El fin de la era Gutenberg
«Temería por el porvenir de la democracia si la gente dejara de leer.»
Harold Bloom
El nacimiento de la imprenta y la difusión del humanismo
Cuando en el año 1440 Johannes Gutenberg hizo funcionar aquella máquina llamada imprenta, que consistía en formar palabras con diminutas letras de metal, embadurnarlas con tinta y poner sobre ellas un papel y una plancha para que quedasen impresas, se inauguraba una nueva era que cambiaría el mundo y los siglos venideros como jamás antes se había visto con ningún otro invento creado por el hombre. Empezaba en la vieja Europa una nueva era de progreso, basada en la difusión de la ciencia y del nuevo conocimiento a través de aquellos pequeños libros. La razón y el humanismo que miles de escritores transmitirían en sus páginas con tanta valentía iban por fin a iluminar la oscuridad de la Edad Media.
De los monasterios al mercado europeo
La novedad no fue hacer libros –que ya existían, copiados a mano por monjes, la mayoría analfabetos, que tenían buena mano para dibujar y copiar letras–, sino hacerlos más rápido, más pequeños y manejables: nada que ver con los mamotretos de canto de los monasterios. El invento en cuestión permitía imprimir un mismo libro muchas veces, reduciendo mucho el tiempo que tardaban los monjes en copiar un solo libro, cosa que hizo que, a la larga, las ideas que contenían aquellos libros llegaran a toda Europa sin intermediarios, como una mercancía más. Y, aunque la Iglesia católica se empeñaba con ahínco en prohibirlos mediante todo tipo de persecuciones, incluso con un listado de títulos de libros que no debían leer ni los fieles ni los estudiantes, no logró detener las nuevas ideas científicas y filosóficas que se extenderían como una gran mancha de aceite por todo el continente.
Durante los siglos posteriores, y hasta nuestros días, los libros han ido forjando la cultura europea con grandes obras, escritas por autores excepcionales, que han servido para el progreso de todos, y no solo con obras científicas fruto de la observación y de la matemática, sino con obras literarias nacidas de la imaginación y del lenguaje, que sirven para dar sentido a nuestra existencia. Leer una novela o un poema era y es una bocanada de vida, porque nos reconcilia con nuestros semejantes y nos confirma en nuestra condición humana.
Los tres beneficios fundamentales de los libros impresos
En concreto, quisiera resaltar –y esta es la intención de este post– tres beneficios de los libros impresos, que hoy están en peligro y nos sitúan en el final de la era de Gutenberg:
- La alfabetización de la población y, por tanto, la extensión y el crecimiento de las capacidades cognoscitivas de la gente.
- La transmisión de la ciencia y el avance de los descubrimientos, que nos permiten prevenir y dominar el mundo.
- La noción de la autoría intelectual de los libros, es decir, la unión intrínseca del autor y su obra, como ya decía Kant, y el reconocimiento público y social del autor como creador de un bien particular que se nos da a la sociedad para convertirse en un bien común.
Estos tres factores conforman un libro, pero también una vacuna, una pintura, una partitura, una patente, etc. Por tanto, podríamos afirmar sin equivocarnos que estas tres funciones son lo que los libros han aportado a la sociedad europea, y justamente han sido la educación y las universidades los canales más determinantes para llevarlo a cabo. Europa no se entiende sin sus sistemas educativos reglados ni sin sus universidades. Este es el triunfo real de la Ilustración, como sostenía el gran historiador Pierre Chaunu.
Estos tres objetivos fueron muy difíciles de conseguir: no fue un camino de rosas, porque los libros no eran –ni son– objetos inofensivos. La alfabetización masiva de la población, por ejemplo, no se consiguió hasta los siglos venideros.
El papel de la Universidad y el triunfo de la Ilustración
La inmensa mayoría de los habitantes de Europa no sabían ni leer ni escribir en aquellos tiempos, y habría que esperar a muy avanzado el siglo XVII para observar en los países del norte de Europa unos índices de alfabetización de la población de casi el 80%, mientras que en los países del sur de Europa no se llegaba al 30%. Esta terrible diferencia obedecía a muchas causas, principalmente de índole económica y cultural, y muy probablemente también a la ya famosa teoría de Max Weber sobre el protestantismo y la alfabetización.
