Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

“¿Franco era fascista?” ¡Nos vuelven locos!

Querido lector:

Hace unos meses te escribía sobre mi experiencia como estudiante de intercambio en Berkeley. Ya estamos a mediados del segundo cuatrimestre, y sigo creyendo que podemos tener un Berkeley en España. Hay muchos profesores en la universidad pública española que consiguen, igual que mis profesores aquí, no hacer de nosotros papagayos que memorizan y repiten sino más bien “volvernos locos”: hacernos pensar, desarrollar espíritu crítico y capacidad de análisis. Hoy quiero compartir contigo cómo mis compañeros de clase en Madrid y yo nos “volvimos locos” cuando un profesor nos hizo preguntarnos si Franco era fascista o no lo era.

Todos los que somos -o hemos sido- estudiantes en el sistema educativo español sabemos cómo son las clases de Historia. El profesor imparte su clase magistral, los alumnos tomamos apuntes y en el examen respondemos a preguntas que nos piden reproducir parte de esos apuntes con la mayor exactitud posible. Unas semanas después hemos olvidado casi toda la información memorizada, y es inevitable preguntarnos qué fruto ha dado este método pedagógico. Cuál no sería mi sorpresa cuando llegué hace dos años a primero de carrera y encontré algunas excepciones a esta norma.

¿Fue el franquismo, entre 1936 y 1945, un régimen fascista? Teníamos 2500 plabras para responder a esta pregunta en la asignatura de Historia Política y Social, que se imparte en mi doble grado en Estudios Internacionales y Derecho en la universidad Carlos III de Madrid. En clase no habíamos tratado esta pregunta de manera específica. Habíamos leído varios textos académicos especializados sobre el fascismo en Italia y Alemania, y una breve descripción histórica del régimen de Franco. Debíamos apoyarnos en estas lecturas para responder a la pregunta, y también podíamos buscar más fuentes.

Asignarnos a los alumnos lecturas previas a la clase impide que caigamos en una dinámica pasiva de aprendizaje. El profesor, para asegurarse de que realmente leíamos los textos, nos hacía responder unas preguntas breves sobre su contenido. Ya no íbamos a clase para absorber información copiando apuntes. Ello se volvía innecesario e ineficiente, ya que encontrábamos información mucho más detallada en los textos y la habíamos interiorizado ya al leer y responder preguntas. En lugar de sentarnos y copiar, podíamos dedicar la mitad de las clases a una discusión sobre los textos guiada por el profesor. La otra mitad de las clases sí eran magistrales al uso, en las que el profesor repasaba acontecimientos históricos y nos ofrecía un marco histórico general en el que situar las lecturas.

El uso más importante de aquellas lecturas no lo hicimos en clase. Lo hicimos cuando, para evaluarnos, el profesor nos pidió argumentar si el régimen de Franco en sus primeros años era fascista o no. No se trataba de repetir información, sino de utilizarla para construir un argumento propio. No se trataba de pronunciarnos ideológicamente, sino de pensar, investigar, desarrollar y defender una tesis.

No había una única respuesta ni una sola estructura posible. Acertar era, más bien, definir un argumento y aportar evidencias históricas para apoyarlo. Los ensayos de muchos alumnos ofrecieron un marco teórico previo, exponiendo los rasgos fundamentales del fascismo según distintos historiadores. Los acontecimientos históricos del franquismo podían entonces contrastarse con dicho marco teórico: ¿el falangismo había recibido apoyo popular en forma de movilización de masas? ¿había dominado un partido único? ¿cuál había sido el grado de represión a los disidentes? ¿había habido una fusión entre el aparato administrativo y el partido único? ¿nacionalismo? ¿cuál había sido la simbología? Responder estas preguntas, desde las posibilidades de un estudiante de 18 años, requería investigar en fuentes bibliográficas y aceptar ciertas imprecisiones inevitables. Y antes de responderlas, el proceso de definir cuáles eran las preguntas a plantear nos hizo pensar sobre la naturaleza de la Historia como ciencia social.

