Palabras universitarias
“La vida se afianza en las palabras que la expresan, y viceversa”, sostiene Josep Maria Esquirol en su último libro, La escuela del alma (Acantilado, 2024).
La vida universitaria no es la excepción. Ella también se afianza en las palabras que la expresan. Y viceversa.
¿Qué palabras podemos pronunciar para expresar la vida de la Universidad?
En lo que sigue quisiéramos rastrear algunas de las palabras que históricamente han podido servir de canal de expresión de la vida de la Universidad. Pronunciaremos tres, de cuya filiación intentaremos ofrecer un pequeño esbozo. Luego, haremos el intento de ofrecer una más, como aportación al ejercicio de ampliar nuestra concepción del ser universitario.
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Ayuntamiento
La primera de las palabras que pronunciamos nos alcanza como un legado del rey Alfonso X de Castilla, llamado el Sabio. En la segunda de sus siete Partidas hallamos una referencia explícita a los “estudios”, vocablo de cuyo uso podemos trazar una equivalencia con el que damos a la palabra “universidad”, que dice:
es ayuntamiento de maestros y escolares que es hecho en algún lugar con voluntad y con entendimiento de aprender los saberes…
De esta breve, mas no somera, caracterización podemos aprender mucho. En efecto, ya en el siglo XIII comparece una palabra que expresa la vida universitaria de tal modo que ésta no es, primariamente, la forma en la que se estudia, o el sitio específico en que se localiza, sino una relación: “ayuntamiento”.
Unión sin confusión
Si reparamos en la primera acepción que de esta palabra ofrece la RAE, podemos apreciar que “ayuntamiento” designa la “acción y efecto de ayuntar o ayuntarse”. Aunque el verbo haya caído en desuso, su significado sigue vigente: ayuntar es juntar, unir.
El primer rasgo de lo universitario, entonces, es la juntura, una cierta forma de estar juntos. Ayuntamiento no es acoplo, ni rejunte. Es la forma de unión que brota de una recíproca identificación con el fondo común al que se pertenece. En la juntura del ayuntamiento hay unión sin mezcla ni confusión: la alteridad de los maestros es para los escolares, así como la de éstos para aquéllos, el marco de referencia elemental sobre el que realizar su tarea; la de unos será enseñar y la de otros, aprender.
El ayuntamiento de maestros y escolares expresa la unión que puede llegar a alumbrar una belleza tan antigua y tan nueva, para la que, si hacemos las cosas bien, podemos reservar el nombre de sabiduría.
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Claustro
Nuestra segunda palabra universitaria -aunque proveniente de una institución (mejor dicho: forma de vida) que no es solo anterior a la Universidad, sino su madre nutricia- es claustro.
Todavía puede leerse en correos de convocatoria a reuniones y oírse como denominación genérica del cuerpo de profesores doctores.
Pero el “claustro”, propiamente hablando, es en primer término otra cosa: un espacio. Y no un espacio cualquiera, sino uno bien delimitado: un tipo de patio que en sus cuatro lados tiene una galería porticada con arquerías que descansan en columnas o dobles columnas (Wikipedia dixit).
Es interesante la denominación de “claustro” para ciertas figuras de la vida universitaria porque de esta forma se expresa -y se afianza- el espíritu que originalmente la anima.
El claustro es, ante todo, un lugar de recogimiento. De reflexión. De silencio meditativo. De atención contemplativa.
¿De qué manera resuenan estas palabras en la vida de la Universidad actual?
Podemos señalar también una juntura posible entre el claustro y la escuela, palabra, ésta última, que llega a nuestra lengua procedente del griego skholé.
«Shkolé significa ocio, tiempo liberado de las exigencias del trabajo y la producción. Otium significa reposo y tiempo libre, y se aleja del negotium, es decir, del empleo y del trabajo. La escuela es ocio, porque no es negocio. Aunque seguramente la palabra ocio no es hoy la más adecuada para reivindicar el paréntesis que la escuela ha de ser, conviene conservar su intención. Y la intención es ésta: un tiempo peculiar, un tiempo otro, un tiempo más bien pausado, un tiempo en el que hay tiempo» (Esquirol, 2024: 35).
