Se buscan universidades valientes
La universidad es, por definición, un lugar improbable y, por eso mismo, frágil. Un espacio diseñado para que, entre otras cosas, lo que incomoda o cuesta comprender no sea evitado, sino, precisamente, pensado; para que el conflicto no se silencie, sino que se vuelva inteligible; para que el desacuerdo no desemboque en intimidación, sino en argumentos.
El polémico caso de la UPV
Y, sin embargo, la semana pasada vimos una escena extraña de lo que debería ser un campus universitario: edificios cerrados, accesos clausurados, clases desplazadas a lo telemático y, en el exterior, una mesa informativa instalada en un campus fantasma bajo despliegue policial.
La Universidad del País Vasco decidió suspender la actividad presencial en el campus de Vitoria ante el anuncio de movilizaciones contra la instalación de una mesa de Vox. Habría muchos matices posibles que hacer, pero hay un asunto que me parece decisivo y en el que quiero detenerme: una universidad pública cerró para evitar el ejercicio simultáneo (y conflictivo) de libertades. Como si la historia necesitase subrayarse a sí misma, apenas unos días después el mismo campus de Vitoria volvió a ser desalojado, esta vez por disturbios de otra naturaleza, con lanzamiento de botes de humo y nuevos episodios de tensión. Más allá de la diferente causa inmediata, el efecto institucional fue el mismo: suspensión de las clases. Tal vez la coherencia académica habría exigido, sencillamente, dejar abiertas las aulas y mantener la actividad docente.
La misión universitaria frente a la lógica de la presión
No me propongo aquí discutir si la política (y sus partidos) “debe” o “no debe” estar en la universidad. Tampoco quiero negar que la situación de seguridad pueda ser complicada de gestionar. Pero la cuestión de fondo que quiero plantear es: ¿qué aprende una comunidad universitaria (estudiantes, profesores, personal de administración y servicios) cuando la respuesta ante el conflicto es la clausura preventiva? Porque las universidades educan también (y, a menudo, sobre todo) a través de lo que deciden normalizar: lo que hacen, lo que protegen, lo que toleran, lo que evitan.
Optar por cerrar cuando lo propio habría sido abrir, preferir evitar cuando lo exigible era resistir. Frente a la lógica y las prácticas universitarias (argumento–refutación), lo que quedó fue la lógica y las prácticas callejeras (presión–contrapresión). La misión universitaria consiste en transformar los conflictos “en bruto” en conflictos inteligibles: en desacuerdos comprensibles, en controversias discutibles, en disputas donde el lenguaje y la palabra sustituyen a la intimidación.
Desafíos actuales: posverdad y libertad académica
Pero los últimos cierres del campus de la UPV no se pueden entender sin prestar atención al clima cultural más amplio en el que hoy existen las universidades. Un clima atravesado por la posverdad y la susceptibilidad. La posverdad no consiste simplemente en mentir más, es algo más corrosivo: es la indiferencia hacia la distinción entre verdad y falsedad. El resultado es que los hechos se deslizan hacia el registro de las “opiniones”, y las opiniones hacia el registro de las “identidades”. En ese desplazamiento, la universidad queda especialmente expuesta. Los académicos no somos periodistas y nuestra libertad no se agota en la liberta de opinión.
La libertad académica consiste en la libertad para cumplir nuestras obligaciones docentes e investigadoras con honestidad intelectual, sin someternos a condicionantes ajenos a la propia lógica del conocimiento (sean estos de audiencia, de reputación mediática o de alineamiento editorialista). Pero el clima cultural adverso al ejercicio de la libertad académica no se detiene en la posverdad. A esa indiferencia epistémica se suma una susceptibilidad creciente que convierte las críticas, las objeciones o, incluso, las matizaciones en agravios. Y entonces las universidades, temerosas de una posible escalada, acaban replegándose y adoptando una actitud defensiva que, en el fondo, es también una forma de renuncia a su razón de ser.
El miedo como problema estructural
Esa forma de repliegue que, en el contexto comunicativo digital de nuestro tiempo, pasa porque una matización explicada en cuarenta minutos se puede convertir en un clip viral de quince segundos. Se instala la sospecha y el miedo se vuelve hecho estructural: miedo a ser malinterpretado, a ser señalado, a ser aislado. Un miedo que termina traduciéndose, tanto en las universidades como en quienes las habitamos, en formas cada vez más extendidas de autocensura anticipatoria. Y es que hoy la censura rara vez adopta la forma clásica de prohibición estatal, sino que adopta formas más difusas. No se prohíbe investigar: se desincentiva, se deja de financiar. No se impide hablar: resulta costoso hacerlo por las consecuencias que pueda tener.
La censura contemporánea es reputacional, digital y anticipatoria. No aparece después de que algo se haya dicho o escrito, sino que interviene antes, en el momento en que alguien se pregunta si “merece la pena” abrir un tema, formular una hipótesis, invitar a un ponente.
Y entonces los órganos de gobierno universitarios empiezan a funcionar más como dispositivos de gestión de riesgos que como facilitadores de la libre actividad académica (docente e investigadora) de profesorado y estudiantes. Lo que antes se evaluaba por criterios académicos (rigor, relevancia, consistencia) pasa a hacerse (antes o, al menos, también) por criterios reputacionales (ruido, impacto, titulares). Los sucesivos cierres del campus de Vitoria no son solo un asunto de seguridad: son un síntoma de una transformación institucional que sustituye el gobierno del conflicto por su suspensión.
