Absentismo universitario, un fenómeno que pide soluciones

Un importante elenco de la generación de alumnos que vivió, con motivo de la pandemia del coronavirus, el «cierre presencial» de las aulas de secundaria y la correlativa difusión de la cultura del teletrabajo ha terminado por hacer propia aquella idea según la cual, al llegar a la universidad, no es necesario asistir a clase.

No pocas aulas universitarias, con un importante volumen de alumnos matriculados, se encuentran hoy, en lo que ya constituye un problema estructural, semivacías. Un absentismo universitario que responde a diferentes causas y requiere, para su solución en el corto plazo, de recetas imaginativas y notables dosis de pragmatismo y sentido común.

Un fenómeno de causa plural: la «tormenta perfecta»

El absentismo universitario no puede explicarse, ni mucho menos, por una sola causa. Al contrario, descansa en una pluralidad de factores heterogéneos y concurrentes que acaban por derivar en una «tormenta perfecta»: la modalidad y calidad de la docencia; la gestión del tiempo y el esfuerzo; los déficits del alumnado; la irrupción de la digitalización y robotización en el estudio; el seguimiento de sistemas de evaluación continua irracional; los problemas derivados de la crisis económica; y la consolidación de unos horarios de difícil encaje para quienes viven fuera de las ciudades de ubicación de las diferentes universidades.

La expectativa del alumno y el cumplimiento de los objetivos

El aburrimiento en clase suele asociarse por parte del alumnado con la idea de «estar perdiendo el tiempo». Una visión que guarda relación, de una parte, con el ajuste entre los contenidos de la asignatura y el futuro profesional de los estudiantes. De otra, con la forma de transmitirlos (en pleno siglo XXI, resulta imprescindible defender la conveniencia de combinar metodologías docentes clásicas con otras más dinámicas y activas).

Por otro lado, de conformidad con el cálculo del esfuerzo, los alumnos acaban por medir su asistencia a clase en función de calibrar cuál será la relación entre coste (sacrificio) y beneficio (calificación final).

A tal efecto ponderan, entre otras cuestiones, que los materiales de aprendizaje estén «colgados» en los respectivos campus virtuales mediante sencillas y breves presentaciones de PowerPoint (equivocado objeto de deseo de un alumnado “encapsulado” que sobrevalora la hipotética comodidad de quedarse en casa).

El perfil del alumno

De igual modo, aunque con frecuencia se omita en el debate, también es relevante conocer qué tipo de estudiante accede, hoy, a la universidad.

Un alumnado que, en ocasiones, lejos de reflejar una vocación, termina por matricularse para seguir disfrutando de una «vida sencilla» bajo el manto protector de sus progenitores.

Un perfil de alumno que no tiene nada claro lo que quiere hacer con su vida personal y profesional y que no termina de valorar, en su integridad, las expectativas de «ascensor social» que sigue aportando una titulación universitaria en un mercado laboral complejo y sometido a notables dosis de inestabilidad. Un alumno que está acostumbrado, aunque no es justo generalizar, a obtener todo lo que quiere sin el más mínimo esfuerzo.

La influencia de la IA en el absentismo

En un mundo ciertamente digitalizado y robotizado en que los alumnos, nativos digitales, están «enganchados» a las redes sociales y empiezan a disponer de herramientas de inteligencia artificial que usan a diario; resulta razonable concluir que algunas de las tradicionales actividades docentes y evaluativas (pensemos, por ejemplo, en las recensiones, o en la elaboración de los TFGs y TFMs) resultan susceptibles de ser «repensadas» (por no decir, eliminadas) en los planes de estudio.

En paralelo, no pocos planes docentes incorporan sistemas de evaluación continua irracionales. Si un alumno se matricula, en un cuatrimestre, de cinco asignaturas obligatorias, de seis créditos, y cada una de ellas tiene asignada la realización obligatoria de dos actividades de evaluación continua (a la que cabe sumar la prueba final de síntesis); es un dato objetivo que acabará por realizar en dicho cuatrimestre diez actividades evaluables y la prueba de síntesis final.

Cualquier universitario sabe que, cuando menos el día antes de cada prueba (o los dos anteriores), los alumnos no asistirán a clase (cada grupo de amigos elegirá un «representante» para que vaya a clase y les pase los temas en el Word correspondiente). Así como que el día de cada prueba, a desarrollar en el horario normal de clase, esos alumnos es más que probable que tampoco asistan a la clase anterior o posterior a la que corresponde a la de la prueba realizada.