Del mismo modo que un claustro -edificado en las adyacencias de un monasterio o de una catedral, como las escuelas precursoras de las primeras universidades- permite adentrarse en una vivencia más reposada y profunda del tiempo, acaso la esencia de la vida universitaria consista en ofrecernos una experiencia similar.
El ocio es, según explica Elizabeth Newman en Divina abundancia (Editorial Nuevo Inicio, 2022), la base de la vida académica. “Rectamente entendido”, escribe Newman, “el ocio reconoce y al mismo tiempo encarna el hecho de que la comunión es intrínseca al ser” (19).
Seamos o no conscientes de ello, tal cosa es lo que evocamos cada vez que nos referimos a alguna dimensión de la Universidad con la palabra claustro.
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Campus
De más reciente adopción en nuestro vocabulario referido a la Universidad, la palabra campus es otra de las que puede expresar -y sobre todo afianzar, bien entendida- la vida de aquella.
Resultaría interesante profundizar en el significado del diseño y la edificación de un campus universitario. Es sabido que la configuración del espacio puede alentar la adopción de ciertas formas de vida y de vinculación entre las personas. De ahí que la manera en que se constituya el campus de una universidad no sea un asunto meramente logístico: atañe a la propia concepción sobre la vida universitaria que se propicia al interior del recinto.
No todas las universidades contemporáneas despliegan su actividad, stricto sensu, en un campus. Las hay, sin embargo, que sí lo hacen, y visitarlas es un modo de adentrarse en las infinitas posibilidades que entraña la vida universitaria cuando se cultiva investida de una distinción especial. Aunque, por el contrario, sí proliferen los campus virtuales, éstos son a la genuina entidad de un campus universitario lo que una tenue sombra a la figura de carne y hueso que la proyecta.
La universidad exige una vida
La auténtica vida universitaria reclama un cierto distanciamiento de los lugares -y las lógicas- del mundo, “como si tomar distancia fuera condición de posibilidad de la investigación y de los estudios, de la propuesta transformadora y de la transmisión de lo valioso” (Esquirol, 2024: 27).
La Universidad exige una vida, esto es, una vivencia de su significado en primera persona, como emplazamiento para la búsqueda de la verdad en apertura a la totalidad de lo real. Vivir la universidad equivale, en cierto sentido, a vivir en ella.
«El sentido de la universidad es el de una manera de vivir. La idea de campus universitario se fragua con este propósito. En principio, el campus no es ni la vía ni la plaza pública. Ni se puede entrar en él indiscriminadamente, ni se pueden hacer ciertas cosas. El campus es un lugar extraordinario que no debe ser violado, con similitudes con las antiguas sedes diplomáticas, e incluso con los recintos sagrados. (…) El campus es un instrumento, no un fin; el fin es la manera de vivir» (Esquirol, 2024: 28).
Aquí podemos preguntarnos… ¿Cómo sería nuestra experiencia universitaria -como profesores y estudiantes; maestros y escolares- si nuestro paso por ella implicara realmente una forma de vida?
¿Existe cabida hoy para una Universidad que promueva la forja de “vínculos duraderos insertados en una visión compartida de la vida” (Newman, 2022: 198)?
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Hospital
Así llegamos a la cuarta palabra que quisiéramos pronunciar con especial atención en esta columna.
La alusión a hospital como expresión de la vida universitaria puede resultarnos, a primera vista, extraña. Sin embargo, aquí nos concierne un significado de la palabra que es anterior al que habitualmente se le reconoce.
