Sobre la oferta formativa en las universidades regionales

“It should teach students the skills necessary to attack problems that do not even exist as problems when the students are being taught.” George M. Whitesides (Harvard University)

La opinión de este químico originario de Louisville (Kentucky, USA) eleva el listón de la función docente a cotas difíciles de alcanzar, insiste en el debate conocimiento frente a capacidades y no deja indiferentes a los docentes que mantienen una actitud reflexiva sobre su labor profesional.

Lo que sí queda fuera del debate es la necesidad de poner atención a cuál es la oferta que se hace a los estudiantes y cómo ésta debe mantener un alto grado de adaptación a la evolución del conocimiento se hable de la rama de que se hable: arte y humanidades, ciencias, ciencias de la salud, ciencias sociales y jurídicas, o ingeniería y arquitectura.

Las universidades, y sus docentes, han de cuidar que su oferta formativa aúne el rigor del conocimiento bien establecido, necesario para construir el nuevo, con la incorporación de las nuevas disciplinas que van tomando carta de naturaleza de forma rápida en la sociedad del siglo XXI. La aparición de nuevas profesiones, generalmente fruto de la formación interdisciplinar, es utilizada para pedir a las universidades una modificación de su oferta. Estas demandas no pueden despreciarse como si fueran una intromisión en la tarea encomendada a las universidades, alimentando esa clásica imagen de la torre de marfil. Tampoco pueden ser asumidas automáticamente transformando una institución, basada en la creación del conocimiento y su transmisión, en una entidad de respuesta inmediata a las demandas del mercado, cual una actividad económica más. La oferta formativa requiere de una reflexión profunda.

En universidades especialmente asociadas al territorio donde ejercen su función la oferta académica juega aún algún papel más que en aquellas universidades con largo recorrido histórico y ubicadas en zonas del país donde son siempre una institución importante pero una institución más entre otras. Estas universidades, que pueden calificarse como regionales, representan la ocasión para propiciar formación universitaria a muchos ciudadanos que de otro modo lo tendrían difícil; son también una conexión con lo internacional, junto con un instrumento imprescindible para el progreso cultural, científico y tecnológico, pero no sólo de los ciudadanos a título individual, si no también como núcleos donde pueden cristalizar iniciativas empresariales que incidan en el desarrollo social colectivo. Recae en estas universidades una responsabilidad social añadida a todas aquellas funciones que hacen a las universidades recibir este nombre. La naturaleza regional no puede ser una excusa para no estar en los mejores niveles de calidad docente, de calidad investigadora, de soporte a la innovación. La importante inversión financiera de las CCAA en ellas les requiere un compromiso específico en la promoción cultural y profesional de la ciudadanía, en especial, aunque no exclusivamente, de la más joven y, por tanto, deben ser un foco de atracción de alumnos y al tiempo un faro que sume sus capacidades a la actividad cultural del entorno.

La actividad universitaria debe, al tiempo que atiende a las antedichas necesidades de la ciudadanía, reforzar el prestigio de la institución, aumentar su valoración social, ser reconocida por la ciudadanía como algo propio, algo que les hace sentir orgullosos de su existencia y de su implicación en los intereses colectivos. Pero entre todas ellas la más relevante es que su oferta formativa sea atractiva para los nuevos estudiantes.

No es fácil acertar. Hay muchos factores que influyen en la decisión de la elección de la propuesta de titulaciones que no dependen de la voluntad de los equipos de gobierno de las universidades y de las comunidades autónomas, instituciones ambas responsables de la oferta formativa, si no que responden a otro tipo de parámetros: atracción de territorios limítrofes, capacidad financiera del sistema u oferta necesariamente incompleta. Sin embargo, es fácil confundirse. Mantener la rutina, reducir o reproducir la oferta, apuntarse a la última estrella emergente, o mirar más hacia dentro que hacia afuera son garantías de error.

El análisis real de las propias capacidades, de la posibilidad de incorporar nuevas personas que amplíen el campo de saber de las actuales, de qué poder formular combinando recursos existentes, de cómo construir multidisciplinareidad, de cómo corregir aquello que ha podido quedar obsoleto desde que se puso en marcha un título, puede conducir a propuestas viables. Si además se produce la interacción con el marco institucional, con el sistema productivo, con las iniciativas más innovadoras, la tasa de éxito crecerá.

En un mundo más abierto, más conectado, con formación online cada día más potente, las universidades regionales se juegan mucho. Mejor dicho, las sociedades que albergan estas universidades se la juegan aún más. Es necesario que la institución universitaria y la que tiene la responsabilidad de gobernar el territorio definan la estrategia y las tácticas necesarias para afrontar un futuro difícil.

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