llama ANECA”. Hoy, cuatro años más tarde, no cambio ni una letra de esa frase.

No podemos referirnos a la aplicación del proceso de Bolonia en España sin tener en cuenta la eficiente labor destructora de la ANECA, que ha sido capaz de poner patas arriba lo que en el inicio fue un buen y necesario proyecto: crear un gran espacio compartido y con criterios comunes para poder guiarnos en la selva de titulaciones que había en los distintos países europeos. Y hacerlo mediante unas bases mínimas similares en cuanto a titulaciones, competencias adquiridas, formación permanente, etc.

Esa buena idea se convirtió en España ( y recalco el nombre del país porque no conozco ningún otro en el que las cosas se hayan hecho de este modo) en un monstruo depredador que ha ido dejando KO a generaciones enteras de profesores y estudiantes, sin que ningún responsable universitario haya dicho nada.

Un monstruo que solo entiende de formularios y papeles. A lo largo de estos años se han elaborado millones de páginas llenas de frases repetitivas y lugares comunes que a nadie que no sea el censor de turno interesan. Eso sí: miles de profesores han dedicado muchas horas a su redacción -quizás incluso alguna a su discusión académica-, y han tenido que superar comisiones, juntas de dirección, consejos sociales, etc., en donde cada participante ha analizado con cuidado si la propuesta tocaba algo el “de lo mío qué” antes de dar el ok. Qué avance si todas esas energías se hubieran dedicado a investigar.

No hay dirigente que no invoque de forma reiterada las buenas universidades de referencia a las que, dice, nos tenemos que parecer. ¿Conoce alguien que alguna universidad de referencia –coja usted cualquier ranking, a su elección, y seleccione las primeras cien—haga algo parecido a lo que hacemos aquí? ¿Se imagina alguien a profesores de Berkeley, Stanford, Cambridge, Harvard o Columbia rellenando formularios sobre competencias, por ejemplo?

Hemos creado un monstruo que nos está devorando a todos.

Por supuesto, no voy a negar la necesidad de realizar un informe detallado cuando se quiere poner en marcha una titulación. Tampoco que ese informe contemple aspectos académicos (materias y asignaturas), económicos (presupuestos) e información sobre competencias adquiridas (¿Qué va a poder hacer usted en el futuro con lo que aprenda aquí?). Eso se puede hacer muy bien en un documento word al que se le pone un límite máximo de caracteres. Pero en lugar de hacerlo así se ha optado por aplicaciones informáticas, cuyo valor añadido es cero, tan bonitas como inútiles con ventanas que se van abriendo y cerrando al tiempo que realizan todo tipo de piruetas y demostraciones para convertir lo fácil en difícil. Y los responsables llenan las ventanas con contenidos sin fin y, sobre todo, sin sentido alguno. Las dificultades se soslayan como se puede, pero generalmente con una llamada por teléfono a la universidad vecina (“Oye, ¿cómo habéis hecho esto?”) o directamente a la agencia (“Pues dime qué quieres que ponga y lo hago”). Después de ese proceso, ya con el visto bueno de la autoridad competente, el proyecto descansa en el cajón y  se procede a dar las clases como se hubieran dado antes de llenar los formularios. Solo que en el camino se ha logrado enfadar a no pocos profesores. Esa dinámica es, entre otras cosas, la que ha acabado debilitando todo el proceso de Bolonia y haciéndolo poco creíble ante los ojos de mucha gente.

ANECA tiene en este proceso una gran responsabilidad: se inicia con lo que el ministerio llama “verificación” (que no es sino una “autorización provisional”) de una titulación y luego, pasados unos años, con la evaluación, que el ministerio denomina “acreditación” (que no es sino una “autorización definitiva por un período de tiempo”). Han elegido una terminología que parece un  intento deliberado de confundir a todos.

Ambos casos (verificación y acreditación) se caracterizan por el apetito devorador del monstruo burocrático que solo entiende de papeleos e informes, sin que nadie responda en serio a la cuestión central: ¿Prepara mejor Bolonia a los estudiantes? ¿Nos podemos mover mejor ahora que antes por las universidades europeas? ¿Ha merecido la pena poner en marcha esta titulación en esta universidad? A nadie preocupen esas preguntas: los responsables de cada titulación se limitarán a rellenar formularios de forma pulcra para que puedan pasar los pesados trámites burocráticos con dignidad. Los formularios no se plantean esas cuestiones centrales pero aseguran, eso sí, que miles de personas estén ocupadas en trabajos inútiles, que se organicen cursos, cursillos, jornadas o congresos sobre temas varios (la calidad, por ejemplo, es un tema muy querido) a los que invitarán a especialistas extranjeros por aquello del toque internacional. El proceso proporciona así trabajo a hoteles y agencias de viaje, e incluso a las imprentas. Es muy completo, consume energía y muchos fondos. Solo que no sirve de nada, o sirve de poco, desde el punto de vista académico.

Me he preguntado muchas veces si alguien se ha tomado la molestia, por ejemplo, de ver cómo funciona una buena universidad, qué es lo que hace, qué es lo que no. Qué es lo que podemos aprender de allí y podemos aplicar, llegado el caso. El campus de Berkeley de la Universidad de California (sistema público, por cierto) organiza desde hace tiempo seminarios para explicar eso, el funcionamiento de la Universidad de California, a los que asisten especialistas de todo el mundo. En los últimos años los ha organizado en varias ocasiones para ciudadanos chinos. Sería ilustrativo conocer cuántos de los que afirman que Berkeley es una referencia a la que nos debemos parecer han asistido a esos seminarios. En lugar de eso es mejor rellenar papeles.

El discurso sobre Bolonia ha sido incluso capaz de sustituir el contenido académico de un título por un continente difuso de pedagogía y nuevas metodologías de docencia. Así nos va.

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[2] “Excel-lència internacional i melic nacional”, 2012, Barcelona: VIA 19,  81-100.

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