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La colaboración entre la universidad y la empresa

Tanto las universidades como las empresas son agentes efectivos de progreso social. Por tanto, debe entenderse que la colaboración entre ambos agentes es fundamental si queremos que nuestras condiciones de vida y salud mejoren. Muchas de las preguntas y cuestiones que se plantean en este Cuaderno (ver aquí) deberían servir de guía para interrogarnos sobre la forma en que se debe abordar la colaboración entre la universidad y la empresa.

Creo necesario, sin embargo, subrayar que la colaboración con la empresa es tan solo uno de los aspectos que debe caracterizar el trabajo en la universidad. La universidad es mucho más que eso. No sé si los ciudadanos son conscientes de ello. A veces tengo la impresión de que los empresarios y los agentes sociales, cuando hablan de la universidad, tienen en mente que la institución debe, si no limitarse solo a ello, sí al menos dedicar con prioridad sus esfuerzos a asegurar el funcionamiento lineal de una cadena que podemos definir como sigue: lo deseable comienza en el laboratorio de un científico despistado con pinta de Einstein que se plantea cómo diseñar de forma eficiente un producto que sirva a las necesidades de la sociedad o de una empresa en particular; desarrolla el producto, lo patenta, encuentra quien se lo fabrique, y al final un sistema de distribución eficaz lleva el producto al público al precio que se estime oportuno. Las ganancias se reparten, según los criterios que se fijen, entre la empresa,
la universidad y el inventor de bata blanca. La ruptura en cualquier punto de la cadena es negativa, y se deben asegurar bien los pasos. A eso llaman “investigación aplicada”.

Sí, ya sé que esta exposición es demasiado simplista, pero estoy seguro, al albur de las declaraciones que en más de una ocasión he podido leer en la prensa, o de manifestaciones hechas sin decoro alguno por personas influyentes, que es exactamente eso, o algo muy parecido, lo que muchos tienen in mente. Lo que esperan de la universidad es, en definitiva, que sea capaz de formar profesionales que respondan a las necesidades de la empresa y que, si se hace investigación, esta se limite a intentar dar respuesta de la forma más rápida y eficiente posible a problemas concretos que se plantean en la sociedad.

Y eso se debe hacer, no tengo la menor duda. Pero la universidad está obligada a mirar más lejos, en otra longitud de onda: la universidad tiene que ocuparse, por encima de todo, de generar conocimiento y transmitirlo de forma eficaz. Y, por supuesto, hay necesidad de generar conocimiento y transmitirlo, en muchos ámbitos, también en aquellos ámbitos distintos de los que afecten de forma directa a los intereses de las empresas. Por dos razones: en primer lugar, porque existen de hecho otras muchas áreas de conocimiento; en segundo lugar, porque los problemas centrales que tiene la sociedad, en el caso de que sean tan fácilmente identificables –en muchas ocasiones no lo son– solo son abordables a largo plazo y mediante proyectos de investigación que tienen que encontrar respuesta a cuestiones en absoluto pegadas, al menos de inicio, a esa cadena lineal que he dibujado al principio y que, dicho sea de paso, funciona más bien en pocas ocasiones, incluso con los productos más básicos que tenemos en nuestras propias casas.

¿Preparación orientada a la empresa?

Es posible que usted haya calentado su café con leche esta mañana en un microondas. Sin embargo, aunque le parezca extraño, nadie se planteó “descubrir” o “investigar sobre” un aparato que calentase el café con leche. O si en alguna ocasión lo hizo, no tuvo, que sepamos al menos, ningún éxito. Percy Spencer, un ingeniero estadounidense, estaba investigando sobre los magnetrones y el radar, cuando observó que una barra de chocolate se le derretía en el bolsillo. Escamado con ese hecho, absolutamente fortuito, comenzó a investigar el fenómeno y gracias a los magnetrones usted ha podido calentar el café con leche esta mañana. Nada que ver con la investigación aplicada, aunque en la última fase, tras el diseño inicial, una vez aclarado el porqué del fenómeno, la investigación estaba claramente orientada a dar con el producto práctico. Centenares de descubrimientos (entre ellos los rayos-x, el acero inoxidable o la penicilina, por citar algunos) se deben a hechos fortuitos: no hubo ninguna empresa ni ningún empresario que le planteara al de la bata blanca que investigase durante unas horas a ver si conseguía que un aparato mostrase en una pantalla la silueta de los huesos de su mano izquierda. Muy al contrario: fue la investigación llamada básica, esa investigación que avanza con tanta dificultad y con tantos tropezones, a veces sin brillo, la que hizo posible que en una segunda fase se pudiesen fabricar aparatos que han servido para hacer más fácil nuestra vida y para mejorar nuestra salud. ¿Se puede entender la medicina moderna y la del futuro, con sus inmensas aplicaciones prácticas, si alguien no hubiera descrito hace años la estructura del ADN? ¿Qué tiene que ver eso con lo que algunos se empecinan en llamar “investigación aplicada”?

