El papel de la Universidad en la formación permanente a lo largo de la vida

La formación a lo largo de la vida 

Uno de los trending topics -si se me permite esta expresión tan actual- sobre la Universidad es, sin duda el de la necesidad de proporcionar formación para toda la vida (Life long learning en inglés). Como sucede con todos los tópicos, no falta un poco de exceso en las afirmaciones, pero como suele ocurrir con ellos -por eso son tópicos- no deja de haber razones que las avalan.

Entiendo que no resulta necesario extenderse demasiado en fundamentar esa afirmación: el dinamismo de una trayectoria profesional que se alarga durante décadas combinado con un mundo que evoluciona a gran velocidad hacen imprescindible actualizar la formación -cuando no adquirir nuevos conocimientos y competencias – a lo largo de toda la vida profesional. Y no es raro que, al terminar esta, se produzca además una demanda de formación en ámbitos muchas veces distintos de los que han marcado la propia trayectoria laboral (como lo demuestra el éxito de los programas senior o similares).

Estar siempre al día 

No se trata de una tendencia radicalmente nueva. Siempre se ha percibido la necesidad de mantenerse actualizado en la propia profesión; pero, es cierto que la cantidad y profundidad de los cambios a los que nos enfrentamos suponen para el entorno educativo un reto más ambicioso que trata de no dejar a nadie atrás. Y es que, como se ha podido afirmar “las personas que prosperarán en el siglo XXI serán aquellas que adopten el aprendizaje permanente y aumenten continuamente sus conocimientos, habilidades y competencias” (Brassey, J., Coates, K., y Van Dam, N. (2019). Seven essential elements of a lifelong-learning mind-set. McKinsey&Company).

A partir de estos planteamientos, que se pueden considerar aceptados de forma más o menos generalizada, no dejan de surgir interrogantes sobre qué comprende esa formación para toda la vida, quién debe proporcionarla, en qué formato y orientación, etc. En lo que sigue, intentaré explicar por qué la Universidad es insustituible en esta tarea, qué puede aportar y en qué se beneficiará si lo aborda, para terminar con unas consideraciones prácticas sobre cómo deberíamos llevar a cabo una estrategia de formación para toda la vida.

El papel único de la Universidad

Además de las universidades y escuelas de negocios, son muchos los actores que pretenden atender esta creciente demanda de formación: asociaciones y colegios profesionales, centros de formación, plataformas educativas… y una nueva familia de universidades corporativas abiertas. Todo ello sin contar con que, cada vez más, las propias empresas dedican importantes recursos a formar a sus empleados en lo que a veces llaman “campus”. No falta incluso quien considera que esas instituciones, más vinculadas al mundo empresarial, se encuentran en mejores condiciones que la Universidad para ofrecer una formación que, en buena medida, está unida a exigencias profesionales.

Sin desconocer las razones que subyacen a ese tipo de afirmaciones y sin pretender excluir a ninguno de esos actores, creo que, con las adaptaciones necesarias, la Universidad puede aportar un valor único y diferencial en este nuevo ecosistema. En primer lugar, porque solo ella puede ofrecer contenidos basados en investigación puntera; en segundo lugar, porque lleva décadas –siglos– reflexionando sobre la mejor manera de trasmitir los conocimientos y, por último, porque solo desde la Universidad es posible impartir una formación verdaderamente transversal –o multidisciplinar si se prefiere–, tan necesaria hoy en día para afrontar los grandes retos de nuestro tiempo.

Es más evidente que nunca que la graduación no marca una cima, ni siquiera el final de la relación con nuestros graduados.

El nuevo paradigma de formación permanente nos ofrece la oportunidad de seguir formando a nuestros alumnos en la siguiente etapa educativa, de 25 a 60 o más años, algo que para ellos es una necesidad.

¿En qué se beneficiará la Universidad?

Ante este nuevo reto no deberíamos pedir a la Universidad algo que no puede dar. El rigor que debe caracterizar la investigación universitaria es consecuencia de los procesos que deben seguir nuestros investigadores. La preparación que distingue a los buenos profesores universitarios responde a las horas que invierten en dirigir trabajos y tesis, leer, reflexionar…  Por otra parte, la madurez intelectual, la capacidad analítica que se espera de un buen estudiante universitario no se forja solo en el aula o en las bibliotecas, también se moldea en los encuentros personales con profesores y compañeros. Por todo ello es fácil concluir que la velocidad no es -­no tiene por qué ser- la nota universitaria más característica, pero tampoco es propio de una institución que quiere estar en la vanguardia de las trasformaciones sociales el inmovilismo.

