Dejennos estudiar
El hecho de estudiar y la universidad
El hecho de estudiar y la universidad mantienen una íntima relación. Se podría decir que la universidad es el lugar por antonomasia en el que se estudian las cosas de este mundo al más alto nivel. En la universidad se observan, relacionan, examinan o meditan multitud de asuntos de una manera profunda, es decir, se investigan con ojo clínico y espíritu crítico. Ese tipo de acciones, cuando se llevan a cabo con esfuerzo, paciencia, valentía y compromiso, se resumen en el clásico: «hincar los codos», o en el «estudiar a saco paco», si se quiere decir con modernez.
La vocación del estudioso: una cuestión de de pasión por el estudio
Desde hace siglos, la universidad ha atraído a gentes a las que les ha movido el hecho de estudiar así, tal y como se viene diciendo. Es más, en la universidad se reúnen individuos a los que el hecho de estudiar de ese modo les apasiona, hasta el punto de considerarlo un modo de vida posible, lograda y fértil o, incluso, una suerte de experiencia mística. Y aunque se hayan colado personas a las que el hecho de estudiar ni les va ni les viene, la historia de la universidad puede ser vista como la historia interminable y entrelazada de multitud de maestros y estudiantes que entienden que dicho hecho como un modus vivendi y un modus operandi. Y la historia del progreso cultural y científico no podría concebirse sin el estudiar libre, responsable y enamorado de los estudiosos que habitan la universidad.
El hecho de estudiar no es un hecho cualquiera
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, y seguramente en unas universidades y facultades más que en otras, parece ser que están pasando cosas, o cositas dirían algunos, con el hecho de estudiar. Algunas de ellas son obstáculos, otras son manías a la hora de apreciar dicho hecho, pero entre unas y otras, consiguen que el estudiar en la universidad se parezca a un hecho cualquiera. Sin el ánimo de ser exhaustivos, señalemos algunas de esas cosas que están pasando, cosas que no se pueden generalizar, pero al mismo tiempo, algo nos dice que han dejado de ser anécdotas.
Calidad académica frente a «facilismo»
El hecho de estudiar en la universidad no está hecho para cualquiera
Una de esas cosas es el dar por supuesto que el estudio de índole universitaria es algo que puede asombrar y mover a cualquiera, y que si hay personas a las que no les sucede ni lo uno ni lo otro será porque ese hecho no está bien planteado. Ciertamente, hay propuestas momificadas, que producen modorra y disuaden al personal y habrá que hacer algo al respecto.
Eso es una cosa, pero otra diferente es considerar que el hecho de estudiar en la universidad debe ser apto para todo los públicos. Y para conseguir tal cosa, tal como dicta el actual canon educativo, el hecho de estudiar tiende a plantearse como algo práctico, rápido, técnico, asequible, tecnológico o atractivo para que, así, acabe gustando a cualquiera. Una cosa es estudiar el reto de estudiar para poder estudiar más y mejor y otra cosa es convertir el hecho de estudiar en algo liviano y rutinario, en un trámite o, peor todavía, en un divertimento.
Cuando estudiar pierde su personalidad
¿No se podría dar el caso de que haya estudiantes y también profesores a los que, lisa y llanamente, no les gusta estudiar al estilo universitario por muchas virguerías que se hagan para conseguir tal cosa?
En este asunto, como en tantos otros, es bueno recordar aquello de que «si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces probablemente sea un pato». ¡Y no pasa absolutamente nada! También hay personas a las que no les gusta tocar la bandurria o comer castañas y pueden ser tan válidas, felices, necesarias y dignas como las que sí tienen esas costumbres.
La universidad tiene un problema cuando en sus campus hay personas a las que no les va el hecho de estudiar al estilo universitario. Y sobre todo, cuando hay personas a las que sí que les interesa, pero acaban aburridos y decepcionados porque ese modo de estudiar ha perdido su personalidad. La universidad debería evitar dar duros a cuatro pesetas y cuidar el hecho de estudiar si lo que pretende es que estudiar sea, en verdad, un hecho.
El arte de estudiar
El hecho de estudiar es un hecho en parte imprevisible e incalculable
Otra de las cosas que están pasando durante los últimos tiempos es pretender tener todo previsto y calculado en relación con el hecho de estudiar en la universidad. Es como si de ese hecho se tuviese que hacer ciencia o como si ese hecho llevase años yéndose de rositas. Y al parecer, no debe ser fácil, pues cada poco tiempo aparece una nueva propuesta que modifica o sustituye a la anterior.
Se está hablando de metodologías psicopedagógicas, recursos tecnológicos, de enseñanza, aprendizaje y evaluación, encuestas de todo tipo, evaluaciones internas y externas, informes nacionales e internacionales, etc. Parece ser que la intención es dar con un hecho de estudiar que sea irrefutable, descubrir dónde está el truco de estudiar en la universidad, o en términos universitarios postmodernos, garantizar la calidad del estudio universitario, y a ser posible, a nivel gourmet.