Sirvan esos ejemplos como muestra de que las relaciones entre universidad y empresa, tal como se suelen entender y he expuesto, no agotan para nada el campo de actuación de la universidad. La universidad está obligada a mirar más allá, y tiene que hacer otras cosas (con el coste económico enorme que eso supone), aunque también tenga que impulsar la colaboración directa con el tejido empresarial. Fuera del carácter de esta investigación básica, que es lo que verdaderamente sostiene en el fondo el avance del conocimiento, objetivo fundamental de la universidad, lo cierto es que hay áreas del conocimiento cuya relación con la empresa es lejana, incluso inexistente, salvo que pensemos que esta relación se produce también, y es igual de efectiva, en términos menos lineales. Cuando una empresa se queja de que la universidad no le proporciona ingenieros suficientemente formados para desarrollar una tarea concreta, se está pensando en una relación lineal: tengo este problema concreto con este aparato o con esta pieza que quiero fabricar, y usted me lo debe solucionar. Para eso le tiene que formar a usted esa universidad que pagamos con nuestros impuestos. Muchos defienden, aunque no lo digan de forma tan evidente, que la universidad se debería limitar, en buena lid, a eso, y que la sociedad no debe malgastar el dinero en otras actividades, y menos en épocas de crisis (1).

Sin embargo, ¿cuál es el papel de un físico o de un matemático en una empresa? Se trata de personas que tienen una formación sólida, pero a veces mucho más teórica que ligada a la solución de problemas concretos. Pero precisamente esos estudios les han dotado de versatilidad y muestran una gran capacidad de abstracción que hace posible que puedan enfrentarse a nuevos problemas con garantías. No tengo la menor duda de que pueden jugar un papel fundamental si quien los contrata es capaz de pensar un poco más en el medio plazo. En campos muy variados: meteorología y medio ambiente; óptica; biofísica, informática y computación; producción de energía; o incluso en consultorías y estudios financieros, etc. Lo mismo sucede con los que han sido capaces de escribir una tesis doctoral: es tal el esfuerzo que han realizado, continuado y durante años, que acaban teniendo una capacidad de reflexión y unas posibilidades de enfrentarse a problemas prácticos bastante mayor que la media. Vayamos aún más lejos con la argumentación: si la universidad se limita a formar profesionales que deben responder a las necesidades de la empresa, deberemos abandonar los estudios de filosofía, historia, bellas artes, educación, periodismo, etc. ¿También los de medicina? No parece que tenga mucho sentido, desde esta perspectiva, dedicar medio minuto a estudiar a Platón, Leibniz o Feyerabend.

Lo que piden las empresas

Pero el caso es que fuera de afirmaciones que en el fondo son triviales si se limitan solo a eso (necesito gente formada para que solucione mis problemas; necesito arquitectos “de obra”, no gente que haga dibujos bonitos; la gente que contratamos no está formada para lo que queremos, etc.) los mensajes directos o indirectos que llegan del mundo empresarial son cuando menos difusos. Voy a señalar un ejemplo que resultará sorprendente para cualquier empresario –suponiendo que haya alguno– que lea estas líneas.

A mediados de enero de 2018, William H. (Bill) Miller III, un conocido inversor estadounidense, donó 75 millones de dólares a Johns Hopkins University, una de las grandes universidades americanas. Se trata de una donación muy importante, impresionante, pero las donaciones de grandes o pequeñas cantidades a fondo perdido a la universidad o a otro tipo de instituciones son habituales en aquella sociedad, y están muy enraizadas en su cultura. Las universidades tienen tales fondos de reserva obtenidos mediante donaciones que nos hacen pensar en otras galaxias: Harvard tenía a finales de junio de 2016 la cantidad de 35.700 millones de dólares(2). Es cierto que se trata de la universidad que más fondos tiene, con diferencia. Se había planteado como objetivo conseguir en un determinado plazo 6.000 millones adicionales y lleva ya más de 8.000 (3). Es una política compartida por universidades privadas y por universidades públicas: en 2017 la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) conseguía 551 millones de dólares, Berkeley 404,59 y la Universidad de Washington 553,89 millones. ¿Y quién es el que dona? Los ex-alumnos (26,1%), ciudadanos (18%), corporaciones y empresas (15,1%, de nuevo la empresa), fundaciones (30,1%) y otros (10,6%)(4). A veces, como sucede en el caso que comento, la donación es finalista: se dotan fondos para impulsar “tal” tipo de investigación, para desarrollar “tal” programa o para hacer “tal” polideportivo. Esta donación a Hopkins también es finalista: lo que asombra es que un inversor profesional haya donado esa cantidad de dinero nada menos que al departamento de filosofía (5). Parece que en esto de las relaciones universidad-empresa hay también otros campos, mucho más amplios y diferentes a los que se estilan por estos pagos. Parece que en esto de las relaciones universidad-empresa hay también otros campos, mucho más amplios y diferentes a los que se estilan por estos pagos.