Un contexto de crisis

En un contexto de crisis económica, tampoco es oportuno obviar que algunos de nuestros estudiantes universitarios concilian sus estudios con una actividad laboral. Frente a esta loable forma de hacer convendría que tanto universidades como estudiantes fueren conscientes que la universidad presencial tiene unas características que, en algunos casos, no pueden adaptarse, al cien por cien, a sus particulares necesidades.

Señalar, por último, que la actual crisis de acceso a la vivienda, así como el déficit estructural de transporte público que afecta a nuestras ciudades, hacen también que el absentismo universitario se haga más que visible en nuestras aulas. Para quienes viven fuera de las grandes ciudades (cada vez más, por la presión del mercado inmobiliario) y tienen que padecer a diario el mal funcionamiento (o no funcionamiento) de los servicios de tren de cercanías, simplemente resulta imposible poder asistir a clase con habitualidad.

Soluciones pragmáticas en el corto plazo

Sin perjuicio de las medidas estructurales que puedan definirse y aplicarse en todas las etapas del sistema educativo español (también en la universidad), a medio y largo plazo, lo cierto es que el actual absentismo universitario debe ser enfrentado, en el corto plazo, mediante la aplicación de ciertas «recetas», quizás no perfectas, pero sí necesarias para corregir una indeseable realidad que pone en entredicho la calidad de nuestro sistema universitario.

Además, con el consiguiente gasto público, nos sitúa ante un escenario de frustración que afecta tanto al profesorado universitario en el cumplimiento de sus funciones docentes, como a un alumnado al que debemos ofrecer una formación de calidad, pero que también debe tomar conciencia acerca de que todo en la vida, también el saber y el aprender, requieren esfuerzo y motivación por su parte.

A continuación, solo a título ejemplificativo y con absoluta humildad, me permitiré poner sobre la mesa, para su reflexión, algunas de estas hipotéticas soluciones guiadas por el “sentido común”.

Algunas propuestas de solución

1. Adaptación de metodologías y gestión del aula

Las clases deben ser dinámicas y no aburridas. Ello implica, a efectos prácticos, compatibilizar clases magistrales (a no demonizar) con otras impartidas mediante metodologías docentes activas (por ejemplo, simulaciones, casos prácticos, seminarios, aula inversa, aprendizaje basado en problemas).

Pero en el bien entendido que los profesores universitarios no tienen por misión entretener y divertir al alumnado en al aula (la universidad no es ni deber ser un «chiquipark»), sino hacerle aprender contenidos y habilidades útiles para su futuro profesional.

Una ratio razonable de alumno por aula puede facilitar, dificultar o imposibilitar dicha tarea formativa. De igual forma, un alumnado que no trabaja fuera del aula es, como mínimo, corresponsable de la falta de dinamismo en esas clases de las que, a veces, se queja con razón; pero que otras muchas solo lo hace por comodidad.

2. Uso de materiales didácticos y control de presencialidad

Bien está suministrar al alumnado, en el aula y en los campus virtuales, presentaciones de PowerPoint y materiales complementarios atractivos; pero sin que estos sean simplemente «leídos» por el profesorado en el aula y supongan, en última instancia, el nuevo y reducido manual de la asignatura.

Las universidades presenciales, lejos de la tentación de convertirse en pseudouniversidades a distancia, debieran saber reivindicar su papel presencial, con todos los beneficios que ello implica en el plano formativo integral del alumnado. En esta dirección, sin llegar a exigir la firma de asistencia del alumnado a todas las clases (los estudiantes deben ser responsables de su propia formación), bien pudiere resultar útil que el alumno si supiese que, aleatoriamente, en un máximo de tres clases por cuatrimestre, el profesor puede pasar un control de asistencia que, en casos de duda acerca de su calificación final, le pudiere llevar a decidirla en uno u otro sentido.

3. Integración de IA y redefinición de pruebas académicas

Ante la irrupción de las herramientas digitales y de la inteligencia artificial en el ámbito educativo, es absolutamente necesario explorar su uso instrumental y responsable, dentro y fuera el aula, tanto por el profesorado como por el alumnado.

