La responsabilidad de recuperar la autoridad pedagógica para transformar el mundo

Bastaría con una rápida radiografía a nuestro escenario sociopolítico global para concluir que estamos frente a una crisis de autoridad. La presente crisis no se materializa sencillamente en un incumplimiento de las normas vigentes, sino que, en una confusión elemental, la cual ha conducido a las personas a emplear la palabra “autoridad” como sinónimo de poder, represión o uso de la fuerza.

En un estadio anterior, la autoridad merecía el respeto de los demás individuos ya que constituía la representación de algo mayor, a saber, la tradición o la verdad científica. Hoy día, en la era de la posverdad, la fragmentación y de liderazgos basados en la popularidad, se ha perdido el respeto por la tradición, frente a lo cual cualquier jerarquía se percibe inmediatamente como una imposición arbitraria.

Crisis de autoridad, también en la Universidad

Lo que aquí se señala no es algo nuevo. Ya lo vaticinó Hannah Arendt en su obra “Entre el pasado y el futuro” (1996), en la cual sostuvo que, en la sociedad moderna, la autoridad ya había desaparecido de la vida pública y política. Habiéndose esfumado de tales esferas, Arendt concibió a la educación como el refugio de la autoridad, bajo el entendimiento de que la relación entre el educado y el educador es intrínsecamente asimétrica, puesto que se requiere confiar en una autoridad legítima que le pueda otorgar sentido al mundo.

Menuda sorpresa es constatar que, hoy por hoy, ni el ámbito educativo ha estado ajeno a esta crisis de la autoridad, a nivel escolar y de la educación superior. Es preocupante observar que la autoridad pedagógica se ha erosionado, tomando en consideración que el docente es el pilar clave para la transformación social. La erosión de la autoridad pedagógica se evidencia de múltiples formas, en el desgaste y vulnerabilidad del docente en el aula, la desacreditación de su figura, tensiones en la relación con el alumnado, la desvalorización del aprendizaje y una creciente fuga de profesionales del sistema.

¿Qué entendemos por autoridad?

Ahora bien, ¿qué es la autoridad? En sí, la definición no es jurídica ni política, es de carácter fenomenológico y racional. Retomando a la teórica política, Arendt definió a la autoridad por lo que no es: no es poder, no es violencia y no es persuasión. La autoridad descansa en un reconocimiento indiscutido.

A este respecto, quien manda y quien obedece, aceptan conjuntamente que la jerarquía es justa y legítima porque emana de algo superior a ambos, una tradición, una ley que trasciende o el mundo.

A esto se suma que Arendt acuñó la etimología romana de auctoritas, que viene de augere, a saber: aumentar o acrecentar. En consecuencia, la autoridad no crea algo nuevo de la nada, sino que aumenta y protege lo que ya fue iniciado por sus antepasados.

No obstante, la capacidad de acrecentar acarrea consigo una carga ética que resulta ineludible, la responsabilidad. Quien educa no está simplemente transfiriendo conocimientos sobre una asignatura en particular, sino que, siguiendo lo planteado por Arendt, asume la representación del mundo ante el recién llegado, el alumno. Para Arendt, cada vez que nace un ser humano, nace con él una nueva capacidad de iniciar. Cada “recién llegado” tiene el poder de romper la cadena de los procesos más automáticos, la persona no es un producto de su historia.

El ejercicio de autoridad en relación con el alumno

Cuando ejerce su autoridad efectivamente, el docente le muestra al alumno cómo es el mundo en sus matices, con sus luces y sus sombras. Al ejercer su autoridad, el profesor manifiesta expresamente su responsabilidad de presentarle al alumno el mundo. Sin embargo, cuando esto no sucede y la universidad como institución renuncia a esta asimetría en favor de una horizontalidad mal entendida, abandona al alumno a una suerte de orfandad intelectual.

Sin una autoridad capaz de mediar entre el individuo y la tradición, la natalidad del alumno, o sea, su capacidad de iniciar algo nuevo no es concebible, se vuelve estéril.

Esto porque no tiene un pavimento sobre el cual sostenerse para emprender un salto hacia el futuro. Sólo aquel que ha sido introducido en el mundo por una autoridad, que ama y respeta ese mundo, tiene una base sólida para rebelarse contra ese mundo y transformarlo.

El profesor, un maestro que abre al mundo

Es gracias a la “natalidad” de Arendt que el futuro no está absolutamente determinado, sino que existe la posibilidad real de emprender una acción humana que pueda cambiar el rumbo de las cosas, y es por medio de la educación que se debiera proteger esta capacidad de inicio. No se puede educar únicamente para ajustarse a las cosas como son hoy, sino que la solución es entregar conocimientos sobre el pasado y la tradición, para desde ahí construir algo nuevo.

El profesor tiene autoridad porque aumenta el mundo para el alumno, vinculándolo con una tradición que lo precede.

Su tarea como educador descansa en una mediación entre lo antiguo y lo nuevo, frente a lo cual su profesión le exige un gran respeto hacia el pasado. Cuando el docente renuncia a esta asimetría por temor a parecer impositivo, no le está haciendo un favor al alumno, lo está privando de herramientas, ya que, ¿cómo podría transformar un mundo que no ha llegado a conocer ni mucho menos a heredar?

La autoridad como condición necesaria para transformar el futuro

Habiendo dicho esto, recuperar la autoridad pedagógica no es un anhelo de carácter autoritario, sino que es una condición necesaria para que las próximas generaciones de alumnos cuenten con un suelo firme desde el cual transformar el futuro.

Si se ama al mundo lo suficiente como para asumir la responsabilidad de representarlo ante quienes lo heredarán, se podrá devolver al docente su lugar como pilar indispensable de la transformación social. Y esto no porque tenga el poder de mandar o entregar instrucciones, sino porque encarna una autoridad de quien sabe que, para que algo nuevo pueda nacer, primero debe haber alguien capaz de sostener lo existente.

 

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