Los programas universitarios para mayores: de la extensión a la responsabilidad social universitaria

El último tercio del siglo XIX significó la consolidación de la idea ilustrada del poder de la educación como recurso privilegiado de progreso social. La Institución Libre de Enseñanza (ILE), a la vanguardia de este movimiento, apostará por la regeneración social a través de universalizar la educación para toda la población: ricos y pobres, obreros y empresarios, mujeres y hombres. Instituciones postescolares, según denominación de Rafael Altamira en el Congreso Pedagógico Hispano-Americano de 1892, como las Escuelas de Artesanos, Universidades Populares, Escuela Cossío, Instituto-Escuela, Instituciones para la Enseñanza de la Mujer… irán surgiendo en la mayoría de las ciudades españolas, no exentas de un cierto elitismo aristocrático de la burguesía que entendía la educación del obrero y el carácter emancipador de la cultura como antídoto de la lucha de clases.

En el ámbito universitario, esta tendencia de difusión cultural y democratización del conocimiento cristalizará en el nacimiento de la “extensión universitaria”, no sin cierta influencia de modelos internacionales; Oviedo, Zaragoza, Valencia, Madrid, Barcelona, Sevilla… serán las primeras universidades españolas en adoptarla. Aun con notable diferencia de matices entre ellas, todas mantendrán un hilo conductor en la “acción expansiva de carácter educativo y social que la Universidad efectúa fuera de su esfera oficial docente”, como la define Leopoldo Palacios en el Boletín de la ILE en 1899, citando a Posada; vertebrar las sociedades y alcanzar la paz social a través de acercar la cultura de nivel superior a las clases populares y más desfavorecidas es el objetivo prioritario de todas las actividades: cursos, conferencias, excursiones científicas, cursillos, exposiciones, etc. El caso valenciano puede ser paradigmático, toda vez que en el discurso inaugural de su Rector, Manuel Candela, en 1902, coincidiendo con la conmemoración del IV Centenario de la fundación de la Universitat de València, hablará de que “nuestra reconstitución social no necesita de armas, sino de libros; no necesita de ejércitos, sino de lecciones”.

Esta tercera misión de la universidad, como la denominó Ortega en los años treinta, se irá nutriendo de elementos novedosos en función de la propia evolución social y del modelo de universidad de cada época histórica en el transcurso del siglo XX, aunque siempre con el ingrediente nuclear de posibilitar la igualdad de oportunidades y de acceso a la cultura a los más desfavorecidos. Esta diversidad de componentes del relato de la extensión universitaria, en la actualidad, va rompiendo sus costuras tradicionales para ampliarse hacia un concepto más global como es el de responsabilidad social universitaria, a modo de paraguas que integra todo un conjunto de actividades, tanto de gestión interna como de proyección externa, que vinculan su esencia identitaria con las responsabilidades sociales del entorno. Y es que la universidad, como institución pública, también debe asumir el compromiso de contribuir a asegurar los principios de convivencia de una sociedad democrática e inclusiva, colaborando en la construcción de los valores cívicos de una ciudadanía crítica, responsable y participativa.

En este contexto de extensión de la cultura como recurso de vertebración de sociedades inclusivas, de garantizar el derecho a una educación para todos sin espacios ni tiempos (en especial a los colectivos más vulnerables), junto a la apuesta por consolidar los principios de formación permanente, de aprendizaje a lo largo de la vida, o de facilitar el envejecimiento activo de un grupo social creciente por razones demográficas, como es el de personas mayores, cada vez más dispuesto a mantener su vida activa y de participación social en la comunidad, no resulta extraña la aparición de los Programas Universitarios para Mayores (PUM), como respuesta responsable de las universidades a las exigencias de la evolución actual de nuestras sociedades.

