Redes sociales y ciudadanía digital: ¡hagamos algo!

Prohibir no es una buena solución, pero tampoco la inacción

El anuncio del presidente del Gobierno sobre la prohibición del acceso a las redes sociales a los menores de 16 años me sorprendió en el lugar más adecuado para reflexionar sobre ello: el EdTech Congress Barcelona 2026.

Mientras en las salas se debatía sobre inteligencia artificial bajo el lema Reimaginar la educación y la formación en la era de la inteligencia artificial, en los pasillos el tema de las redes sociales acaparaba la atención.

Los medios de comunicación, ya presentes en el evento, aprovecharon que tenían a su disposición una comunidad cualificada (docentes, responsables de políticas educativas, empresas de tecnología educativa) para recoger impresiones inmediatas. Pero un asunto tan complejo no puede resumirse en un titular sencillo y binario. Y como el debate público se desliza con demasiada facilidad hacia el clickbait y la polarización, prefiero dejar por escrito, de forma más reposada, la posición que expresé en caliente.

Elevemos el debate

Mi primera respuesta al ser preguntado sobre el anuncio del presidente del Gobierno fue que sentía una sensación agridulce

Agría, porque la prohibición es una medida simple, incluso tentadora, pero extrema. Supone reconocer, en cierta medida, un fracaso educativo. La tarea de la escuela y de la universidad no es apartar a los jóvenes del mundo en el que viven, sino formarles para habitarlo con criterio, autonomía y responsabilidad.

Dulce, porque como sociedad no podemos seguir ignorando que estos espacios, privados pero de uso público, virtuales pero con efectos muy reales, están diseñados con reglas que no siempre priorizan el bien común.

En el propio congreso EdTech Barcelona asistí a la conversación (mesa redonda) en la que participó César Rendueles y al salir del evento pasé por una librería y compré su libro Redes vacías, que salió ese mismo día. Y me viene muy bien aquí transcribir una frase del principio del libro:

“Pero, ¿qué pensábamos exactamente que iba a pasar al poner en contacto en un espacio digital anónimo a individuos sin un proyecto de vida en común ni herramientas deliberativas, y al entregar el control de sus interacciones a algoritmos propiedad de los mayores oligopolios conocidos, diseñados para pelear por la atención y monetizarla?”.

No se puede decir más con menos. No le sobra ninguna palabra. Analicémosla, es decir, troceémosla y vayamos por partes: anonimato, proyecto común, deliberación, algoritmos, propietarios, oligopolios, atención y monetizar.

Anonimato

El anonimato en redes sociales es una espada de doble filo. Los que lo defienden argumentan que protege la libertad de expresión, especialmente en contextos de vulnerabilidad o disidencia. Pero cuando la identidad se desvanece, también se diluye la responsabilidad. En la realidad española, y europea, sociedades democráticas consolidadas, ¿compensa el coste en polarización, desinformación y agresividad que genera un anonimato sin límites?

Proyecto común

Las redes sociales nacieron con la promesa de conectar a las personas, compartir el conocimiento y ampliar las comunidades. Sin embargo, esta aspiración colectiva se ha ido desplazando.

Sin un horizonte común, la conversación pública se convierte en ruido, la comunidad en mera coincidencia algorítmica y se fragmenta la sociedad en burbujas.

Deliberación

Deliberar exige tiempo, escucha, disposición a matizar e incluso estar dispuesto a cambiar de opinión. Las redes, diseñadas para la inmediatez, favorecen la reacción antes que la reflexión, los sentimientos antes que la razón. El resultado es un espacio donde se opina más de lo que se argumenta y se responde más de lo que se comprende. Recuperar la deliberación implica reintroducir fricción, pausa y contexto en un entorno optimizado para la velocidad.

Algoritmos

Los algoritmos que gestionan las redes sociales deciden qué vemos y qué no vemos. Amplifican lo que genera interacción y relegan lo que no retiene nuestra atención. Su función objetivo no es la calidad del debate, sino el tiempo de permanencia. Así, moldean nuestra percepción de la realidad sin que apenas seamos conscientes de ello. Y al moldear nuestra percepción, condicionan nuestras decisiones y comportamiento.

Propietarios

Detrás de cada plataforma tecnológica hay propietarios con intereses legítimos, pero no necesariamente alineados con el bien común. Las decisiones sobre moderación, diseño o visibilidad no son meramente técnicas: responden a modelos de negocio. Cuando el espacio público digital depende de corporaciones privadas, la gobernanza digital deja de ser una cuestión técnica y se convierte en un asunto crucial.