Lutero, que detestaba la imprenta inventada por su colega Gutenberg, iba diciendo que la imprenta era la máquina del diablo, fue muy listo e introdujo la necesidad de leer la Biblia en todas las familias del centro de Europa, con lo cual era necesario que al menos algún miembro de la familia supiera leer un párrafo de la Biblia cada noche frente a la chimenea.
La lucha por la difusión de la verdad científica
Respecto a la difusión de la ciencia, la realidad es bien conocida: todos los grandes científicos tuvieron mil problemas para que sus inventos y teorías fueran aceptados, no solo por sus colegas, sino por las autoridades de turno, la iglesia y por la población en general. Algunos avances fueron tan revolucionarios e incomprensibles respecto a lo que pensaba la gente que muchos científicos –como les llamamos ahora– pagaron también con sus vidas o con el desprecio. Y, si no, que se lo pregunten a Copérnico, que vio cómo se burlaban de su monumental obra, diciendo que eso de que el Sol estaba quieto era un mero juego especulativo teórico sin ningún fundamento, o al bueno de Galileo, que tuvo que retractarse ante los tribunales y declarar que la Tierra no se movía alrededor del Sol.
Y, viendo cómo van las cosas hoy en día, alguien diría que no hemos avanzado mucho, sobre todo cuando escuchamos las sandeces que se dicen para negar el cambio climático o viendo cómo algunas personas se creen a pies juntillas cualquier bulo científico, a cuál más esperpéntico, que se difunde por las redes sociales.
El desarrollo histórico de la propiedad intelectual
Y, finalmente, el reconocimiento de la autoría intelectual de las obras escritas, tan importante para el desarrollo de las ciencias y de los descubrimientos y, sobre todo, para la confianza pública del autor y su obra, tampoco ha tenido un camino nada fácil. Hasta el siglo XVIII, no se empieza a reconocer de forma general y aceptada la propiedad intelectual de los autores, entonces todavía supeditada a los impresores y editores. El propio Descartes no estampó su nombre en la portada de su gran obra, El discurso del método, no sabemos si por imposición de su impresor o por temor a la Iglesia, aunque sus ideas de exaltación de la razón humana frente a cualquier interferencia divina ya corrían por toda Europa.
La desconfianza en la autoridad docente y científica
Ahora nos estamos encontrando con una variante de este ataque a la autoría humana, ya que está proliferando en la sociedad digital una desconfianza y una baja valoración de la ciencia y de los científicos y, por defecto, de los profesores y profesoras en todas las etapas de la educación, cuando ellos y ellas son los que nos transmiten, con su esfuerzo, los conocimientos verdaderos y relevantes para formarnos y enfrentarnos a la vida. El mismo Gutenberg ya tuvo problemas para demostrar la autoría de la imprenta y tuvo que repartir las ganancias del invento con algunos socios acreedores. La noción de autoría es crucial en los libros porque acreditan que el escrito es fruto del talento de su autor.
El impacto de la IA y ChatGPT en la responsabilidad académica
¿Por qué, si no, nos preocupa tanto ahora que los estudiantes entreguen un examen que, en realidad, ha hecho el ChatGPT o que algún artículo científico lo haya escrito el algoritmo de turno y no una persona en concreto, es decir, un autor humano? Pues porque se está anulando de forma subliminal la importancia de la autoría de la obra creada, descubierta y escrita por el autor. Por cierto, este es todo un caldo de cultivo para las decenas de revistas científicas depredadoras y estafadoras que obtienen unos beneficios económicos estratosféricos con artículos científicos falsos, cada vez más abundantes en la red.
Sin una autoría responsable y manifiestamente humana no sabemos si ellos y ellas son realmente los autores de dichos escritos, de modo que la universidad, por ejemplo, no puede acreditar si una persona ha aprendido los conocimientos necesarios para obtener el título y ejercer la profesión correspondiente. Y, si esto no se ataja, la garantía que otorga la universidad puede irse a pique.
Si desaparecen los autores y las autoras, desaparecen las responsabilidades, la confianza y la validez de lo que se aprende y se descubre.
Me decía una profesora que ya no pide trabajos a sus estudiantes porque no tiene tiempo ni ganas de ir analizando si los han escrito ellos o el ChatGPT. No piensa perder un minuto más corrigiendo algoritmos. Tampoco usa ya los campus digitales ni sube las presentaciones de clase a la red, porque eliminan su autoría. Desesperada, vuelve a todo lo que sea presencial y humano.
