La fe como criterio hermenéutico de la universidad católica
Primera tensión: la universidad como el hogar de la reflexión continua
En el número 13 de la constitución apostólica Ex Corde Ecclesiae, san Juan Pablo II enumera las características principales que definen a la universidad católica. La segunda de estas características me parece especialmente sugerente: “la reflexión continua a la luz de la fe católica sobre el creciente tesoro del saber humano” (Juan Pablo II, 1990).
En esta formulación, el Papa integra con elegancia elementos intrínsecamente universitarios con una luz que, a primera vista, podría parecer ajena. Nos resulta bastante natural concebir la universidad como un templo de reflexión sobre el saber humano. Sin embargo, la “luz de la fe católica” puede sonar hoy como un elemento extraño a la naturaleza de la institución universitaria, casi como un añadido extrínseco. Vayamos por partes.
La expresión “reflexión continua” esconde un mecanismo de gran fecundidad. “Reflexión” viene del latín reflexio, formada por el prefijo re- (“de nuevo”, “hacia atrás”), el elemento flex (del verbo flectere, “doblar”) y el sufijo -io, que indica acción. Se trata, literalmente, de la acción de “doblar hacia atrás”: volver sobre nosotros mismos, sobre nuestro pensamiento, sobre aquello que hemos considerado.
Así entendida, la “reflexión continua” no sólo evoca un ejercicio mental característicamente universitario que debe mantenerse vivo, sino que nos sitúa en una determinada manera de habitar el tiempo.
La reflexión exige pausa: detenerse para elaborar una consideración cuidadosa sobre lo que pensamos. Nos abre una ventana hacia nuestra historia, hacia aquello del pasado sobre lo que merece la pena volver. El hecho de que sea “continua”, además, nos compromete con el presente y nos proyecta hacia el futuro.
Segunda tensión: el “creciente tesoro del saber humano” y la misión de la universidad
Algo similar ocurre con la expresión “creciente tesoro del saber humano”. Los dos términos son muy ricos. El participio “creciente” nos sitúa en tensión entre lo que ha sido, lo que es y lo que será. La universidad actual puede ser productora de pensamiento, de talento, de I+D y de acciones de servicio a la sociedad porque es depositaria de un legado mayor que ella misma y porque se sabe orientada hacia las generaciones futuras.
Una imagen clásica resume simbólicamente esta tensión que define la naturaleza de la universidad. Juan de Salisbury, en el Metalogicon, recoge las palabras de Bernardo de Chartres: “solía compararnos con enanos encaramados en los hombros de gigantes. Señaló que vemos más y más lejos que nuestros predecesores, no porque tengamos una visión más aguda o mayor altura, sino porque somos elevados y transportados en su gigantesca estatura” (Juan de Salisbury 1159).
La universidad actual es, por tanto, depositaria y responsable de este tesoro que tiene entre sus manos.
Debe dedicarse sin interrupción a su consideración cuidadosa para transmitirlo -enriquecido por la docencia y por la investigación, movida por la búsqueda de la verdad– a las siguientes generaciones. En esto reconocemos el corazón de la universidad como tal, sin genitivos ni apellidos históricos.
Tercera tensión: la fe católica como criterio hermenéutico
Llegamos así a una tercera tensión, que puede parecer la más espinosa: la presentación de la fe católica como criterio hermenéutico que debe iluminar esta misión universitaria. Conviene aclarar que esta fe no es simplemente una luz exterior que ilumina aspectos superficiales o sólo ciertos departamentos.
No consiste en añadir una pátina religiosa a contenidos ya cerrados, como un barniz aplicado al final. Es, más bien, una luz interior, que inspira desde dentro las preguntas, los métodos y los fines de cada disciplina.
Esta luz, por tanto, no rompe ni contradice la naturaleza propia de la universidad. La fe católica no viola la debida autonomía de los saberes ni impone cortapisas a los métodos específicos de cada campo. Se entiende a sí misma como aliada de la razón en sentido amplio, como explicó Benedicto XVI en el célebre discurso de Ratisbona (Benedicto XVI, 2006). Así vista, la catolicidad resulta plenamente compatible con la institución universitaria, incluso cuando esta no se declara confesional.
