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El cocinero universitario

Continuando con las reflexiones que hemos hecho en los últimos artículos sobre diversos aspectos del funcionamiento de la universidad, me voy a permitir escribir una pequeña parodia al respecto. Como tal, por supuesto, contiene exageraciones y licencias, pero creo que está basada en hechos bastante reales. Y, como es sabido, con el humor se pueden decir cosas muy serias.

– Buenos días. Vengo por la plaza de cocinero que se ofrece en este restaurante.

– Bienvenido. ¿Puedo ver tu currículum?

– Por supuesto, aquí está. Tengo numerosos trabajos de investigación sobre el uso del orégano y el tomillo en la antigua Grecia. Mis artículos están publicados en las revistas más prestigiosas de primer cuartil y han sido presentados en congresos internacionales. Posiblemente soy una de las personas que más sabe de ese tema en todo el mundo.

– Excelente. Estás contratado. Empezarás a cocinar mañana.

– Es que yo, en realidad, no tengo experiencia en cocinar. ¿Tendré acceso a algún curso de formación?

– No importa, aprenderás con el tiempo. De momento entras como cocinero ayudante.

– Eso me tranquiliza un poco. Supongo que quiere decir que cocinará el chef, y yo seré su ayudante, para observar cómo lo hace y aprender.

– No, no. Ayudante solo quiere decir que cobrarás menos, y que tendrás menos responsabilidades, pero tendrás que cocinar tú solo desde el primer día. Si no tienes experiencia, tendrás que improvisar. ¿Es que no has visto cocinar en tu casa? Pues… hazlo parecido.

– Ya veo. ¿Y si lo que hago me sale mal?

– No te preocupes, haz lo que sepas. La gente lo va a probar igual.

– Pero… los clientes se van a quejar. Ellos son los que pagan, ¿no?

– Pues no deberían quejarse. Venir a comer aquí es un privilegio. Este es uno de los restaurantes más importantes y prestigiosos del país, y nuestro principal objetivo es siempre la calidad y la excelencia.

– De acuerdo. Solo una pregunta más. Tengo entendido que ustedes hacen encuestas de satisfacción a los clientes, ¿qué pasará si me puntúan mal?

– No te preocupes, aunque te puntúen muy mal, no por eso te vamos a echar.

– Es un alivio. ¿Pero en ese caso se hará algo para ayudarme a mejorar?

– No, tampoco.

– Está bien. Me prepararé lo mejor que pueda.

– Sí, pero no te esmeres demasiado, no vayas a descuidar tu investigación sobre el uso de las especias en la Grecia clásica. Eso es mucho más importante que cocinar bien, si algún día quieres llegar a chef.

(Cuatro años más tarde).

– Señor gerente, llevo cuatro años trabajando en este restaurante ¿Tengo posibilidad de un ascenso?

– Claro, por supuesto. Va a salir una plaza de chef de cocina, puedes presentarte.

– Me alegro, es una gran noticia. Si consigo esa plaza de chef, tendré más obligaciones que ahora, ¿verdad?

– Desde luego. Entre otras cosas, tendrás que elaborar al inicio de cada temporada un plan detallado de cómo van a ser tus platos, qué ingredientes lleva cada uno y sus cantidades en gramos, cuáles son los tiempos y el proceso exacto de preparación, y qué esperas de los clientes que los prueben. Una vez elaborado y aprobado el plan, tendrás que seguirlo al pie de la letra. Además, deberás presentar informes periódicos sobre tu actividad en la cocina y, si en algún momento deseas introducir una especialidad nueva en tu repertorio o modificar las existentes, tendrás que solicitar la aprobación de los organismos competentes.

– Vaya, vaya, ¡espero que todo eso me deje tiempo para dedicarme a la cocina! En fin, lo intentaré.

– Suerte.

– Gracias, señor gerente. Solo una cosa más, ¿qué pasará si no obtengo la plaza?

– Pues es una pena, pero en ese caso tendrás que irte, porque solo se puede ser cocinero ayudante cuatro años. Sin embargo, tienes buenas posibilidades de obtener la plaza. Tu experiencia aquí ya forma parte de tu currículum y tu investigación durante este tiempo ha sido muy satisfactoria.

