Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

Los estudiantes no son “pequeños demonios”

La libertad se considera un valor fundamental en nuestra sociedad occidental del siglo XXI. Tanto es así que la mayor forma de castigo que concebimos es, precisamente, la privación de libertad. Sin entrar en discusiones filosóficas sobre qué es y qué no es la libertad conviene pararse a pensar sobre por qué esto es así: ¿qué consecuencias se derivan de la libertad de uno para que la tengamos en tal alta estima? ¿Cómo configura nuestra sociedad esta libertad que nos atribuimos? Y aún más importante si cabe: ¿ejercemos esta libertad que supuestamente nos da la sociedad?

Por lo general, las leyes y los centros educativos tienden a eliminar o a mitigar los efectos de la libertad en las aulas.

Resulta cuanto menos llamativo que, pese a esta importancia que se le da a la libertad, ésta no se implemente como valor en el que debería ser uno de los pilares fundamentales de un país y de una sociedad: el sistema educativo. Por lo general, las leyes y los centros educativos tienden a eliminar o a mitigar los efectos de la libertad en las aulas; probablemente esto sea así porque se tiende a ver a los alumnos y alumnas como a “pequeños demonios”, los cuales, presentados con la oportunidad de elegir en qué invertir su tiempo, harán de todo menos algo remotamente educativo. ¿Por qué? Porque realmente estos “pequeños demonios”, cuando tienen la oportunidad, hacen de todo menos algo remotamente educativo. Entonces, ¿para qué reivindicar la libertad en el aula? Hay aquí un hecho a tener muy presente: a estos alumnos se les ha hecho entender que el hecho educativo, el aprender, es algo tremendamente aburrido. Por lo tanto, no ha de extrañar que, cuando se les presenta un tiempo en el cual pueden ejercer su libertad (entendida esta como capacidad para tomar sus propias decisiones, incluyendo la capacidad de invertir su recursos -por ejemplo, su tiempo o su energía- en lo que deseen) hagan cualquier cosa menos algo que la comunidad educativa considera educativo. Así, cuando suena el ansiado timbre del recreo corren en busca de libertad y de diversión, precisamente porque llevan tres o cuatro horas sentados frente a un pupitre aburridos y se les dices que “aprender” es precisamente eso. Realmente, esto dista mucho del verdadero aprendizaje, o del aprendizaje ideal. ¿Qué recuerdan los alumnos de esas tres o cuatro horas un mes más tarde? Absolutamente nada, porque ya se lo preguntaron en el examen: ese “conocimiento” ya fue vertido en las hojas de una “evaluación” a imagen y semejanza, por no decir copia, de lo que está escrito en sus libros de texto.

Ahora bien, ¿qué ocurriría si a estos mismos alumnos se les demuestra que aprender es algo divertido y, sobre todo, algo sobre lo que tienen capacidad decisoria? Probablemente entonces cuando suene el timbre del recreo no corran hacia el patio; tal vez se queden cinco minutos más en clase para terminar lo que estuvieran haciendo. Tal vez un mes más tarde sí tengan una remota idea de lo que hicieron en esas tres o cuatro horas, aunque el examen ya haya pasado. ¿Qué ocurre si a estos mismos alumnos se les da la libertad de escoger sobre su propio aprendizaje? Ocurrirá un hecho insólito, escasamente observado en el aula media del instituto o colegio español: estos alumnos aprenderán, y aprenderán algo que les será útil más allá del examen. En el fondo se trata de cambiar la concepción que se tiene de “alumno” y de “enseñanza”, y así tratar a los pupilos con el respeto necesario para otorgarles la responsabilidad de que tomen sus propias decisiones y de que creen sus propios productos de aprendizaje.