Oligopolios

El ecosistema digital está en manos de unas pocas plataformas que concentran la mayoría de la conversación global. Esta concentración limita la diversidad estructural y otorga un poder desproporcionado a estos actores. Y lo que puede parecer una competencia simplemente económica, se ha convertido también en cultural y democrática. No se limita a captar usuarios, compiten por moldear imaginarios colectivos. Y eso es enormemente relevante.

Atención

En la economía digital, nuestra atención es el recurso escaso, es el diamante a extraer del subsuelo.

Las plataformas compiten por capturarla y retenerla, con notificaciones constantes, desplazamiento infinito y estímulos diseñados para generar adicción. No solo se monetiza nuestro tiempo, también nuestra capacidad de concentración y, en último término, nuestra capacidad cognitiva. La palabra Oxford del año 2024 fue brain rot (putrefacción cerebral): supuesto deterioro del estado mental o intelectual de una persona, especialmente visto como resultado de un consumo excesivo de material (ahora particularmente contenido en línea) considerado trivial o poco desafiante.

Monetizar

Monetizar significa convertir cada interacción en valor económico. Likes, comentarios y datos personales se transforman en ingresos publicitarios. El problema no es que las empresas obtengan beneficios, sino que la lógica de monetización ha terminado subordinando la calidad del debate, la veracidad de la información y el bienestar de los usuarios.

¿Y, entonces, qué? 

Todo este debate, enriquecedor y estimulante intelectualmente, necesita aterrizarse a la realidad de nuestros hijos, adolescentes y jóvenes.

Estamos hablando del entorno en el que se socializan, construyen identidad y forman criterio. Y ahí ya no debemos ir con paños calientes. Es nuestra obligación cuidarlos y protegerlos. Pero proteger no es aislar.

Cuando un niño empieza a moverse por el espacio público, no le prohibimos salir de casa hasta los 16 años. Le acompañamos, le llevamos de la mano. Le enseñamos a cruzar la calle. Diseñamos parques seguros. Y, al mismo tiempo, establecemos normas de circulación, semáforos y reglas de convivencia. De la misma manera, tenemos que hacer de las redes sociales unos espacios públicos digitales seguros.

Si prohibimos el acceso a las redes sociales a los jóvenes menores de 16 años y no las hacemos habitables y les formamos para vivir en ellas, estamos aplazando el problema, ya que cuando tengan edad (y antes a través de triquiñuelas) accederán a ellas y serán carne de cañón.

Por eso la respuesta no puede ser solo prohibir. Puede haber límites de edad razonables, verificación efectiva y control. Pero, todo ello  debe ir acompañado de tres pilares inseparables: regulación clara, corresponsabilidad de las plataformas y alfabetización digital profunda.Solo así, las redes sociales serán espacios públicos de convivencia.

El mundo digital está diseñado por los humanos. No perdamos la oportunidad de diseñar un mundo mejor. Si queremos que sean espacios de convivencia y no de confrontación permanente, no podemos dejar su arquitectura exclusivamente en manos de los grandes actores tecnológicos. Y esta tarea no admite más demora.


 

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Comentarios
  1. Juan José Escribano Otero dice: 17/02/2026 a las 10:19

    Creo que la clave está en qué metáfora elegimos para comparar con las redes sociales.
    Si, como haces tu elegimos pensar en las redes sociales como un nuevo espacio social, como sería el parque, el barrio, el centro comercial, el cine o el parque de bolas, entonces ciertamente prohibir no es ni de lejos la solución. De hecho, si solo se prohíbe, puede ser parte del propio problema.
    Si se considera a las Redes Sociales como si fueran una sustancia de consumo, como el café, el tabaco, el alcohol, los refrescos azucarados o la comida rápida, que es una aproximación muy común, entonces la prohibición o la regulación restrictiva puede tener algo más de sentido, tal vez porque es lo que hemos hecho siempre en estos supuestos. Aunque, bien mirado, ninguno de los problemas asociados a esas sustancias están lejos de solucionarse con esas leyes …
    Para terminar, «me mojo»: prefiero el espacio. Prohibir nunca fue la solución a nada, ni cuando en el mayo francés se quería «prohibir prohibir». La prohibición es como escayolar un hueso roto, puede servir para inmobilizarlo mientras se suelda, pero luego hay que hacer rehabilitación si se quiere recuperar la funcionalidad. Es decir, prohibir a los menores debe ir acompañado de una rehabilitación del espacio digital y de la cultura popular sobre cómo y para qué usar responsablemente ese espacio.
    Y si eres de los que piensan que es una sustancia, un producto de consumo, pues parecido: prohibir a los menores mientras se les enseña-educa-forma en cómo se puede usar para mejorar su vida de adulto u no para ser destruido por la cuenta de resultados de una big tech o captado por una secta ideológica extraña y bocazas.
    ¡Feliz año! :-)


¿Y tú qué opinas?