¿Desaparecerá la universidad o desaparecerá lo que entendemos por universidad?
En el último año ha cobrado fuerza una corriente de opinión que se pregunta, con mayor o menor dramatismo, si la universidad tal como la conocemos puede desaparecer o sufrir una transformación radical. El debate se articula, al menos, en torno a tres cuestiones.
1. El avance de la extrema derecha y la libertad intelectual
En primer lugar, conviene prestar atención a las consecuencias que la llegada de la extrema derecha al poder puede tener sobre la universidad y, más allá de ella, sobre la propia libertad intelectual de la sociedad. Sus efectos no se limitarían a la autonomía universitaria, sino que podrían alcanzar también a la forma en que se interpreta la historia y se construye el conocimiento. En distintos países y regiones, el avance de estas fuerzas políticas ha suscitado preocupación por el futuro de la financiación pública, por determinadas líneas de investigación y por algunos ámbitos del conocimiento.
Como parece haber ocurrido en Alemania con Alternativa para Alemania (AfD), se ha planteado incluso la sustitución o eliminación de áreas como los estudios de género o de determinadas investigaciones relacionadas con el cambio climático. No se trata, por tanto, de un debate exclusivamente académico: cuando el poder político decide qué conocimientos deben financiarse, qué investigaciones son aceptables o desde qué perspectivas pueden enseñarse, está interviniendo directamente en la libertad intelectual de la universidad y, en último término, en la capacidad de las personas para formarse un juicio propio.
2. La transformación del modelo de educación superior
La segunda cuestión se refiere al modelo de educación superior. Ese modelo ya está cambiando, impulsado tanto por la evolución del conocimiento como por las transformaciones demográficas y profesionales. En España, la rigidez de los procedimientos de modificación y verificación de los títulos de grado contrasta con la mayor flexibilidad de los másteres, cuya expansión viene acompañada de un alumnado cada vez más adulto y orientado a la formación continua.
3. La inteligencia artificial, el elemento más profundo
Pero el tercer elemento es, probablemente, el más profundo: la inteligencia artificial (IA). Su presencia está modificando algunas de las funciones que tradicionalmente hemos asociado a la universidad y plantea preguntas que hasta hace poco parecían propias de la ciencia ficción. Este último debate es especialmente dinámico porque los cambios asociados a la IA no parecen reversibles. La cuestión, por tanto, no es si la IA va a cambiar la universidad, sino hasta dónde llegará ese cambio.
El fin del monopolio sobre el conocimiento
La universidad ha perdido ya uno de sus principales activos históricos: el monopolio sobre el conocimiento. Durante siglos, el acceso sistemático al conocimiento pasaba por los libros, las bibliotecas y, en buena medida, por los profesores. Hoy cualquier estudiante puede acceder en segundos a una cantidad de información que ninguna universidad podría almacenar y, además, puede recurrir a sistemas de IA capaces de explicarla, relacionarla, resumirla o adaptarla a sus necesidades.
Eso no significa que la universidad haya dejado de tener sentido. Significa que debemos preguntarnos qué valor específico puede aportar cuando el acceso al conocimiento y una parte de la tutoría intelectual están disponibles mediante máquinas. Los tutores artificiales, la enseñanza personalizada mediante IA y nuevas formas de acreditación podrían hacer que el modelo convencional, de una formación universitaria rígidamente estructurada durante cuatro años, resulte progresivamente menos atractivo para determinados estudiantes.
Pero quizá el problema más inmediato no sea la desaparición de la universidad, sino la posible pérdida de valor de la titulación como certificado de conocimiento y competencia.
Si una persona puede producir instantáneamente un ensayo, un programa informático, una presentación o incluso un texto de apariencia científica con ayuda de una IA generativa, tenemos que replantearnos qué significa que un título universitario certifique que esa persona sabe hacer esas cosas. Y aparece una segunda pregunta, todavía más delicada: ¿cómo podemos verificar qué parte del trabajo intelectual corresponde realmente a la persona y cuál a la máquina?
El Proyecto Panamá y la digitalización destructiva
Estas preguntas dejan de ser puramente especulativas cuando observamos lo que está ocurriendo con los propios materiales que alimentan a la IA. Es aquí donde resulta especialmente interesante el denominado Proyecto Panamá.
