La identidad como motor de cambio en las universidades
Las innovaciones tecnológicas nos proporcionan una velocidad extraordinaria: si queremos contactar con urgencia con alguien que vive en otro continente no le escribimos una carta y esperamos pacientemente a recibir su respuesta; y cuando tenemos que desplazarnos a un lugar lejano tardamos cada vez menos tiempo en llegar al lugar de destino.
También en nuestro trabajo académico avanzamos más deprisa que en décadas pasadas. Recuerdo que, cuando en los años ochenta comencé mi tesis doctoral, dedicaba largas horas a buscar libros y revistas en la biblioteca, que ahora localizo de manera casi instantánea con Google Scholar. La inteligencia artificial ha acelerado nuestra vida y nos ayuda a preparar clases, elaborar exámenes, traducir textos o corregir trabajos.
La identidad universitaria como brújula estratégica
Tanto las personas como las organizaciones consiguen ahora más con menos y realizan su tarea con una rapidez impensable hace pocos años; así les sucede a los gobiernos, empresas, fundaciones, hospitales y universidades, con ayuda de la IA. Sin embargo, de nada sirve andar deprisa si quien camina no sabe a dónde quiere ir: podría dar unas cuantas vueltas y, después de mucho esfuerzo, tal vez se encontrase en el punto de partida.
El norte de cualquier institución lo marca su identidad: su propósito, sus rasgos distintivos, sus valores, sus principios irrenunciables, sus fundamentos más profundos.
La identidad ayuda a elegir el itinerario estratégico, proporciona cohesión interna y reconocimiento externo y sirve para resolver las dudas: cuando se bifurca el sendero sólo quien dispone de esa brújula interior está preparado para elegir la dirección adecuada.
Cultura institucional y libertad en la educación superior
En los centros de educación superior la identidad favorece el espíritu de equipo: los profesores e investigadores trabajan en un entorno libre, en el que la diferencia de pareceres y la diversidad no sólo no constituyen un problema, sino que se perciben como una riqueza.
La idea de proyecto común resulta posible no porque los rectores, decanos y directores de departamentos busquen la uniformidad –nadie pretende introducir a los demás en un molde ideal- sino porque en cada campus todos comparten algunas ideas básicas referidas al modo de afrontar la labor docente y a la necesidad de generar nuevos conocimientos.
El efecto formativo y el impacto en el alumno
Los alumnos también pueden detectar el humus especial, que distingue su universidad de cualquier otro centro educativo: los mensajes que se publican en la web, el tono de las conversaciones, las costumbres y tradiciones, las normas no escritas, los relatos y el modo de comportarse de quienes participan en la vida académica producen un efecto formativo quizás más importante que la ciencia que se transmite en las aulas y laboratorios.
Esa influencia positiva de naturaleza moral implica, por ejemplo, que los estudiantes deben comprender si es preferible la verdad o la mentira, la generosidad o el egoísmo, el respeto o el insulto, la paz o la violencia, el pensamiento crítico o el seguidismo irracional, la tenacidad o la inconstancia.
Si una universidad renunciase a ejercer un impacto en el carácter de los alumnos, se convertiría en una institución que sólo transmitiría informaciones y datos, y en esa función no podría competir con otros instrumentos más potentes, como los buscadores, las redes sociales o las herramientas de IA.
Prioridades y financiación de la investigación académica
La identidad facilita la selección de los campos de investigación a los que conviene dedicar más recursos. Como el dinero siempre es limitado, las autoridades académicas financian algunas áreas y descartan otras que les parecen menos relevantes.
No resulta conveniente repartir el presupuesto entre todos de manera equitativa porque sólo los grandes grupos con masa crítica suficiente logran un fruto profundo y duradero. A la hora de realizar esas apuestas estratégicas, es preciso medir las propias fuerzas y analizar las necesidades del entorno. Pero, además, cada centro de educación superior debe plantearse cuáles son sus prioridades, tiene que recordar cuál es su razón de ser y qué quiere aportar a la sociedad.
