El lenguaje, principal instrumento de transferencia
El lenguaje constituye una de las herramientas sociales más determinantes en la vida humana y en la organización socioeconómica. Aunque su uso cotidiano lo convierte en un fenómeno aparentemente transparente, su potencial para moldear realidades, transformar situaciones, articular relaciones de autoridad, mediar afectos y gestionar conflictos lo sitúa en el centro de los procesos sociales. Más que un mero vehículo informativo, el lenguaje se presenta como un instrumento de transferencia simbólica, emocional y política cuya influencia se proyecta en esferas individuales y colectivas, desde lo privado hasta lo público. Las ciencias sociales han demostrado que el lenguaje interactúa con múltiples dinámicas —comunicación, política, economía, psicología, medicina o tecnología— que lo dotan de una complejidad que excede la visión limitada de la lengua como acto natural del habla.
Dimensiones del lenguaje en la formación universitaria actual
A lo largo del siglo XXI, su conceptualización ha experimentado una profunda transformación: de entenderse como un sistema pasivo, objetivo e informativo pasa a concebirse como una herramienta dinámica, subjetiva y argumentativa, capaz de construir realidades y no solo de describirlas. Desde esta perspectiva, resulta pertinente considerar, entre otras muchas dimensiones, tres de ellas que, actualmente, resultan fundamentales: el lenguaje como instrumento de poder, el lenguaje como motor de bienestar social, emocional y relacional y el lenguaje como herramienta para la construcción y sostenimiento de la paz. En estas áreas, la universidad debería desempeñar un papel clave como institución formadora y generadora de conocimiento, y como agente comprometido con el bienestar ciudadano.
La conciencia lingüística —su análisis crítico y su uso responsable— debería integrarse en los planes de estudio con la finalidad de promover sociedades más felices, equitativas, cohesionadas y progresistas.
El lenguaje como instrumento de poder y autoridad
1. Ideología y capital simbólico
El lenguaje está lejos de ser un medio neutral: constituye una vía de inscripción en el mundo desde los primeros instantes de vida y a lo largo de su desarrollo. Tal como plantea Bourdieu, los usos lingüísticos operan como capital simbólico que otorga legitimidad y, con ello, capacidad de autoridad. Determinadas formas de hablar —acentos, registros, patrones de cortesía, estructuras sintácticas— adquieren prestigio institucional, especialmente en ámbitos como la escuela, los medios de comunicación, la justicia y la burocracia estatal. Ello genera jerarquías que diferencian entre discursos válidos y marginados, y convierte al lenguaje en un dispositivo de clasificación social que asigna roles y expectativas, reproduce estereotipos y delimita el acceso a espacios de poder.
2. Hegemonía discursiva
El Análisis Crítico del Discurso ha mostrado cómo ciertas prácticas discursivas naturalizan significados hasta convertirlos en sentido común. Los discursos dominantes instauran marcos interpretativos que guían la percepción de fenómenos políticos, sociales o sanitarios.
Las palabras no solo representan la realidad: la construyen, la vuelven pensable de un modo determinado y excluyen alternativas. Durante crisis sanitarias, conflictos bélicos o debates sociales, las narrativas mediáticas y políticas buscan orientar la opinión pública mediante selecciones léxicas y semánticas que a menudo pasan desapercibidas.
La resemantización ideológica —cambiar el significado aceptado de un término— constituye un recurso habitual para consolidar posiciones de poder. De ahí que la universidad deba proporcionar herramientas para identificar estas estrategias y desarrollar una alfabetización crítica en el uso del lenguaje.
3. Política, gubernamentalidad y tecnología
La política, la economía, se construye, también e incluso habitualmente, por un ejercicio determinado del lenguaje, aquel que genera poder: categorías con carácter negativo o positivo, como “crisis”, “malversación”, “mentira”, “paro”, “inseguridad”, “terrorismo” o “sostenibilidad”, “progreso”, “solidaridad”, “confianza”, “empleo”, “paz”, etc., tienen la capacidad de generar rechazo y miedo o adhesión y consenso, desde el momento en que plantean y orientan la percepción ciudadana. Quien sabe gestionar estos marcos controla, en buena medida, la dirección del debate público. Somos conscientes, es el gran desafío, de hecho, de los políticos y de sus discursos. A ello se suma el impacto del desarrollo digital: algoritmos, plataformas de moderación automática y modelos lingüísticos influyen en la circulación de discursos, potenciando y amplificando algunos y rebajando y silenciando otros. Estas tecnologías se han convertido en mecanismos ideológicos y políticos de impacto, incluso de gubernamentalidad que actúan sin necesidad de una intervención explícita del Estado.
Las universidades en este sentido y a través de la investigación, han mostrado cómo determinadas tendencias ideológicas, diferentes variedades lingüísticas son susceptibles de sufrir discriminación y cómo los sistemas tecnológicos reproducen sesgos.
La UNESCO ya previno esta situación y planteó una serie de fundamentos y criterios para evitarlo, aunque no hay sido suficiente, pues tales diferencias se han mantenido, incluso ampliado. Por ello, la formación lingüística crítica debería ocupar un lugar central en la vida universitaria.
El papel de la comunicación en el bienestar social
El bienestar social no depende exclusivamente de factores materiales. La calidad de las interacciones comunicativas desempeña un papel esencial en la construcción de confianza, solidaridad y cooperación. Un lenguaje claro, respetuoso y accesible contribuye a generar serenidad emocional, estabilidad en las relaciones y cohesión social. Para colectivos como la infancia, la juventud o la tercera edad, la comunicación institucional constituye un puente fundamental para fomentar la implicación, para sentirse considerado y para la participación y la integración. El diseño de políticas comunicativas que prioricen la transparencia, la escucha y el reconocimiento contribuyen a reforzar el tejido social.
