Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

Monjes copistas

El sabio refranero español dice: “Quien quiera saber, que vaya a Salamanca”. Ocho siglos han pasado y generación tras generación así lo seguimos diciendo.

Imaginemos que hubiéramos nacido en cualquiera de los siglos anteriores al nuestro, y que quisiéramos aprender sobre un tema cualquiera. Podría ser sobre las especies de árboles, o el Sistema Solar, o la historia antigua de Europa. ¿Qué opciones tendríamos? Quizá consultar algún libro o ir a una biblioteca si estuviera a nuestro alcance. ¿Y si quisiéramos profundizar más? Casi la única posibilidad sería ir a una Universidad, donde seguramente encontraríamos a un experto en la materia. Si tuviéramos la suerte de convertirnos en alumnos suyos, podríamos escuchar sus disertaciones y tomar valiosas notas con nuestro papel y pluma, reuniendo contenidos que podrían ser muy difíciles de encontrar en otro sitio.

Cuánto ha cambiado el mundo desde entonces, y qué poco las clases universitarias. Estas siguen consistiendo, mayormente, en que un profesor dicta apuntes, o los escribe en la pizarra, y los alumnos toman notas. Hay otras modalidades que parecen más modernas, como por ejemplo, proyectar el texto mediante diapositivas en una pantalla; pero esto suele servir simplemente para poder condensar más contenido en menos tiempo y no supone en realidad un cambio de metodología.

La mayor parte del tiempo que la Universidad dedica a las clases, se emplea en hacer que la información “cambie de soporte”. Es decir, que pase de los apuntes del profesor (o de su libro, de sus diapositivas, o de su propia memoria) a los apuntes de los alumnos. Multiplicar la información, que supuestamente solo estaba en un sitio –en la mente del profesor– para que se reproduzca en múltiples copias, que se guardarán en la carpeta y mochila de cada estudiante, con el fin de que cada uno de ellos lo pueda después memorizar. En este cambio de soporte se emplean horas y horas de actividad docente, haciendo que las aulas universitarias se parezcan al scriptorium de los monasterios medievales, donde los monjes copistas reproducían la información por el único medio disponible entonces: la escritura manual.

Huelga decir que en nuestra época no es esta la mejor manera de optimizar la transmisión del conocimiento. Ese valioso tiempo que se usa para copiar contenidos (los cuales muchas veces van de la pizarra a la mano sin pasar por la cabeza) podría liberarse para destinarlo a asimilar los conceptos y aprender a utilizarlos.

Pero hay en las aulas universitarias una tremenda inercia, una inercia de siglos, que pesa toneladas, y que en pocos casos se logra vencer.

Muchas veces el profesor da la clase tal como se la dieron a él o ella, y así día tras día, curso tras curso, generación tras generación. Y también el alumno se sienta en el pupitre con la misma actitud que sus padres o abuelos puesto que no conoce otra cosa.

La Universidad se debería desanclar de ese tiempo en que la información era patrimonio exclusivo de una persona. Sin embargo, el profesorado, bajo el peso de la tradición, puede tener a veces una cierta sensación de “estar de más” si el alumnado recibe los contenidos por otra vía.

Pero no debería ser así. El hecho de que el alumno reciba material impreso o electrónico (ya sea proporcionado por el propio profesor o procedente de otras fuentes) no resta para nada su función al docente, sino todo lo contrario.

Porque, lo que sí es privilegio del profesor y no es sustituible por un papel es la interacción directa con el alumno. Atender dudas, ayudar a resolver problemas, proponer ejercicios acordes con las dificultades que puedan ir surgiendo… Para esto sí hay que saber, y para esto sí hay que ser buen docente. Es incluso más difícil que impartir una clase magistral, porque uno ha de estar preparado para todas las eventualidades: incluyendo el que el estudiante nos pregunte algo que ni siquiera nos habíamos planteado.

Tampoco sería efectivo, por otra parte, caer en la simple acumulación de material: sería muy fácil proporcionar al alumno abundante información en cualquier formato para que “se lo estudie”. De poco serviría que el alumnado tuviese todo el material si no se trabajase en clase sobre ello.

