¿Cerramos el “chiringo” y nos vamos a casa?

Los españoles no valoran de forma demasiado entusiasta su universidad. Quieren que esta institución forme buenos profesionales y que rinda cuentas ante instancias sociales no bien definidas. Pero concluyen que la universidad no realiza su trabajo con la eficacia deseable, en opinión de los que han respondido a las preguntas de la encuesta. Ni siquiera contribuye al conocimiento de un idioma universal y necesario como el inglés. Para colmo, existe —esa es su percepción—, una sobrecualificación de los egresados: al final resulta que están demasiado preparados para hacer los trabajos para los que han sido contratados una vez acabados los estudios. Aunque los universitarios, eso sí, ganan un poco más que el resto de trabajadores, no parece que la universidad fomente el trabajo bien hecho. Esto no debería sorprendernos, ya que los profesores tampoco son muy allá, siempre peores que los de secundaria o los maestros. Y el futuro no es mejor: la introducción de las tecnologías relacionadas con Internet y el fomento de las clases online va a proporcionar “una experiencia menos enriquecedora”.

Aunque el personal parece desinformado sobre algunos aspectos básicos, como la existencia de rankings o el coste que supone la universidad (supongo que pasaría lo mismo si se preguntase por el coste del ejército, de la iglesia o de la televisión pública), apuesta, eso sí, por una universidad uniforme, de poca autonomía, en la que todas las universidades tengan el mismo tipo de profesorado. No son pocos, sin ser mayoría, quienes piensan incluso, en línea con todos cuantos ministros han sido, que el contenido de los programas de estudio de las carreras debería ser fijado desde los poderes políticos externos. En otras palabras: apuestan para que el modelo actual, tan poco atractivo, supeditado a unos profesores tan grises, se perpetúe en los próximos años. Una universidad al lado de casa, a ser posible, y que en la práctica solo por el nombre se distinga de otra situada a unos cientos de kilómetros. Y aunque le pille tan cerca, una vez acabados los estudios es difícil que vuelva al campus, como no sea para asistir a la ceremonia de graduación de un familiar.

No son pocos quienes piensan que el contenido de los programas de estudio de las carreras debería ser fijado desde los poderes políticos externos

¿Cerramos el “chiringo” y nos vamos a casa? He recogido de forma sucinta y no demasiado ortodoxa algunas de las conclusiones básicas del documento, aunque no creo, en cualquier caso, que me haya alejado demasiado de lo que las páginas de este magnífico y necesario trabajo reflejan. ¿Qué hacemos entonces?

Si nos preguntamos por las razones de esta percepción se me ocurren varias. La primera de todas —los universitarios estamos bastante habituados a azotarnos en público— puede ser que, en efecto, las cosas son así: que los universitarios somos malos. En ese caso la percepción y la realidad irían de la mano. Aunque me asalta la duda. La experiencia que tengo de universidades en otros países, sobre todo de Estados Unidos, me indica que cuando nuestros estudiantes graduados se matriculan en alguna de aquellas universidades no lo hacen ni peor ni mejor que los propios estadounidenses. La experiencia me enseña también que en todas las universidades hay profesores magníficos y otros no tan buenos. No debemos hacerlo todo de forma tan desastrosa. Incluso en aspectos como la propia evolución personal de la carrera investigadora de los profesores, central en el quehacer universitario, las diferencias entre aquí y allí tampoco son tan espectaculares: hay profesores que no investigan demasiado, otros funcionan a pleno rendimiento durante diez años, otros lo hacen durante veinte y los menos siguen investigando después de jubilarse, como muestran numerosos estudios dedicados al tema. No sé si somos en esto tan desiguales en el fondo. Por supuesto hay otras muchas diferencias básicas en cuestiones centrales, que no voy a detallar aquí: en la propia investigación, formas de gobierno, organización del sistema, acceso de profesorado, ingreso de estudiantes, financiación, etc. Aquel sistema, en mi opinión, y con todas sus sombras, el mejor del mundo (quizás sería más preciso afirmar que se trata de un dato, no de una opinión), es diferente del nuestro. Pero se me hace difícil pensar que aun siendo realidades diferentes, las percepciones de aquella sociedad y la nuestra con respecto a sus universidades discrepen del modo en que lo hacen.

Desde luego los políticos y los agentes sociales (medios de comunicación, creadores de opinión, empresarios, sindicalistas, etc.), salvando honrosas excepciones, no contribuyen demasiado a que la sociedad tenga una perspectiva un poco más favorable del sistema universitario. A diferencia de lo que sucede en EEUU, se tiende a subrayar siempre lo negativo, olvidando un dato básico tan obvio que da hasta un poco de vergüenza reivindicarlo aquí: España no sería lo que es si no fuera por sus universidades. Son los cientos de miles de ingenieros, biólogos, economistas, médicos, informáticos, físicos, matemáticos, maestros, arquitectos, los especialistas en las diversas materias… formados en nuestras universidades, en una palabra, los que han hecho posible que España haya dado un paso de gigante en los últimos cuarenta años. Sin esos tan malos especialistas formados en nuestras tan malas universidades, España sería irreconocible. Todo nuestro sistema se sostiene en esa formación. Es así de simple. Pero eso se olvida y no hay agente social que lo recuerde de forma creíble. Seguramente por una razón: el político no se fía de la universidad. Quieren convertir esto en una inmensa fábrica de leyes, decretos y normas, con la confianza nunca aceptada en público de que así se podrá controlar un poco lo que sucede en la universidad, esa cosa tan curiosa que se sitúa fuera de sus dominios. Por esa razón se empeñan, apoyadas de forma eficaz por los Consejos Sociales, en adoptar decisiones absurdas: por ejemplo, mientras en EEUU se fija como criterio de excelencia (uno de ellos) la capacidad para incrementar lo que llaman endowment, aquí se castiga a la universidad —hablo del sistema público— que decide dejar excedentes para el año siguiente: ¿Te ha sobrado eso? Será que no lo necesitas.

Los políticos y los agentes sociales no contribuyen demasiado a que la sociedad tenga una perspectiva un poco más favorable del sistema universitario

Desde luego, para un responsable universitario, para cualquier profesor implicado y preocupado con el funcionamiento de la institución, los resultados de esta encuesta pueden ser descorazonadores. Las razones por las que sucede esto son complejas. Algunas son intrínsecas, no vamos a mirar fuera: basta la respuesta desde la prepotencia de un profesor o una mala práctica, una ausencia inexplicable, para echar por tierra el trabajo que otros muchos profesores hacen cada día. Es suficiente una decisión poco acorde con el sentido común para que el estudiante medio se acabe formando una imagen negativa que luego tenemos que pagar entre todos. Pero existen también razones que los universitarios no podemos controlar, razones de tipo social, como cuando los políticos se empeñan en propuestas disparatadas que parecen fundamentadas más en ocurrencias y deseos de lucimiento personal que en argumentos sólidos (la creación de algunas universidades, la absoluta locura de la aplicación del proceso de Bolonia, los zarandeos legales a los que la universidad está sometida desde hace muchos años). Cuando suceden esas cosas pienso que al final la sociedad acaba teniendo la universidad que se merece.

 

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