China y sus universidades: cuando los rankings reflejan una estrategia de liderazgo tecnológico
Cada agosto, el Academic Ranking of World Universities (ARWU), más conocido como ranking de Shanghái, vuelve a situar a las universidades en los titulares. Este año, buena parte de la atención se ha concentrado en el avance de China, que ya sitúa 234 universidades entre las 1.000 instituciones publicadas y 16 entre las 100 primeras. La cuestión relevante, por tanto, no es constatar una vez más que China mejora sus posiciones, sino preguntarse qué puede estar reflejando esa evolución y hasta qué punto guarda relación con un proceso más profundo: la estrategia que el país viene desarrollando para reforzar su capacidad de generar conocimiento en tecnologías que previsiblemente condicionarán una parte importante de la economía, la seguridad y la soberanía tecnológica durante las próximas décadas.
La evolución de las universidades chinas en un ranking de elevada inercia
ARWU no mide todo aquello que hace valiosa a una universidad, ya que sus indicadores se concentran fundamentalmente en la investigación y el prestigio científico y dejan fuera dimensiones como la docencia, la inclusión, el compromiso territorial o la transferencia. Sin embargo, presenta una característica particularmente útil para este análisis: es un ranking con una elevada inercia.
El análisis de las ediciones comprendidas entre 2018 y 2025 muestra que más del 90% de las universidades no se desplazó más de una franja de cien posiciones de un año al siguiente y que, incluso en periodos de cinco años, casi ocho de cada diez permanecían en la misma franja o en una contigua. Los grandes desplazamientos son, por tanto, relativamente infrecuentes en este ranking, lo que hace especialmente significativo cualquier movimiento sostenido en el tiempo.
En ese contexto, China constituye la excepción más llamativa. Sus universidades avanzaron, en promedio, 1,45 franjas hacia mejores posiciones en cinco años, mientras que su presencia en el top 1000 pasó de 123 universidades en 2018 a 234 en 2026. Durante ese mismo periodo, la suma china en investigadores altamente citados aumentó en más de un 104% y la correspondiente a publicaciones en Nature y Science lo hizo en más de un 113%.
En conjunto, estos datos describen un cambio estructural difícil de explicar únicamente como el resultado de una estrategia orientada a mejorar posiciones en un ranking.
Investigación de alto impacto y tecnologías críticas
La comparación adquiere una dimensión distinta cuando estos resultados se ponen en relación con el Critical Technology Tracker del Australian Strategic Policy Institute (ASPI), que trata de identificar dónde se concentra la investigación de mayor impacto en tecnologías consideradas críticas para la economía, la seguridad, la defensa, la energía o la salud, utilizando para ello los artículos situados en el 10% más citado de cada tecnología y año.
Conviene precisar que ASPI no mide “todo el deep tech” ni permite concluir qué país acabará dominando comercialmente una determinada tecnología, puesto que se centra en una fase muy temprana del ciclo de innovación y, por tanto, en la capacidad para generar conocimiento científico de alto impacto en campos estratégicos. El propio tracker lo presenta como un indicador adelantado de posible capacidad tecnológica futura, al tiempo que reconoce que transformar ese conocimiento en capacidad económica o industrial requiere posteriormente manufactura, capital, empresas, infraestructuras y políticas públicas capaces de articular ese tránsito.
Aun con estas cautelas, los resultados son muy relevantes. La actualización de diciembre de 2025 situaba a China como líder en 66 de 74 tecnologías críticas, mientras que la actualización de octubre de 2026 eleva esa cifra a 69 de 74. La perspectiva histórica ayuda a entender mejor la magnitud del cambio. En su análisis de dos décadas, ASPI recuerda que Estados Unidos lideraba 60 de 64 tecnologías en el periodo 2003-2007 y que, en 2019-2023, solo conservaba el liderazgo en siete.
Dos perspectivas sobre la evolución científica de China
La lectura conjunta de ambos indicadores resulta especialmente interesante precisamente porque ARWU y ASPI no miden lo mismo y ninguno de ellos puede utilizarse para explicar automáticamente al otro. Sin embargo, ambos reflejan, desde perspectivas distintas, un desplazamiento del centro de gravedad científico hacia China: ARWU muestra una mejora excepcionalmente rápida de sus universidades dentro de una clasificación caracterizada por su rigidez, mientras que ASPI constata una expansión muy amplia del liderazgo chino en investigación tecnológica de alto impacto.