La artesanía intelectual frente a la métrica de calidad
Todo eso puede estar muy bien, siempre y cuando no se asfixie al personal o no se le haga estar más pendiente de ese tipo de previsiones y cálculos que del hecho de estudiar, que es como decir que no se le quite tiempo al tiempo de estudio. Pero sobre todo, siempre y cuando no se olvide que, como el propio hecho de vivir o el de amar, el estudio incluye aspectos que no se pueden prever ni controlar porque son más propios del arte que de la ciencia.
Es más, según como se mire, el hecho de estudiar al estilo universitario parece ser un auténtico misterio, un secreto muy reservado. Vaya usted a saber cuántas producciones culturales y científicas que han marcado el devenir de la historia se hubiesen ido al garete si se hubiese tratado de prever y controlar a las mentes y almas que las gestaron, tal y como se hace hoy en día; o si se prefiere así, si no se les hubiese dejado hacer lo que en verdad hace alguien que se dedica al hecho de estudiar: un auténtico trabajo de artesanía.
Transferencia de conocimiento y el valor social del estudioso
El hecho de estudiar es un hecho necesariamente transferible
Otra cosa que está pasando durante los últimos años es la siguiente: desde hace tiempo se viene insistiendo en que, junto a la docencia y la investigación, la transferencia de conocimiento y la responsabilidad social también son misiones de la universidad. Ciertamente, ambas funciones son fundamentales, pero es justo decir que no son nuevas.
Puede haber tenido periodos de apartamiento e incomunicación, pero la universidad no ha solido estar aislada de la comunidad ni mucho menos ha mantenido el pico cerrado en relación con el conocimiento que ha ido creando. Sea como sea, cuando se habla de esas dos misiones se suele pensar en ciencia, técnica, artilugios y tecnología y en activismo social, en tanto que implicación dinámica y efectiva en beneficio de la justicia, la paz, la solidaridad o la libertad.
El estudio como ceremonia de la atención y la responsabilidad
Todo eso está muy bien, siempre y cuando no se olvide que uno de los conocimientos universitarios que es más necesario transferir y que mejor refleja la responsabilidad social de la universidad es el hecho de estudiar. Y sorprende que apenas se hable de tal cosa o que si aparece sea de rebote, cuando bien pensado, solucionaría muchos de los problemas que hoy tenemos.
El hecho de estudiar puede ser visto como un elogio o una ceremonia de la atención, la prudencia, la escucha, la mirada, el esfuerzo, el respeto, el silencio, la humildad o la vulnerabilidad. También podría decirse que es una reverencia a las verdades, bellezas y bondades de este mundo.
Los feligreses del hecho de estudiar vienen como agua de mayo en cualquier ámbito profesional y social en el que uno pueda pensar, en las oficinas y en las calles, en las redes sociales y en las conversaciones de sobremesa.
Los estudiosos vienen de perlas en una época en la que se piensa que solo existe lo que se ve, se toca y se escucha o lo que uno piensa que existe; en una época en la que se quiere que todo se mueva con un dedo y que todo se entienda rápido y fácil, como si todo tuviese que funcionar como un teléfono móvil; una época en la que, aún seguimos así, «Poderoso caballero es don Dinero».
Una vida basada en el hecho de estudiar no es una vida mejor ni peor que otras, pero es una vida posible y llena de posibilidades en tanto que ha hecho posibles infinidad de cuestiones culturales y científicas que en su tiempo parecían ser imposibilidades; y en tanto que tiene la capacidad de posibilitar un mundo más humano y humanizador. Por lo dicho, resulta recomendable que a los estudiosos se les deje (de) estudiar un poco, por lo menos.


Estudiar, aprender, compartir los conocimientos adquiridos, descubrir…están entre los gozos supremos del ser humano. La universidad debe fomentarlos, motivar a sus alumnos para conseguirlo.
Muy acertado el análisis del profesor Esteban Bara sobre lo que está pasando en la actualidad con el estudio. Estudiar tiene la misma raíz etimológica que estimar, es decir, cuando estudias estás amando la asignatura que te está interesando en esos momentos mágicos. No hay que caer en el «clientelismo» con el estudiantado universitario, el cúal tiene que recuperar el superpoder de la concentración para estudiar en una era tecnológica con más pantallas y por ende, más distracciones, tal y como quieren las poderosas empresas multinacionales tecnológicas.
Elogio a la vida estudiosa. Un texto inteligente y necesario. Especialmente, en estos tiempos en los que el conocimiento se encorseta en una dimensión utilitarista y pragmática. Gracias por el artículo. ¡Queremos más!
Gracias Francisco, una reflexión estupenda como todas las tuyas y muy bien escrita. Me he acordado de que leí en algún sitio que cuentan que el último consejo del Che Guevara a sus hijos en la última carta que les escribió fue… crezcan como buenos revolucionarios… estudien mucho.