¿Qué motiva (verdaderamente) tu divulgación científica?

La divulgación nunca ha contado demasiado en la carrera académica española. Quien lo hacía, lo hacía por gusto o por convicción, casi siempre fuera del horario de trabajo y a pesar de los estigmas. Pero esto ha cambiado en los últimos años.

Por ejemplo, en Europa, la influencia de la agenda de la ciencia abierta, los acuerdos de CoARA para reformar la evaluación del PDI o los requisitos de comunicación exigidos los proyectos europeos son ejemplos de ese cambio. A nivel nacional, la LOSU ha incorporado la transferencia a las múltiples funciones del PDI, el Sexenio de Investigación de la ANECA valora el impacto social de las contribuciones científicas, y el reconocimiento de la transmisión del conocimiento a la sociedad va encaminada hacia su consolidación gracias al esperado Sexenio de Transferencia.

La divulgación, en definitiva, empieza a valorarse y, por tanto, a contar. Y cuando algo empieza a contar en la universidad española, sabemos lo que suele pasar: se convierte en un requisito más a completar dentro de un sistema ya de por sí competitivo. De ahí el debate que merece la pena abrir: ¿es la divulgación algo valioso y necesario en sí mismo, o estamos a punto de fabricar otro trámite curricular?

Para responder a esta pregunta, en un estudio reciente entrevistamos a un grupo de científicas que divulgan con frecuencia y socias de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT) para conocer cuáles son las percepciones y prácticas más comunes con respecto a la divulgación.

Por qué se divulga

La primera conclusión del estudio es rotunda: para estas científicas, comunicar la ciencia no es un extra, sino parte del oficio. Su compromiso proviene de la idea de que quien investiga con dinero público debe devolver ese conocimiento a la sociedad que lo financia. También se menciona el disfrute de la propia divulgación, es decir, el gusto por compartir lo que se sabe, la satisfacción de comprobar que el trabajo tiene un impacto fuera del laboratorio, y, en definitiva, de contribuir a la cultura científica de la ciudadanía.

Algo que apenas apareció en esas entrevistas fueron las referencias a los incentivos o al reconocimiento institucional. Sin embargo, lo que sí se menciona de manera repetida son los obstáculos con los que convive el entusiasmo por la divulgación: el tiempo que la presión por publicar no deja dedicar a otras actividades; la escasa formación institucional disponible paliada con métodos autodidactas para aprender a editar vídeos; diseñar infografías y adaptar el discurso a audiencias no especializadas sin perder el rigor científico; o incluso la lucha contra ese viejo prejuicio que dice que quien divulga mucho es porque no sabe investigar. Es por eso por lo que la divulgación parece sostenida por una cultura de la práctica más que por el sistema.

En divulgación, lo que midamos dirá lo que valoramos

Que ese voluntarismo tenga por fin reconocimiento es una buena noticia puesto que la alternativa (que la divulgación siga realizandose con las tardes y los fines de semana de quien la ejerce) es injusta e insostenible. Pero la experiencia con la evaluación de la investigación nos deja una advertencia incómoda: cuando una actividad se convierte en indicador evaluable, aparece la versión burocrática de esa actividad.

Ya publicamos para el evaluador; ¿divulgaremos también para el evaluador?

La evaluación representa los valores del sistema, y esos valores e indicadores acaban moldeando las percepciones —y con ellas las prácticas— de quienes investigan. Al final, lo que decidamos medir y el peso que le demos acabará definiendo el por qué se divulga. Si contamos el número de charlas impartidas en colegios, tendremos charlas al peso; si pedimos certificados por participar en la Noche de los Investigadores, tendremos certificados, por poner algunos ejemplos. Es por eso necesario ser conscientes de cual es la verdadera naturalera de la divulgación y como su “cuantificación” puede reflejarla.

La divulgación es lo que es gracias a su valor intrínseco, la conexión que se crea con el(los) público(s), la constancia, y el cuidado por adaptar el mensaje a cada audiencia dependiendo del contexto, medio, idioma, y objetivos. En definitiva, hablamos del reto de evaluar la parte humana que ningún indicador cuantitativo captura en su totalidad.

La pregunta sobre la divulgación ahora es para ti

Nada de lo comentado anteriormente es un argumento contra el reconocimiento de la divulgación, sino una reflexión a favor de un reconocimiento bien pensado que valore la calidad y la adecuación al público antes que el volumen, que respete la diversidad de formatos en lugar de estandarizarlos, y que llegue acompañado de formación y apoyo institucional para que divulgar deje de ser una carrera de obstáculos en solitario.

Así que ahora la pregunta va dirigida a ti, lector o lectora que investigas, impartes docencia, y transfieres conocimiento: ¿ya divulgas? Si lo haces, ¿por qué? ¿Por compromiso, por disfrute, porque tu proyecto europeo lo exige…? Y si todavía no lo haces, qué te retiene ¿la falta de formación, de recursos, la sospecha de que invertirás demasiado tiempo y esfuerzo…?

Quizá en nuestras respuestas a estas preguntas esté la medida real de lo que la universidad debería valorar.

 

Comentarios
  1. Ingrid dice: 08/09/2026 a las 16:55

    Interesantísima reflexión. Sin duda, se cae en el peligro de que sea algo más así, estandarizado, obligado. Muchas gracias por el artículo.

  2. DIEGO MARIO ZULUAGA OSORIO dice: 10/09/2026 a las 23:07

    Somos humanos, en definitiva, en la medida en que reconocemos al otro y vivimos para el otro; en la medida en que desarrollamos valores como el respeto, la solidaridad y la compasión, y no permitimos que el culto al dinero, al mercado o al individualismo pervierta esa capacidad esencial de construirnos a partir de una conexión profunda con los demás. Recuperar ese vínculo —dejar de preguntarnos por lo que aparentamos ser y volver a preguntarnos por lo que genuinamente somos— es, quizá, la tarea humanista más urgente de la universidad contemporánea.


¿Y tú qué opinas?