Esta coincidencia no permite afirmar que las universidades chinas mejoren en Shanghái porque el país haya decidido liderar determinadas tecnologías, ni que el liderazgo bibliométrico vaya a transformarse automáticamente en liderazgo industrial. Estados Unidos continúa siendo un competidor sistémico formidable por la profundidad de sus mercados de capital, la fortaleza de sus empresas y su capacidad de comercialización y escalado. Europa, por su parte, mantiene ámbitos de excelencia científica muy relevantes, aunque con menor escala y una mayor fragmentación.
En cambio, sí que permite plantear una hipótesis razonable: la mejora de las universidades chinas parece encajar mejor como consecuencia de una apuesta prolongada por ampliar la capacidad científica del país que como el resultado de una política dirigida primordialmente a ascender en los rankings.
China no parece haber construido su política universitaria pensando en Shanghái, sino haber ido creando unas condiciones que, entre otros efectos, terminan reflejándose también en Shanghái.
La continuidad de una estrategia de largo plazo
El nuevo XV Plan Quinquenal para 2026-2030 refuerza esta interpretación al integrar educación, ciencia y talento dentro de una misma estrategia. El documento plantea que el gasto nacional en I+D crezca más del 7% anual y fija, entre sus objetivos, aumentar la investigación básica y original, acelerar los avances en tecnologías clave y profundizar la conexión entre la innovación científica y la industrial.
La orientación en educación superior es igualmente explícita. Se prevé crear nuevas universidades y reforzar a través de las mismas determinadas disciplinas vinculadas a necesidades estratégicas, entre ellas la inteligencia artificial y los circuitos integrados. El plan educativo 2026-2030 define, además, a estas universidades como espacios principales para formar talento innovador, desarrollar investigación básica y generar grandes avances científicos y tecnológicos.
No es posible saber hasta dónde llegará esta estrategia ni qué parte de la ventaja científica conseguirá transformarse en una capacidad tecnológica duradera. China afronta también restricciones demográficas, financieras y geopolíticas. Aun así, resulta difícil no apreciar la coherencia del conjunto, en el que inversión, talento, investigación básica, prioridades tecnológicas y fortalecimiento universitario aparecen cada vez más integrados dentro de una misma dirección estratégica.
Universidades y capacidad científica en un contexto de competencia global
Si el conocimiento constituye uno de los principales activos estratégicos del siglo XXI, la competición no depende únicamente de cuánto publica cada país, sino también de si dispone de instituciones capaces de acumular talento y conocimiento durante décadas y de conectarlos posteriormente con la industria, el capital y la sociedad.
Estados Unidos conserva una posición extraordinaria porque combina universidades excelentes con mercados de capital profundos, grandes empresas tecnológicas y una notable capacidad de escalado. Europa dispone, a su vez, de una base científica formidable, pero sus propios diagnósticos vienen señalando problemas de fragmentación, una escala financiera insuficiente y dificultades para transformar conocimiento en empresas y capacidades industriales de dimensión global. El avance chino aumenta la presión sobre ambos modelos y obliga a prestar mayor atención a las condiciones que sostienen la capacidad científica a largo plazo.
ARWU: más allá del posicionamiento
En este sentido, quizá la lectura más útil del ranking ARWU consista precisamente en no interpretarlo como una simple carrera por posiciones. Cuando un país mejora de forma sostenida en una clasificación muy inercial, al tiempo que concentra investigación de alto impacto en una parte muy significativa de las tecnologías críticas y anuncia que seguirá reforzando sus universidades de investigación como parte de su estrategia científica, parece razonable mirar más allá de la propia tabla.
No podemos afirmar que China haya encontrado una fórmula infalible ni que su posición futura esté asegurada. Sí parece, sin embargo, haber adoptado una decisión bastante clara: tratar el conocimiento y las instituciones que lo producen como activos estratégicos a largo plazo y crear de manera sostenida las condiciones para que esa apuesta genere resultados. La pregunta para los demás no debería ser, por tanto, cómo subir en Shanghái, sino qué condiciones estamos dispuestos a crear para que nuestras universidades continúen siendo protagonistas de las tecnologías y de las decisiones que definirán el futuro.