El proyecto salió a la luz en el contexto de una demanda colectiva contra Anthropic por la utilización de libros protegidos por derechos de autor para entrenar sus modelos. En septiembre de 2025, la empresa acordó pagar 1.500 millones de dólares para resolver el litigio. Posteriormente, The Washington Post publicó un documento judicial en el que aparecía el nombre Proyecto Panamá y se describía como un esfuerzo para escanear de forma destructiva todos los libros del mundo.
La llamada digitalización destructiva consiste en cortar el lomo de un libro, separar sus páginas y pasarlas por escáneres industriales de alta velocidad. Es un procedimiento mucho más rápido y barato que escanear el libro sin desmontarlo, pero tiene una consecuencia evidente: una vez digitalizado, el ejemplar físico ya no puede reconstruirse. La cuestión resulta especialmente relevante cuando hablamos de libros antiguos, raros o únicos.
Porque digitalizar un libro no equivale necesariamente a conservarlo. Un archivo digital puede preservar sus palabras, pero perder su encuadernación, sus anotaciones, sus ilustraciones, su procedencia, sus características materiales o las marcas dejadas por sus anteriores propietarios es transformar. Incluso puede ocurrir que ese archivo quede almacenado en una base de datos privada y deje de estar disponible para bibliotecas, investigadores o ciudadanos con el consiguiente riesgo de pérdida, cuando no de modificación interesada de la memoria cultural, lo que se agrava en el caso de libros muy antiguos y escasos.
El riesgo de los datos sintéticos
Esto nos lleva a una cuestión de mayor alcance: ¿qué ocurrirá cuando la IA haya explotado una parte sustancial de los textos humanos disponibles o los que considere de su interés? Una posibilidad es recurrir a los llamados datos sintéticos, es decir, a los contenidos generados por las propias máquinas. Esto introduce un riesgo conocido: modelos entrenados con textos producidos por otras IA pueden reproducir y amplificar errores, sesgos y simplificaciones. Podríamos terminar en una especie de circuito cerrado en el que las máquinas aprendieran cada vez más de sus propias producciones y cada vez menos de las fuentes humanas originales.
¿Desaparecerá la universidad?
En este escenario de potencial control del conocimiento ¿hay riesgo de que desaparezca la universidad? Probablemente no. Pero sí puede desaparecer buena parte de la universidad que conocemos. Puede desaparecer la universidad entendida como el lugar donde el profesor posee la información y el estudiante viene a recibirla. Puede perder importancia como depósito privilegiado de conocimiento y como intermediaria entre el estudiante y los libros. Y, probablemente, tendrá que revisar profundamente sus sistemas de enseñanza, evaluación y acreditación.
Pero puede surgir otra universidad. Una universidad cuyo valor no resida fundamentalmente en proporcionar información —porque la información estará disponible en todas partes—, sino en proporcionar criterio, contexto, responsabilidad, comunidad, creatividad, duda y juicio. Una universidad capaz de enseñar no solamente a encontrar respuestas, sino también a formular buenas preguntas y a decidir cuándo una respuesta merece ser aceptada. En otras palabras, una máquina puede leer millones de libros, aprender de ellos y explicarlos. Pero alguien tendrá que seguir preguntándose qué merece ser leído, qué merece ser creído y qué merece ser conservado. Y, si ya no podemos saber quién ha realizado intelectualmente un determinado trabajo, tendremos que preguntarnos también qué está certificando realmente un título universitario.
La universidad como servicio público
La IA no ha reemplazado a la universidad. Pero sí está obligándola a pasar de una adopción informal y fragmentaria de estas tecnologías a una transformación institucional completa. Ahora bien, hay algo que no debería estar en cuestión: la universidad es un servicio público. Es una institución destinada a generar, transmitir, contrastar y preservar conocimiento, y a ponerlo al servicio de la sociedad. Esa función no debería desaparecer aunque cambien radicalmente sus formas de hacerlo.