Una propuesta aparentemente conflictiva
Esta propuesta puede parecer conflictiva, pero no lo es. La Iglesia ha defendido siempre que fe y razón no son enemigas, sino aliadas. Desde los Padres de la Iglesia hasta santo Tomás, desde la Escuela de Salamanca en los siglos XVI y XVII hasta J. H. Newman, y desde entonces hasta hoy, la tradición católica ha cultivado un diálogo profundo entre ambas. Podemos afirmar, incluso, que la universidad, tal como la conocemos, nace en buena medida de este impulso integrador.
De este modo, la universidad católica es algo más que una universidad con capellanía y asignaturas de religión. Es algo más profundo y amplio: un paradigma de enseñanza, de investigación y de servicio a la sociedad nacido de una cosmovisión concreta. Una forma de entender el mundo construida sobre unos pilares metafísicos sólidos, sobre una antropología abierta a la gracia y orientada a la beatitud, y sobre la convicción de que la contingencia de la realidad -que se hace patente en todos los saberes y artes- remite a Aquel que es la fuente última de todas las perfecciones.
Para una universidad católica, este criterio hermenéutico que guía la mirada creyente sobre el mundo se manifiesta en tres aspectos fundamentales.
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Primer aspecto: la unidad del saber y el estilo de estudio
El primero es de índole fenomenológica. Si nos preguntamos cómo se percibe en la práctica esta “reflexión continua a la luz de la fe”, la primera respuesta aparece en el modo de estudiar e investigar. En este sentido, se reconoce en un estilo de trabajo que se resiste a la fragmentación del conocimiento. El profesor universitario y católico no puede limitarse a dominar un nicho cada vez más estrecho de su especialidad.
Se siente llamado, en cambio, a preguntarse por las conexiones de su disciplina con las demás, por los presupuestos antropológicos, éticos y metafísicos que la sostienen, y por el impacto real de su campo de saber en la vida concreta de las personas y de los pueblos. También por la responsabilidad de ofrecer respuestas a la altura de los retos culturales de nuestro tiempo.
Esta inquietud por la unidad del saber no es mera curiosidad intelectual. Brota de la convicción de que la fuente de la verdad es una, y de que todas las verdades parciales, si lo son de verdad, están llamadas a encontrarse, a entrar en diálogo y a iluminarse mutuamente.
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Segundo aspecto: sensibilidad ética, social y cultural
En segundo lugar, la fe católica introduce una sensibilidad particular ante ciertos temas, un modo muy concreto de practicar esa “reflexión continua”. Invita a reconocer el valor irreductible de la persona humana frente a todo reduccionismo utilitarista o biologicista; la dignidad de la creación frente a las tentaciones de un dominio técnico sin medida; la centralidad de la justicia y de la mirada de misericordia en el análisis de los fenómenos sociales; la apertura a la trascendencia en el trato con las obras artísticas o literarias, etc.
Nada de esto supone devaluar los contenidos de estudio ni poner freno a la investigación. Se trata, más bien, de orientar mejor las preguntas, de elegir con más criterio las bibliografías, de matizar las interpretaciones y de abrir espacios para el debate y el discernimiento compartido.
Así, el aula se convierte en un lugar donde la fe se manifiesta no porque se imponga, sino porque se presenta desde una razón abierta. Se ofrece como horizonte de sentido para las exigencias más profundas y más altas de la inteligencia.
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Tercer aspecto: dimensión teológica del saber
Por último, la “fe católica” como criterio hermenéutico introduce una dimensión teologal en la comprensión misma del saber. El conocimiento humano se entiende aquí como participación en una Verdad que precede a toda búsqueda y que se ha dado a conocer plenamente en Jesucristo. Desde esta perspectiva, estudiar no es sólo acumular datos, sino entrar en relación con una verdad que, al mismo tiempo, nos precede y nos convoca.
La historia de las ciencias, de las artes y de las humanidades aparece entonces como el despliegue de un “creciente tesoro” que nunca se cierra del todo. El misterio de Dios, del hombre y de su mutua relación no se agota jamás, y por eso siempre es posible una nueva pregunta, una nueva síntesis, una nueva luz sobre lo ya conocido.