Educational Testing Service (ETS) llevó a cabo en 2017 una investigación(6) en EE.UU. cuyos resultados fueron publicados por The Chronicle of Higher Education. La investigación pretendía estudiar precisamente la distancia existente entre la preparación de los graduados egresados de la universidad y lo que esperan de ellos los empresarios. En principio, la universidad prepara a los estudiantes para que aborden una variedad de objetivos a lo largo de su educación, mientras que los empleadores quieren que adquieran una serie de herramientas más específicas.

Las universidades señalan cuatro objetivos deseables en un graduado, por orden de preferencia: 1) habilidades en la comunicación oral y escrita; 2) capacidad de adoptar decisiones; 3) capacidades de colaboración con otras personas y 4) capacidad de trabajo con grupos diversos.

Por el contrario, los empresarios señalan estos otros objetivos, por orden de preferencia: 1) capacidad de adoptar decisiones; 2) habilidades técnicas relacionadas con el puesto de trabajo; 3) habilidades para planificación y organización, y 4) habilidades en la comunicación oral y escrita. Se pregunta en la encuesta a quién corresponde formar a los estudiantes en habilidades y competencias técnicas: el 23% de los universitarios y el 41% de los empresarios entienden que es responsabilidad de la universidad, mientras que un 60% de los universitarios y un 38% de los empresarios entienden que se trata de una responsabilidad compartida. Asimismo, el 40% de los empresarios confía en que la universidad sea capaz de preparar de forma suficiente a sus graduados, aunque un 33% cree que no es importante que los candidatos tengan experiencia, porque son ellos quienes los van a preparar.

No sé si con esas respuestas, que se repiten en su ambigüedad en otros estudios (una encuesta de Gallup concluyó en 2015 que los norteamericanos piensan que solo el 13% de los graduados están preparados para responder en el puesto de trabajo (7)), se puede llegar a conclusiones fiables. El hecho de que en EE.UU. los empresarios acudan a los campus universitarios para contratar a graduados ahonda a veces en lo mismo: en muchas ocasiones se limitan a someter a los candidatos a una batería de preguntas en forma de test, de duración variable, desde veinte minutos hasta los noventa (el llamado CLA+), que intentan medir aspectos parciales de su preparación (capacidad de pensar y comunicar).

Tengo la impresión de que se intenta abordar un problema quizás sin solución. La razón es que, por mucho que nos empeñemos, los ritmos de las empresas y de las universidades no coinciden. Podrían hacerlo, si se diseñasen (las hay) universidades ligadas de forma directa con la empresa. Es decir, si una corporación crea su propia universidad y la diseña como un centro de educación superior que prepare casi en exclusiva profesionales que satisfagan las necesidades de esa corporación. Esta es una posible solución que deberá, en cualquier caso, abordar la necesidad de formar profesionales también en otros ámbitos diferentes a los que les interesan de forma directa, salvo que admitamos el cierre definitivo de áreas de saber que han tenido una gran tradición. El caso de la inmensa mayoría de las universidades, aquí y fuera de aquí, no es, sin embargo, el que acabo de señalar.

Ritmos diferentes

Incluso si la universidad se plantease como su objetivo principal dar respuesta a las necesidades planteadas por el tejido empresarial, algo más que discutible por todo lo dicho hasta el momento, el caso es que los ritmos de funcionamiento de la universidad y de la empresa no coinciden, y eso complica de forma extraordinaria el problema. Para que ese objetivo se pudiese cumplir con garantías, los empresarios deberían señalar con claridad sus necesidades. Y para que las universidades pudieran proveer de profesionales cualificados y con garantías de que van a ser capaces de responder a esas necesidades deberían saberlo, y de forma concreta, con unos seis años de antelación, no vamos a entrar en detalles, que es el tiempo mínimo que cuesta poner en marcha un grado de cuatro años (los hay de más años). Suponiendo, claro, que los ministerios, agencias y comunidades autónomas afectadas se pongan de acuerdo. Esos órganos no dependen ni de la universidad ni de los empresarios.

