Las universidades a distancia en un contexto crecientemente digital (II): algunas recomendaciones

En una anterior publicación (ver aquí) se ha repasado la situación actual de las universidades a distancia, en un momento en el que la creciente competencia está poniendo en cuestión el modelo con el que nacieron hace aproximadamente 50 años. Las necesidades de acceso a la educación superior que llevaron a crear instituciones de nuevo tipo que ofrecieran enseñanza a distancia ya casi han desaparecido, entre otras cosas porque la enseñanza a distancia pasa a ser la norma y no la excepción. La proliferación de estudios superiores disponibles en Internet y la irrupción de nuevos agentes —nacionales e internacionales; públicos y privados; con entidad física o enteramente digitales— que ofrecen programas adaptados a las necesidades de un nuevo perfil de estudiante que demanda metodologías flexibles y personalizadas, han mermado la capacidad de las clásicas universidades a distancia para atraer a su público tradicional. Para hacer frente a esa situación en esta segunda entrada se sugieren propuestas que van en la línea de aprovechar las fortalezas de los distintos tipos de universidades que han sido referentes en la educación a distancia, y cuyo impulso requiere también la colaboración con el resto de instituciones que integran el sistema de educación superior.

Continuando con el análisis iniciado en la entrada anterior, se plantean a continuación los interrogantes que podrían condicionar la evolución de las universidades a distancia en un contexto crecientemente digital. La primera cuestión supone considerar que estas universidades deben competir con el resto en igualdad de condiciones. En una situación donde la mediación digital es la norma en cualquier propuesta educativa, resulta artificial seguir tratando a las instituciones de manera diferenciada según apliquen una u otra metodología. Superar esa anomalía, que sigue presente en la actual legislación universitaria, tendría un efecto positivo para el conjunto del sistema, en la medida en que se puede avanzar hacia esquemas normativos más homogéneos y facilitar la innovación metodológica sobre bases comunes. Pero emprender ese camino plantea, a su vez, importantes retos. Por ejemplo, igualar a las universidades presenciales y a distancia —y, últimamente, las digitales— no podría hacerse sin una oportuna revisión del modelo de financiación pública de la educación superior y la investigación que se viene aplicando en la actualidad. Actualmente hay un desfase importante en la financiación pública que reciben las diferentes universidades en favor de las que tienen modelos presenciales, que obtienen en torno al 75% de su presupuesto por medio de subvenciones directas o indirectas —transferencias directas a la actividad, e indirectas mediante becas, proyectos de investigación, o facilidades para la inversión en infraestructuras estratégicas—, mientras que esa cantidad está por debajo del 50% en el caso de las universidades consideradas a distancia —menor aún en el caso de las universidades digitales— cuyos presupuestos dependen principalmente de los ingresos procedentes de la matriculación de estudiantes. Por un lado, sería necesario avanzar hacia una financiación más equitativa que tenga como referencia indicadores enfocados a mejorar la calidad de la investigación y de la docencia, y ello con independencia de los canales empleados para prestar los servicios. De modo que la medida de la calidad —y su financiación— estaría más asociada a los productos en investigación y docencia, y no tanto a los procedimientos y los espacios —físicos o digitales— donde se llevan a cabo esas actividades.

Junto con la financiación, una perspectiva integrada de la enseñanza que sea independiente de los canales empleados también demandaría cambios en la regulación de la docencia universitaria. Asuntos centrales como la gestión de los tiempos y las tareas del profesorado, y otras cuestiones laterales como el régimen de incompatibilidades o la seguridad jurídica en torno a la transferencia de conocimiento, están actualmente recogidos en un grupo heterogéneo de leyes, interpretaciones de la norma y regulaciones particulares de las instituciones que dan lugar a multitud de equívocos. Regular la docencia para adecuarla al nuevo contexto digital —incluyendo la definición de nuevas figuras que cubran tareas exclusivas de la enseñanza en línea como las que realizan los profesores tutores, los consultores y los asesores de estudio— ayudará a clarificar las condiciones de trabajo de los docentes en las diferentes modalidades y, al mismo tiempo, permitirá combatir el intrusismo de las plataformas digitales que se basan en modelos poco garantistas desde el punto de vista de la remuneración y la calidad de su personal docente.

