¿Responde la universidad actual a su misión formativa?

Sí; necesita mejorar; para nada; no así

Fijémonos en el título de este texto. Si cada vez que alguien se preguntase algo así sonase un silbato, los momentos de silencio llegarían con cuentagotas, al menos en las universidades y sus alrededores. Millones de personas se plantean en un momento dado qué sucede con la formación universitaria de hoy en día, incluso sin nunca haber puesto un pie en la universidad.

. Esa es una respuesta posible. Hay quienes afirman que la universidad ofrece una formación adecuada: quien más, quien menos, sale preparado para desenvolverse en el ámbito profesional de turno.

Necesita mejorar. Esa es otra respuesta aceptable y quizá más popular que la anterior. Son muchos los que consideran que la formación universitaria está algo alejada de la realidad profesional y que, por lo tanto, hay que seguir trabajando para situarla a la misma altura o, por lo menos, acercarla lo máximo posible.

Para nada. Otra respuesta más que no debería extrañarnos. Que la formación universitaria está demasiado lejos de lo que se cuece en el mundo profesional es un mantra que viene repitiéndose desde hace años. ¿Cuál de estas respuestas es la correcta? Seguramente todas. La realidad demuestra que de todo hay en la viña del Señor: jóvenes que salen de la universidad bien preparados, con una formación algo desfasada o totalmente desnortados, como si llegasen de Marte. ¿Y hay alguna que sea incorrecta? Quizá también todas.

No así. Esa es la respuesta que faltaba. La universidad no cumple con su misión formativa calzando a los graduados en las diferentes profesiones. Si fuera así, deberíamos plantearnos si sería mejor ahorrarnos los años de universidad y enviar a nuestros jóvenes a los lugares donde se ejercen las profesiones. Allí conocerían sus intríngulis en vivo y en directo, lo que se cuece, y estarían junto a personas que las ejercen bien y mal, artistas y metepatas, de todo se aprende. La universidad está para formar buscadores de verdades, allí entran los profesionales, claro que sí, pero es mucho más que eso.

Buscadores de verdades

Los universitarios están llamados a ser buscadores de verdades. Ese es el vector que atraviesa la maravillosa y también compleja historia de la Universidad (Rivero, 2021); en eso insisten reconocidos filósofos de la causa universitaria de todos los tiempos (Barnett & Fulford, 2020); y algo así nos dice el sentido común (Esteban Bara, 2019). Cuando un universitario se presenta como un buscador de verdades allí donde esté y allá donde vaya deberíamos felicitar a la universidad por haber respondido a su misión formativa. Cuando no es así, fruncimos el ceño, nos disgustamos y a regañadientes nos preguntamos para qué han servido los años de universidad.

Se podrían decir muchas cosas sobre los buscadores de verdades, a saber: miran las cosas con espíritu crítico; conocen sus propias fortalezas y debilidades, están dispuestos a demostrar lo que saben, contrastar lo que conocen y aprender lo que desconocen; se resguardan en los gigantes de la cultura y la ciencia y no quieren saber nada de los cantamañanas; se afilian a las buenas maneras y huyen de la mala educación; no se miran el ombligo permanentemente ni están encantados de haberse conocido. En fin, digamos que son personas sabedoras de que su misión es humanizar el mundo, liberarlo de la ignorancia, la mentira, la mediocridad y las medias tintas (Oakeshott, 2009). ¿No es algo así lo que esperamos encontrar en médicos, ingenieras, maestros o abogadas? ¿No queremos ver ese modus vivendi en nuestros hospitales, despachos, escuelas y gabinetes o en los universitarios que pasean por la calle?

Sin embargo, y salvo contadas excepciones, la misión de formar buscadores de verdades está en nuestras universidades sin estar. Aparece en discursos inaugurales, actos de graduación y documentos institucionales. Está de aquella manera, las universidades se contentan con mencionarla a bombo y platillo y dejarla por escrito, las palabras se las lleva el viento y el papel lo aguanta todo. No está porque no puede estar. En las propias universidades se han levantado obstáculos que abortan su misión formativa. Aunque sin duda son más, se señalan cuatro que parecen significativos.