Por eso, quizá la pregunta definitiva no sea simplemente si desaparecerá la universidad, sino si desaparecerá aquello que hasta ahora entendíamos por universidad. El desafío consiste en transformarla sin renunciar a su función pública; en utilizar la IA sin delegar en ella aquello que corresponde al juicio humano; y en preservar aquello que ninguna máquina puede decidir por nosotros: qué conocimiento merece ser transmitido, qué preguntas merece la pena formular y para qué queremos educar a las personas. Quizá ésa sea, precisamente, la universidad que necesitamos.


Muchas gracias Dr. Verdegay por suscitar un debate tan necesario. Hace muchos años que la universidad necesita un profundo cambio didáctico, la IA lo hace ya imprescindible. Conociendo las dinámicas internas del mundo universitario tal vez sería conveniente promover incentivos en esa dirección. Quizás sea ingenuo pensar que esos cambios puedan producirse motivados tan solo por la buena voluntad de los docentes. Sobretodo, si el sistema, como ocurre en la actualidad, no está diseñado para ello.
Muchas gracias, José Luis, por tu artículo. Me gustaría comentar algunas cosas, aunque el texto abre varios frentes.
Respecto del punto 1, sobre «el avance de la extrema derecha y la libertad intelectual», creo que sería justo reconocer también que la libertad intelectual se puede ver amenazada por proyectos políticos nacionales y/o trasnacionales de otro signo ideológico. De lo contrario, caemos en un error básico de comprensión del problema y acabamos depositando sobre un «monstruo» (la derecha, que conjuga bien con el adjetivo de extrema) algo que puede que nos afecte antes que el resultado de una elección en un determinado país.
Respecto del punto 2, sobre «la transformación del modelo de educación superior», creo que la cuestión está en la pregunta por el sentido de la universidad (que no es nueva, sino que nace con la institución misma: la universidad necesita preguntarse por su sentido para ser universidad y esto, siguiendo a Higinio Marín, es lo que nos permite hablar de ella como institución). Los másteres proliferan porque tenemos grados más cortos y porque el mercado de trabajo es híper competitivo. Si partimos de la base de que la finalidad de los estudios universitarios no es la empleabilidad, sino otra cosa (la formación integral de la persona), el diagnóstico cambia. La empleabilidad -a la que apuntan los másteres- es una consecuencia deseable, pero no es la finalidad de los estudios universitarios.
Respecto del punto 3, sobre «la inteligencia artificial, el elemento más profundo», me parece que se plantea un equívoco entre información y conocimiento. El conocimiento es más que información, del mismo modo que la información es más que un conjunto de datos, y la sabiduría es más que el conocimiento. Esta distinción me parece crucial para no subestimar el valor de un libro, de una biblioteca o del trabajo de un profesor, así como para no sobreestimar la utilidad de la inteligencia artificial.
Por último, además de volver a agradecerte el artículo entero, de cuya lectura he disfrutado, te agradezco en especial la referencia al «Proyecto Panamá»: es tremendo. Pareciera ser como si nos encontrásemos recorriendo el camino exactamente inverso al que alumbró durante la Edad Media, gracias a la labor de los monasterios benedictinos en toda Europa, varios de los factores esenciales de la institución universitaria (medieval, moderna y, sí, también contemporánea: la universidad que dices que puede surgir ya existe, aunque no es, me temo, mayoritaria).
Un cordial saludo.
Un texto muy importante, que espero tenga una continuación; quizás en una obra encuadernada, que huela bien, con textura y claro, que nos permita dejar nuestras marcas, huellas y apuntes.
¡Enhorabuena, José Luis!
Dr. Muchas gracias por compartir conocimientos científicos tan valiosos que conducen a la reflexión sobre la relación entre las funciones de la universidad (investigación y académica), y el rol de la Inteligencia Artificial generativa y agentica.
Excelente artículo, Curro, como siempre. Urgente la reflexión y la acción en las universidades
Gracias, Curro, por abordar temas actualísimos y candentes, desde múltiples ángulos y con la sabiduría pedagógica a que nos tienes acostumbrados. No el dedo, por pequeño, sino toda la mano sobre una llaga que mucho preocupa (o, al menos, debería). El parto de la nueva universidad no será sencillo. Muy necesario que las mejores combinaciones de mente-corazón del ámbito académico se preocupen y ocupen.
Magnífico, Curro, muy interesante. Un debate imprescindible con enorme proyección.