El papel de las humanidades en la universidad: entre el pasado y el futuro

Durante décadas se ha estigmatizado a las carreras de humanidades. Su crisis, con múltiples desencadenantes (banalización del conocimiento, difícil convivencia con las nuevas tecnologías, aparente limitación de su espectro profesional o falta de fomento de las vocaciones en la educación secundaria), es real. No pocos progenitores, todavía hoy, se llevan las manos a la cabeza cuando su hija o hijo les explica que quiere estudiar “una carrera de letras”, ya que entienden que dichos estudios no les serán “rentables” a nivel laboral y económico. Sin embargo, como tantas veces nos ha enseñado la historia, resulta conveniente mantener la cabeza fría y saber que, en el momento presente, en aplicación del llamado “efecto péndulo” y de la superación de la “dictadura de las modas”, son muchas las oportunidades que nos permiten ser optimistas sobre el futuro de las humanidades.

Cada vez más compañías tecnológicas demandan profesionales con formación humanística y artística. Especialmente gráficas en esta línea de pensamiento son las palabras utilizadas por el fundador de Apple, Steve Jobs, cuando en una de sus famosas presentaciones reconoció que “la tecnología en matrimonio con las humanidades y las artes es lo que permite conseguir unos resultados que hacen que nuestros corazones salten”. Las tecnológicas de referencia precisan profesionales técnicos (de ahí la importancia de las ingenierías), pero también contar en sus equipos de dirección con profesionales que sepan manejarse con la ambigüedad y la subjetividad, ambas habilidades necesarias para ocupar puestos de gestión, tomar decisiones con visión de futuro en una sociedad global, analizar críticamente diferentes escenarios de acción, adaptarse a los cambios sociales y convivir con la incertidumbre y el riesgo propio del mundo de la empresa (de ahí lo relevante de las humanidades y ciencias sociales).

Universidades de reconocido prestigio internacional, como es el caso del MIT (Massachusetts Institute of Technology), en Boston, así lo han “sabido ver”. Sus estudiantes de grados tecnológicos dedican una parte significativa de su tiempo a familiarizarse con materias como la literatura, los idiomas, la economía, el derecho, la geografía e historia, las artes o las modernas técnicas de enseñanza y aprendizaje. Muy tímidamente, algunas universidades españolas están empezando a dar sus primeros pasos en esta dirección, afrontando no solo aquellos retos que tienen que ver con la empleabilidad (competencias transversales, impulso de las prácticas externas y aseguramiento de una formación competencial básica en aspectos tales como la escritura, la argumentación y la comunicación), la innovación curricular (interdisciplinariedad y potenciación del trabajo conjunto con otras disciplinas – crossing borders -) y el valor social de las humanidades (su dignificación interna y externa y el reconocimiento de su impacto social); pero también conectando sus estudios con la actualidad, haciéndolos más interesantes para el alumnado (menos dogmáticos), así como “adaptando” la denominación de sus tradicionales facultades en este ámbito de conocimiento a lo que ya constituye, desde hace algún tiempo, el conjunto de los estudios que ofertan.

En esta última dirección, por ejemplo, la prestigiosa Facultad de Filología de la Universitat de Barcelona ha cambiado su nombre, recientemente, por el de Facultad de Filología y Comunicación. Dicho cambio de denominación no solo persigue reflejar fielmente el conjunto de estudios que se imparten en dicho centro desde hace años (el Grado de Comunicación de Industrias Culturales y el Master de Comunicación Especializada), sino también las competencias asociadas a estos estudios y los perfiles profesionales para los cuales se capacita al alumnado (realización, sonido, postproducción, diseño gráfico, consultor de comunicación, responsable de comunicación, guionistas, periodistas, reporteros gráficos o creadores de contenidos web) mediante un elevado grado de transversalidad académica, la dotación de equipamiento técnico y la incorporación de prácticas externas en medios de comunicación y productoras musicales y audiovisuales. Y lo mismo ha acontecido con la tradicional Facultad de Biblioteconomía y Documentación, también de la Universitat de Barcelona, ahora llamada de Información y Medios Audiovisuales, que ya desde hace años acogía los estudios de Comunicación Audiovisual (especialistas en producción, dirección, guión y fotografía o posproducción, además de perfiles orientados a la creación y la gestión de contenidos en línea), así como venía impartiendo los másteres de Gestión de Contenidos Digitales y Humanidades Digitales.

De otra parte, las ciencias experimentales y de la salud, así como las sociales, no debieran aislarse de las humanidades. Un ingeniero que lee, es probable que sea más imaginativo y capaz de trabajar mejor en equipo. Un arquitecto que conoce la historia y el arte, seguro que tendrá mayores opciones de desarrollar mejor, con una mente abierta y sentido crítico, su trabajo técnico. Un profesional de la medicina o de las ciencias de la salud, más allá de su formación específica en su campo de conocimiento, debe saber “leer a su paciente”, para lo cual bien hará en trabajar su empatía. Un economista, que quizás se ha enfocado específicamente en el management, estaría mejor preparado si tuviese conocimientos humanísticos, pues éstos le permitirán tomar decisiones con un pensamiento mucho más estructurado. Un abogado, aun cuando sea un gran conocedor del ordenamiento jurídico que debe aplicar en su ejercicio profesional, bien haría en formarse en “contenidos éticos”, así como en adquirir los conocimientos que le permitan enfrentarse, con garantías de éxito, a un proceso, ya sea escrito u oral, motivar sus argumentaciones, trabajar la dialéctica y la contradicción y saber relacionarse con sus clientes. Un profesor, junto a dominar su “disciplina”, debiera saber transmitir su conocimiento y, desde luego, ser buen conocedor de los recursos lingüísticos y gramaticales. Un periodista, en plena época “fake news”, debiera ejercer su trabajo con aplicación de la más elemental ética. Y lo mismo puede decirse de aquellos expertos en el ámbito de la biociencia que desarrollan sus investigaciones en temas especialmente sensibles en relación al presente y futuro del ser humano.

Por todo ello, la universidad debe renovar su compromiso con la rica herencia humanística que atesora. En un contexto presidido por los debates acerca de su atractivo, rentabilidad o utilidad, la universidad pública no solo debe garantizar la presencia de las humanidades en todos los ámbitos de su función: docencia, investigación y difusión, sino también prestar atención a las nuevas oportunidades que suministran en este ámbito de conocimiento las posibilidades digitales y tecnológicas y los nuevos marcos de comprensión y explicación. El proyecto de futuro de las humanidades (y también de las ciencias sociales) debe transitar por el fortalecimiento de la relación entre tradición y modernidad.

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Comentarios
  1. Dr. Danilo Ricourt Coronado dice: 10/12/2019 a las 15:10

    Excelente pagina, sobretodo nos informa de temas relevante para hacer cambios significativos en nuestras Universidades, para así preparar a nuestros estudiantes y llevarlo a un pensamiento lógico y más contundente a razón de pensar en una profesión con presencia de las humanidades en todos los ámbitos de su función docencia, investigación y difusión en relación a la investigación científica…

  2. Miquel S. Arderiu dice: 11/12/2019 a las 09:48

    Es reconfortante que un profesor de Derecho se preocupe y conozca tan bien la realidad de las humanidades. Ojalá los equipos rectorales de las universidades españolas lo dijesen con igual sentido común y voz alta.

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