Muchos de mis compañeros recuerdan aquel ensayo como una de nuestras mejores experiencias académicas en la universidad hasta ahora. Nos permitió crecer intelectualmente y sentir la emoción de quien desarrolla una idea propia sobre la que debatir con otros. Y aunque no tuvimos que memorizar, casi todos recordamos los acontecimientos históricos y teorías sobre las que investigamos mucho mejor que si nos hubieran hecho un examen tradicional con preguntas como “describe qué es el fascismo” o “describe el ascenso al poder de Franco”. Al final memorizamos más y mejor, porque teníamos que desarrollar un argumento propio y para eso hay que interiorizar y entender de verdad la información.

A día de hoy en España hay cada vez más profesores que, al “volvernos locos” a los alumnos con sus preguntas, hacen de nuestras universidades lugares en los que se fomenta el pensamiento crítico y, en última instancia, la libertad y la plenitud de ser personas. En mi área académica -las ciencias sociales- no son imprescindibles grandes recursos ni reformas estructurales para lograr un salto de calidad en la docencia. Lo único realmente imprescindible es cambiar las preguntas que hacemos a los alumnos.

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Comentarios
  1. @JFCalderero dice: 14/03/2018 a las 10:10

    Mis felicitaciones a la autora y un APLAUSO a los que “hacen de nuestras universidades lugares en los que se fomenta el pensamiento crítico y, en última instancia, la libertad y la plenitud de ser personas”.

  2. Jose Carlos González dice: 14/03/2018 a las 10:49

    Querida Violeta,
    No puedo estar más de acuerdo con tu entrada pero, al igual que en la anterior, el cambio que propones exige no sólo un cambio de método docente por el profesor (y mayor preparación), sino sobre todo en los alumnos.
    Dices que lo recuerdas como una de tus mejores experiencias de aprendizaje pero, evidentemente, tú no eres el alumno medio de la Carlos III ni de la universidad española (¡ojalá mis alumnos redactaran como tú!). Te traslado las siguientes preguntas: ¿la mayoría de tus compañeros de clase o de otros grupos también estaban tan “encantados” como tú o sólo los más brillantes? ¿La mayoría hizo esa búsqueda de fuentes bibliográficas para hacer su investigación y construir un “argumento propio” o hicieron corta pega de los materiales dados por el profesor? ¿Fue una experiencia aislada en el año académico o se repetía en cada bloque temático? Mi experiencia es que a esas iniciativas responde bien una minoría y el resto desconecta o, incluso, se queja por la exigencia (quizá, en buena medida, porque muchos no deberían estar en la Universidad y “de gratis”… pero eso nos lleva a otros temas más complejos, aunque muy relacionados).

  3. Manuel M de Artaza dice: 14/03/2018 a las 13:23

    Querida Violeta:
    Suscribo todo lo que ha dicho en el mensaje anterior José Carlos González. Tras años de experiencia, puedo decirte que solo una minoría (según el curso, a veces más amplia) acepta ese sistema de enseñanza. Lo normal es encontrarte con un estudiante pasivo o cómodo que no quiere elaborar ese discurso propio orientado por el profesor.

  4. Robert dice: 14/03/2018 a las 19:57

    Felicidades Violeta por, de nuevo, una magnífica entrada.

    Siguiendo el hilo de comentarios, me gustaría añadir lo siguiente:

    Pese a que un cambio de mentalidad en los alumnos es necesario (y con esto suscribo que la mentalidad mayoritaria entre los alumnos es la que describe Jose Carlos), la falta de ello no es excusa para no promover un cambio que está probado que mejora el nivel educativo. Me pregunto entonces si son solamente los alumnos quienes no quieren cambiar.

    De lo que se comentaba que hay alumnos que no deberían estar en la universidad… pues bien, si resulta que algunas universidades implementan estos métodos (aumentando así el nivel de exigéncia), serán los propios alumnos quienes se autoseleccionaran para ir a la universidad o estudiar otra cosa (mejorando así, retroactivamente, el nivel educativo del resto). También, si unas universidades lo implementan y otras no, aquellas que lo implementen atraeran mejores alumnos y ganaran reputación, cosa que se trasladará en mayor inserción laboral (valor del título en función de la universidad) o mejores estudios de posgrado. Esto hará que el resto de universidades acaben implementando tmb estos métodos, pues toda universidad quiere atraer al mejor talento y ganar la mayor reputación. De la misma manera, todos los alumnos querrán ir a la universidades con mejor reputación (que seran aquellas que implementen estos métodos).