Coherencia y pertenencia en la comunidad universitaria
La identidad es un tesoro de un valor extraordinario del que se puede obtener un gran rendimiento, pero que también se puede desaprovechar. Las universidades cumplirán mejor su función si definen con claridad los principios que fundamentan su quehacer científico y educativo. Para que esas pautas básicas no se conviertan en papel mojado –en unas declaraciones tan grandilocuentes como ambiguas, que no comprometen a nada- conviene establecer espacios de reflexión para que los que forman la comunidad académica se planteen cómo conseguir que los valores esenciales que comparten iluminen la actividad docente e investigadora.
Algunas preguntas pueden servir para que los principios fundamentales aterricen y no se conviertan en un conjunto de frases etéreas o decorativas. Por ejemplo, ¿cuál fue la última vez que actualizamos el lenguaje que expresa lo que somos?, ¿quién conoce nuestra identidad?, ¿cómo la transmitimos a los distintos públicos internos y externos?, ¿cuánto hablamos sobre ella?, ¿cómo medimos su impacto?, ¿en qué medida influye en nuestra política de contrataciones?, ¿y en nuestros planes docentes?, ¿y en el servicio que prestamos a los alumnos?, ¿y en nuestro presupuesto?, ¿y en la financiación de la investigación?, ¿y en los planes de desarrollo profesional?
También aquí existe una prueba del algodón: consiste en verificar si los profesores y estudiantes están orgullosos de pertenecer a una institución que profesa unos principios altruistas con los que se identifican, si hablan de su universidad con admiración, si llevan la camiseta puesta en todo momento. La vinculación afectiva requiere una coherencia incuestionable entre las palabras y los hechos, entre los principios que se defienden y el comportamiento cotidiano.
Ética frente al cinismo: el fin noble de la universidad
En este ámbito hay dos formas de equivocarse. La primera, como vemos, consiste en actuar de manera incongruente. El segundo error es adoptar una actitud cínica, que no distingue el mal del bien, que juzga tan legítimo ayudar a quien más lo necesita como aprovecharse del más vulnerable. En ambos casos, la cultura interna se deteriora, la motivación de los profesores y de los alumnos desaparece, el reconocimiento externo se debilita y la tarea formativa fracasa.
No todas las prioridades corporativas son igualmente valiosas, del mismo modo que no todos los propósitos vitales poseen el mismo mérito.
Afortunadamente vivimos en una sociedad libre y sólo estamos obligados a respetar unas normas razonables de convivencia. Por tanto, podemos dedicar la existencia a contemplar nuestro rostro en el espejo, pero también está en nuestra mano elegir un fin más noble y menos aburrido. De modo análogo, no toda identidad universitaria posee el mismo interés y la misma capacidad de inspirar y guiar a los demás.
Espero que los lectores de este blog me permitan una última consideración final que probablemente no guste a todos. Cuando el propósito esencial de un centro de educación superior consiste en ganar dinero, esa institución puede convertirse en un negocio muy rentable, tal vez logre un incremento espectacular de su cotización bursátil y quizás sea adquirida por unos inversores que hagan multimillonarios a quienes la promovieron. Pero una universidad sólo puede ser excelente si pretende –por encima de cualquier otro objetivo- dejar una buena huella en el mundo.


Muchas gracias. Totalmente de acuerdo, y me ha hecho pensar. Me recordó a las etapas de formación de la identidad durante el desarrollo, de Erikson. Porque la identidad personal sufre también una evolución, una adaptación, en diálogo con los retos de cada etapa vital. Me han gustado mucho también las preguntas que formulas, una especie de «marcadores de identidad». Agradecido por tus reflexiones
Completamente de acuerdo… y ¡hala Madrid! ;)
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Gracias Alfonso. Me parecen muy acertadas estas reflexiones sobre la Universidad contemporánea. Un abrazo