«Coopetir» para avanzar: una nueva cultura académica para el siglo XXI
La «coopetición», entendida como la capacidad de competir y cooperar simultáneamente, se ha consolidado durante las últimas décadas como una estrategia de éxito en el ámbito empresarial. Grandes compañías tecnológicas compiten ferozmente en los mercados mientras colaboran en investigación, desarrollo tecnológico o establecimiento de estándares comunes. El caso de Samsung y Apple, analizado en diversos estudios, es uno de los ejemplos más conocidos de esta aparente paradoja (Blázquez-Jiménez & Sanchis, 2023).
Una cultura de la evaluación que premia lo individual
Sin embargo, quizás uno de los espacios donde la coopetición sería más necesaria y menos desarrollada es precisamente la universidad. La universidad contemporánea vive inmersa en una creciente cultura de la evaluación. La acreditación, los sexenios de investigación, los quinquenios docentes, los rankings, los índices de impacto, las evaluaciones individuales o la captación de proyectos competitivos forman parte ya del día a día del profesorado. El problema no es la evaluación en sí misma. Toda organización necesita mecanismos que permitan reconocer el mérito y garantizar la calidad.
El problema aparece cuando los sistemas de evaluación generan incentivos que favorecen más la competencia individual que la cooperación colectiva.
Paradójicamente, la investigación científica es una actividad esencialmente cooperativa. Los grandes avances del conocimiento raramente son fruto de esfuerzos aislados. Surgen de redes de investigación, equipos multidisciplinares, intercambio de ideas y aprendizaje compartido. Sin embargo, muchos profesores y profesoras perciben que compiten permanentemente con compañeros y compañeras de su propio departamento por recursos limitados, reconocimiento académico, oportunidades de promoción o liderazgo de proyectos. La consecuencia es una contradicción difícil de ignorar. La universidad exige colaboración, pero premia principalmente logros individuales. Se fomenta el trabajo en equipo mientras la carrera académica continúa evaluándose, en gran medida, sobre indicadores personales.
El origen de la paradoja: los sistemas de incentivos
El origen de esta paradoja se encuentra, en gran medida, en los sistemas de incentivos que han ido configurando la carrera académica durante las últimas décadas. Los sexenios, acreditaciones, evaluaciones de la actividad investigadora, captación de proyectos competitivos o posiciones en los rankings han contribuido a profesionalizar y mejorar la calidad de la universidad. Sin embargo, también han reforzado una cultura en la que el éxito se mide fundamentalmente a escala individual. Cada profesor acumula méritos en su propio currículum, mientras que los resultados colectivos del departamento, del instituto de investigación o de la universidad tienen una menor incidencia en la evaluación personal.
Esta situación genera un efecto perverso. Los profesores saben que colaborar suele producir mejores resultados científicos a medio y largo plazo, pero perciben que deben priorizar aquellas actividades que maximizan su rendimiento individual inmediato. Se crea así una tensión permanente entre el interés colectivo y el interés personal.
La consecuencia no es necesariamente un conflicto abierto, sino algo más sutil: menor intercambio de información, menos proyectos compartidos, mayor fragmentación de los grupos de investigación y una progresiva pérdida de capital social dentro de los departamentos.
Si la universidad quiere afrontar con éxito los grandes retos actuales, debería avanzar hacia modelos de evaluación que reconozcan no sólo la excelencia individual, sino también la capacidad de generar valor colectivo. La colaboración entre colegas, el liderazgo de equipos, la participación en proyectos transversales o la contribución al fortalecimiento institucional deberían formar parte de los incentivos académicos con mucha más intensidad de la que lo hacen actualmente.
La competencia dentro del propio departamento
Esta situación resulta especialmente visible dentro de los departamentos universitarios. Profesores que comparten despachos, asignaturas, grupos de investigación o líneas de trabajo se ven empujados a competir entre sí. En ocasiones, el intercambio de información se reduce, las publicaciones conjuntas disminuyen o se generan dinámicas de aislamiento que perjudican tanto a las personas como a las instituciones.
La lógica económica nos diría que esta competencia debería aumentar la productividad. Sin embargo, la evidencia acumulada sobre la gestión del conocimiento muestra justamente lo contrario: las organizaciones más innovadoras suelen ser aquellas capaces de combinar rivalidad y colaboración, aprovechando las sinergias derivadas del intercambio de recursos y capacidades. La propia literatura sobre coopetición destaca que la creación conjunta de valor puede generar beneficios superiores a los obtenidos mediante estrategias puramente competitivas (Blázquez-Jiménez & Sanchis, 2023).
