A lo mejor la universidad es mejorable

La universidad es un ámbito en el que la mejora es más medible que en otros entornos.

De hecho, la carrera académica del profesor que se toma en serio su trabajo está sometida a una medida constante y pública, y no me refiero al hecho, que también, de que cada día se enfrente a decenas de ojos que lo van a escrutar sin misericordia y van a hacer chistes sobre su forma de dar la clase, su aliño indumentario y sus diversas manías. A final de curso a lo mejor acaban rellenando un formulario anónimo que les preguntará sobre el grado de preparación que muestra, si es puntual o no y cosas de ese estilo. Contestarán incluso quienes no han ido a clase. En muchas universidades el resultado de las encuestas tiene impacto en el salario. Pero no me refiero a eso: quien quiera ser contratado como profesor tiene que realizar, para empezar, el doctorado, que no es en absoluto fácil (de hecho solo una minoría muy minoritaria de graduados se plantea hacerlo), seguramente habrá tenido que pasar tiempo, antes o después, en el extranjero y habrá comenzado a participar en proyectos de investigación. Para poder obtener esa subvención habrá tenido que dejar a otros compañeros en la cuneta. Pero eso es solo el comienzo: a continuación se enfrenta a una carrera de obstáculos que no le abandonará en su vida. Tiene que pasar por diversos escalones de la escala, en cada uno de los cuales se ha tenido que enfrentar –en un acto público al  que pueden asistir todos los políticos, empresarios y periodistas que lo deseen–, a los miembros de un tribunal inquisitorial que les hará preguntas y cuyos miembros decidirán, en el mejor de los casos, si le dan el pase o no. En el peor, deberán seleccionar un candidato entre varios, que esperarán agazapados la siguiente ocasión. Luego, con el paso del tiempo, en el caso de que acabe como catedrático (o equivalente) no podrá detenerse ahí y tendrá que competir año tras año para obtener fondos de investigación. De todo esto depende que pueda optar, tras años de trabajo a la máxima escala salarial. Mejor no pongo aquí qué significa eso. Por supuesto, hay profesores que se ahorran ese trayecto, y quedan anclados en el primer escalón. ¿Funcionarios? No, simplemente vagos. Igual que en cualquier empresa: ¿Cuántos vagos conocen ustedes que hayan sido despedidos en las grandes empresas –las universidades no son PYMES—por vagos? Ese es un ámbito de mejora, constantemente medido y que afecta en la parte más positiva, aquí y en el resto de las universidades del mundo, a un porcentaje selecto del profesorado, no vayamos a pensar que somos únicos.

Pero hay otros ámbitos de mejora, por supuesto: ¿Prepara la universidad bien a sus estudiantes? ¿Realizan los profesores  universitarios suficiente investigación, y es esa investigación de calidad? Se trata de cuestiones diferentes aunque en muchas ocasiones vayan de la mano. Con respecto a la primera, no tenemos suficientes instrumentos para hacer afirmaciones categóricas en ningún sentido. No conozco estudios fiables que midan la calidad de la docencia, ni aquí ni en ninguna parte, aunque eso quizás se debe a mi ignorancia. Es verdad que la satisfacción media de los estudiantes con respecto a sus estudios equivaldría a un aprobado (entre 6,2 y 6,4 sobre 10), según indica el estudio de Víctor Pérez-Díaz y Juan Carlos Rodríguez  accesible en este mismo lugar. Es verdad, asimismo, que muchos empresarios se quejan de que la universidad no prepara de forma adecuada a los licenciados que se incorporan a sus empresas. Seguramente todos tienen razón. Aunque sería interesante conocer si los empresarios, así en general porque de la universidad se habla también así en general, sería interesante saber, digo, si los empresarios tienen alguna idea clara sobre qué es lo que en la universidad se debería enseñar para que los titulados pudiesen acabar contratados con la formación que a ellos, a los empresarios o a los propios universitarios, les gustaría. Las necesidades cambian con extrema rapidez y en algunos ámbitos hay ya un salto cualitativo sustancial en la especialidad en la que los estudiantes se matriculan en primero y acaban graduados al cabo de pocos años. De repente, se abren perspectivas insospechadas y ámbitos de preparación que pillan con el pie cambiado a muchos especialistas.

La universidad no está, no ha estado nunca, ni debe estarlo, al servicio exclusivo de las empresas.

Nadie recuerda ya el nombre de las veinte empresas más importantes de mediados del siglo XX. Sin embargo, personas con mediana formación y preocupación por estos temas podrían poner en un papel el nombre de las universidades que consideran más prestigiosas. Muchas de ellas estaban en el mismo sitio el año 1900.

Con ser cierto, por eso, que hay que hacer lo posible para pensar que los egresados deben estar preparados para incorporarse al mercado de trabajo (en el caso, claro, de que este haga acto de presencia en alguna ocasión), es mucho más importante formar personas capaces de aprender, de amoldarse a situaciones nuevas e inesperadas, personas flexibles que tengan capacidad para buscar soluciones ante problemas nuevos.

Ellas pueden ser, tras una formación que la propia empresa les puede facilitar, magníficos profesionales. Pueden ser, también, nada que ver con la empresa, magníficos profesionales de la enseñanza, el otro ámbito al que de forma necesaria muchos se acabarán incorporando.

La prudencia exige huir de tópicos y afirmaciones que en demasiadas ocasiones los responsables políticos repiten sin tener mucha idea de lo que hablan: hay demasiados universitarios, sobran universidades, convendría fomentar la investigación aplicada (como si la investigación se pudiese asimilar a una receta de cocina)… Un tema tan complejo que ahora, una vez pasadas las elecciones, y si resulta posible la formación de gobierno, esta sería mi primera petición al ministro del ramo: por favor, no haga usted nada. No haga nada de nada, no eche más leña al fuego. Solo en el caso de que sea usted capaz de ponerse de acuerdo con la oposición en un plan de actuación, y que ese plan tenga un horizonte de quince años, solo en ese caso firme algún decreto. Si no es así, tranquilo, que la universidad tiene mil años y no va a pasar nada, dedíquese a otras cosas. Un matiz que se me olvidaba: si es capaz de establecer ese acuerdo con el resto de fuerzas políticas en esos términos, no parta de cero, hay mucha gente pensando por el mundo. Mire usted qué es lo que se hace en otros países que tomamos como modelo, estúdielo a fondo, deje la originalidad para el arte, y luego, solo luego, mire qué es lo que quiere llevar al Consejo de Ministros.

 
Comentarios
  1. Ricardo Chueca dice: 26/01/2016 a las 09:45

    Excelente. Por lúcido.


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