Un método docente
Los métodos de enseñanza cambian con los tiempos y las tecnologías. No se daba clase igual en la época de las tablillas de cera, los estilos y los papiros que en la de la imprenta. Los métodos cambiaron otra vez cuando un libro se pudo replicar digitalmente a coste cero, y ahora que la inteligencia artificial (IA) se ha desplegado gracias a los modelos de lenguaje grandes (LLM en sus siglas en inglés), se han abierto nuevas posibilidades. El cambio actual es equivalente a la ruptura del monopolio eclesiástico que trajo la imprenta en el siglo XV, y eso hay que aprovecharlo para llegar mucho más lejos.
Un nuevo sistema de evaluación continua
Este curso he planteado en mis asignaturas un nuevo sistema de evaluación continua. En cada una de ellas, dispongo de cuatro horas semanales de clase durante un cuatrimestre. Antes, hace veinte años, utilizaba esas horas para explicar toda la materia, pero eso ha cambiado. Hoy, los estudiantes tienen las presentaciones en campus virtual antes de la clase. Disponen también del libro que escribí para la asignatura. Ese libro contiene todo lo que se ve en clase y en el mismo orden. Mis alumnos actuales pueden acceder a miles de vídeos en los que se les explica lo mismo de maneras diversas, y, sobre todo, la IA les puede resolver cualquier duda en un instante. Así que no tiene mucho sentido que vengan a que yo, o alguno de mis colaboradores docentes, les contemos lo que ellos pueden aprender en cualquier momento y a su ritmo.
En la universidad, la asistencia no es obligatoria, así que no nos puede sorprender que las aulas estén vacías si nos enrocamos en métodos docentes que ignoran las posibilidades tecnológicas actuales y la realidad de nuestros estudiantes. Ellos pueden resolver cualquier duda que les surja, o resolver cualquier problema, en segundos.
No tiene sentido plantearles acertijos —que es lo que son muchos de los ejercicios y cuestiones que se ven por ahí—, ni pedirles trabajos a evaluar. Todo eso lo puede hacer una IA.
Creer que la mayoría de los estudiantes van a aprender algo intentando resolver un problema que trajo de cabeza a Euler o Gauss es no querer darse cuenta de que esa aproximación sólo es útil para una ínfima parte. Yo soy muy partidario de que la universidad está para crear la élite intelectual de la próxima generación, pero también de que la docencia tiene que seguir el principio militar de no dejar tirado a ningún soldado. No son ideas contradictorias, aunque lo parezcan.
El método: un ciclo semanal
Lo que yo hago es lo siguiente. El contenido de la asignatura está distribuido en un tema o dos por semana, invariablemente. Las clases son el martes, miércoles y jueves. La semana de la asignatura empieza, por así decirlo, los jueves. Ese día expongo lo que hay que saber del tema correspondiente. No es una conferencia, una lección magistral, sino un clase para delimitar el asunto: qué contenidos entran, qué conceptos hay que dominar, qué figuras hay que saber leer, qué técnicas aprender y qué ejercicios saber hacer.
La línea narrativa sigue religiosamente mi libro de texto: no hay figura que se proyecte que no esté en el libro, y lo mismo con las definiciones, fórmulas y ejemplos. Si en el texto hay algún pasaje complicado, se lo explico, pero no hace falta contarles los trozos en los que basta con saber leer. El alumno sale de esa clase consciente de lo que tiene que saber y de lo que ha de reflejar en los apuntes. No sale con los apuntes del tema en cuestión, ni con los conocimientos, habilidades y competencias ya adquiridas, sino con el esquema de los contenidos del tema y con una guía para construirse él mismo unos apuntes. Sale con un plan de trabajo y una misión: trabajarse la materia y dejar constancia de su trabajo en unos apuntes.
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De jueves a miércoles: el trabajo del estudiante
De jueves por la tarde a miércoles, fuera del aula, los estudiantes se leen despacio el capítulo de libro, repasan con las transparencias, buscan material y se construyen sus apuntes. El tiempo que lleva esto está calculado. No tienen que pasarse el fin de semana trabajando, ni trasnochar. Basta con emplear las horas que fija la guía-e para esa tarea. La dificultad es que todo está en el libro, pero hay que entender lo que pone para saber explicarlo.
En el libro se encuentran con palabras que no conocen (están ahí precisamente para que las busquen y amplíen su vocabulario), y hay conceptos que requieren de cierta reflexión cuando uno se enfrenta a mi petición: que sean capaces de explicarle a toda la clase la idea o el concepto. Para entender la materia a su ritmo pueden utilizar fuentes libres, IA incluida, aunque se espera que utilicen los libros de la bibliografía. Pueden trabajar solos, o en grupo, haciendo turnos para explicarse mutuamente las cosas, siguiendo la estrategia que mejor se adapte a su personalidad. Eso da igual. Lo importante es que se lo trabajen.
