Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

Las tecnologías en la educación: características deseables, efectos perversos

Al tiempo que las tecnologías de la información y la comunicación han ido adquiriendo importancia en la sociedad, las personas hemos ido tomando partido por ellas, pudiendo decir que el mundo ahora se divide entre tecnófilos y tecnófobos. Cuando la informática era únicamente cuestión de unos pocos frikis no tenía alcance mediático. Ahora que las tecnologías digitales lo impregnan todo, han saltado al debate público. Y tanto las posturas y los argumentos a favor como en contra son fundamentales para generar el obligado debate, siendo por tanto algo beneficioso. Únicamente me preocupan dos figuras. Los tecnófilos ingenuos, es decir, aquellas personas que defienden la tecnología sin analizar los riesgos que esta conlleva. Y los tecnófobos recalcitrantes que rechazan la tecnología por el mero hecho de ser tecnología, sin pararse a pensar en sus beneficios. Voy a intentar reflexionar sobre las tecnologías digitales en la educación sin caer en ninguna de estas dos posturas extremas. Tenga en cuenta el lector que no es un artículo científico, son simplemente opiniones para el debate y la reflexión. Dado el carácter divulgativo de esta publicación, voy a utilizar una vez más la potencia del símil para tratar de hacerme entender.

La primera metáfora que quiero utilizar, por ser la primera que me encontré, ya que tiene más de veinticinco años[1], es la de la McDonaldización. Esta estrategia se basa en la eficiencia (siguiendo un detallado proceso predefinido), la cuantificación (objetivos cuantificables y recursos exactos para lograrlos), la previsibilidad (protocolos altamente normalizados y por tanto servicio predecible, conociendo de antemano lo que nos espera) y el control (todos los empleados operan de la misma manera). Esto nos garantiza que, vayamos al McDonald que vayamos, de cualquier lugar del mundo, la experiencia siempre será similar y dentro de su rango de calidad. Ateniéndome a este modelo, la tecnología puede ayudarme a diseñar mi asignatura consiguiendo eficiencia apoyándome en la cuantificación, y aportando previsibilidad a mis estudiantes mediante un control de todo el proceso. Y puede que muchos alumnos me lo agradezcan. Además, es esperable un alto grado de McDonaldización en los cursos online, sobre todo en los MOOC[2]. Pero comer todos los días hamburguesas en serie no creo que sea la mejor dieta para nuestros jóvenes en crecimiento (tanto físico como intelectual). Aunque sí que puede ser adecuado utilizar algunas veces productos precocinados. La cuestión que lanzo para el debate es si en el mundo educativo una estricta normalización, cuantificación, previsibilidad y control es la mejor estrategia.

La segunda metáfora que utilizaré es la de la Napsterización, para hacer referencia a la facilidad actual de poner en contacto la oferta con la demanda, sin necesidad de intermediarios[3]. En estos tiempos es sencillo acceder a recursos educativos en la red puestos por sus creadores a disposición de todos. Los recursos educativos en abierto crecen día a día, tanto en cantidad como en calidad. Cualquier persona interesada en saber de un tema puede encontrar en internet algún tutorial al respecto. Un profesor tiene a su disposición una ingente cantidad de materiales que puede utilizar en sus clases. Pero los aprendices también pueden acceder a ellos. Pero, ¿quién avala la veracidad y calidad de esos conocimientos? ¿los propios usuarios al utilizarlos? En un mundo ideal, sin intereses creados, eso podría ser posible. Pero el mundo real no es así. No todo lo que circula por internet es cierto y cada vez más parece desmentirse la frase de que “una mentira repetida muchas veces no se convierte en verdad”. La palabra del año 2017 según el diccionario Oxford fue fake news (noticias falsas) y la del año anterior fue post-truth (posverdad). Y la gran duda que me surge es si en el mundo educativo podremos prescindir totalmente de los intermediarios (profesores y universidades).

Con el término Uberización hago referencia a un servicio gestionado íntegramente desde el teléfono inteligente del usuario, geolocalizado y que tiene toda la información necesaria en la propia plataforma. Un aprendiz, desde su dispositivo móvil, accedería a todo el contenido que necesite en cada momento disponible en la plataforma y que han puesto profesores autónomos. Según Jordi Adell, Linda Castañeda y Francesc Esteve, “la Ubersidad no sería otra cosa que una marca comercial y una plataforma tecnológica que une oferta y demanda de formación y credenciales y que subcontrata a profesionales autónomos o empresas el resto de funciones”[4]. Esas credenciales podrían ser eslabones de una cadena de bloques (blockchain), sin necesidad de ninguna universidad que certifique nuestros estudios (o microcerficaciones de distintas organizaciones). Parece interesante, pero me surge un nuevo interrogante al plantearme si en el mundo educativo una acumulación de materiales descontextualizados es la mejor opción para aprender.