– Sí, pero… esta plaza que ahora se convoca no está destinada a que yo promocione en mi trayectoria profesional, sino que se puede presentar cualquiera, ¿es así? ¿Qué pasa si se presenta Karlos Arguiñano?

– Pues entonces mala suerte. Aunque no sabemos si Karlos Arguiñano tiene suficiente cantidad de artículos publicados como para ser considerado un buen cocinero… ¡Eso está por ver!

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Comentarios
  1. Miguel Arranz dice: 10/04/2019 a las 14:54

    Sencillamente genial. Enhorabuena por el artículo

  2. Paco Serón dice: 10/04/2019 a las 21:10

    Real como la vida misma, me ha hecho sonreír. Aunque no sé si debería haber llorado.

  3. Javier dice: 11/04/2019 a las 11:39

    Muy buena alegoría, que presenta algunas verdades muy significativas de los problemas graves que aquejan a la universidad española (falta de formación docente supervisada de los doctorandos; ausencia de una carrera estructurada con promoción lógica y en la que, supuestamente, no te juegues el puesto a la hora de estabilizarte; reticencia de las universidades españolas a contratar a un Karlos Arguiñano por no ser cocinillas de la casa), pero que me temo que deja deslizar dos ideas que me resultan muy problemáticas. La primera, la idea de que los alumnos son nuestros «clientes», pues se presentan como los comensales del restaurante. No, nuestros clientes son la sociedad, a la que tenemos que rendir formando alumnos (preparando platos) que vayan a contribuir positivamente al día de mañana mediante una formación integral y crítica (platos sabrosos y nutritivos). La segunda idea es la tan manida separación entre docencia (a la que se identifica con ser «cocinero» o «chef») y la investigación («numerosos trabajos de investigación sobre el uso del orégano y el tomillo en la antigua Grecia. Mis artículos están publicados en las revistas más prestigiosas de primer cuartil y han sido presentados en congresos internacionales»). Tal separación es una falacia porque, siguiendo la metáfora culinaria, las universidades no son restaurantes tipo «Casa Pili» que sirven ración de tortilla de patatas y menú del día, sino restaurantes de máxima categoría que necesitan cocineros y «chefs» al día de las novedades, que preparen platos en la vanguardia de los sabores y que puedan innovar constantemente su carta, de forma que sean platos de interés y referencia para otros chefs y clientes del todo el mundo. Para lograr esto, no basta con que los que trabajen en las cocinas universitarias sepan hacer la mejor tortilla de patatas con cebolla del mundo, siguiendo la receta familiar de generaciones, sino que deben tener los conocimientos y capacidad para desarrollar nuevos sabores y técnicas culinarias, y la habilidad práctica de preparar esos platos elaborados para sus clientes.

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  5. Neila Campos dice: 13/04/2019 a las 00:56

    Muchas gracias por los comentarios.

    En cuanto a las reflexiones de Javier, obviamente una alegoría nunca es perfecta, y lo de los «clientes» es una licencia que en efecto no es completa en cuanto a describir la misión de la Universidad en la sociedad.

    Pero más interesante es lo que dices sobre la docencia y la investigación. ¿Es falsa la dicotomía entre ambas? Ojalá lo fuera. Pero en muchos casos diría que nuestros temas de investigación no son susceptibles de ser trasladados a la docencia o de tener alguna influencia en ella. Quizá algo en cursos de Máster; difícilmente en Grado, ya que los temas que toca la investigación a menudo están bastante lejos de lo que se enseña en las asignaturas de Grado (al menos en mi campo).

    Además, los planes de estudio y los programas de las asignaturas suelen ser demasiado rígidos y apretados, siempre muy ajustados de tiempo, con lo cual dejan muy poco margen para que un docente pueda desarrollar, en su docencia cotidiana, algo nuevo como fruto de su investigación. Si se sale mínimamente del camino que él mismo se ha marcado, probablemente se dejará sin dar los dos últimos temas para el examen.