Las raíces latinas de la palabra “hospital” nos indican su procedencia de la palabra huésped. Así, la hospitalidad es la experiencia vital en la que hunde sus raíces el término: un modo del ser y estar que se declina como acogimiento generoso, como cuidado íntimo. De esta forma, nos indica que su destinatario no es exclusiva ni principalmente la persona enferma, sino toda aquella que lo necesita: extranjeros, viajeros, peregrinos…
El rasgo común a todo huésped es el hecho de encontrarse en camino: su transitoriedad o status viatoris. Josef Pieper se refiere a este rasgo al escribir sobre la virtud de la esperanza, señalando que el hombre es el ser cuyo estado consiste en estar en camino. Pero no hemos de entender esta determinación en un sentido meramente local. Lo que el status viatoris expresa es el “aún no” radicalmente existencial del ser humano.
Nuestra existencia todavía no se ha realizado plenamente; vivir equivale a encontrarse -en el mejor de los casos- encaminado hacia el cumplimiento de la propia vida.
La Universidad, lugar de hospitalidad
La intuición que queremos exponer aquí es, por lo tanto, la siguiente: ¿y si el sentido de la Universidad radicara precisamente en el poder oficiar de hospital para la persona en el itinerario de su vida? ¿Y si el sentido de la vida universitaria fuera entendido, ya no como la instancia de preparación para la obtención de una certificación superior, sino como la preciosa oportunidad de descubrir el ideal de una vida fecunda?
Pensar la Universidad como hospital -o, más aún, la hospitalidad como dimensión esencial de su vida- equivale a proyectar su existencia como ámbito de comunión e intercambio de dones.
Nuevamente, nos adherimos a la intención de Elizabeth Newman, procurando resaltar todos aquellos gestos de hospitalidad que dejan entrever la auténtica riqueza de la cultura académica.
La gratuidad como criterio
El huésped como el universitario puede ser entendido a partir de una duplicidad fundamental: huésped es tanto aquel que acoge como el que es acogido; universitario es tanto aquel que enseña como el que aprende. Así, podemos apreciar que en la vida de la Universidad se expresa un sentido de pertenencia más profundo que aquel que nos viene asignado por nuestra ciencia o disciplina. La alusión a la hospitalidad como savia más honda de la vida universitaria implica la comprensión de nuestro quehacer a la luz de una ontología signada por la gratuidad, el don y la abundancia.
Todo esto nos conduce a revisar -y, por qué no, a renovar- las concepciones del tiempo y del espacio que dominan nuestros afanes universitarios. Y, en última instancia, a vivir de otra manera la tarea de responder a la vocación por la que hemos sido alcanzados.
La relación entre las palabras y la vida trasciende con creces el ejercicio que hemos realizado en estas breves líneas. El abordaje de otras palabras como estudiosidad o síntesis también podría valer para continuarlo.
En cualquier caso, nos mueve la convicción de que la Universidad que no reflexiona sobre su propia identidad acaba por asumir aquella que le viene dictada por las tendencias de la época. Prestar atención a las palabras que expresan la vida de la Universidad puede ser un buen camino para afianzarla, esto es, para vivirla en mayor plenitud.
Ya en el propio nombre “universidad” subsiste una posición contraria a la fragmentación. Estamos llamados a una unidad de vida, a empeñarnos en la consecución de una vida verdadera. Acaso esta sea la auténtica vocación del universitario.


Extraordinario artículo, Martín. La forma en que has tejido el significado etimológico y filosófico de estas cuatro palabras es magistral. Pienso que has puesto «palabras» (literalmente) a intuiciones que guían la visión que tenemos muchos de lo que es la universidad. Ojalá cada uno trabajemos cada día para hacer realidad esas palabras. ¡Gracias, Martín!
Te agradezco mucho tu lectura y las palabras que compartes, Daniel. Gracias de corazón.
Querido Martín, brillante como siempre. El lado «hospitalario» de la Universidad es una faceta que no había considerado nunca; y me parece muy atractivo, sobre todo en cuanto encierra su sentido de gratuidad y donación.
Gracias por escribir tan bien
Muchísimas gracias, querido amigo, por tu lectura y por tu comentario. Ese costado de la Universidad lo aprendo en tu amistad. Un abrazo.