Un cambio de paradigma en el currículo: Charles Fadel

En Educación en Cuatro Dimensiones, Charles Fadel deja claro por qué es considerado un referente indiscutible en torno a la educación del siglo veintiuno. En la publicación del año 2015, el fundador y presidente del Centro para el Rediseño Curricular (CCR) de Estados Unidos, comparte una reflexión muy acabada y relativa a los desafíos de la educación de nuestro siglo.

En las páginas de esta obra, el autor ofrece un marco conceptual aplicable y flexible que presuntamente permitiría a niños, niñas y adolescentes, desarrollar y explotar a su máximo potencial las competencias que los nuevos contextos y escenarios mundiales exigen.

El reinado de la incertidumbre

No es ningún tipo de novedad que nuestro mundo, en sus múltiples aspectos, está en constante evolución y a un ritmo exacerbado. En palabras de Fadel, “el mundo está cambiando a un ritmo más veloz” y esto no deja indiferente al ámbito de la educación. Es más, los cambios que están sucediendo a un ritmo exponencial son la causa directa de desaparición del mundo para el cual nuestra educación inicialmente fue diseñada, propiciando la brutal obsolescencia de nuestro sistema educativo.

La reflexión que de esto emerge interpela no sólo a las y los educadores, sino también a todos aquellos que toman las decisiones. Si previamente educar consistía principalmente en enseñar algo a alguien, hoy en día educar se trata de entregar a la persona las herramientas necesarias para surfear las olas de un mundo cada vez más incierto.

Esta cuestión ha encendido las alarmas en la comunidad educativa y en la esfera política y lo hace con justa razón. El currículo, en líneas generales no ha sido capaz de flexibilizarse y adaptarse para así poder enfrentar las nuevas exigencias. Consecuentemente, ha impedido que las y los jóvenes adquieran las competencias necesarias para responder eficazmente a los nuevos retos y estar a la altura de las demandas actuales del mercado laboral.

A la luz de esta problemática, el autor propone como solución no sólo el mero rediseño del currículo, sino que también la capacitación del alumnado para ser personas versátiles y, sobre todo, con una gran capacidad de adaptación.

Las cuatro dimensiones de Fadel

La propuesta de Fadel no es azarosa, sino que surge a raíz de que la tónica actual es la incertidumbre y nos hallamos frente a “un mundo cada vez más incierto, volátil y ambiguo”, cuyas tendencias son cada vez más difíciles de predecir. Hoy carece de sentido que nuestra guía sea una pauta de antaño, dado que nuestros problemas son nuevos, son desconocidos y demandan nuevas formas.

Por esto, hoy en día, la educación ya no consiste meramente en la generación y posterior transferencia de conocimiento, sino en “la extrapolación y aplicación de dicho conocimiento a situaciones nuevas”, dimensión en la cual aptitudes como la capacidad de resolución de problemas y la creatividad juegan un rol preponderante. Ya pasó de moda evaluar la memorización de conceptos y términos para repetirlos en bucle sin internalizarlos plenamente.

Es más, en el núcleo de la lectura se sugiere que el alumnado debería poner en práctica el conocimiento adquirido en las aulas a través del uso de sus habilidades. El autor señala que se debería profundizar el aprendizaje en cuatro dimensiones específicas, he ahí su título: (1) el conocimiento, (2) las habilidades, (3) las actitudes y (4) el meta aprendizaje o aprender a aprender.

Es decir, (1) el contenido que el alumnado conoce, entiende y además maneja, (2) cómo hacen uso del conocimiento adquirido en el aula, (3) cómo se involucran y despliegan en su entorno y (4) cómo, a través del aprendizaje, desarrollan su instinto o capacidad de adaptación para propiciar su crecimiento personal y alcanzar sus metas.

Las cuatro dimensiones en profundidad

Indaguemos en las reflexiones de Fadel en torno a las cuatro dimensiones señaladas. Respecto a la dimensión del conocimiento, el autor reconoce que el volumen de información hoy disponible es mayor y es fácil acceder a ella. Por ende, la preocupación no reside en su disponibilidad ni acceso, sino en contar con las destrezas para navegar en este exceso de información.

Para el autor, el sistema educativo ha cometido el error de “privilegiar la cantidad de conocimiento evaluable sobre la profundidad de su comprensión y la habilidad de utilizar el conocimiento mediante competencias” .

Por consecuente, ha sobrecargado los currículos. Sin embargo e irónicamente, no ha hecho posible la inclusión de nuevos tópicos dentro de las disciplinas.

