Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

Misión de la Universidad

Sí, misión, en singular. Ni ha leído mal ni me he equivocado al escribir el título. Ni dos, ni tres son las misiones de la Universidad. Ni mucho menos cuatro, como se empieza ya a decir. Si seguimos así vamos a tener que crear un grado universitario para estudiarlas todas.

Se dice con frecuencia, yo confieso que algunas veces también lo he hecho, que la investigación es la segunda misión de la Universidad, siendo la primera la docencia. Hace tiempo que también se habla de la tercera misión como aquella ligada a la transferencia de los resultados de I+D. Sin embargo, el cometido de la Universidad no es la relación de responsabilidades que atiende, ni mucho menos la lista de acciones estratégicas que cada universidad decide llevar a cabo.

La única misión de la Universidad es la mejora permanente de la sociedad a través del conocimiento.

A partir de aquí podemos explicar cada palabra y su alcance, detallar los fines y hablar de los medios, acotar o ampliar “la misión” y, al hacerlo, hablar de universidades con perfiles distintos –universidades adjetivadas como investigadoras, emprendedoras, innovadoras…- y de otros organismos no universitarios que atienden parcialmente la misión universitaria, como los organismos públicos de investigación. La misión de la Universidad, bien es cierto, descansa fundamentalmente en dos responsabilidades medulares: docencia e investigación. Una universidad, si usamos con rigor el término, tiene que casar ambas como responsabilidades inseparables e indisolubles. De no ser así estaríamos hablando de otro tipo de organizaciones, aunque se dediquen a la Educación Superior.

Tampoco la transferencia de resultados de investigación es una misión más. Aportar nuevo conocimiento y desarrollo tecnológico a la sociedad, en particular al tejido productivo, es la lógica continuación de una investigación de calidad y con potencial impacto socioeconómico. Si hace apenas unas décadas no se transfería en la universidad española no era por el hecho de entender que la transferencia fuese una misión ajena a ella, sino por no tener el qué transferir, a quién hacerlo o no saber cómo llevarlo a cabo. En los escasos ejemplos donde los investigadores hacían transferencia de cierto impacto, no era por el entendimiento de que tenían que agregar una misión nueva a sus tareas académicas sino por haber resuelto el qué, a quién y el cómo. A medida que vamos aprendiendo a hacer las cosas, nos interesamos en hacerlas y conseguimos medios para ello –en definitiva, a medida que sabemos, queremos y podemos-, vamos incorporando nuevas tareas a nuestro quehacer académico, y así es como han ido apareciendo cada vez más aquellas relacionadas con la transferencia de I+D o el emprendimiento, por poner solo un par de ejemplos.

No son nuevas misiones, insisto, aunque todas ayudan a la misión universitaria de mejorar la sociedad a través del conocimiento.

Es más, la Universidad ha de hacerse emprendedora desde la docencia y la investigación y no por mera agregación de nuevas tareas a acometer sino por repasar y repensar aquellas. ¿Cómo? Pues, por ejemplo, educando para querer saber y querer hacer, no solo para saber y saber hacer. Tampoco son nuevas misiones la cooperación para el desarrollo, la creación y difusión de la cultura o la formación durante toda la vida profesional, sino una extensión lógica de la misión universitaria. Son, en definitiva, formas diversas de mejorar la sociedad a través del conocimiento.

Pienso que el ir incorporando al discurso académico y público supuestas nuevas misiones de la Universidad, tiene una importancia que va mucho más allá de lo anecdótico o lo estético. En concreto, puede llevarnos a compartimentar las responsabilidades que atiende la Academia e ir construyendo universidades por agregación de estructuras y funciones en lugar de tener una visión y un diseño de conjunto. Aunque no se haga conscientemente ni sea la causa directa de utilizar una nomenclatura u otra, por supuesto, lo cierto es que a veces las palabras que utilizamos para referirnos a las organizaciones humanas pueden servir para evidenciar o para ocultar sus virtudes o sus defectos, según el caso. Así, con frecuencia nos distraemos y consolamos pensando que vamos agregando misiones a la Universidad en lugar de extender su única misión. De este modo, no somos plenamente conscientes de que podemos estar creando oficinas de transferencia de resultados de investigación, de internacionalización, de cooperación al desarrollo, de empleo y emprendimiento o incubadoras que operan con una visión muy acotada y escasamente influidas e influyentes por y en el conjunto de la universidad. Por ejemplo: oficinas de transferencia de resultados de investigación que solo atienden y buscan al “cliente” interno –investigadores- pero no al externo –empresas o administraciones públicas, por ejemplo-; universidades que creen que internacionalizarse es crear o expandir un servicio de relaciones internacionales y no internacionalizar todos sus servicios, centros y a su comunidad universitaria y actividad; universidades que se digitalizan con esfuerzo pero que nunca serán universidades digitales; universidades que quieren comprometerse con la cooperación al desarrollo y crean una unidad que atiende solo desde el voluntarismo y no desde el conocimiento.

Pensar en que la misión de la Universidad es una, supone que todo lo que las universidades hagan ha de ser en beneficio de la misma y no parcelando sus actividades en función de que se asocien a esta o aquella responsabilidad, con el correspondiente riesgo, real, de que acaben siendo compartimentos estanco, o casi. Pensar en que la misión de la Universidad es una, supone que todo lo nuevo que se vaya asumiendo ha de hacerse repasando y repensando el conjunto de la universidad y no agregando simplemente nuevas unidades u oficinas.

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