Quién es maestro

Si repasamos los puestos de trabajo que constituyen el cuerpo de una universidad, quizás podamos identificar, esencialmente, tres figuras: la de quien ejerce una responsabilidad de gobierno, en alguno de sus niveles; la de quien se dedica a tareas de gestión administrativa y de servicio general; la de quien se emplea en la función docente e investigadora. Una mención especial cabe para los capellanes universitarios. Su labor no está aislada de la vida ordinaria de la universidad, sino que pertenece a ella en toda regla, como signo de que la institución universitaria originalmente procede del corazón de la Iglesia. Por supuesto, una persona puede verse implicada en más de una figura, pero la distinción nos vale a los efectos de hacernos la siguiente pregunta: en este contexto, ¿dónde están los maestros?

Una hipótesis razonable sería aducir que los maestros forman parte del personal docente e investigador de una universidad. La respuesta es buena, pero insuficiente. Porque la condición del maestro trasciende a la realización de su trabajo: es decir, va más allá del hecho de impartir una asignatura o producir conocimiento. De ahí que para saber dónde están los maestros sea importante preguntarse, primero, quién es maestro.

El propósito de estas líneas no es otro que el de ofrecer -sin ánimos de agotar el asunto- cuatro rasgos de lo que a mi juicio constituye la semblanza de un verdadero maestro universitario. Allá vamos.

  1. Es un estudioso

Un primer rasgo del maestro universitario es que se trata de una persona apasionada por el estudio. Pero ¿cómo? ¿No es esta, acaso, una cualidad esencial de un profesor? En teoría, sí. Sin embargo, la realidad es que nuestro sistema no se sostiene solo por la docencia de profesores universitarios, sino también de profesionales que tienen experiencia práctica en el campo de alguna de las profesiones que se enseñan en la universidad. No está de más enfatizar que es muy bueno que así sea: esto ayuda a que los estudiantes de cursos superiores puedan acercarse al momento de comenzar a ejercer su profesión de la mano de expertos en el desarrollo de las tareas que el trabajo demanda. Pero, obviamente, no ha de ser este el denominador común del claustro.

El maestro universitario no es, estrictamente hablando, un experto, sino un filósofo, es decir, un amante de la sabiduría. Una persona que estudia por vocación, no porque sea útil, sino porque es imprescindible.

Porque hay algo en él que clama por un entendimiento cada vez más profundo de las complejidades de la realidad. De ahí que al maestro se le pueda descubrir casi siempre con algún libro entre las manos, atento a la novedad de una página escrita hace mil años, en el curso de un proyecto de investigación experimental o enfrascado durante horas en el minucioso trabajo de laboratorio. Para un maestro, el recurso más preciado es el tiempo (seguido de la buena conversación que se alimenta de él) y, en ocasiones, también un poco de silencio.

  1. Ama a sus alumnos

El maestro no es egoísta. No se alegra solo con el descubrimiento, sino que goza especialmente de su comunicación. El maestro universitario es investigador y docente: estas dos funciones, bien entendidas, son inescindibles. Investiga para saber y para enriquecer su docencia; enseña para verificar si realmente comprende lo que sabe y para estimular la humanidad de sus alumnos.

El maestro universitario tiene discípulos, pero no como quien tiene un becario o compañeros de trabajo. Son los discípulos los que descubren al maestro. Nadie es, ni debe jactarse de ser, maestro de nadie. Pero resulta que, misteriosamente, en ocasiones sucede que la personalidad del maestro se convierte para quien atiende a sus clases como una provocación espiritual: algo hay en la presencia de ciertos profesores que nos suscita admiración y despierta en nosotros el deseo de seguir caminando a su lado.

Ese algo no es otra cosa que el amor con el que se dedica a su tarea. No hay forma de explicarlo para quien no lo ha percibido. Existen hombres y mujeres que en su manera de enseñar -y de exigir: el maestro es exigente- nos demuestran la verdad que entrañan estas palabras de Benedicto XVI (Caritas in veritate, n. 7): “Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él”. Por eso, el maestro siempre tiene tiempo para sus alumnos. Es alguien que sale con alegría al encuentro y se deja amablemente encontrar.

  1. Es magnánimo

La vida del maestro da testimonio. En él habita una tensión ideal: el camino universitario se abre a aquellos que se atreven a incursionar en lo que hacen con disponibilidad para la entrega. La magnanimidad es la grandeza y la elevación de ánimo: la virtud del que aspira a lo mejor y se empeña por ello, no solo para sí sino para todos aquellos que se le confían. Rasgo saliente de un maestro universitario, la magnanimidad se expresa en una “atenta capacidad de simpatía hacia toda búsqueda humana” (tomo esta expresión de Luigi Giussani). La antítesis de la magnanimidad, es decir, de un ánimo grande, orientado hacia lo alto, es la mediocridad y la resignación.

El maestro no reniega de sus circunstancias, sino que advierte en todas ellas una invitación a educar, que es ayudar a crecer.

Podemos decir, con Alejandro Llano, que la magnanimidad del maestro “rompe la sensatez de los calculadores. «Con estos bueyes hay que arar», dice el hombre práctico. Y no está mal, pero se queda muy corto. Más lejos llega el poeta cuando canta: «Si quieres que el surco te salga derecho, ata tu arado a una estrella»” (La vida lograda, Ariel, Barcelona, 2017, p. 184). El maestro se parece más al poeta que al hombre práctico. El maestro universitario es, parafraseando a Higinio Marín, como el tullido de las primeras sociedades humanas: el “inútil” que atestigua la importancia de custodiar algo más valioso que cualquier otra cosa. Así también expresa la grandeza de su ánimo.