La universidad católica está llamada, por tanto, a sostener un doble movimiento: acoger con rigor, seriedad y gratitud los avances de las distintas disciplinas y, al mismo tiempo, discernirlos críticamente a la luz de la Revelación. Esto implica preguntarse qué dicen sobre el ser humano, sobre el mundo y sobre Dios, y también qué dejan en silencio o tienden a deformar.
Conclusión: una oportunidad para la universidad católica hoy
En este contexto, la fe como criterio hermenéutico no es un añadido opcional, reservado a la vida privada de algunos miembros de la comunidad universitaria. Es una oportunidad. Permite a la universidad católica ser plenamente universidad: un lugar donde el conocimiento no se reduce a técnica, ni la persona a recurso, ni la verdad a mera opinión negociable.
Le recuerda que su razón de ser es acompañar a la inteligencia humana en su camino hacia lo real, sin amputar sus preguntas últimas.
Esto tiene consecuencias muy concretas. Afecta a la manera de diseñar los planes de estudio, de entender la investigación, de acompañar a los estudiantes y de tejer la vida comunitaria en el campus. Requiere profesores que no tengan miedo de pensar desde la fe, y una institución que se atreva a ofrecer públicamente su propia propuesta de sentido sin confundirla con ideología ni con propaganda.
En una cultura marcada por el desencanto, la fragmentación y el cansancio, una universidad que se tome en serio este horizonte puede convertirse en un verdadero espacio de hospitalidad intelectual y de apertura al asombro. Un lugar donde las preguntas difíciles no se censuran, sino que se acogen y se trabajan a la luz de una razón abierta y de una fe que no teme el diálogo.
Al final, hablar de la fe como criterio hermenéutico en la universidad católica es hablar de una promesa: la de que es posible una vida intelectual en la que la búsqueda de la verdad no excluya a Dios, ni la referencia a Dios empobrezca la seriedad de la búsqueda.
Allí donde esta promesa se hace carne en las aulas, en los laboratorios, en las bibliotecas y en los pasillos, la universidad deja de ser sólo un lugar de paso para convertirse en un hogar para la inteligencia y para el corazón.
Y ese, quizá, es hoy uno de los mejores servicios que una universidad católica puede ofrecer a la sociedad.


Muchas gracias, Javier, por exponer con tanta claridad y precisión la raíz última de nuestra tarea.
Excelente, gracias Javier…una síntesis realista del reto que tiene la universidad católica en la sociedad actual, huérfana de identidad y compromiso, interpela a la coherencia personal e institucional.
Felicidades Javier….muy lúcido…La Universidad, un lugar para la inteligencia y para el corazón
En mi opinión, la fe católica o de cualquier otro tipo debe quedar excluida de la universidad. La fe es contraria a la razón, la lógica, la critica y la búsqueda del conocimiento, que son pilares fundamentales de una institución académica como es la universidad
La verdad es que, sea uno creyente o no, me chirría un poco un artículo tan ideológico en UniSí. Normalmente no son así. No sé si ahora veremos más artículos tan fuertemente impregnados de otras ideologías.
La fe es una forma de superstición. Supone el acto de no pensar. Creer sin más. La tierra es plana. Un ser místico existe desde siempre (o veinte de ellos). Uno o varios de esos seres crearon el universo en 6 días. O ya puestos en 32, con un descanso semanal de vacaciones pagadas de por medio, tanto da. Esto no es pensar, esto es comer hierba en un rebaño de borregos. Justo lo opuesto a la ciencia, e incompatible con el conocimiento que se debe enseñar en la universidad.
La religion ha matado el pensamiento desde hace milenios, no en vano a Socrates se le condenó a muerte ingiriendo cicuta por impiedad, al enseñar a pensar a los jóvenes sin seguir las doctrinas religiosas. Pensamiento libre y religion nunca fueron compatibles. Por ese motivo, las instituciones religiosas siempre se han afanado para controlar los sistemas educativos, si no pueden reprimirlo, el objetivo es sesgar el conocimiento para que se mantenga la «fe» irracional.