Aprendizaje, calificaciones e IA en la universidad

Quizá la dimensión educativa que más está desestabilizando la irrupción de la IA es la evaluación. Es casi imposible distinguir un trabajo escrito basado en largas horas de esfuerzo del estudiante de otro producido en apenas unos minutos interactuando con la máquina. Más recientemente los exámenes escritos están perdiendo también su fiabilidad dada la discreción con que se puede obtener una fotografía rápida de las preguntas y esconder un discreto pinganillo que dicte el resultado. Algunas instituciones despliegan intentos de enfrentar esta situación (detectores de plagio, de aparatos electrónicos…) que rápidamente quedan superados por el avance de la tecnología y el número de alumno/as tentados por estas prácticas.

El fraude siempre ha coexistido con las evaluaciones pero hasta ahora los buenos estudiantes sabían que los copiones acaso lograrían ocasionalmente mejorar alguna nota pero que a medio plazo sus carencias de aprendizaje se acumularían y acabarían poniendo a cada uno más o menos en su sitio en cuanto a notas se refiere. Sin embargo, en el contexto actual de que la cuasi totalidad de evaluaciones universitarias consisten en trabajos o exámenes escritos, a los que puede enfrentarse un alumno que apenas estudie pero logre ser asistido siempre por la IA, es más fácil desalentar a los buenos alumnos dada la facilidad con que los malos pueden obtener los mismos resultados sin apenas esfuerzo.

Las pruebas orales: una solución con límites

Las pruebas orales surgen como la única solución para que la evaluación pueda calibrar seriamente el esfuerzo del estudiante, pero requieren una dedicación difícil de asumir para todos los profesores. Efectivamente, pongamos una asignatura de tamaño medio en alumnado (~40) y créditos (~4,5), si un profesor destina unas 25 horas a prepararla y 20 en calificar pruebas, podría dedicar una media hora por estudiante, una duración suficiente para saber si el alumno sabe mucho, algo o poco, pero en la que es imposible graduar con decimales como es habitual proceder con las pruebas escritas.

Toda la problemática anterior parte sin embargo de un doble “MacGuffin” (por utilizar el término hitchcockiano para ese sutil y verosímil trampantojo sobre el que se despliega la trama): ¿de verdad las calificaciones eran “justas” antes de la IA?, ¿y de verdad incentivaban el aprendizaje?

El trípode institucional de la universidad

La universidad ha evolucionado mucho en algunos aspectos en su casi mil años de historia, pero hay un trípode institucional:

  • Que un título garantiza a la sociedad que una persona es competente en una “profesión”,
  • Que el corpus de conocimiento de un título puede descomponerse en una suma de asignaturas (no menos de 30 en cualquier grado hoy en España),
  • Y que el profesorado de cada una dispone de evaluaciones para valorar (hasta el decimal…) el nivel de aprendizaje de cada aspirante.

El colapso de esta tercera pata ante la IA es la ocasión para enfrentarse a las deficiencias que cada uno de los elementos presentaba desde hace mucho tiempo y que iban postergándose porque el sistema cojeaba pero sin caerse. Podemos señalar, en efecto, sobre el primer punto que el concepto de profesión se ha desdibujado enormemente, de manera que resulta difícil para un joven asumir la elección de un título que presuntamente va a prefigurar buena parte de su vida profesional.

Respecto al segundo, la descomposición en asignaturas con escasa comunicación entre ellas -más allá de algunos burocráticos “prerrequisitos”- supone alejarse de la inter y multidisciplinariedad que es necesaria para dar respuesta a la complejidad de los problemas reales (“el mundo tiene retos y la universidad… departamentos”).

Y también el tercero crujía antes de la IA. Sin llegar a las prácticas perezosas de algunos docentes (por ejemplo, tests basados en conocimientos anecdóticos, pero muy rápidos de corregir) era frecuente la discrecionalidad de dar más peso a unos temas que otros, en los criterios de corrección o en el factor humano cuando había varios profesores, en distintos cursos académicos, y no digamos de una universidad a otra (sobrando en algunas públicas los que suspenden de más y en algunas privadas los que regalan las notas).

¿Cuál es la alternativa?

Pero, ¿cuál era o es la alternativa? ¿No calificar? ¿Cómo decidir si alguien merece un título si no es por superar sucesivamente las distintas asignaturas? ¿Y cómo no graduar la nota en cada una de ellas para determinar al final una “nota media” que determine un escalafón, como prueba de mérito para obtener los derechos que correspondan?

