Tienen internet, pero no tienen formación: por qué la universidad no puede mirar a otro lado en la educación sexual

Hay una idea instalada en el sentido común académico, tan cómoda como equivocada: la de que los jóvenes que llegan a nuestras aulas ya lo saben todo sobre sexualidad. Han crecido con un teléfono en la mano, tienen acceso a más información sexual en un scroll de treinta segundos que la que tuvieron generaciones enteras en toda su vida, y por tanto, se concluye, con demasiada facilidad, que la universidad puede desentenderse de esa dimensión de la formación. Que ya se ocuparán ellos. Que para eso está internet.

Los datos dicen otra cosa. Y dicen, además, algo más incómodo: que la propia universidad, cuando decide implicarse, marca una diferencia real. No en todo. Pero sí exactamente en lo que más importa.

Lo que la universidad no cambia (y conviene no fingir que sí)

Un análisis de los microdatos de la última Encuesta Nacional de Salud Sexual del CIS (2025), comparando a jóvenes de 18 a 26 años con trayectoria universitaria frente a quienes no la tienen, arroja un primer resultado que conviene asumir con honestidad: la universidad no mejora, por sí sola, la satisfacción con la vida sexual (86,1% en ambos grupos, sin diferencia alguna) ni la valoración que los jóvenes hacen de la información que han recibido a lo largo de su vida. Tampoco reduce las experiencias de coacción sexual vividas en primera persona ni sufridas ni ejercidas, ni el número de diagnósticos de infecciones de transmisión sexual. En estos aspectos, universitarios y no universitarios se parecen mucho más de lo que la vanidad académica querría admitir.

Conviene decirlo así de claro porque el argumento que defiendo aquí no es que la universidad sea la panacea. Es otro, más preciso: que allí donde la universidad sí actúa , con asignaturas, con servicios, con un entorno social más plural, el efecto es medible, sustancial y va exactamente en la dirección que, como sociedad decimos desear.

Donde sí hay diferencia: prevención y consentimiento

Sobre el VIH

Empecemos por la prevención biomédica. Solo un 24,8% de los jóvenes sin trayectoria universitaria conoce hoy la PrEP, la profilaxis que permite a una persona sin VIH protegerse de la infección de manera muy eficaz. Entre los universitarios, la cifra sube al 37,6%. Con la profilaxis post-exposición ocurre lo mismo: 21,5% frente a 29,1%. Son diferencias que no se explican por azar (p<0,001 en ambos casos) y que se mantienen, con magnitud casi idéntica, tanto en hombres como en mujeres. No es un efecto de composición de la muestra: es un efecto de la universidad.

Sobre el consentimiento

Y ocurre lo mismo, con una contundencia mayor si cabe, en las actitudes sobre consentimiento. Al preguntar si, una vez aceptado un encuentro sexual, «hay que llegar hasta el final si la otra persona quiere», el 36% de los jóvenes no universitarios está de acuerdo. Entre los universitarios, ese porcentaje cae al 21,8%. Vuelve a sostenerse por sexos: entre los hombres, del 40,3% al 29,2%; entre las mujeres, del 30,5% al 15,9%. En paralelo, el reconocimiento de que forzar a la pareja es violación sube del 91,3% al 96,7%, y la aceptación de que una relación entre personas del mismo sexo es tan respetable como cualquier otra pasa del 91,9% al 96,9%. La disposición a mantener una relación con una persona trans crece quince puntos, del 41% al 56,2%.

Sobre el origen de la formación

Interesante también resulta de dónde dicen estos jóvenes que procede su formación sexual: los universitarios citan al profesorado como fuente significativamente más a menudo que los no universitarios (51,2% frente a 44,1%), y también internet y las redes sociales (33,5% frente a 26,2%). No es una paradoja: es la prueba de que quien tiene acceso a un entorno formativo estructurado no deja de usar internet, sino que lo usa mejor, con más criterio, sin sustituir una fuente por otra sino complementándolas.

El espejismo del acceso

Aquí conviene detenerse en el argumento que este artículo quiere desmontar. «Los jóvenes ya tienen toda la información que necesitan, está a un clic» es una frase que confunde dos cosas radicalmente distintas: el acceso a la información y la formación para usarla.

Ambos grupos, si los comparamos estadísticamente, universitarios y no universitarios, tienen exactamente el mismo acceso a internet. La diferencia no está ahí.

Está en que unos han pasado, o están pasando, por un espacio con docencia, con servicios de salud, con actividades y debates que ordenan, contextualizan y actualizan esa marea de información. Los otros, no.