  1. Tiene sentido del humor

Chesterton decía que los ángeles vuelan porque se toman a sí mismos a la ligera. Algo parecido cabría decir de un verdadero maestro universitario: más allá de sus títulos y honores comprende alegremente que su magisterio es un ministerio.

La grandeza del maestro es su capacidad de hacerse pequeño, de restarse importancia, de orientar la mirada de sus alumnos no hacia sí mismo sino hacia la realidad. El maestro oficia una diaconía de la verdad.

El sentido del humor es una gracia: un rasgo de la inteligencia que sale al encuentro de nuestra vanidad, erosionándola. La compañía del maestro es agradable, propicia la creación de nuevas amistades, reúne en torno a sí a personas que quieren aprender. Practica la hospitalidad que hace posible el buen humor.

El maestro es humilde porque no deja nunca de reconocerse indigente ante la magnitud de la tarea que se le ha encomendado. Pero este reconocimiento no agria su espíritu, más bien lo dispone para la captación adecuada del sentido que tiene su labor: su autoridad no le pertenece, le es conferida, y se ejerce para el bien cuando adopta la paciencia del servicio. En la estela de Santo Tomás Moro, un maestro universitario sabe íntimamente que la sabiduría también consiste en poder reírse de uno mismo, en apreciar con sencillez el carácter asombroso que reviste todas las cosas. El semblante del maestro anuncia la plena vigencia del gaudeamus igitur.

¿Se puede vivir así?

Estudiosidad, caridad, magnanimidad y sentido del humor… No es poco, y si se presta atención se verá que hubo a lo largo de la historia personas que supieron vivir así. Es más: las hay todavía hoy, somos sus contemporáneos. La universidad puede ser el sitio privilegiado donde encontrarse con ellas.

En rigor, la experiencia universitaria solo alcanza su verdadero esplendor a partir del encuentro con un maestro. Tal era la pretensión que movía radicalmente el ánimo de los primeros universitarios: hacerse presentes allí donde los maestros enseñaban, seguir sus huellas, asistir a sus lecciones, meditar sus comentarios, celebrar con ellos la maravillosa posibilidad del conocimiento. Ubi scholastici ibi Universitas.

Por lo tanto, si tenemos la ocasión de reconocer a un maestro, hagamos todo lo posible por acercarnos y caminar a su lado. Acaso este feliz hallazgo pueda cambiarnos la vida, aumentando nuestra capacidad de gustar del sabor de las cosas bellas, buenas y verdaderas. Es el encuentro con un maestro lo que siembra y cultiva en nosotros el deseo de vivir en plenitud la vocación del universitario.

 

Comentarios
  1. Antoni Elias Fusté dice: 21/04/2026 a las 11:21

    Excelente artículo, enhorabuena Martín !

  2. Martín Tami dice: 21/04/2026 a las 11:26

    Gracias por tu amable lectura, Antoni.

  3. Ada Cantarero dice: 21/04/2026 a las 17:06

    Gracias Martín, por un exquisito escrito sobre lo que bede ser un verdadedro maestro-a universitario.

  4. Martín Tami dice: 21/04/2026 a las 21:05

    Muchas gracias, Ada. De corazón.

  5. Eduardo Dalmasso dice: 25/04/2026 a las 19:58

    Me encantó, con sencillez y finura en la sintaxis, el autor evoca las condiciones fundamentales de «un buen maestro»: auto exigencia/ exigencia/comprensión o amor por sus alumnos/y sobre todo mucha generosidad. Un placer Martín Tami, leerlo. Gracias

  6. Martín Tami dice: 26/04/2026 a las 20:48

    Gracias por tu lectura y por tus amables palabras, Eduardo.

  7. Eugenia dice: 27/04/2026 a las 11:30

    Existen hoy en la Universidad esos maestros? Si los encontré en épocas pasadas y eran reconocidos por muchos de nosotros. Dejan los tiempos universitarios de hoy *ser maestro»? Gracias por el artículo

  8. Martín Tami dice: 27/04/2026 a las 11:35

    Eugenia, muchas gracias por tu lectura y tu comentario. Yo creo que sí: que la vocación del maestro, si es genuina, no se deja constreñir por las circunstancias (que son las que son, a veces mejores, a veces peores; nunca ideales). Como diría san Agustín, «nos sumus tempora». Un abrazo.

  9. Juan Carlos García de Vicente dice: 05/05/2026 a las 17:31

    Qué alegría poder encontrar maestros así, poder llegar a ser maestros así. Me parece imposible que los indicadores y métricas que ahora se usan alienten ser personas así.

  10. Martín Tami dice: 05/05/2026 a las 18:55

    Hola, Juan Carlos. Muchas gracias por tu lectura y comentario, que me ayuda a pensar.
    Está claro que las cosas importantes de la vida no se dejan capturar por indicadores de eficiencia y métricas de impacto… Creo que uno de nuestros desafíos es aprender a discernir lo urgente de lo importante, y cultivar con empeño lo segundo. Aunque eso implique caminar más despacio y no llegar a todas partes.
    Un saludo.


¿Y tú qué opinas?