Y aquí las inteligencias artificiales son una herramienta fabulosa, porque equivalen a tener a un profesor muy listo y siempre dispuesto a contestar plegándose servilmente a las necesidades de cada estudiante. Se me dirá que estas herramientas se equivocan y que cometen errores, pero en los últimos meses han mejorado una barbaridad y cabe esperar que en los próximos meses sean prácticamente infalibles. Al menos para cuestiones al nivel de un grado universitario, aunque creo que también de máster y de doctorado.
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Martes: una clase de trabajo
El martes los estudiantes vienen a clase a pulir sus apuntes y a estudiar. El profesor está en el aula a disposición de quien tenga dudas, pero no imparte un clase magistral. Es una clase de trabajo, en la que les va visitando uno a uno para ver cómo lo llevan. Los apuntes han de ser manuscritos, fundamentalmente para evitar el corta-pega, pero también para facilitar su aprendizaje.
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Miércoles: examen oral
El miércoles les examino de manera oral. Saco a la pizarra a unos cuantos estudiantes y anoto en mi hoja de cálculo no si se lo sabe, sino si lo ha trabajado, que es algo diferente. El alumno puede equivocarse al intentar explicar un concepto, pero un profesor enseguida se da cuenta de si se lo ha estudiado o no. Esto lo evalúo con letras. A para quien se ha esforzado bastante, B para el que lo ha hecho bien, C para quien cubre el expediente sin más, D para que el que se ve que no ha hecho lo suficiente, y E para el que ha pasado de todo.
Entrega de apuntes y retroalimentación
Al finalizar esa clase, los estudiantes me entregan en papel los apuntes del tema. Hay que subirlos también a campus virtual en formato digital antes de que acabe el día. Para ello, hacen una foto a cada una de las hojas y las convierten en un único PDF de menos de 20 MB. No todos saben que los libros acostumbran a tener un índice al final, o lo que es un prólogo, pero todos, sin excepción, tienen un teléfono y saben hacer esto de convertir sus apuntes en un PDF. El primer día hicimos una prueba y nadie tuvo ningún problema con esta parte.
El propósito de que lo suban a campus virtual además de entregarlo en papel es doble. En primer lugar, sirve para certificar la entrega en tiempo y forma. También sirve como registro permanente de la actividad académica, porque cada semana les devuelvo los apuntes en papel, con la correspondiente retroalimentación. En esto sigo un sistema que puede parecer infantil. Tres opciones: carita sonriente, neutra y triste, con alguna nota ocasional sobre qué falta, o qué mejorar.
El primer día les choca que en la universidad usemos el método que les aplicaban en primaria, pero funciona y es el único viable.
Calificar unos apuntes de cero a diez es absurdo, plantear una rúbrica no se le ocurriría ni al más entusiasta de los pedagogos, y lo que el alumno necesita en realidad es saber si ha hecho, o no, lo que se esperaba de él. Así calibran su criterio de lo que es aceptable y lo que no. Hago esto cada semana, y lleva su tiempo poner las notas, pero es útil. Lo sé porque según avanza el cuatrimestre se aprecia una enorme mejora en la calidad de los apuntes. La nota final es la media de un algoritmo complejo sobre las puntuaciones obtenidas en las entregas y en las pruebas orales, y la nota de los dos parciales, y evalúa el grado de consecución de las competencias.
Lo que importa es el trabajo, no el origen de los apuntes
Nótese que resulta irrelevante si han construido los apuntes copiando del libro, o a través de una IA, en vez de estudiando de verdad. Lo importante es que durante la semana sus ojos han tenido que leer la materia y su cerebro procesarla para ordenarle a su mano que lo escriba. Esto, que puede parecer lo natural, lo que hay que hacer siempre, resulta ser la excepción. Muchos nunca han hecho tal cosa. Como es de esperar, los primeros días intentan hacer trampa, pero luego se dan cuenta de los apuntes son la manera rápida de estudiar y recordar lo que hay que saber, así que les ponen atención. Los apuntes son, además, una ayuda que les dejo cuando salen a la pizarra y no aciertan con la respuesta. En ese caso, les dejo que los consulten. Si se los han trabajado, saben dónde está lo que necesitan, y responden bien. Esto les viene bien a todos.
Porque la clase del miércoles no solo sirve para la evaluación continua, sino que es otra herramienta de aprendizaje. En esa clase ellos no pueden tener nada electrónico encima de la mesa. Se supone que es porque se les está evaluando, pero la verdadera razón es obligarles a prestar atención a sus propios apuntes y a lo que pasa encima de la tarima.
Cuando saco a alguien, les pido al resto que piensen qué dirían ellos. Esto contribuye mucho a su aprendizaje. Además, las preguntas no son aleatorias. Recorren los elementos clave del temario de esa semana, de manera que al final de la clase hemos repasado lo más importante. Con una diferencia crítica sobre el sistema tradicional: el repaso se hace sobre algo en lo que ellos han tenido que trabajar, no sobre algo que escucharon una vez y ahora otra.