Cuando las posiciones intelectuales se consideran agresiones
Cuando ciertos temas se blindan por considerarse conflictivos el espacio académico se contrae, instaurándose una jerarquía informal de discursos legítimos e ilegítimos. Y lo grave no es que haya posiciones fuertes (la universidad siempre las ha tenido), sino que la crítica de ciertas posiciones se viva como agresión. Por eso creo que hay un aspecto nuclear de este problema que no es político, sino pedagógico.
Las universidades no existen para proteger sensibilidades, sino para formar el juicio de los estudiantes, para avanzar en el conocimiento de las cosas, para la preservación y transmisión del saber. Formar el juicio de los estudiantes implica exponerlos a argumentos fuertes que o no conocen, o no comparten, enseñarles a distinguir hechos de interpretaciones, e introducirlos en tradiciones disciplinares complejas y controvertidas, generando oportunidades de enriquecimiento intelectual. La educación universitaria no consiste en confirmar convicciones previas, sino en someterlas (todas las que sea posible) a examen y estudio.
¿Qué hacer, entonces, para pensar sin miedo en nuestras universidades?
Aunque no hay recetas mágicas, quizá sí podamos enumerar algunas condiciones necesarias.
1. Reafirmar la falibilidad
La posibilidad de estar equivocados no nos debilita, porque es eso, precisamente, lo que nos hace investigadores. La cultura dogmática (sea de izquierdas o de derechas) teme equivocarse porque su objetivo no es explorar la verdad, sino afirmar una verdad ya poseída y persuadir a otros acerca de ella. La grandeza histórica de las universidades no ha consistido en tener siempre razón, sino en haber creado mecanismos para corregirse. Reafirmar la falibilidad implica normalizar el error, distinguir entre hipótesis y afirmaciones cerradas, aceptar que cambiar de opinión no es traición sino aprendizaje.
2. Defender la pluralidad disciplinar
Cada disciplina tiene sus criterios, sus métodos, sus debates internos. No se argumenta igual en Matemáticas que en Historia, ni se valida del mismo modo una hipótesis en Biología que en Filosofía. Cuando sustituimos esas tradiciones complejas por consignas transversales (sean tecnocráticas o ideológicas) empobrecemos el conocimiento. Pensar sin miedo exige un cierto arraigo, es decir, saber desde dónde hablamos y bajo qué reglas aceptamos discutir.
3. Defender la veracidad como práctica cotidiana
Sin confianza en que el profesor busca honestamente la verdad (aunque pueda equivocarse) la institución universitaria se desmorona. La veracidad implica honestidad intelectual, claridad en los supuestos, distinción entre hechos y opiniones y reconocimiento de límites. No exige neutralidad ideológica absoluta (básicamente porque es imposible), pero sí el ejercicio de una disciplina intelectual exigente por parte de los profesores. Una cualidad que, por cierto, los estudiantes captan rápidamente, pues distinguen enseguida a esos profesores que no busca estudiantes, sino reclutas. La universidad no puede convertirse en un espacio de captación militante, pues su autoridad depende de que se la perciba como espacio de búsqueda rigurosa.
4. Resistirnos a la viralización
Vivimos en una cultura de exposición constante, pero en las universidades necesitamos poder tener conversaciones serias sobre redes y exposición pública del trabajo académico para que la lógica del algoritmo no sustituya a la lógica de la investigación. No se trata de aislarnos, sino de no dejar que la velocidad, la indignación instantánea y la búsqueda de notoriedad marquen el ritmo del pensamiento universitario. Resistir la viralización es defender la lentitud necesaria para estudiar algo en serio.
5. Exigir valentía institucional
Nada de lo anterior será posible si los órganos de gobierno universitarios no respaldan a quienes asumimos en su seno el riesgo de pensar. Las universidades deben preservar y apoyar el conflicto deliberativo cuando surja, no evitarlo sistemáticamente. Gobernar una universidad no puede consistir en gestionar silencios, sino en garantizar que la pluralidad propia de la libertad académica pueda expresarse bajo reglas claras. Pensar sin miedo no es un gesto heroico individual, sino una práctica institucional parte de una cultura compartida que se construye cotidianamente.
Defender la libertad académica puede parecer un gesto excéntrico, incluso un lujo innecesario, pero en realidad es un deber antidogmático que fortalece las bases de la vida democrática.
Las universidades, como otras instituciones decisivas para la continuidad democrática del país, solo sobrevivirán si se atreven a no adaptarse del todo al clima dominante. Porque cuando la universidad renuncia a afrontar lo conflictivo, renuncia también a aquello que la hace necesaria. Cuidemos la libertad académica y quizá la verdad, esa huésped frágil, encuentre todavía una casa donde pueda seguir siendo buscada.


Bravo!!!
Reflexiones muy necesarias y no solo en el ámbito universitario. Enhorabuena
Muy interesante comentario, ojalá los estudiantes también lo leyeran y lo pensaran. Gracias.
Excelente texto, profundo y claro, gracias. Las recetas del final imprescindibles.
Muy interesante reflexión.
Magnífica entrada Bianca. Lamentablemente, el polémico caso de la UPV, lejos de ser singular, es una historia cerrilmente repetida en nuestras universidades, y al contrario de lo que mandaría la lógica evolutiva, más frecuente en los últimos tiempos que en los pretéritos. «Lejos de nosotros la funesta manía de pensar…» Sea o no apócrifa la cita, retrata muy certeramente nuestra realidad. No sé si encontrarás universidades valientes. Como mínimo, es también improbable. Pero lo que sí sé es que no encontrarás rectorados ni consejos de gobierno valientes…