    Yo personalmente estudio Economía en la UPF. Creo que es un buen ejemplo que cambiar el modelo educativo (en este caso en el ámbito de la economía) en tan solo un par de décadas es posible y además efectivo ;) Por lo tanto, creo que no hay excusa para cambiar el modelo actual hacia uno mejor.

    ¡Un saludo a todos!

  5. Neila dice: 14/03/2018 a las 22:39

    Muy buenas observaciones de Violeta, y muy acertados también los comentarios de José Carlos. Desde luego estos métodos demuestran todo su valor si se integran en el desarrollo de la asignatura, mucho mejor que si se trata de una experiencia aislada.

    Y en cuanto a los alumnos que no están a la altura… la cosa es no dar opción. Es decir, si uno quiere aprobar, uno tiene que hacer ese trabajo, sí o sí (lo mismo que, en el paradigma tradicional, uno tiene que memorizar los apuntes sí o sí). Estos planteamientos requieren un esfuerzo, y hay que exigir ese esfuerzo al estudiante, como también se le debería exigir al profesor. Y si algún alumno desconecta, seguramente también desconectaría copiando apuntes.

    En efecto otra cosa es que algunos no deberían estar en la Universidad. Pero los que están ahí para aprender, desde luego están mucho mejor haciendo funcionar la cabeza que esperando a ver lo que dice el profesor para copiarlo.

  6. Javier San Millán dice: 14/03/2018 a las 23:02

    ¡En general estoy muy de acuerdo contigo, Violeta!

    Sin embargo, yo añadiría una apreciación, en especial teniendo en cuenta los comentarios anteriores. Por una parte, no tengo tan claro hasta que punto pueden conseguirse mejoras significativas en la calidad de la educación sin inversiones sustantivas. El ejemplo que das de un docente en la UC3M es admirable (¡yo tuve al mismo profesor y tuve la misma experiencia positiva!) pero justo es un ejemplo de que efectivamente parece que hacen falta recursos para alcanzar cambios en las metodologías del profesorado: para bien o para mal, dudo mucho que el área de Ciencias Sociales de la UC3M fuera la misma sin el aporte de la Fundación Juan March. E iría más allá: mejorar la calidad educativa implica pagar estancias a los profesores en centros extranjeros de prestigio para que vuelvan a España con nuevos sistemas de enseñanza, habilitar grupos reducidos donde los alumnos puedan interaccionar con el docente y, como pasa en la mayoría de las universidades americanas, disponer de auxiliares (normalmente doctorandos o estudiantes de Máster, con un sueldo) que se encarguen del exceso de trabajo que supone este tipo de metodologías (corregir ensayos como el que mencionas, por ejemplo).

    Por otra parte, el asunto también es un tema de clase. Como dicen otros comentarios, mientras los alumnos más brillantes podrían estar encantados con un nuevo sistema, otros estudiantes con notas más normales no estarían, de primeras, del todo a gusto. Lo que también es preciso mencionar es que, por lo que tengo entendido, hay una correlación súper alta (y esconde cierta causalidad) entre rendimiento educativo y entorno socioeconómico del alumnado. Establecer este tipo de enseñanzas más críticas sin apoyos adicionales para aquellos con menos recursos es crear un sistema de dos velocidades que tiende a la segregación. Son precisamente los alumnos con un mayor capital cultural (los que tienen padres universitarios, los que han estudiando en sistemas modernos como el Bachillerato Internacional o, sencillamente, los que hablan fluidamente inglés y pueden acceder con facilidad a toda clase de bibliografía) los que podrían adaptarse con facilidad a estas metodologías – y son también los que suelen provenir de sectores económicos más acomodados. Teniendo en cuenta esto, creo que a la vez que es importantísimo cambiar la universidad española es también súper necesario establecer mecanismos de apoyo a los estudiantes más vulnerables para que tengas las mismas oportunidades (¡lo que también implica más recursos!): asistentes similares a los Graduate Student Instructors americanos que asesoren a los estudiantes a hacer trabajos complejos o clases gratuitas de idiomas en el primer año de carrera son buenos ejemplos. Si no, pienso que nos encaminamos a un modelo que, en nombre del progreso, expulsa de las universidades a los alumnos que más la necesitan.