El problema es que esta concepción de alumno como vago, incapaz de tomar sus propias decisiones y no interesado en su aprendizaje se mantiene en la educación superior. El “pequeño demonio” pasa a ser ahora un veinteañero pasota cuya máxima aspiración es aprobar sin ir a clase, y por lo tanto se le trata igual que al “pequeño demonio”: sin respeto y limitando su capacidad decisoria. En cuanto a la educación superior, resulta algo más complicado de mantener el mismo principio de educación en libertad si lo que se quiere es obtener graduados con las competencias y conocimientos que determinada titulación exige. El debate sobre cómo implantar la libertad en un aula de universidad es muy extenso, pero, para ser breves, me centraré en algo muy básico pero que acota muy bien la cuestión: la capacidad de los alumnos de decidir si asisten a clase o no. Existe una creencia, bastante generalizada, de que los estudiantes de universidad no queremos ir a clase. Y como estudiante de universidad que fui he de confesar que, en efecto, muchas veces no queremos. Pero he de decir que si no queremos es precisamente porque no nos gusta perder el tiempo. Y aunque esto suene prepotente y arrogante, no deja de ser cierto. Tal vez seamos estudiantes, la mayoría de veintitantos años, pero eso no quiere decir que no seamos también personas con nuestras responsabilidades, nuestro tiempo y nuestras preferencias sobre cómo utilizarlo; si se nos da el espacio, somos personas capaces de invertir nuestros recursos en lo que consideremos prioritario. He asistido a muchas clases en las cuales el profesor se dedicaba a leernos, de manera literal, unas diapositivas o un libro; no exagero en absoluto. Y no ha sido un solo profesor, sino muchos, y mi universidad no es la única de España en la que ocurre. ¿Y porqué asistimos a esas clases aún así? Porque se nos obliga a ello: o bien porque se pasaban las temidas “hojas de asistencia” o bien porque de otra manera no tendríamos forma de tener el material de la asignatura. Cuando fui estudiante de intercambio en Bélgica observé maravillada algo que entonces me pareció curioso: a los profesores no sólo no les importaba que no asistiésemos a clase, sino que lo facilitaban grabando las clases en audio y subiendo a una intranet todo el material. Aun así, incluso al final del semestre, había asignaturas a las que había que llegar 15 minutos antes para coger un buen sitio, porque el aula se llenaba. ¿Cuál era nuestra motivación entonces para ir a clase si las teníamos grabadas y el profesor estaba a un email de distancia que respondería en el día? Porque eran clases útiles, tanto para aprobar la asignatura como para nuestra profesión, e incluso para nuestro desarrollo personal.

Existe una creencia, bastante generalizada, de que los estudiantes de universidad no queremos ir a clase. 

Según datos del 2011, el Plan Bolonia habría hecho que el 90% de alumnos asistiesen a clase, frente al 40% que solían asistir con el programa universitario anterior. Para muchos académicos, políticos, y profesores estos datos reflejarían el rotundo éxito del Plan Bolonia, pero ese 90% que llenamos las aulas sabemos que este porcentaje no es un indicador de éxito, sino una mera medida cuantitativa que no refleja la mejora de la calidad de enseñanza. Me atrevería a decir que incluso la empeora, ¿de que sirve llenar un aula de alumnos desmotivados que están ahí porque no tienen otra opción? ¿De qué sirve eliminar el deseo y la autonomía de decidir ir a clase, como si estuviesen de nuevo en el instituto o colegio? No cabe duda de que alumnos autónomos, capaces de decidir algo tan básico como ir a clase o no, se traduce en alumnos responsables y “responsabilizados”; en el fondo, alumnos que en un futuro sabrán enfrentarse a la toma de decisiones de forma autónoma.

Se podría tal vez aventurar que la libertad en el aula resultará en adultos más capaces y competentes, ya que desde el principio se les habría dado la responsabilidad de decidir, con las consecuencias que eso conlleva. Serían alumnos autónomos, que incluso no hubiesen perdido la curiosidad propia de los más jóvenes a lo largo de sus años de estudio. En el fondo, serían personas, no ya alumnos, que no tuvieran miedo a la libertad, y que no se refugiasen en otros constructos o elementos, como sus jefes, el temario de una oposición (que no les atrajese demasiado, pero quisiesen un trabajo seguro), o la presión social y familiar, para evitar tomar decisiones sobre su futuro tanto profesional como personal. Tal vez serían personas capaces de otorgar a otros el respeto con el que se les educó y capaces de ser autónomos en sus decisiones y en su vida, de enfrentarse con más éxito a las dificultades. Puede que ésta, educar en libertad, sea la forma de construir una mejor sociedad.

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Comentarios
  1. Oriol Fàbregas Pujol dice: 30/06/2017 a las 14:08

    Excelente artículo! La visión de una clase habitual habria de convertirse en un area clave de mejora, se tendría que dedicar todos los esfuerzos y recursos para hacer de esa clase inoblidable. Algunos profesores lo consiguen pero siguen habiendo muchos que suspenden en ello descaradamente. El resultado es una asistencia a clase sin alma, sin pasión, donde la transmisión del conocimiento no se produce de forma efectiva y se produce uno de los mayores fracasos del sistema, la retroalimentación negativa de las desmotivación y el desaprovechamiento de centenares de alumnos con grandes talentos ocultos..me entristeze y lo peor es saber que muchos profesores no tienen la suficiente capacidad autocrítica para verlo y reconocerlo.

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