    Ojalá no fuese así, y ojalá un profesor pudiese tener tiempo y espacio para:
    a) innovar en la docencia,
    b) dar a sus alumnos una idea de por dónde va la investigación (esa gran desconocida para los estudiantes),
    c) comunicarles algo de espíritu investigador y estimularles a descubrir cosas de por sí, aunque ya estén descubiertas, en lugar de darles ya todos los conocimientos mascados.

    Sería muy interesante que la investigación, en cierto modo, pudiera entrar en las aulas. Pero me parece que ese es un terreno en el que aún tenemos mucho que avanzar.

  6. Javier dice: 14/04/2019 a las 12:35

    Estimada Nelia:

    Muchas gracias por tu respuesta a mis observaciones, pues a veces participar en una sección de comentarios da la sensación de hablarle al viento. Sigo defendiendo que la dicotomía entre investigación y docencia es falsa, aunque el (mal)funcionamiento de la universidad española la dificulte de tal manera que parezca que sean dos ámbitos independientes el uno del otro. Me baso en mi experiencia personal como docente (con apenas doce años de experiencia) que ha trabajado en dos países distintos a España antes de recalar de nuevo aquí. En otros países la separación entre investigación y docencia es inconcebible. Es más, para contratarte te piden que expongas claramente cómo vas a conectar tus dos funciones y, en la evaluación anual de tu labor, se te pide que expliques cómo has aplicado tu investigación a las clases del año anterior.

    Los problemas al respecto en España creo que, en líneas generales, son dos. El primero es que el muy bien señalas: la rigidez de los planes de estudio y las dificultades para actualizarlos. Siguiendo tu alegoría, es como si, una vez escogida la carta del restaurante, ya no se pudiera cambiar hasta dentro de cinco años, o que un cocinero no pudiera variar la marca de las especias que usa por otra de mejor relación calidad/precio hasta que el dueño del restaurante, que vive en otra ciudad y sólo se pasa una vez al año por el restaurante, diera el visto bueno. En el extranjero, la innovación docente se lleva a cabo de un curso para otro.

    El segundo gran problema es que no hay apenas una lógica a medio y largo plazo en la contratación de ayudantes doctores: las plazas tendrían que estar perfiladas para que cubrieran las necesidades docentes a largo plazo con especialistas en esas áreas en las que van a enseñar. Pero ante el chachulleo y la endogamia que ha imperado e impera en España, los ayudantes doctores imparten las clases que nadie más quiere, aunque no tengan nada que ver con sus líneas de investigación. Es como si en tu restaurante hiciera falta un repostero, pero como la chef con más poder en el momento es arrocera y todos sus discípulos son arroceros, el resturante acaba contratando a un ayudante de cocinero arrocero, el cual obviamente no hará arroces (la chef arrocera los seguirá haciendo hasta que se jubile), sino que tendrá que dedicarse a hacer postres y quizá en diez años pueda pasar a hacer ensaladas (donde por fin podrá hacer alguna ensalada de arroz).

    Finalmente, yo siempre me preocupo por que algún aspecto de mi investigación forme parte de lo que aprenden mis alumnos, por mínimo que sea. Y no sólo a nivel de posgrado, donde lo que tiene sentido es enseñar lo que esté relacionado con tus líneas de investigación y las últimas novedades en tu campo, sino también a nivel de grado. Una asignatura de grado que imparto este semestre es de primero y, además, para alumnos de un grado afín al mío, y aun así me he asegurado de incorporar algunas cuestiones relacionadas con una de mis líneas. Y para el curso que viene una de las asignatura de grado que impartiré no tiene, en teoría, nada que ver con mi investigación, pero ya pensado cómo incorporar dos líneas de mi investigación a dos temas que mis alumnos verán en clase. Todo es ponerse.

  7. Neila Campos dice: 14/04/2019 a las 22:58

    Toda la razón, Javier. Los dos problemas que señalas son dos grandes escollos para conectar la investigación y la docencia. Espero que algún día lleguemos a poder implantar en nuestro país lo que en otros ya funciona desde hace mucho tiempo.

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