El asalto a la razón y la vigencia de los libros
Pues bien, la lectura, la comunicación y el acceso a la ciencia y el reconocimiento de los autores como creadores de los conocimientos son los tres logros de los libros que fundamentan el sentido de la educación y de la universidad todavía hoy.
Si estos tres elementos, en sus formas conocidas hasta ahora, desaparecen o cambian, deberían sustituirse por otras tres grandes columnas que sostengan los sistemas futuros de enseñanza y garanticen una ciencia humana y relevante, y no una nueva obscuridad provocada por la ignorancia y la falsedad.
Por ahora, estamos viendo cómo se desmorona la era de Gutenberg con una pobreza creciente de comprensión lectora de la población y un abandono de los libros y la lectura por parte de los estudiantes universitarios y con una galopante desconfianza en la ciencia verdadera que difunden de manera interesada las redes sociales. También presenciamos un ataque sistemático a la autoría humana en tanto en cuanto las obras son creadas por algoritmos ya independientes de la voluntad humana. Son tres estrategias que van juntas en este nuevo asalto a la razón que nos garantizaban los libros y que imprimían aquellas viejas máquinas llamadas imprentas.
Acaso no deberíamos renunciar tan alegremente de los libros, ante los atractivos cantos de sirena de las tecnologías y del mundo digital.


Excel·lent reflexió Didac. Enhoraòptima !
Es una muy buena reflexión
Gracias por tu artículo, que he leído con interés. Me ha apenado ver que asumes el mantra de que «aunque la Iglesia católica se empeñaba con ahínco en prohibirlos mediante todo tipo de persecuciones, incluso con un listado de títulos de libros que no debían leer ni los fieles ni los estudiantes, no logró detener las nuevas ideas científicas y filosóficas que se extenderían como una gran mancha de aceite por todo el continente». Es la famosa «tesis de conflicto» entre progreso y religión, que no esperaba en un humanista como tu. La relación real es mucho más compleja. La imprenta se desarrolló en un contexto profundamente cristiano: muchas de las primeras imprentas estaban vinculadas a universidades o a instituciones eclesiásticas, y los primeros grandes best-sellers fueron precisamente textos religiosos (Biblia, misales, breviarios). El «Índice de libros prohibidos» existió (hoy tenemos versiones semejantes que hacen propias todas las ideologias), pero surgió en un contexto muy concreto de polémica religiosa y política en la Europa del siglo XVI, y no puede presentarse como un intento general de frenar el conocimiento o la ciencia. La relación histórica entre Iglesia, cultura escrita y desarrollo intelectual europeo es bastante más compleja —y en muchos aspectos más positiva— de lo que sugiere ese tipo de formulaciones. Con todo, gracias sinceras por tu artículo, que hace pensar
Muy buena y oportuna la matización anterior de Juan Carlos García de Vicente. Sólo apuntar también que la Edad Media hace tiempo que dejó de ser considerada una «época oscura». Hubo en ella numerosos avances agrícolas … e intelectuales, limitados en su difusión claro por la no existencia de títulos impresos. Por lo demás y en mi opinión gracias por sus reflexiones
A una persona que se ha chupado la época franquista prácticamente entera no se le puede venir con estos argumentos. La iglesia católica española es la principal losa de nuestra historia, enemiga de la ilustración y al servicio del trono y de todas las oligarquías que hemos sufrido. Ya está bien de relativizar esta ignominiosa historia de esta funesta institución.
(Siempre digo que la atormentada historia de nuestro país hubiese sido mejor sin dos acontecimientos: el primero fue la liquidación a sangre y fuego de la primera reforma protestante, y el segundo la aniquilación de nuestro más noble intento de ser un país civilizado, la Segunda República española. En ambas destrucciones fue decisivo el papel de la iglesia católica española). Ah, y tampoco hubiese estado mal que hubiéramos cortado el cuello a alguno de nuestros impresentables reyes. Francia e Inglaterra lo hicieron con alguno de los suyos, y su historia no ha sido tan siniestra como la nuestra.
Obviamente (no lo he dejado claro al principio), respondo a los escritos del señor García de Vicente y de la señora Arahal, no al autor del texto de hoy, Dídac Martínez (con cuyas ideas, y sobre todo con su propósito, estoy de acuerdo).
(aunque coincido con la señora Arahal en defender el valor intelectual de la Edad Media, frente al tópico de «edad oscura»).