En un país saturado de Pymes, con miles de empresas que se crean, desaparecen o cambian cada año, plantearse ese objetivo está fuera de lugar. Nadie nos va a adelantar las previsiones sobre necesidades futuras. Y en el caso hipotético de que alguna asociación de empresarios fuese capaz de hacerlo, nunca asumiría sus consecuencias. Como en demasiadas ocasiones está fuera de lugar también pronosticar las características que tendrán las empresas (y sus necesidades, por tanto) dentro de algunos años.

El tiempo tiene hoy otra dimensión. En lapsos breves asistimos a realidades inimaginables no hace mucho: en la misma semana los medios nos dicen que Amazon abre un supermercado sin empleados y que el ajustador cobra más que el ingeniero en la misma empresa(8) (aunque las perspectivas de uno y otro a largo plazo sean diferentes). Si eso no se puede hacer, solo cabe hablar de parches: acuerdos puntuales entre universidad y empresa para hacer prácticas, enfocar algunas materias, etc. Otros problemas que también se señalan en este documento (la sobrecualificación, por ejemplo) no se van a solucionar. Pero es cierto que no solo es necesario sino imprescindible la colaboración universidad-empresa, teniendo muy claros los límites: hay vida universitaria más allá de lo que algunos empresarios parecen querer, y la colaboración universidad-empresa se tendrá que restringir a ámbitos quizás más acotados que los deseables. Por cuestiones de funcionamiento y ritmos.


(1) El caso es que incluso alguno lo dice sin problemas. Bryan Caplan, profesor de economía de George Mason University defiende en un libro de reciente aparición (The Case Against Education: Why the Education System Is a Waste of Time and Money, Princeton University Press, 2018) que el sistema educativo actual básicamente no sirve de mucho. Que los empresarios valoran en teoría un tipo de preparación pero que al final contratan a quien le soluciona problemas y les hace ganar dinero.
(2) http://www.hmc.harvard.edu/docs/2016_HMC_Annual_Report_Press_Release.pdf
(3) Los datos en: https://www.philanthropy.com/article/Donations-to-Colleges-Up-6-in/242441/?cid=at&ut
msource=at&utmmedium=en&elqTrackId=2c6bf09634c54d2dbd804b6d68604c12&elq=5fc4f1571bfe457
8adad5d84919b5088&elqaid=17735&elqat=1&elqCampaignId=7818
(4) La obtención de estos fondos es uno de los indicadores utilizados para clasificar a la universidad en los rankings. En España, los políticos acabarían castigando a la universidad que osase obtener estos fondos y los metiese en el banco, como se hace en EEUU. Lo que llaman “remanentes” pone de los nervios a muchos presidentes de Consejos Sociales.
(5) Salgo al paso también de otra cuestión que se ha suscitado en más de una ocasión. En opinión de algunas personas críticas con el sistema actual (esto era recurrente en las manifestaciones de los “indignados” del 15-M) no es aceptable que la universidad pública acepte fondos privados porque con eso se privatiza la universidad. No puedo negar que en ocasiones pueda suceder eso, pero en otras muchas ocasiones, como en el que comento, nada más lejos de la realidad.
(6) Career Preparation: How Wide is the Divide?, encuesta realizada en 2017 por Huron Consulting Group, Inc., con líderes de 101 centros de enseñanza terciaria y con los gerentes de 125 corporaciones.
(7) http://news.gallup.com/opinion/gallup/182867/america-no-confidence-vote-college-grads-workreadiness.aspx
(8) El Correo, 28.01.2018, p. 50

Fuente: Cuaderno de Trabajo 10 de Studia XXI, “Universidades y Empresas: Apuntes para crear sinergias con sentido“.

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Comentarios
  1. Tati dice: 02/07/2019 a las 14:42

    Muy acertadas reflexiones. A veces parece que la Universidad es la antesala de la empresa, y obviamente una de sus funciones es formar profesionales para ella, pero desde luego no es la única función. Y además, como dijo alguien que siento no recordar, «para que haya Ciencia aplicada tiene que haber Ciencia que aplicar». (si alguien sabe el autor de la frase que lo diga, por favor!!)

    Ah, y eso sí, los científicos no siempre tienen pinta de Einstein… ;-)

  2. Rafael dice: 03/07/2019 a las 12:28

    Muchas veces ha sido la propia universidad quien se rebaja a utilizar terminología de la empresa y considera «clientes» a los alumnos, con toda la carga que eso tiene. Un servicio «básico» (la ciencia y la educaciòn lo son) nunca puede tener clientes ni someterse a las reglas del mercado sin más.

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