Un ciclo idéntico y flexible
El jueves se empieza con el capítulo siguiente. Y el martes les devuelvo a los estudiantes los apuntes recogidos el miércoles anterior, con lo que la corrección les llega antes de la siguiente evaluación. Este ciclo semanal es idéntico durante el cuatrimestre, con dos martes, el día del trabajo dirigido, reservados para parciales.
Naturalmente la casuística es infinita y a algunos estudiantes hay que hacerles adaptaciones, ya sea por timidez, dislexia, discalculia, tartamudez u otros problemas identificados por los servicios de la universidad.
Siempre se puede emplear una de las tutorías obligatorias para examinar al estudiante en el despacho. Lo que ha sucedido este curso es que eso ha sido necesario durante el primer mes. Después, todos han sido capaces de salir a la palestra. Sí, además de eso, se ponen malos y faltan a alguna sesión. Hay atascos. Se duermen. Las abuelas fallecen. Pero nada de esto supone un problema con una pizca de flexibilidad.
Qué opinan los estudiantes
¿Qué opinan ellos? Tras el shock inicial, por la novedad, lo agradecen. El sistema les obliga a llevar al día la asignatura, y así la van aprobando en trozos manejables. El examen oral les ayuda a gestionar la inevitable ansiedad que se genera en un examen público. La presión de no quedar mal delante de sus pares es un estímulo adicional.
Lo que estoy viendo es que aprenden mucho más y que se toman más en serio su formación.
Esto, para los de primero, es fundamental, porque crea un hábito de trabajo que es muy deseable, como cuento en mi libro «La universidad: qué es y para qué sirve». ¿Este método da más trabajo al profesor? Un poco. Corregir los apuntes cada semana puede parecer aburrido, pero en realidad no es para tanto, y el premio es que obligándoles a trabajar ellos aprenden más y mejor. Es cuestión de organizarse bien.
¿Se puede extrapolar a otras asignaturas?
Yo enseño Física de la Atmósfera en tercero del grado de física, y Física General en primero del grado de ciencias ambientales. ¿Se puede extrapolar este método a otras asignaturas? Creo que sí, aunque hay dos condiciones: diseñar un temario que cubra uno o dos temas por semana, seguir la programación como un reloj suizo, y tener un libro de texto que refleje exactamente ese temario, idealmente identificando tema con capítulo.
Programar bien es importante. Mis estudiantes saben desde el primer día de clase en septiembre lo que les voy a contar el jueves de la tercera semana de noviembre. Esto les da seguridad. Sin estos pre-requisitos, el alumno se confunde. Pierde pronto el ritmo semanal, no sabe por dónde se llegan las explicaciones, se ve obligado a adivinar de dónde saca el profesor la información, y al final abandona la evaluación continua. Esto es un desastre, porque los alumnos de hoy no están preparados para un examen final en el que entre toda la materia. Quizá nunca lo estuvieron, pero eso es otra historia para otro artículo.


Enhorabuena! Trabajar la docencia es indispensable para que la universidad pública sea de calidad. Si además, como es el caso, la investigación es de nivel estamos ante un buen ejemplo del profesional universitario.
Muchas gracias por contar tu experiencia, Francisco. Un relato muy inspirador. A modo de mini-reflexión, comparto que estamos en un momento retador, disruptivo, con la IA en la educación pero entiendo que hay muchas metodologías posibles. Conviene tener pedagogía y muchas ganas de enseñar bien, implicándose. Sin embargo, los sistemas de consolidación del profesorado no evalúan ese esfuerzo. Para los profesores jóvenes con ganas es un problemón. El día tiene 24 horas y dedico x a corregir apuntes de los alumnos, me queda 24-x para investigar y así poder promocionar y seguir con esta maravillosa profesión. Por curiosidad, ¿cuántos alumnos tienes por aula?
Hola, Mar. Muchas gracia a ti por leerlo. En primero de CC Ambientales tengo 72 estudiantes. En tercero de Física, 51.
Enrique, muchas gracias.
Muy interesante este artículo sobre cómo es necesario reinventar la docencia y los métodos de evaluación continua. Como estudiante de doctorado que soy veo necesario un cambio importante en la universidad porque nos encontramos ante una revolución tecnológica inigualable.
Creo que lo que el profesor Tapiador propone se podría aplicar a cualquier asignatura porque la universidad debe reinventarse ante la existencia de la IA. Ir al aula debe aportar algo más que recibir la tradicional «clase magistral» que en los momentos actuales no tiene mucho sentido. Con esta dinámica que usted propone el aula aporta un valor añadido: sintetizar, leer, resumir, exponer…. Además veo necesario recuperar el «examen oral» como método de evaluación y mecanismo para ver si se están siguiendo los conceptos rutinariamente. Lo mismo puede ocurrir con presentaciones sobre los temas o actividades que hagan necesario interiorizar conceptos para posteriormente exponerlos.
Desde luego o se reinventa la universidad o muere. Me ha gustado mucho esta entrada.