Lo cierto es que la inmensa mayoría de titulados universitarios no hemos necesitado en nuestra carrera profesional más que decir si teníamos o no determinado diploma sin importar la nota que constaba al reverso, y cada vez más con más frecuencia la obtención efectiva del diploma no es determinante (muchos empiezan a trabajar con el trabajo final o incluso alguna asignatura pendiente, de todas formas figura en su linkedin “universidad X, titulación Y, años A a B” y nadie les pregunta nunca al respecto, no porque no sospechen que pueda ser mentira sino porque no importa, la situación es generalizada).

Peor aún, esa evaluación tan troceada y discrecional viene suponiendo un obstáculo real para un aprendizaje amplio y profundo, sustituyendo el motor insuperable que es la curiosidad por el cortoplacismo de estudiar para el examen.

Y como se señalaba al principio, con la IA saltan los cimientos: en cualquier prueba escrita puede obtener un excelente resultado alguien que apenas tenga la habilidad de pedir al sistema que le resuelva el ejercicio.

Una universidad sin notas

¿Podemos imaginar una universidad sin notas? Hagamos la prueba de imaginar un modelo concreto para pensar qué ganaríamos y qué perderíamos. La propuesta es la siguiente. Mantenemos la universidad actual con profesores, a cargo de asignaturas, que ponen exámenes, encargan trabajos, los corrigen… pero todo es voluntario para el alumnado, al que sólo se evalúa en un examen de un par de horas por semestre o incluso por año ante un tribunal de dos o tres profesores de distintas disciplinas que le ponen ejercicios a resolver en la pizarra, le preguntan y repreguntan, debaten para profundizar, cuestionan sobre algún trabajo más avanzado al que pueda haber dedicado tiempo el alumno… y califican sólo con un “pasa”, “no pasa” (ante el que puede haber un segundo intento) y “honores” para destacar al 5-10% más brillante.

Obtiene la titulación quien ha superado todos los semestres/cursos con al menos “pasa” y figura en su título aquellos en que ha tenido “honores”, que pueden facilitarle el camino para optar a determinados puestos como becas de doctorado. El acceso a la universidad, donde se requiere estar sometido a estrictos numerus clausus, sí que dependerá de una EBAU donde se califique a la milésima, igual que ocurrirá por ejemplo para superar oposiciones, pero la supervisión cuasipolicial para evitar el fraude podrá limitarse a ese tipo de pruebas donde es inevitable determinar un estricto orden de puntuación.

Lo que se gana

¿Qué ganamos? Extirpar a la universidad de ese cortoplacismo evaluativo, responsabilizando a cada estudiante de su aprendizaje, con la libertad de buscar la excelencia allá donde su curiosidad o capacidad particular le motive ir, conciliándolo con la confianza en aprovechar los recursos (clases, correcciones…) que la institución le ofrece, sin dejar de acreditar que cumple con unos conocimientos suficientes aunque valorados de manera más global en esas calificaciones globales por semestre/curso y reducidas al “pasa”/”no pasa”/”honores”.

Lo que se pierde

¿Y perdemos algo? En España tenemos afortunadamente suficiente músculo en el Estado de bienestar para asegurar las becas académicas a todos en primer año y a quienes vayan obteniendo el “pasa” (o hasta un cierto número de repeticiones), e incluso para dotar de cierto premio económico a los “honores”. Actualmente hay alguna recompensa que está basada en las notas medias de carrera (por ejemplo, en el ámbito académico para las becas predoctorales del ministerio) pero afecta a muy pocos y es fácilmente sustituible por limitarlas a los que obtengan suficiente número de semestres con “honores” y desempatar en su caso entre ellos con alguna prueba específica, que además facilitaría la armonización entre distintas universidades.

Tomar la delantera

Seguro que quedan ángulos muertos en esta propuesta pero comparemos sobre todo con la situación actual llena de “ficciones” y que tanto aleja a los jóvenes de la pasión por aprender, de la que tanto tienen que ganar ella/os y el conjunto de la sociedad. El reto merece que nos atrevamos a tomar la delantera, en lugar de ir siempre detrás de los acontecimientos (sean la IA u otros cambios sociales, tecnológicos o institucionales…).

 

Comentarios
  1. Neila dice: 27/10/2026 a las 13:56

    Muy buena reflexión. Solo una puntualización sobre las pruebas orales: se suele aducir que llevan mucho tiempo (mínimo 15 minutos por estudiante), pero cuando corregimos exámenes escritos, no nos va a llevar menos de 15 minutos por examen a corregir. Las ventajas e inconvenientes serán otras, pero creo que el tiempo no es la mayor.


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