El otro gran desafío que deben afrontar las universidades a distancia para despejar su futuro es la adaptación de sus organizaciones al contexto digital. En este terreno es conveniente diferenciar claramente entre las universidades a distancia tradicionales y las nuevas universidades enteramente digitales. Estas últimas suelen tener un menor tamaño y una estructura de costes más adecuada a los sistemas digitales, lo que las dota de la suficiente flexibilidad para adaptarse a los cambios que son habituales en las tecnologías que dan soporte a la gestión y la enseñanza. Por su parte, la situación de las universidades a distancia que nacieron antes o en los inicios de Internet es de una cierta desventaja debido principalmente al dimensionamiento de sus organizaciones, dotadas de tecnologías y medios ya obsoletos. Estas universidades fueron concebidas con un enfoque universal y masivo que llevó a sus gestores a diseñar y poner en marcha numerosas unidades internas con las que desarrollar la enseñanza en modalidad a distancia, como por ejemplo equipos para la producción de recursos de aprendizaje multimedia, o estructuras de soporte informático. Eso fue algo habitual tanto en las universidades a distancia nacidas en la etapa de las tecnologías analógicas, como en las que se crearon durante las primeras fases de la digitalización. Se trata de una política que está siendo revisada en los últimos años, pero que en su momento dio lugar a organizaciones con unas necesidades de financiación casi equivalentes a las de las universidades presenciales, y ello pese a no contar con campus físicos ni con grandes infraestructuras de investigación que mantener.

Llegados a este punto, parece razonable aprovechar el conocimiento acumulado durante estas cinco décadas de existencia de universidades a distancia para propiciar cooperativamente algunos avances en el sistema de educación superior. Por ejemplo, una aportación valiosa por parte de aquellas entidades que ya vienen operando en Internet consistiría en proporcionar una hoja de ruta con la que impulsar la plena digitalización de las universidades presenciales, y eventualmente de sus métodos de enseñanza y de los canales donde ofrecen sus estudios. Las universidades a distancia han sabido combinar la utilización de tecnologías y aplicaciones informáticas tanto en la gestión como en la docencia, sin descuidar los principales indicadores que miden la calidad de sus servicios. Estas universidades compiten de igual a igual con el resto de centros del sistema, tanto en la excelencia de su personal como en el acceso a financiación de investigación, o en otras cuestiones igualmente importantes como la participación en proyectos de cooperación y la transferencia de conocimiento a la sociedad y al sector productivo. En ese sentido, sería interesante explorar vías de colaboración entre los diferentes tipos de instituciones, de manera que los centros más experimentados pudieran apoyar a los que están ahora recorriendo el camino para ofrecer sus servicios a través de Internet.

En general, la transformación digital está vinculada a la revisión de los procesos analógicos, lo que demanda grandes dosis de innovación para que los cambios supongan mejoras efectivas. Y es en este punto donde parece más claro el papel de las universidades a distancia, como agentes de experimentación e innovación en metodologías y procesos de enseñanza plenamente digitales. Como ejemplo de esa labor, en los últimos años las universidades a distancia del panorama internacional han liderado iniciativas particulares como el movimiento de los recursos educativos abiertos, los certificados digitales, los cursos abiertos masivos y, últimamente, la analítica del aprendizaje y la inteligencia artificial aplicada a la enseñanza mediada digitalmente. Pero también hay casos destacados de innovaciones lideradas por universidades a distancia que tienen una mayor envergadura y cuyo alcance afecta al conjunto del sistema. Mientras que en Estados Unidos algunas universidades convencionales como el MIT, Stanford o Harvard impulsaron las spin-offs que ofrecen plataformas para la provisión de cursos en línea, en Europa fue la Open University (UK) quien estuvo al frente del proyecto FutureLearn, que plantea la colaboración entre instituciones de diverso carácter para ofrecer nuevos formatos de enseñanza superior en línea, con metodologías de alta calidad y adaptados a las necesidades de una sociedad que demanda mayores cotas de flexibilidad en la provisión de los servicios, de manera que sea posible adaptar los tiempos, los canales y los dispositivos a los requerimientos de cada usuario.

