Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

El ocaso de las humanidades

En el prólogo a la obra Sin fines de lucro, Martha Nussbaum sostenía que nos hallamos ante una crisis mundial sin precedentes: la crisis del saber. Unos años antes, Alejandro Llano advertía que se había “encendido una alerta roja” en el ámbito de las disciplinas humanísticas; una alerta que, por desgracia, no sólo afecta al campo de las humanidades, sino que se extiende como una marea negra por todas las ramas del saber. ¿Cuál es la causa?, se preguntará nuestro anónimo lector. A nuestro juicio, una reforma de los planes de estudio incardinada hacia el rendimiento económico y la tecnificación del saber, que ha llevado a primar más el pragmatismo, el positivismo y el cientificismo que aquellos otros saberes herederos del tradicional programa de las artes liberales, de unas artes que se incoaron en la Antigüedad clásica, de unos saberes que nosotros reivindicamos por ser los pilares sobre los que se edificaron las catedrales del saber, que no son otras que las Universidades, en cuyas puertas están esculpidas los diálogos críticos que las tradiciones sostuvieron con las utopías. Sí, eran otros tiempos, eran otros saberes.

René Descartes señaló que la duda es el motor que nos lleva a peregrinar en la búsqueda del conocimiento. No se equivocaba.

Toda investigación parte de una duda, de una incertidumbre que pretendemos resolver, y que no es otra que la que nos invita a caminar por esas esquinas que conforman la antigua tarea de pensar, y llegar a ella sin más seguridades que las que provienen de una multiplicidad de preguntas sobre el hombre, la historia, la cultura o el saber. Un pensar que nos lleva a concluir, con Heidegger, que la morada natural del hombre ya no es la soledad, sino el lenguaje, unas palabras y una cultura en la que el hombre se justifica y se despliega, de unas palabras que hacen que “el obrar humano se interprete y realice como cultura”, por lo que, “si cuidamos de ella, esto se convierte en política cultural”. De esta forma, si somos capaces de comprender y de hacer comprender a nuestros jóvenes alumnos que el hombre debe ser entendido como un acontecimiento en la cultura, la educación no podría ser pensada como mera productividad o como la simple acumulación del conocimiento, sino como “la callada fuerza de lo posible”, de una fuerza que permite que el borde imaginario de las palabras se convierta en la memoria de lo que fuimos, de lo que aprendimos, porque aprender no es otra cosa que un constante descifrar el sentido de las palabras, de los textos, de los signos que nos legaron los tiempos. Porque, ¿qué otra cosa es la cultura, nos dice Savater, sino “lo que el hombre añade al hombre”? Y lo que el hombre aporta no es otra cosa que su idea de lo visto y contemplado, su parcela del tiempo y del espacio. De esa piel está conformada la cultura. Porque cultura es la grata aventura del palimpsesto, de ese texto cuya lectura está permanentemente por hacer y rehacer, y no la idea del hombre gris y de la cultura efímera que nos quieren vender o regalar.

Porque la cultura, como la educación, salvo que sea low cost, como dicen ahora los snobs, se dispone siempre a revalidar un saber que está por encima de nuestras penurias y flaquezas, y lo está porque hace de la pregunta su razón de ser, de su existir.

Pero como lo único que nos interesa es mostrar nuestras preocupaciones, éstas nos llevan a intentar hacer ver que si se diluye el suelo del pensamiento clásico en aras del paradigma de la eficacia, del éxito o de la productividad, que si sólo ponemos el acento en el resultado, en el tener y no en el ser, nuestros universitarios no sólo transitarán por esas sendas perdidas que conforman las interminables listas de anónimos desempleados, sino que verán con horror cómo su porvenir y sus ilusiones “se borrarán como en los límites del mar un rostro de arena”.