  7. José Carlos González dice: 15/03/2018 a las 11:58

    Como continuación a los comentarios, coincido en que esto exige también medios y que, si se aplica, debe ser obligatorio. Mi experiencia en la UCM: la mitad directamente deja de asistir a clase y da por “perdida” la asignatura hasta el año próximo (a ver si le toca otro profesor menos exigente). La otra mitad te sigue o lo intenta, pero muchos no saben realmente cómo hacerlo, les cuesta mucho y se quejan por la excesiva carga de trabajo; sólo una minoría lo hace bien y está contenta.
    Respecto a que, si se implanta, se mejoran las titulaciones y con la competencia entre universidades, por la mayor inserción laboral, tendrán los mejores alumnos (comentario de Robert), no estoy tan de acuerdo. Eso exigiría una verdadera competencia que no se da por varias razones: distritos universitarios autonómicos (a mis hijos cuando aplican en Madrid, no le aparece la UPF; tiene que volver a aplicar en cada CCCAA!) que crea barreras de entrada; la competencia exigiría que se pudiera competir en precios para que funcionara (pagarle más a los profesores que trabajan más y mejor y cobrar más por esas titulaciones mejores y cuyos títulos “valen” más en el mercado laboral) y no es posible con nuestro sistema actual: no puede cobrar más un catedrático o titular que otro (o en muy poca medida, vinculada más a la investigación que a la docencia), ni puede una Universidad decidir poner más cara su titulación; es más, como es sabido, la mayor parte del coste no lo asume el usuario sino el Estado -al margen de la situación socioeconómica del estudiante u su familia- lo que complica aún más que la competencia cumpla su función de asignación eficiente de los recursos (humanos y materiales). Resulta casi imposible traerse un profesor de fuera y pagarle lo que se considere adecuado y, menos aún, recuperar esa “inversión” con tasas más elevadas a pagar por los usuarios… El precio del título lo pone en buena medida la CCAA y es café para todos, cualquiera que sea el título; y el pequeño margen de la Universidad, a su vez, vuelve a ser café para todos los Grados o Masters, sin que la Facultad pueda decidir hacer un grado de “excelencia” a un precio, lógicamente, más elevado….

  8. Julio Carabaña dice: 04/04/2018 a las 23:23

    Por lo que yo he visto desde que llegué en 1965 a la Universidad, al alumno medio le resulta difícil entender y seguir los manuales escritos para él. Los profesores y los autores de manuales se sitúan siempre en un nivel más alto que el del alumno medio, que tiene bastante aprender los manuales y tomar los apuntes. A partir de cuarto, algunos alumnos son capaces de leer un texto suelto (artículo, texto clásico), entenderlo y ponerlo en un contexto más amplio. Y muy pocos son capaces de poner en relación dos textos distintos. La mayor parte consiguen terminar la carrera con aprobado estudiando con bastante esfuerzo los manuales o los apuntes de clase. Envidio enormemente (todavía ) a los alumnos que no ya en primero, sino en los cursos de doctorado, se sienten tan a gusto leyendo varios textos, comparándolos, contrastándolos, criticándolos y formando una visión propia de asuntos complejos como las diferencias entre nazismo, fascismo, falangismo y franquismo. Pero, a mi entender, lo lógico es que estos alumnos hagan seminarios voluntarios (los profesores podrían tenerlos en cuenta para mejorar nota) y dejen que en las clases normales los profesores atendamos a los alumnos normales. Estos son luego los profesionales comunes y corrientes.

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