Nuevas respuestas para nuevas oportunidades

La sociedad nos está pidiendo una respuesta flexible y transversal a los retos altamente complejos a los que se enfrenta. No existen fórmulas simples.

Los profesionales que habían ya abandonado nuestras aulas buscan contenidos relevantes basados en investigación puntera, multidisciplinar, a través de los que puedan afrontar esa complejidad. Si encontramos la forma de ayudarles, la universidad no solo ganará en relevancia, sino también en capacidad de profundizar en contenidos, investigación y docencia, acelerando la dinámica de transferencia y el impacto social de nuestra labor.

El reto supone grandes oportunidades para toda la universidad en su conjunto y para cada uno de los miembros de la comunidad: profesores, alumnos, investigadores, antiguos alumnos, empleadores… La sociedad demanda de la universidad la capacidad de sumar a los elementos permanentes, las herramientas necesarias para encontrar respuestas a los nuevos problemas; o al menos, para saber dónde buscarlas, distinguiendo los verdaderos cambios de las modas pasajeras. Nuestra experiencia muestra que, además, esta formación es muy valorada por las empresas, que aprecian en los estudiantes y profesionales formados en nuestras aulas, actitudes, competencias y modos de hacer que trascienden de la necesaria preparación técnica y les permiten abordar los cambios con más eficacia.

¿Qué hay que tener en cuenta para diseñar un programa de formación permanente?

Nos equivocaríamos si tratásemos de responder a este reto con una respuesta uniforme para todos. La profundidad y relevancia que exige un programa serio de formación permanente, capaz de aportar valor añadido respecto a los demás actores, debería nacer de una reflexión en cada centro universitario.

Una estrategia seria de “formación a lo largo de la vida” es un proyecto holístico que afecta a la Universidad en su conjunto y tiene implicaciones en las diferentes áreas. Es, por ello, necesaria una estrategia realista, que se atreva a priorizar, aprovechar sinergias y dotar al programa de recursos de personal, tiempo, financiación; y, sobre todo, una coordinación estable entre las facultades y departamentos para la creación de los contenidos transversales a los que antes nos referíamos. Sin ánimo de ser exhaustivo, cabe señalar algunas cuestiones que pienso permiten hacerse cargo de la dimensión del proyecto.

Cuatro requisitos imprescindibles 

  1. Debe, en primer lugar, darse respuesta a las obvias preguntas estratégicas sobre las áreas en las que podría ofrecer un programa sólido y diferencial (no todos podemos hacer todo), el ámbito en el que se quiere incidir (más local o más universal), el formato presencial, remoto o mixto, etc.
  2. Pero desde los órganos de dirección de la Universidad deben también decidirse cuestiones más operativas como: ¿Quién debe pilotar el diseño y la ejecución de la oferta en formación permanente? ¿En qué formatos? ¿Cómo se cambiará el sistema de asignación de profesores?, etc.
  3. No deben tampoco olvidarse otras cuestiones que tienen relación con los servicios centrales más directamente vinculados con las empresas (Antiguos Alumnos, Salidas Profesionales, Desarrollo…) y que, sin duda, serán la puerta de entrada y la clave del éxito de muchas iniciativas.
  4. Hay, por último, otras incógnitas relacionadas con el sistema de acreditación que, en mi opinión, debería buscar un equilibrio entre la calidad y la flexibilidad de la oferta, dejando un amplio margen para que sea la propia sociedad la que, en buena medida, valore su competitividad.

Continuar una senda de cambios

La tarea es ardua porque supone realizar cambios en instituciones consolidadas, con estructuras a veces poco flexibles. Sin embargo, hay espacio para el optimismo.

Estamos aún inmersos en una pandemia que ha evidenciado que somos capaces de dar respuestas a importantes e inesperados retos más allá, incluso, de nuestras propias expectativas. No hay duda de que, en el último curso, la universidad ha sorprendido a los más optimistas adaptando en tiempo récord sus contenidos y formatos a un entorno digital e incierto. ¿No podríamos continuar en esta senda?

 

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[1] Esta entrada recoge algunas ideas desarrolladas en un trabajo más extenso que lleva por título “¿Qué valorar a la hora de implantar una estrategia de ‘formación permanente a lo largo de la vida?’”, incluido en Parras Rosa, M. (dir.), Lecturas de política y gestión universitarias, Aranzadi-CRUE, 2021.

 

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