Y como el hombre es tiempo y es memoria, y ésta nos otorga capacidad para comprender el legado que la Historia nos dejó, debemos señalar que frente al ágora, la eclessia y el oikos que los griegos pensaron como fundamentos de la polis, la razón moderna los ha sustituido por la primacía del mercado, ese nuevo becerro de oro que ha decidido que la única legitimidad es la que deviene de un nuevo y reluciente algoritmo que parece esculpido por los tecnócratas de Wall Street: mínimo tiempo -mínimos costes- máxima rentabilidad. A lo que uno añadiría: mínimo esfuerzo -mínima inversión- máximo fracaso. Ésa es la cultura y ése es el saber que nos proponen los lenguajes del Poder. De un Poder que llevó a Hannah Arendt a preguntarse ¿Aún tiene sentido la política? Después de varias respuestas, nos dejó esta angustiosa reflexión: “corremos el peligro de que, en nuestra fuga hacia el oasis, llevemos los zapatos llenos de la arena del desierto”. Y no le falta razón, hacer que nuestras vidas transiten por los dictados de la razón instrumental, es descartar de antemano todo lo que no es rentable, es excluir de nuestras vidas toda contradicción, toda pregunta. Quizá fuese ésta la razón por la que por los labios de Petrarca se dibujara, con notable amargura, su conocida exclamación: “Povera e nuda vai, Filosofia”, como pobre y desnuda va nuestra Universidad.

Sí, aunque nos duela reconocerlo, pobre y desnuda va una Universidad que dictamina que quienes se dedican a una labor que consideramos el alma mater de la vida académica, como es el reflexionar sobre el saber universitario, está cometiendo el mayor anatema que se conoce: restar su escaso tiempo a la actividad que más se valora en la Universidad española, que no es otra que la publicación de artículos científicos en revistas con alto impacto, los famosos papers, tan de moda en esta España nuestra. Porque lo importante no es la cientificidad del trabajo, los años de estudio y de preparación, o su posible repercusión en el ámbito científico en el que se mueve el profesor, no, esto apenas carece de importancia; lo que realmente condiciona tu vida académica es el impacto que tenga la revista en la que se publica el artículo, porque eso -así se nos dice- es lo que da prestigio a la Universidad, lo que, en teoría, la sitúa en el ranking de las celebridades. En un ranking, todo hay que decirlo, en el que nuestros centros educativos apenas aparecen entre las cien primeras Universidades. Pero el mal ya está hecho.

El docente, al ser consciente de la realidad que le obligan vivir, del continuo checking al que está sometido, va perdiendo su deseo de un saber interdisciplinar, para convertirse en un profesor cuyo fin último es publicar artículos, recoger certificados, cumplimentar casillas para una lejana y tardía acreditación. Pero cuando ésta llegue, en su fuero interno sabrá que -en buena medida- tuvo que renunciar a la pausa y a las largas horas de reflexión que requiere el estudio, al hombre que fue, el que no volverá a ser. Este presente, esquivo y sombrío, es nuestro triste destino. Y si uno no acepta alabar las grandezas del sistema, debe ser consciente de que la radical anomalía se estigmatiza con la reprobación, porque la atipicidad, como nos recuerda Albiac, “es siempre atributo del hereje”, y la herejía se paga con la desconfianza y la sospecha, cuando no con la exclusión de la comunidad docente: de sus cargos y prebendas.

Ésta, y no otra, es la deuda infinita que hemos contraído con aquellos pensadores cuya larga sombra se cierne sobre el horizonte de quienes han tratado de prolongar esa palabra que Platón llamó Filosofía, y que nosotros, en nuestro espejo imaginario, llamamos saber.

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Juan Obarrio y Aniceto Masferrer publicaron recientemente La universidad, lo que ha sido, lo que es, y lo que debiera ser

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Comentarios
  1. Fco Miguel Martínez Verdú dice: 16/06/2016 a las 23:05

    No hay ocaso si se aprovechan las nuevas oportunidades para refomularse, motivarse (cįrculo motivación Fuster), apoyándose en la hibridación del conocimiento:
    – ¿qué interesa más, un humanista evolucionando a perfil STEM, o al revés?
    – ¿para quiénes, y para qué contextos educativos?
    – ¿contribuyendo de forma ínter y multidisciplinar en solitario, o en equipo?
    – ¿incluso liderando nuevos equipos?

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