Obstáculos para formar buscadores de verdades

El primero: no cultivar el sentimiento de pertenencia a la comunidad de buscadores de verdades. Si hay algo que uno debe experimentar en la universidad es que participa en uno de los mejores proyectos de la humanidad y que ha recibido una de las mejores herencias posibles. La formación universitaria consiste en aprender a formar parte de una maravillosa cadena humana que intenta cambiar el mundo a mejor. En ella están los grandes nombres de la cultura y la ciencia, pero esos son los menos, los más son individuos anónimos que también colaboran en la causa con enormes granitos de arena.

Ahora bien, habría que preguntarse cuántos jóvenes sienten que forman parte de la universidad y cuántos la viven como si de una relación entre proveedores y consumidores se tratara (Molesworth, Scullion & Nixon, 2011); o peor, las veces que la política universitaria fomenta que las cosas sean de este último modo. ¿No es algo así lo que se transmite cuando un día universitario queda en un pase de profesores? ¿Cuándo un plan de estudios consiste en ir acumulando créditos o saltando asignaturas o cuando la tutoría adquiere la forma de una ventanilla de reclamaciones? La universidad responde a su misión formativa cuando el estudiante se familiariza con una voz que le dice una cosa parecida a esta: eres universitario y contamos contigo en el campus y fuera de estos muros.

El segundo: apostar por una formación disgregada y acotada. Un grado universitario es un terreno marcado con balizas. Parece ser que los jóvenes que aterrizan en cada uno de ellos encuentran todo lo que van a necesitar el día de mañana, no hace falta acudir a campos vecinos, mucho menos a los que quedan más alejados. Sin embargo, la universidad no es lugar para hacerse con unas orejeras, mucho menos para seres sedentarios.

Responde a su misión formativa cuando abre la mirada y apuesta por el nomadismo, por un constante viaje con destino hacia todas partes.

Así son los buscadores de verdades, no tienen un lugar estable para vivir, buscan alimentos y morada donde haya algo de cultura. La realidad demuestra que quienes cambian el mundo, profesiones incluidas, suelen ser gentes enamoradas de la variedad y la totalidad del conocimiento. El buen maestro, la buena doctora y el buen economista son auténticos trotamundos, cuando están con alumnos, pacientes y números se sirven de lo que han aprendido de la literatura, la música, la filosofía o la historia.

El tercero: sustituir el estudio por otras cosas. Si alguien lo quiere llamar hincar codos puede hacerlo tranquilamente, estudiar consiste en eso. Los buscadores de verdades son individuos habituados a coger un asunto y tratarlo en profundidad, cuidarlo con esmero y observarlo con detenimiento. A los buscadores de verdades no les gusta picotear en Internet, salir del paso o coger atajos, mucho menos que sean otros los que piensen por ellos. No quieren ahorrar tiempo, sino invertirlo, les da igual si les dicen que están perdiendo horas, saben que quienes afirman eso buscan pan para hoy y hambre para mañana.

Los buscadores de verdades encuentran placer en el esfuerzo independientemente de cuál sea el resultado final, les van los retos de altura, las inclemencias e incomodidades.

Y aunque cueste creerlo, algo así es lo que buscan muchos jóvenes que acceden a la universidad. Quizá por eso se desaniman cuando todo es demasiado asequible y cómodo, cuando se les colma de atenciones, o por qué no decirlo, cuando se les falta el respeto por no confiar en ellos. En algunas de nuestras facultades universitarias sucede algo que debería hacer saltar todas las alarmas. No pocos de sus estudiantes recién graduados se sinceran y declaran haber estudiado poco en la universidad, o peor todavía, menos que en el bachillerato. Y quien dice estudiar, insistimos, dice esforzarse.

El cuarto: marginar asuntos de aparente inutilidad, pero manifiestamente valiosos. Lo primero que se le pregunta hoy en día a la formación universitaria es para qué sirve y qué se saca con ella, y claro, hay que presentar pruebas que demuestren su utilidad, eficacia y eficiencia. No es de extrañar que aquellas universidades cuyos graduados encuentran trabajo más pronto que tarde, saquen pecho ante las demás y el público en general.

Todo eso está muy bien, pero la misión formativa de la universidad también está para asuntos de aparente inutilidad, solo aparente, porque en realidad tienen un valor incalculable (Ordine, 2013). Los buscadores de verdades no suelen preguntarse qué sacaran con la formación universitaria que han recibido, se cuestionan qué hará de ellos dicha formación, qué tipo de profesional y persona podrán llegar a ser y cómo pueden contribuir al bien común. Sí, su preocupación es alcanzar una vida lograda, un cierto estado de plenitud humana o intentar hacer lo correcto, del modo correcto y por razones correctas.