La evolución en este sentido parece inevitable, y sin duda, en algunos casos particulares se está dando. Sin embargo, a menudo seguimos encontrando excusas para no cambiar:

– “Es que tienen que aprender a tomar apuntes. Y tomar apuntes también es una manera de aprender”.

Puede ser cierto, y probablemente será bueno hacerlo de vez en cuando, pero ¿debería ser esa la principal, o casi la única, actividad de los estudiantes en clase?

– “Es que si les doy los apuntes fotocopiados, no vienen a clase”.

Esto sí que es importante. Si un profesor proporciona los apuntes en cualquier formato impreso o electrónico, y por esa razón los alumnos dejan de asistir a sus clases… ¿no significaría que sus clases tienen poco que aportar? Por mi parte, como docente, si un día un papel escrito me puede sustituir, me retiraré de la profesión.

Es, por tanto, un reto fundamental para el docente el que sus clases sirvan para algo más que para obtener el material. ¿Y qué se puede hacer en una clase, si no es tomar apuntes? Pues innumerables cosas: elaborar la información, analizarla, aprender a aplicarla, discernir lo importante, resolver casos o problemas, debatir, reflexionar, plantear preguntas, comentar sobre el uso que el futuro graduado podrá dar a estos conocimientos, y un largo etcétera. Estos son aspectos que el alumno no puede llevar a cabo por sí solo, pero sí con la guía del profesor. Y este es sin duda el papel del docente del siglo XXI: The guide on the side, and not the sage on the stage (el guía al lado, y no el sabio en el estrado).

También es un reto para el estudiante que, acostumbrado al aprendizaje pasivo, tendría que pasar a la acción e involucrarse en su propia formación: incluyendo, por ejemplo, la participación activa en las clases, o la lectura/visionado de los materiales de manera previa a estas. Ello requiere un esfuerzo intelectual bastante mayor que la simple actividad de copia y posterior memorización.

Esto se hace en otros países (ver aquí) y es factible. Ahora bien, el estudiante no puede hacerlo si el docente no lo propone. Y el docente por sí solo, mal podrá hacerlo si no recibe apoyo del sistema. El cambio de paradigma supone una importante cantidad de trabajo añadido para el profesorado, en forma de elaboración de material didáctico adecuado, actualización de conocimientos, y preparación de una clase mucho más dinámica y compleja. Y para esto se requiere tiempo y recursos, además de un entorno universitario que apueste decididamente por la calidad docente: proporcionando formación al profesorado, evaluando y apreciando los méritos docentes, y premiando los esfuerzos en este sentido. Se puede ver al respecto lo que apuntaba en un artículo anterior (ver aquí).

Añadamos por último que, en un mundo global en el que la información está por todas partes, es papel fundamental de la Universidad guiar al estudiante para que sepa seleccionar con criterio dicha información, interpretarla, y utilizarla de un modo que tenga sentido en el campo que le corresponda. Al fin y al cabo, formarse –por ejemplo– como biólogo, ingeniero o historiador no consiste solo en acumular conocimientos sobre esta materia, sino en aprender a pensar como un biólogo, pensar como un ingeniero, pensar como un historiador. Y esto sí que se aprende del profesor que se esfuerza para transmitirlo, enseñando en sus clases a pensar. Mucho más allá del folio escrito.

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Comentarios
  1. Antonio Ruiz de Elvira dice: 13/12/2017 a las 11:23

    Un artículko encantador…. de serpientes. Esta profesora ¿Como da ella las clases? Mi caso: Alumnos de primer curso de Arquitectura, de tercero de Ingenieria Industrial. Asignatura:Fisica. Examenes: Solo resolver problemas -que no se han hecho en clase-. Los ”Apuntes” de clase estan en la red, y los alumnos tienen libros de sobra para consultar, para estudiar. Pero no lo hacen. Hay otras cosas mas entretenidas en el mundo que sentarse todos los dias 4 horas despues (o antes) de las clases a estudiar. El pasar los apuntes de clase a limpio ayuda a recorda lo que se dijo en clase, lo que NO esta en los Apuntes en la Red, lo que no esta en los libros. Y adicionalmente los estudiantes tienen que resolver al menos un par de problemas, -que no se han hecho en clase- diariamente. Se trata de forzar a los alumnos a trabajar, algo que yo, como profesor, dudo que hagan sin estimulo. Y lo dudo porque mi experiencia es que alumnos que un año no han ido por clase, no han hecho tutorias sacan un 2/10. Al año siguiente los veo todos los dias en clase, presentan todas las semanas trabajos hechos en casa, acuden a las tutorias, y san entre 8 y 10. La pedagogia, lamentablemente, no es capaz de substituir a los ”codos”.