La pregunta es inevitable: ¿por qué no aplicar estos principios dentro de la universidad?
Qué significa la coopetición universitaria
La coopetición universitaria no implica eliminar la competencia. La excelencia académica necesita incentivos y reconocimiento al mérito. Lo que propone es equilibrar ambos elementos. El profesorado puede competir por alcanzar mejores resultados investigadores o docentes y, al mismo tiempo, cooperar para conseguir objetivos colectivos de mayor alcance.
Un departamento universitario orientado por los principios de la coopetición promovería publicaciones conjuntas, proyectos compartidos, programas de mentoría entre investigadores sénior y jóvenes, generación de grupos interdisciplinarios y construcción de estrategias colectivas para mejorar la captación de recursos externos. El éxito individual dejaría de percibirse como una amenaza para los demás y pasaría a considerarse una oportunidad para fortalecer al conjunto.
La cuestión es especialmente importante en un contexto en el que las universidades afrontan desafíos cada vez más complejos: digitalización, inteligencia artificial, internacionalización, transferencia de conocimiento, sostenibilidad y vinculación con el entorno social. Ninguno de estos retos puede resolverse desde el individualismo académico.
Seis ejes para promover la coopetición en los departamentos
La promoción de una verdadera cultura de coopetición dentro de los departamentos universitarios exige actuaciones concretas:
- Incorporar indicadores colectivos en los sistemas de evaluación interna, reconociendo los logros del departamento además de los individuales.
- Incentivar las publicaciones y proyectos interdisciplinares desarrollados por equipos de profesores del propio departamento.
- Establecer programas de mentoría que faciliten la transferencia de conocimiento entre profesorado sénior y joven.
- Crear espacios periódicos de intercambio de ideas, avances de investigación y buenas prácticas docentes, como seminarios internos en temas de innovación docente y de resultados de proyectos de investigación competitivos.
- Fomentar liderazgos compartidos, distribuyendo responsabilidades académicas e investigadoras entre distintos miembros del departamento.
- Desarrollar una cultura basada en la confianza, la transparencia y el reconocimiento mutuo, donde el éxito de un compañero no sea percibido como una amenaza sino como un activo para el conjunto.
Estos seis ejes permitirían equilibrar competencia y cooperación, transformando el departamento en una auténtica comunidad de aprendizaje, innovación y generación de conocimiento.
Se coopera hacia fuera, se compite hacia dentro
Resulta llamativo comprobar cómo las universidades fomentan la colaboración entre instituciones mediante alianzas internacionales, campus europeos o redes de investigación, mientras dentro de sus propias estructuras continúan predominando modelos de incentivos que favorecen la competencia interna. Se coopera hacia fuera mientras se compite hacia dentro. Quizás haya llegado el momento de replantear esta lógica. Las universidades no son únicamente agregados de investigadores individuales. Son comunidades de conocimiento. Y las comunidades prosperan cuando existe confianza, intercambio y colaboración.
La futura universidad competitiva no será aquella donde su profesorado compita más entre sí, sino aquella capaz de convertir la cooperación interna en una ventaja diferencial.
La verdadera excelencia académica no consiste en ganar carreras individuales, sino en construir capacidades colectivas que permitan avanzar más lejos y más rápido.
Del colega-rival al colega-socio
La universidad del siglo XXI necesita sustituir la cultura del/la colega-rival por la del/la colega-socio. Los sexenios, acreditaciones y rankings seguirán existiendo, pero el verdadero reto consiste en diseñar departamentos donde la excelencia individual se construya sobre la cooperación colectiva y no a costa de ella. Quizás el verdadero desafío de la universidad del siglo XXI no sea conseguir que el profesorado publique más, sino conseguir que publiquen mejor juntos.
En definitiva, la universidad necesita aprender una lección que muchas empresas innovadoras ya han asumido: cooperar con quien está más cerca no debilita la competitividad. Al contrario, la multiplica. La coopetición no es una contradicción. Es, probablemente, la estrategia más inteligente para afrontar el futuro de la educación superior.


Dr. Joan Ramon Sanchis. Felicitaciones por compartir la estrategia de coopeticion, una propuesta que contribuirá a fortalecer el gobierno y la gestión universitaria, especialmente en las dimensiones de investigación, académica y administrativa. Estrategia que permitirá a algunas universidades a promover una mayor colaboración, articulación institucional e intercambio de buenas prácticas.