En segundo lugar: las habilidades. Bien entendidas, las habilidades nos permiten hacer uso efectivo de aquello que sabemos y Fadel advierte que las habilidades estrella para este siglo son cuatro: (1) la creatividad, (2) el pensamiento crítico, (3) la comunicación y (4) la colaboración.

El valor de las habilidades recién mencionadas yace en que permiten al alumnado alcanzar un entendimiento profundo del contenido, además de facilitar la aplicación de lo aprendido en otros contextos, usualmente novedosos.

A propósito de las actitudes, el cómo nos involucramos en el mundo, las y los expertos están de acuerdo en que “cultivar el crecimiento personal y el compromiso con las responsabilidades sociales y comunitarias” (p. 123) del alumnado es un desafío urgente de nuestro siglo.

Incluso los reclutadores y empleadores coinciden en que, sólo por medio de un sentido de responsabilidad personal y ética sólido, las y los jóvenes de hoy, serán capaces de tomar decisiones informadas y sabias en el futuro.

Empero, es posible aprender y desarrollar las actitudes, razón por la cual deberían formar parte de los objetivos educativos. Así, mediante la práctica, el autor subraya que las actitudes que deberían ser afinadas son: (1) la conciencia plena o mindfulness, (2) la curiosidad, (3) el coraje, (4) la resiliencia, (5) la ética y (6) el liderazgo.

Si bien el mindfulness ha estado en boga, lo cual lo ha puesto en tela de juicio respecto a su utilidad, la relevancia de su práctica radica en que facilita a la persona aprender a cómo estar presente en el momento y sin emitir un juicio, simplemente estar.

Por su parte, Fadel entiende la curiosidad no sólo como un rasgo de la personalidad o un estado, sino también como un impulso que es interno y que a la vez también emerge como una respuesta a un estímulo externo, con el propósito de reducir el desagrado producto de lo incierto. Y tal como avalan los últimos estudios en neurología, mientras mayor es la curiosidad en relación a un pedazo de información, más probable es que la persona lo recuerde luego.

En tercer lugar, la valentía o el coraje, y pese a la creencia popular, puede fácilmente ser desarrollado a través de experiencias de aprendizaje, que obviamente deben ser apropiadas. Se releva la valentía puesto que permite que brote de la persona una apertura a la novedad, a la vez que le permite adquirir estrategias para actuar en situaciones en las cuales se siente vulnerable. Es decir, la valentía impide quedarse paralizado ante lo desconocido.

En esta misma línea, la resiliencia, es la facultad que facilita que la persona se adapte de forma positiva en un contexto de adversidad. En este sentido, propicia que la persona desarrolle un sentido de perseverancia en alcanzar objetivos a largo plazo.

A la vez, Fadel opta por poner énfasis en la ética, puesto que es bien sabido que cualquier entorno que promueve el desarrollo moral de las personas, fomenta la creación de oportunidades para una toma de decisión que es compartida y, lo que es aún más importante, la asunción de responsabilidades por las consecuencias de las acciones propias.

Por último, la visión que Fadel adopta en torno al liderazgo es peculiar, pero ad hoc a los tiempos actuales en los cuales el concepto de comunidad ha adquirido gran preponderancia. La acepción de liderazgo del autor entiende esta actitud como un proceso, tanto relacional como ético, en el cual los individuos intentan lograr un cambio positivo de manera colaborativa.

El caso del currículo universitario

Para abrir un diálogo en torno a un cambio curricular en la Educación Superior, es imperante primero tomar en consideración los siguientes antecedentes. En primer lugar, en cuanto se amplió y creció el número de matrículas en la Educación Superior, se produjo una gran diversificación de los perfiles de las y los estudiantes de las casas de estudios. Lamentablemente, la evidencia nos señala que el sistema no supo cómo dar respuesta a esta situación de la forma más pertinente.

En segundo lugar, el currículo universitario responde directamente a factores sociales, políticos y económicos que lo supeditan. Responde a la situación de cada país y a la coyuntura y peticiones nacionales. Esto también es porque la propuesta aludida se desarrolla bajo condiciones sociales específicas, lo cual a su vez restringe su extrapolación a otros contextos.

En el ámbito de la Educación Superior, se hace latente la diferencia entre el currículo escrito y el currículo vivido.

A saber, y de forma práctica, el currículo escrito es el documento que se entrega en una facultad en específico como su plan de estudios. En este se puede hallar no sólo la duración de la carrera, sus asignaturas y contenidos mínimos, sino también el perfil esperado del graduado y cómo se espera que la persona distribuya y asigne su tiempo para cumplir con los requisitos de promoción.

