Universidad, entre la ley y la ética

El anteproyecto de Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU) anda dando tumbos ante la crítica mayoritaria de los grupos parlamentarios y de los medios universitarios. Para algunos, da la impresión de que con esta ley va a reforzarse lo que se ha llamado “Universidad de Bronxford” (Mario Losano), es decir, una universidad que parece perseguir la excelencia de campus oxoniense pero con métodos y miserias de los bajos fondos neoyorkinos. Algo exagerada me parece esta apreciación, aunque es evidente que el propio titular de Universidades ha entendido que es necesaria una modificación a fondo del anteproyecto antes de transformarlo en proyecto al ser abundantes sus anomalías.

Siempre he pensado que las leyes, en sí mismas, son incapaces de mejorar el ritmo de la Universidad. Con ellas solamente, la Universidad está condenada a perpetuarse como una inmensa máquina burocrática, vacía de inquietudes y prisionera de unas estructuras fosilizadas.

La mejora solamente será posible potenciando la ética docente en el profesorado universitario, pues la responsabilidad en el ejercicio de la propia función docente es de extraordinaria importancia.

Piénsese que actualmente hay 1.600.000 alumnos universitarios liderados por más de 100.000 profesores. Ciertamente, la responsabilidad del escaso peso de la Universidad española en el contexto mundial se reparte entre los docentes y los discentes, pero los primeros somos los mayores responsables de la bancarrota intelectual. Sin olvidar la tasa de abandono en las universidades públicas (más de un 30%, según un informe de 2019) o los efectos de la baja calidad de la formación secundaria de muchos alumnos, la verdad es que las cualidades pedagógicas del profesorado universitario español tienen mucho margen de mejora.

Una de las misiones primordiales del profesor es despertar en el alumno, primero, su atención; luego, su confianza y, finalmente, su fervor. No sin razón decía Niels Stensen que pulchra quae videntur, pulchriora quae sciuntur, longe pulcherrima quae ignorantur [bellas son las cosas que se ven, más bellas las que se saben, pero las más bellas de todas son las que se ignoran].

Descubrir a los alumnos la bondad y belleza de lo que ignoran requiere estudio, capacidad de transmitir, búsqueda de ejemplos; en una palabra: esfuerzo.

Algo similar a lo que decían nuestros viejos maestros de la labor jurisprudencial y doctrinal de interpretar las leyes: “Saber sacar del bloque de mármol la escultura que en él dormita”.

Sin embargo, lo cierto es que, como se diagnosticó en un análisis sobre las satisfacciones e insatisfacciones de los docentes (Subieta y Subinos), para un importante colectivo de profesores universitarios “las clases son una desagradable obligación”, que quita tiempo a la investigación, un esfuerzo “que crea tensión y no proporciona curriculum”. Algo, en suma, en cuya preparación se dedica poco tiempo y en su ejecución se detecta una sorprendente atonía.

Por contraste, cada vez se insiste más en la cualificación no solamente investigadora sino didáctica del profesorado universitario. Así, la Universidad de Pensilvania, en un amplio informe sobre la enseñanza superior, concluía:“Todos los Colleges y Universidades deberán hacer de la enseñanza el criterio central a la hora de controlar y promover a sus profesores. Porque de poco serviría defender formalmente la calidad de la docencia si el profesorado tiene la impresión de que lo único que cuenta es la investigación”.

Revitalizar la dimensión docente requiere permitirles encontrar un equilibrio adecuado entre investigación y enseñanza, estimulando curricularmente esta última y diseñando el sistema docente de las universidades de manera que permita optimizar esfuerzos en lugar de, por ejemplo, duplicar clases inútilmente. Además, los profesores debemos convencernos de la verdad de este aserto: el arte de aburrir “consiste en explicarlo todo”. Por eso suele decirse que “los profesores novatos enseñan lo que no saben; los menos jóvenes, lo que saben; los maduros, lo que es útil”. Intentar explicar todos los matices de las cosas, aparte de que no siempre se saben, produce un tedio mayúsculo en el oyente.

Pensemos, por ejemplo, en la enseñanza del derecho. Muchas veces, promover el verdadero conocimiento no significa tanto hacer aprender una montaña de datos legales cuanto enseñar dónde pueden encontrarse. Recuerdo que en un pleito que se ganó por encontrar un antecedente oportuno, el abogado de la parte perdedora comentaba: “No se es buen jurista solamente por los conocimientos que se poseen, sino por saber dónde hay que buscar. Nosotros no hemos encontrado el lugar adecuado. Hemos fallado en lo esencial”.