Unos programas de estudio no oficiales, dirigidos a mayores de 55 años, sin requisitos previos de entrada que, más allá de lo puramente académico y de la adquisición de conocimientos, apuestan por enriquecer la convivencia entre los estudiantes matriculados, satisfacer las exigencias de relación con el contexto cambiante en el que viven, prevenir situaciones de dependencia, facilitar su propia autonomía y el crecimiento personal en las últimas etapas de la vida; la participación en actividades culturales y de ocio, de voluntariado, de trabajo social para la comunidad, y aun de relaciones intergeneracionales, caso de algunas universidades, les permiten contribuir a garantizar unos niveles de calidad de vida plena, sostenible y saludable. En definitiva, estos programas demuestran a la sociedad que en edades avanzadas las personas tienen capacidad de aprender, de conocer, de decidir y de gobernar su vida, ofreciéndoles un espacio de participación en el que pueden intercambiar significados, conocimientos, estrategias, experiencias… llegando a desarrollar habilidades y conocimientos nuevos, sin intereses profesionales ni aspiraciones a graduación oficial; elementos ambos que, sin ninguna duda, llevan al disfrute de lo que se hace y aumentar la capacidad de enfrentarse a la vida.

Desde su nacimiento en 1993, gracias al esfuerzo de las universidades y la colaboración de su profesorado, su crecimiento ha sido verdaderamente exponencial, contabilizando en la actualidad cerca de 60 programas, con más de 60.000 estudiantes matriculados y la participación de 7.000 docentes. Su momento de despegue lo constituye la creación de la Asociación Estatal de Programas Universitarios para Personas Mayores (AEPUM), en 2004, agrupando a 46 universidades que mantienen programas con modalidades muy diversas y denominaciones diferenciadas: desde estudios específicos diseñados para los mayores especialmente con un curriculum adaptado, a  programas que permiten cursar asignaturas de las titulaciones oficiales, compartiendo aulas con los estudiantes universitarios, o proyectos curriculares conformados por un amplio conjunto de cursos complementarios, ciclos de conferencias, actividades formativas, de ocio y culturales, todas en abierto y que el alumno puede ir eligiendo en función de sus gustos e intereses.

Hablamos, por tanto, de programas que además de promover nuevas estructuras educativas, formativas y culturales relacionadas con personas mayores, trabajan por ser un punto de referencia y encuentro para cualquier interesado en la formación permanente y a lo largo de toda la vida, dado que son propuestos desde las diferentes áreas de conocimiento de centros universitarios, con todas las características de las enseñanzas superiores, con lo que ello supone de incorporar resultados de investigación, criterios de innovación educativa, evaluación de calidad, participación en redes de investigación nacional e internacional y proyectos en colaboración con centros educativos de diversos países. Incluso el alumnado, guiado por el profesorado universitario, se incorpora a grupos de investigación, donde el uso de métodos de investigación básica y aplicada en equipos multidisciplinares y redes de innovación educativa deriva en un alto impacto.

Por todo ello, en el marco de esa responsabilidad social de las universidades por acercar la cultura y facilitar la inclusión de los más vulnerables en una ciudadanía cohesionada, y más allá de los requerimientos de la vigente Ley Orgánica de Universidades (LOMLU) por impulsar la extensión universitaria y las enseñanzas que consoliden el aprendizaje a lo largo de la vida, se debe seguir apostando por el potencial que tienen estos programas que, si bien deben asumir importantes retos, ofrecen asimismo oportunidades incuestionables para la formación de personas mayores. Por su parte, la investigación en envejecimiento activo tendrá que ir progresivamente adaptándose a un colectivo en continua transformación, como ha tenido ocasión de solicitar la propia AEPUM con la elaboración y definición de un Modelo Marco que posibilite un reconocimiento oficial de estas Enseñanzas Específicas para Personas Mayores (ver aquí). Resulta imprescindible exigir de las administraciones públicas la financiación adecuada y por parte de las universidades la continuidad desinteresada de la apuesta por su gestión y desarrollo.

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Comentarios
  1. Miguel Arranz dice: 11/10/2019 a las 11:59

    Excepcional entrada. enhorabuena al autor. Más necesario que nunca reflexionar sobre lo que las universidades pueden y deben hacer por nuestros mayores.

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