El propio análisis de los datos ofrece un ejemplo perfecto de por qué esa distinción importa, y de paso una lección sobre el rigor que la propia universidad debería enseñar a interpretar los datos: si uno mira solo el dato agregado, parece que los universitarios consumen menos pornografía (32,2% dice no haberla visto nunca en el último año, frente al 28% de los no universitarios). Pero al desagregar por sexo, la lectura cambia por completo: entre los hombres, son los universitarios quienes más la consumen (solo el 7,9% dice «nunca», frente al 11,6% de los no universitarios); entre las mujeres, apenas hay diferencia.

El dato agregado engañaba porque en la muestra universitaria hay más mujeres (lo cual, dicho sea de paso, es en sí mismo un reflejo fiel de la feminización de nuestras aulas).

La información sin criterio también puede desinformar cuando se agrega mal. Eso es, exactamente, lo que le pasa a un adolescente de quince años frente a un algoritmo que no le explica nada, solo le muestra contenido.

La información por sí sola no forma

Por eso «tienen internet» no es un argumento a favor de que la universidad se retire, sino todo lo contrario: es la prueba de que la sobreabundancia de información sin tutela no forma, satura. Y cuando el sistema educativo obligatorio no cierra del todo esa brecha , pues , según los datos, el 91,1% de la población española cree que la educación sexual debería impartirse en la enseñanza obligatoria, un consenso casi unánime que sin embargo no se traduce siempre en formación de calidad, como reconocen los propios jóvenes de 16 a 19 años, el tramo que peor valora la utilidad de lo recibido, alguien tiene que asumir esa responsabilidad antes de que se instale definitivamente la desinformación.

La universidad, con jóvenes ya adultos, sexualmente activos en su inmensa mayoría, y en un momento vital de consolidación de hábitos, actitudes e identidad, es el último gran espacio formativo generalizado que nos queda para hacerlo bien.

Formar personas completas, no solo currículums

La misión de la universidad nunca ha sido, ni debería ser, exclusivamente la transmisión de competencias profesionales. Formamos ciudadanía. Formamos personas que van a tener que gestionar su salud, sus relaciones, su afectividad y su sexualidad durante décadas, con o sin nuestra ayuda.

Los datos de la ENSS-II (2025) son claros en un punto que debería sonrojarnos como institución: sabemos generar en nuestro alumnado un salto de más de diez puntos en el conocimiento de herramientas de prevención del VIH y una transformación medible en la manera en que entienden el consentimiento, simplemente por el hecho de que pasan por nuestras aulas, nuestros servicios y nuestro entorno social. Imaginemos lo que podríamos lograr si dejáramos de tratar esto como un efecto colateral y empezáramos a diseñarlo como una política deliberada.

¿Cómo se traduce en la práctica?

Eso significa asignaturas y seminarios de educación afectivo-sexual integrados en los planes de estudio y en los programas de acogida, no relegados a charlas puntuales de sensibilización. Significa servicios de salud sexual accesibles, visibles y sin estigma en los campus, no derivados sistemáticamente fuera. Significa formar a nuestro profesorado para que los propios jóvenes universitarios ya identifican como su principal fuente de información sexual, más incluso que sus pares no universitarios y para que esa responsabilidad no recaiga en el azar de qué docente sensible se cruce en el camino de cada estudiante. Y significa, sobre todo, dejar de repetir la coartada de que «ya tienen internet». La tienen. Y precisamente por eso nos necesitan más, no menos.

 

 

Comentarios
  1. Juan Carlos García de Vicente dice: 23/09/2026 a las 11:58

    Gracias Marta por tu artículo tan documentado y reflexivo. Comparto por completo tu tesis: «ya tienen internet» es una coartada cómoda que no exime a la universidad de su responsabilidad formativa.

    Me gustaría solo prolongar un poco la reflexión que abres, sin oponer nada. En un terreno tan significativo como la sexualidad —capaz de transmitir la vida y de expresar la entrega personal— la neutralidad formativa es imposible: todo docente transmite, quiera o no, un modelo de persona y una cosmovisión. Por eso, junto a los contenidos donde cabe objetividad (mecanismos de prevención, qué es coacción, etc.), hay otro nivel —el del sentido y el valor de la sexualidad— donde ninguna formación es aséptica.

    La salida, creo, no es fingir neutralidad, sino evitar la colonización de conciencias —sin sesgar, normalizar o cancelar perspectivas— y a la vez formar con la franqueza de quien cree en un concreto modelo de vida afectivo-sexual, dentro de un entorno plural donde quepan varios. Temo (se intuye seguramente por el tenor de lo que escribo) la deriva adoctrinadora en manos de lobbys, ideologías, etc., La cuestión es tratar al universitario como interlocutor capaz de juzgar.

    Gracias de nuevo por esta conversación tan necesaria.


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