Sin embargo, es sabido que, lo que se señala en el Plan de Estudios o Programa, usualmente no se suele cumplir como tal, sino que en la realidad se lleva a cabo un currículo que es distinto del formal, y aquello es el currículo vivido.

Entonces, ¿Cómo podemos introducir cambios al currículo en Educación Superior? Una gran opción es comenzar por la caracterización de la persona egresada. Esta caracterización exige una decisión consensuada de los distintos actores involucrados respecto a su rol en la formación de aquel profesional, y sobre cómo los contenidos de su cátedra contribuyen a la creación de este personaje.

En este sentido, si bien la finalidad de una casa de estudios universitaria es mediar en la formación de un profesional de excelencia, también debe velar porque este individuo se vuelva un agente capaz de impulsar el desarrollo de su localidad, y que su participación en las comunidades propicie la transformación social.

El currículo debiera estar constantemente persiguiendo formar o generar los recursos humanos profesionales que el país necesita para su propio desarrollo.

Entonces, retomando lo señalado en los párrafos anteriores sobre el contexto actual, se sustenta la noción de que las exigencias, que enfrenta la universidad como una institución de Educación Superior, son nuevas.

En la misma sintonía, la universidad del siglo veintiuno, debería formar a personas que sean capaces no sólo de desempeñar sus labores con gran independencia, sino también con inmensa flexibilidad y en distintos contextos, pudiendo gestionar de forma autónoma el conocimiento necesario para el ejercicio de sus labores. Además de incorporar de forma transversal una ética a su quehacer, que se traduzca en un gran compromiso social.

Ahora, si bien estamos de acuerdo en la necesidad que existe de repensar el currículo y mostrar disposición a su transformación, entendiendo que las realidades de la coyuntura social están en constante fluctuación, poco se ha hecho al respecto.

En el caso de la Educación Superior, sólo se pueden señalar decisiones tomadas en relación a la extensión y/o profundidad de los contenidos en función de la disciplina. Esto se ha traducido simplemente en sumar contenidos o textos a la bibliografía, sin que exista una verdadera reflexión sobre su real pertinencia o necesidad. Es decir, sólo ha servido de maquillaje a un problema que es estructural.

Seleccionar y elegir el contenido a exponer y enseñar se ve fuertemente condicionado por cómo se comprenda el “saber” o por cómo se entienda el conocimiento, lo cual depende del momento. Razón más que suficiente para dictar que un currículo universitario debiera ser flexible, teniendo presente lo cambiante que es el contexto, lo cual le permitiría responder rápidamente a las demandas de formación.

Aprender en el contexto y para el futuro

En síntesis, la propuesta de Fadel exige repensar la educación, pero desde sus contenidos. Así, el autor sugiere transitar de un currículo basado únicamente en los contenidos, a uno que incluya también las habilidades, actitudes y el meta aprendizaje.

Ahora, ¿por qué? Porque la única forma de preparar al alumnado para un mundo que está en constante cambio es enseñarles a ser versátiles y autosuficientes. Para esto, necesitan no sólo adquirir nuevos conocimientos, sino que también saber cómo usar este conocimiento fuera del aula, en situaciones nuevas, y a vincular esta información con el mundo exterior.

Por ende, la invitación es a reflexionar sobre la forma en la cual estamos aprendiendo, y a construir un marco que permita priorizar las competencias educativas, a propósito de la necesidad de reconstruir el plan de estudios en función de las necesidades modernas.

 
Comentarios
  1. Joan Prat Corominas dice: 23/12/2022 a las 11:59

    Resulta muy facil encontrarse con textos que expresan «verdades como puños» y apoyarlos incondicionalmente. En este caso, me honro en calificar un texto que en mi opinion describe el nucleo del problema en toda su extension y realismo, ademas con una encomiable austeridad literaria. Creo sin dudas que es la mejor base para el inicio de cualquier reflexion estratégica conducente a una revision curricular efectiva para cualquier centro universitario, asi como para las orientaciones de politica universitaria y de evaluación de la calidad eficaces para la mejora de los resultados del sistema.

  2. Efrén Barrera Restrepo dice: 28/12/2022 a las 06:00

    Exposición clara y precisa, que invita a romper esos currículos cristalizados, que siguen apareciendo en la educación superior, fruto de la inercia profesoral, que lleva a cambios o modificaciones librescas e incrementales de bibliografías y avisos de contenidos, como bien se dice se maquilla el currículo, alejado del mundo real. Gracias por la ilustración.


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