Ahora, difícilmente un joven universitario puede cuestionarse ese tipo de cosas si durante su formación universitaria no se ve envuelto en asuntos que le interpelan en tanto que persona, en conversaciones de esas que marcan, que empiezan y nunca acaban, en seminarios de lectura de textos que remueven, en proyectos de colaboración con la comunidad, en fin, en situaciones universitarias que llaman a la puerta de su carácter y su alma.

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Comentarios
  1. Enrique Díez dice: 01/02/2022 a las 10:04

    Enhorabuena por estas reflexiones para buscar la verdad
    Dices: «La formación universitaria consiste en aprender a formar parte de una maravillosa cadena humana que intenta cambiar el mundo a mejor» y me recuerda una frase que recorre desde hace tiempo mi actividad. «El eslabón no es nada, lo importante es la cadena» que es una inscripción en la entrada de la cueva La Pierre San Martin en el pirineo francés en recuerdo de un espeleólogo fallecido.

  2. Cristóbal dice: 01/02/2022 a las 12:39

    Bien, lo importante es la cadena, por supuesto; pero es difícil que haya cadena si no hay eslabones. Y esos eslabones/buscadores de verdad nos caen por la chimenea, regalados por y desde el cielo? O empezamos a formarlos desde mucho antes? Ayyyy, esa conexión entre niveles educativos…, qué descuidadita la hemos tenido desde siempre¡

  3. Adriana Aída dice: 01/02/2022 a las 16:17

    Excelente y oportuna reflexión. Pertenezco a la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. Una universidad pública, una de las 60 universidades gratuitas y laicas que tiene mi país. Esta pregunta que formula Francisco Bara es reiterada en cuanto discurso de asunción de autoridades tengamos. Recuerdo que , una de mis preocupaciones como Decana de la Facultad de Filosofía y Letras fueron dos : el sentimiento de pertenencia ( conocer la historia de nuestra universidad) y el considerar la gratuidad de una formación académica como si esto último no significara que es la misma sociedad la que con sus impuestos sostiene la enseñanza superior. Gracias por el aporte.

  4. Adriana Aída dice: 01/02/2022 a las 16:19

    Excelente y oportuna reflexión. Pertenezco a la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. Una universidad pública, una de las 60 universidades gratuitas y laicas que tiene mi país. Esta pregunta que formula Francisco Bara es reiterada en cuanto discurso de asunción de autoridades tengamos. Recuerdo que , una de mis preocupaciones como Decana de la Facultad de Filosofía y Letras fueron dos : el sentimiento de pertenencia ( conocer la historia de nuestra universidad) y el considerar la gratuidad de una formación académica como si esto último no significara que es la misma sociedad la que con sus impuestos sostiene la enseñanza superior. Gracias por el aporte.

  5. Francisco Esteban dice: 02/02/2022 a las 09:19

    Muchas gracias por vuestras oportunas reflexiones y comentarios.
    Los agradezco mucho.
    Saludos muy cordiales
    Fco

  6. Lorena dice: 20/02/2022 a las 05:34

    Quién más que el alma libre para enamorarse del espíritu de la universidad, esa que no pasa de moda, como no pasan de moda las obras literarias más antiguas, al fin de cuentas, son eso, obras maestras ¿Será acaso que, debemos volver al pasado en el presente para redescubrir en la belleza oculta del saber la esencia más pura del sentimiento profano por el arte y la cultura? La universidad carnaval, diferente, rica en gozo y placer por aprender y en obras puestas en escena ¿serán estos los eslabones de la cadena?

    Sin embargo, pienso que no es suficiente el pensamiento crítico que aflora como instinto en el aula, se requiere del maestro como practica de vida, ejemplo de fuego y luz que en su alumbramiento de enseñanza- aprendizaje se humaniza y humaniza al profesional que humanizará al mundo. Como lo afirmas Francisco, “los buscadores de verdades no suelen preguntarse qué sacaran con la formación universitaria que han recibido, se cuestionan qué hará de ellos dicha formación, qué tipo de profesional y persona podrán llegar a ser y cómo pueden contribuir al bien común”. Cuando somos universitarios, hasta en lo más insulso de la universidad, buscamos verdades, aunque el trabajo para hallarlas sea infernal.

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