Y llegamos al último símil, la Netflixicación, que representa la personalización del entretenimiento. Tanto Netflix como Spotify permiten acceder a una amplia variedad de contenidos audiovisuales y musicales a la carta y a través de Internet, sin límites de tiempo ni necesidad de ver anuncios. Esta personalización del contenido es posible al disponer las plataformas de una gran cantidad de datos de sus usuarios. En nuestro caso estaríamos hablando de formación a la carta. Tampoco suena mal. Recuerdo que mi primer curso de formación continua en el año 1983, tras acceder a mi primer puesto de profesor, fue sobre aprendizaje personalizado. Las bases teóricas estaban, pero la puesta en práctica era complicada por el número de estudiantes en clase. Pero ahora la tecnología y la inteligencia artificial lo pueden hacer posible y escalable. Y cuando hablamos de atender a grandes cantidades de aprendices con un mismo esfuerzo, surgen los intereses económicos y el negocio[5]. El sector tecnológico se ha infiltrado en la educación y promete herramientas de personalización basadas en datos y suministradas por la tecnología. En este punto, lo que deberíamos preguntarnos es qué es lo que se está personalizando y con qué fines[6]. Las redes sociales, claro exponente de la personalización que nos aporta la tecnología, son burbujas ideológicas, habitaciones cerradas en la que nos complacemos escuchando el eco de nuestros propios pensamientos. Los algoritmos se atiborran de nuestros datos y las técnicas de marketing han hiper-segmentado la información en aras de la personalización. Es necesario pinchar esas burbujas y fortalecer el pensamiento crítico, exponiendo a nuestros estudiantes a puntos de vista diferentes[7]. Por tanto, la pregunta que debemos hacernos al personalizar la educación es para quién estamos personalizando.

Recapitulando, creo que las tecnologías nos pueden ayudar a hacer nuestra labor más eficiente y atender mejor a los estudiantes, recopilando y analizando información para ofrecerles un servicio más personalizado; también nos permiten buscar y seleccionar recursos educativos existentes en la red e incorporarlos a nuestras asignaturas, sin menoscabar la importancia de la intermediación del profesor en la tarea de contextualizar los contenidos y de fomentar el pensamiento crítico y el debate en clase.

Evidentemente las tecnologías pueden aportar grandes beneficios al mundo de la educación, aunque conllevan peligros e inconvenientes. Habrá que utilizarlas, aunque con cuidado, conociendo los riesgos. Para paliar el efecto nocivo de lo digital, lo que no valen son decisiones ingenuamente salomónicas, que restrinjan el uso de la tecnología en aras a evitar el choque de trenes entre lo analógico y lo digital[8].


Notas

[1] George Ritzer, The McDonaldization of Society (1993)

[2] George Ritzer, MOOCs and the McDonaldization of Education (https://georgeritzer.wordpress.com/2013/01/12/moocs-and-the-mcdonaldization-of-education).

[3] Donald Clark, Napsterisation of learning: Democratisation, decentrasilation and disintermediation of learning (http://donaldclarkplanb.blogspot.com/2012/10/napsterisation-of-learning.html).

[4] Jordi Adell, Linda Castañeda y Francesc Esteve, ¿Hacia la Ubersidad? Conflictos y contradicciones de la universidad digital. RIED. Revista Iberoamericana de Educación a Distancia (2018), 21(2), pp. 51-68. DOI: http://dx.doi.org/10.5944/ried.21.2.20669.

[5] Sirva como ejemplo la vorágine de los MOOC de hace unos años (https://blogs.ua.es/faraonllorens/2013/08/12/la-voragine-de-los-mooc), que lo único nuevo que incorporaron a lo existente (cursos abiertos en internet) fue la M de masivos y que alteró a los rectores de las universidades. ¡Todos querían tener sus MOOC!

[6] Brett Frischmann y Deven Desai, The Promise and Peril of Personalization, November 29, 2018, The Center for Internet and Society, https://cyberlaw.stanford.edu/blog/2018/11/promise-and-peril-personalization

[7] Para una crítica argumentada y con conocimiento de la tecnología es recomendable leer “Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato” de Jaron Lanier (Editorial Debate).

[8] Un ejemplo claro de lo que estoy diciendo es la decisión tomada para solucionar el enfrentamiento entre los taxistas y las VTC (Uber y Cabify) de una demora de tiempo o una distancia mínima en la petición del vehículo, ignorando la ventaja de la geolocalización de los dispositivos móviles (contactar con el vehículo más cercano, con el ahorro de tiempo, combustible… y ofreciendo un mejor servicio). Como siempre, el perjudicado es el usuario, el ciudadano.

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Comentarios
  1. José Manuel Mora Fandos dice: 13/02/2019 a las 11:42

    Coincido con esta identificación del problema, y el modo en que se comunica me ha gustado mucho. Para mí el sentido de la figura del maestro/profesor está en el centro del debate, y desgraciadamente es lo que no suele aparecer cuando se proponen pedagogías tecnológicas entusiastas. Coincido con que “el alumno debe ser el protagonista de su propio aprendizaje”, y que la enseñanza está al servicio del aprendizaje, y que en este sentido el maestro debe servir a los alumnos. Pero el maestro no es un recurso más: con su presencia, su conversación y su modo de relacionarse con el alumno vienen una serie de valores intangibles que son decisivos en la formación, y que van por delante de todos los adelantos tecnológicos, puesto que les dan su sentido y su optimización. Es muy difícil expulsar a Sócrates y lo dialógico de la educación, aunque solo sea porque estemos hipnóticamente mirando hacia otro lado, pero sobre todo es trágico. Una voz valiosa para este debate está en este artículo del filósofo Higinio Marín (aunque centrado en la enseñanza preuniversitaria, es extrapolable):
    https://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2019/02/11/educacion-delirante/995806.html
    Gracias por la lectura

  2. Dolores del Mar Sánchez-González dice: 13/02/2019 a las 12:47

    Simplemente genial¡
    Gracias por exponer lo que muchos pensamos de forma que todos lo entiendan. Ya me he pronunciado en mi blog sobre el tema alertando del escaso control de contenidos en ciertas plataformas digitales y la responsabilidad de periodistas en a verificación y la necesidad de utilización de fuentes especializadas. En este caso, es nuestra responsabiblidad como docentes el controlar el material que ponemos al servicio de los alumnos.
    Me ha deleitado mucho la lectura y procedo a recomendarlo.
    Saludos.

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