Por último, habría que mencionar el campo de la formación a lo largo de la vida. Este es un ámbito fundamental para la adquisición de habilidades de nuevo tipo, y en el que tradicionalmente las universidades a distancia han tenido una labor destacada. En los últimos años han surgido nuevos desafíos, como la demanda de nuevas habilidades vinculadas con el fenómeno digital, la formación en las llamadas habilidades blandas o el movimiento del pensamiento computacional, por citar algunos ejemplos con un notable impacto social y donde la educación a distancia puede ofrecer soluciones adecuadas. Históricamente los programas de enseñanza no formal y abierta de las universidades a distancia han permitido cubrir importantes necesidades sociales y ahora, en un contexto plenamente digitalizado, estas instituciones serían posiblemente las mejor preparadas para explotar los nuevos formatos de micro cursos, programas modulares e itinerarios de aprendizaje personalizados con los que es posible ampliar la formación de los ciudadanos y abrir nuevas oportunidades para el enriquecimiento personal y la actualización profesional.

En este texto se ha tratado de analizar la posición que ocupan las universidades a distancia en un contexto en el que la educación digital y los formatos no presenciales son cada vez más habituales en todo tipo de ofertas de estudios superiores. Para contribuir al mejor asentamiento de estas universidades en ese nuevo escenario, se han propuesto una serie de medidas que afectan a dos ámbitos: en el nivel institucional, se propone simplificar las organizaciones y la estructura de costes, especialmente en el caso de las universidades a distancia tradicionales; y en el ámbito académico, poner el foco en la innovación metodológica con el fin de hacer propuestas de planes de estudio adaptadas a las nuevas necesidades de la sociedad y, muy particularmente, articular una oferta de formación a lo largo de la vida diferenciada y alineada con las necesidades de nuevo tipo que emergen en el ámbito del desarrollo personal y profesional en una sociedad crecientemente digital.

La transformación digital no es específica de las universidades a distancia, sino que está borrando las fronteras entre enseñanza presencial y enseñanza a distancia. Por lo tanto, consideramos que ese aspecto de la realidad debería tener traducción en la legislación universitaria, particularmente, en las formas de financiación del servicio público de educación, en las características, funciones y responsabilidades docentes y, sin duda, en las formas de gestión, participación y rendición de cuentas social de la institución universitaria.


Fuente: los argumentos e informaciones de este texto se basan en la investigación presentada en el artículo: Domínguez, D., & Álvarez, J.F. (2019). Structural changes in the landscape of Spanish distance universities. Open Praxis, 11(2), 119–128. https://doi.org/10.5944/openpraxis.11.2.958


Información sobre los autores: Daniel Dominguez y Francisco Álvarez

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Comentarios
  1. Marta Román García dice: 25/09/2019 a las 11:17

    Ha sido interesante leer esta reflexión que pone de manifiesto la importancia que pueda tener la Universidad a distancia en la adecuación del resto de las instituciones educativas a la introducción de las nuevas tecnologías como herramientas básicas para la educación y el acceso a la cultura.
    Totalmente de acuerdo en las enormes «habilidades» que tiene la Universidad a distancia como punto de referencia y «locomotor» de los cambios a los que tiene que adecuarse la universidad presencial y resto de instituciones educativas.
    Y por supuesto, la reducción de la brecha presupuestaria, que ya no tiene lógica ninguna.
    El problema es que siempre vamos mucho más retrasado a lo que va la realidad. Y hoy por hoy…todos estudiamos a distancia. Bueno, todos los que seguimos estudiando.


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