Existen, en la realidad académica, dos universidades superpuestas: aquella que malévolamente se ha descrito como “un conjunto de departamentos unidos por una red de calefacción” (Robert Hutchins), ajena a cualquier meta ambiciosa y ahogada por la nube de la corrección política; y aquella otra que se ha llamado la “universidad sumergida” (A. Ollero). Es decir, aquella en que una minoría de profesores se toma en serio su labor y a cuyo encuentro salen algunos alumnos que trabajan al margen de papeletas y de exámenes. De lo que se trataría es de intentar transfundir de esta universidad minoritaria hacia aquella inquietante de Bronxford sangre arterial nueva. No quiero decir con esto que la dedicación universitaria haya que confundirla con la militar en el Ejército de Salvación. Desde luego, un profesor puede trabajar fuera de la Universidad. El problema es si puede trabajar dentro.

La ética universitaria enseña que la honradez intelectual es la mejor política.

Un docente sin escrúpulos morales parece ganar a veces en libertad de acción; pero a la postre, sembrar la confusión, demorar las decisiones, esquivar las preguntas, acostumbrarse a no rendir cuentas, torcer los hechos, manipular las cifras… todo esto resulta un bumerán. Esto se aplica a todos los miembros de la comunidad universitaria. Está de moda hablar de la corrupción del profesorado universitario y de la necesidad de su redención. Pero suele olvidarse que la negligencia y la mediocridad no es exclusiva del estamento docente.

Copio de noticias de prensa: “Joven atropellada en el anonimato de una fiesta universitaria”, “campus en penoso estado”, “vandalismo con daños por más de 30.000 euros”, “botellón de 25.000 jóvenes en un campus universitario”, etc. También entre el alumno tiende a sustituirse lo que se ha llamado “el amor al saber por el amor al saber a qué atenerse”. Existe un buen número de estudiantes en cuya sepultura podría estamparse, sin forzar demasiado la verdad de las cosas, este lacónico epitafio latino: hinc temporis dissipator iacet [aquí yace una pérdida de tiempo]. Algunos estudiantes parecen haber hecho suyo el lema que se atribuye a una pintada aparecida en una universidad europea: “La sabiduría me persigue pero yo soy más rápido”.

De ahí que obligación del profesor sea también exigir, no sólo comprender. Hacer notar que “hacia el éxito no lleva ningún ascensor, que hay que subir fatigosamente por la escalera”. Recordar, en suma, que el genio es tan sólo un 2% de inspiración y un 98% de transpiración. La etimología de la palabra alumno viene de alere y significa alimentado. De ahí que a la Universidad se le llame alma mater, madre que alimenta. A su vez, el término sabiduría (sapienza) -que es el primer alimento que la Universidad intenta proporcionar- parece que procede de sapida scientia, ciencia sabrosa. Y sucede que, con demasiada frecuencia, ni los profesores alimentamos con la ciencia necesaria a los alumnos ni sabemos hacerla atractiva.

No pocos profesores aceptan que el alumno ha pasado de ser un estudiante a convertirse en un cliente.

Tengo serias dudas de que sea una perspectiva acertada, y no demasiado influida por el proceso de asimilación de las instituciones universitarias a empresas comerciales, que viene produciéndose sobre todo en Estados Unidos y algunos países asiáticos. Lo que sí resulta indispensable es liberar a la Universidad del tópico, de la prisa chapucera, de la irresponsabilidad ética y política sobre las consecuencias de las propias acciones u omisiones éticas.


Este artículo fue publicado anteriormente en el periódico El Mundo.

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Comentarios
  1. Hector Barceló dice: 11/01/2022 a las 19:53

    Excelente todo lo expresado nen este articulo
    Coincido totalmente con Rafael

  2. Carmen Perez-Esparrells dice: 11/01/2022 a las 21:46

    Magnífica apertura del Blog en este año 2022 que nos depara muchas entradas para reflexionar aún más sobre la Universidad. Mi más sincera enhorabuena y bienvenida al profesor Navarro-Valls.

  3. Rafael dice: 13/01/2022 a las 12:35

    Para ser un buen docente lo principal es querer ser docente; es decir, querer enseñar o «alimentar». El sistema actual de acreditaciones y mejora laboral desincentiva esta vocación con la exigencia de publicar y publicar y publicar (cantidad) pretendida «investigación», y viajar a otros países (sea lo que sea que se haga), aderezada de mucha gestión.

  4. Pilar del Llano Dominguez dice: 17/01/2022 a las 17:11

    La docencia requiere esfuerzo y contacto con los alumnos. Captar su interés es labor del profesor. Eso es enseñar y hacer colaborar a los alumnos para formar un equipo.


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