Salud mental y regulación emocional a través del habla
El lenguaje es un instrumento decisivo para entender la experiencia personal y colectiva y regular las emociones. La psicolingüística ha demostrado que la capacidad de poner en palabras los sentimientos ayuda a identificar situaciones difíciles y promueve la resiliencia y viene a mostrar, por otro lado, cómo los discursos positivos o negativos actúan sobre el sistema nervioso central y periférico. Prácticas como la escucha activa, la escritura expresiva, la comunicación empática o la validación emocional incrementan la autoestima y mejoran la salud mental. En contextos como la medicina, la justicia o la educación, la comunicación clara y empática reduce tensiones, disminuye estigmas y favorece el apoyo personal y social. Un léxico cuidadoso, afable y positivo contribuye a crear entornos más seguros y humanos.
Justicia lingüística y equidad
El lenguaje, también, puede provocar inclusión o exclusión. Lo sabemos. Las desigualdades lingüísticas, que se pueden generar por una accesibilidad cognitiva limitada, por la presencia de barreras idiomáticas o, entre otras, por la exclusión de variedades no estándar, son susceptibles de generar inequidades reales en el acceso a determinados derechos fundamentales. La justicia lingüística propone estrategias para corregir estas desigualdades mediante políticas de multilingüismo, de lectura fácil, de intérpretes profesionales y de tecnologías de apoyo. Garantizar la accesibilidad comunicativa es fundamental para asegurar la participación ciudadana y fortalecer el bienestar colectivo.
La universidad puede desempeñar un papel decisivo, en este sentido, mediante la formación, la investigación y la transferencia de conocimiento en estos ámbitos.
El lenguaje como vía para la construcción de la paz
Diálogo y transformación de conflictos
El lenguaje, su uso, puede ser generadora de paz. El planteamiento de lugares comunes compartidos, el reconocimiento discursivo del otro, el tratamiento con respeto, constituyen pilares fundamentales en los procesos de mediación y de la construcción de la paz. Un diálogo estructurado, basado en una escucha activa, en preguntas abiertas o en una reformulación empática, permite que los interlocutores expongan sus puntos de vista, que ocupen sus espacios y sus funciones y, de ese modo, promover la disminución de tensiones y la transformación de las relaciones hostiles. La manera en la que se configuran y se plantean los discursos influye directamente en la desescalada de los conflictos: un encuadre discursivo más comprensivo y menos acusatorio facilita la cooperación y la construcción de acuerdos sostenibles, esenciales en comunidades afectadas por la violencia.
Narrativas e imaginarios colectivos
Los discursos configuran y vehiculan la imagen que cada grupo tiene de sí mismo y de los otros. Los imaginarios colectivos se construyen a través de narrativas que pueden fomentar la hostilidad o promover la corresponsabilidad. Las metáforas belicistas, los etiquetajes deshumanizantes o las dicotomías rígidas tienden a escalar los conflictos simbólicos. En cambio, discursos basados en la empatía y el reconocimiento favorecen la reconciliación. Los medios de comunicación poseen una enorme capacidad para reforzar, modificar o cuestionar estas narrativas, influyendo en el clima social y en la viabilidad de procesos de paz.
Memoria y reconciliación
El lenguaje también constituye un medio para recordar, para desarrollar la memoria colectiva y avanzar hacia la reconciliación después de experiencias traumáticas. El lenguaje cura heridas. Los relatos reparadores, los testimonios y las narrativas históricas comunes permiten integrar el dolor y el sufrimiento y generar un reconocimiento mutuo. Un léxico, un discurso, respetuoso y consciente de la dignidad del otro, facilita la sanación emocional. La creación de espacios discursivos donde las personas puedan narrar sus vivencias es fundamental para la justicia restaurativa y la prevención de futuras violencias. La universidad, como institución de pensamiento crítico, debería promover estos enfoques en su docencia y prácticas institucionales.
Conclusiones sobre la transferencia discursiva en la sociedad
El lenguaje es el principal instrumento de transferencia discursiva, simbólica, emocional, política y cognitiva en la vida social. Construye imaginarios, sostiene estructuras de poder, articula relaciones humanas y desempeña un papel central en la configuración del bienestar colectivo y de los procesos de paz. Analizar sus dimensiones políticas, sociales y tecnológicas permite comprender cómo se distribuye el poder, cómo se gestiona el bienestar y cuáles son las posibilidades de cohesión y reconciliación.
En un mundo donde las tecnologías digitales reconfiguran constantemente el espacio discursivo y comunicativo, la formación crítica en lenguaje se vuelve indispensable. Las universidades deben asumir un papel central en este proceso, profundizando en las herramientas que el lenguaje ofrece para crear mundos, para interpretar realidades, diseñar políticas públicas inclusivas y promover sociedades más justas, saludables y pacíficas.


Pienso que el escrito de la profesora Tordesillas, debería constituir una política que atraviese todo el arco universitario. Su exposición comprende el valor crítico del lenguaje, y ofrece un camino para enmendar los modelos de comunicación prevaleciente en nuestras sociedades, dando pie a sistemas autoritarios. Claro, la universidad debe volver a sus fines primigenios para esto, y eso no es fácil. Felicito a Marta Tordesillas.