En el caso del estudiantado, debemos hacerle consciente de que puede usar dichas herramientas digitales y robóticas, pero como complemento instrumental de su formación, sin que caiga en el error de autoengañarse, por ejemplo, con trabajos redactados por un sistema de IA. En esta línea, convendría redefinir o suprimir los TFGs y TFMs, así como también potenciar el uso de los exámenes orales, pues en ellos el alumno vendrá obligado a demostrar qué sabe, cómo lo sabe y, en última instancia, cómo utiliza ese saber en el caso concreto.

4. Una evaluación continua razonable

De igual forma, ante la «locura» de una evaluación continua sin freno, parece llegada la hora de implementarla con sensatez. En mi opinión, no todas las asignaturas deben incorporarla como obligatoria y, las que así lo hagan, debieran contemplar un límite de actividades a acumular en una o dos semanas (a mitad del cuatrimestre) para evitar que preparar la prueba de una asignatura comporte la inasistencia del alumnado al aula durante dos o tres días consecutivos, no solo en la asignatura examinada, sino también en el resto de disciplinas que haya matriculado.

5. Flexibilidad en la matriculación e itinerarios parciales

Las universidades presenciales debieran advertir a su alumnado que, si desea o se ve obligado a conciliar su trabajo con los estudios, lo hará mediante unos planes de estudios adaptados a esta realidad y en los que se incluya un claro itinerario de matriculación a tiempo parcial. Itinerario que, en cualquier caso, será presencial y comportará más años para finalizar los correspondientes estudios de Grado o Máster.

6. Racionalización de horarios de inicio de jornada

Por último, convendría racionalizar los horarios de presencialidad. Una racionalización que bien pudiera pasar, entre otras cosas, por no fijar el inicio de las clases presenciales de mañana a las 8:00 horas, cuando un amplio volumen de alumnos, que vive fuera de las grandes capitales y se debe desplazar, no tiene siquiera tiempo material de llegar a clase (máxime ante el deficiente funcionamiento de algunas redes de transporte público y el colapso viario en las entradas y salidas de las capitales).

Hacia un modelo de corresponsabilidad docente y estudiantil

El problema del absentismo universitario existe. Negarlo no es una opción. Y tampoco lo es no hacer nada para cambiar esta realidad.

Un cambio que, en cualquier caso, requiere la implicación y reflexión de los auténticos protagonistas del sistema universitario (en particular, en el tema que nos ocupa, el profesorado y el alumnado).

Un profesorado que debe ser capaz de readaptarse, dentro unos límites razonables (sin perder su esencia o abducirse por las nuevas modas pedagógicas de la ludificación en el aula), a un «nuevo alumnado»; y un estudiando que, lejos de reivindicaciones propias de la ley del mínimo esfuerzo y las malas costumbres y hábitos adquiridos durante la pandemia del coronavirus, también sepa tomar conciencia acerca de que su aprendizaje pasa, en buena medida, por su propia implicación, motivación y participación (dentro y fuera del aula universitaria).

 

Comentarios
  1. Luis Bahamonde Falcon dice: 24/03/2026 a las 14:13

    Excelente exposición de una situación real en nuestra Universidad. Las propuestas del Prof. Dr. Vallespin, me parecen acertadas, en este sentido , se deberían de iniciar aquellas reformas que las hagan viables a corto plazo, con el fin de revertir una situación que nos aboca un problema de ausencia de un talento que aporte valor a nuestra sociedad.

  2. Daniel dice: 24/03/2026 a las 15:09

    Muchísimas gracias, David, por poner palabras y orden a las intuiciones que muchos tenemos sobre uno de los retos de mayor calado para las universidades. Enhorabuena por el análisis tan completo de la situación y la exposición tan clara de las causas que están detrás de la sintomatología de la universidad actual.

  3. Oscar Porfirio Cruz Cruz dice: 25/03/2026 a las 14:13

    Gracias por su Ilustración. La educación presencial ofrece un valor insustituible por su interacción humana, pero al integrarse con TI e IA puede enriquecerse, volverse dinámica y motivadora, reduciendo el absentismo y fortaleciendo la participación estudiantil.

  4. María José dice: 02/04/2026 a las 12:34

    Excelente exposición, de los cambios a corto plazo que creo serían más viables, serían el del horario se entrada y la escasa participación de los alumnos en clase, el aula inversa es muy interesante. Entiendo que para la generación digital donde todo es muy rápido, una clase con una lectura de un PowerPoint resulte poco atractiva. Muchas gracias

  5. David Vallespín dice: 02/04/2026 a las 13:14

    Gracias a vosotros por vuestras reflexiones sobre el tema.


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