  2. Antonio Ruiz de Elvira dice: 13/12/2017 a las 20:16

    Acabo de salir de varias horas de clase: He intentado de cualquier manera que los alumnos”participen”, salgan a la pizarra a hacer problemas, debatan sobre si esta bien o mal la solucion que les he propuesto: Resultado nulo.

    Ante esto, ?Que hacer? Me gustaria que la autora del Post no solo nos dijese lo mal que lo hacemos, sino que indicase como puede conseguirse que los alumnos ”participen”.

  3. Juanjo dice: 13/12/2017 a las 21:30

    A mi juicio, uno de los problemas es en el valor que se da a la educación superior, y su instrumentalización para obtener un título. Si bien hay quien quiere aprender, lo que prima en muchos casos es hacer lo que permita ante todo tener el cartón. Lo cual desmerita diferentes estrategias y produce inciertos resultados, desmotivando la alegría de enseñar por garantizar que se cumplen procesos.

  4. Tati dice: 13/12/2017 a las 23:29

    Yo llevo varios años haciendo docencia basada en problemas. Se trata de preparar problemas escalonados y adecuados para que ellos vayan aprendiendo de sus propias dudas. Así los alumnos trabajan y se motivan mucho más, y diría que el profesor también. Los que protestan es porque no lo han probado.

  5. Neila Campos dice: 14/12/2017 a las 09:51
  6. Rafael dice: 15/12/2017 a las 10:10

    Lo que es en Derecho, lo que hay que aprender es, primero, a leer mucho y, luego, a escribir algo y hablar algo. Para ello se requieren modelos discursivos: la clase magistral (que no es dictar apuntes) es un modelo argumentativo necesario en el aprendizaje. En clase se aprende escuchando y en casa se aprende leyendo; y después de “comprender”, se puede comenzar a escribir y hablar. Está muy bien el método de casos; pero lo que no se dice es que, al menos en Derecho, ese método lo aplican a alumnos experimentados y maduros que ya son graduados de otras carreras y aún así no el primer año. Por tanto, hay áreas en las que las clases magistrales son necesarias para comprender conceptos y catalogaciones, y escribir notas y esquemas en clase es la mejor técnica de comprensión. En definitiva, se trata de adquirir rutinas de trabajo que sean fructíferas (comprensión y razonamiento propio); y para ello la base es, en el inicio, la clase magistral (repito, que no es dar apuntes).

  7. Neila Campos dice: 15/12/2017 a las 12:00

    Gracias por vuestros comentarios, es un tema que suscita debate, y me alegro de que así sea.

    En particular, Rafael, es cierto que unas materias son distintas que otras.
    La mía, que son las Matemáticas, se presta quizá a una enseñanza más activa por medio de la resolución de problemas. En Derecho, puede que resolver casos sea para alumnos más avanzados, pero seguramente hay preguntas, cuestiones, propuestas que se pueden plantear y que ellos pueden resolver pensando, preguntando y consultando material. La cosa es que lo resuelvan trabajando ellos, ya sea individualmente o en grupo.

    Eso lleva un trabajo de preparación por nuestra parte, diseñando los problemas o cuestiones de manera escalonada como dice en su comentario Tati, de manera que esos problemas les lleven a consultar el material / hacer preguntas al profesor / apoyarse en los problemas anteriores, y que su resolución les “conduzca” a los razonamientos y conclusiones que nosotros queremos.

    Lo explica mucho mejor que yo Xavier Giménez en los enlaces que he puesto en el comentario anterior.

    En fin, cada uno, en su materia, tendrá que encontrar el camino más adecuado. Yo también sigo buscando y mejorando el mío. Pero algo está claro… si queremos distintos resultados, no podemos seguir haciendo lo mismo ;-)

  8. Rafael dice: 15/12/2017 a las 13:39

    Se mo olvidaba: otro problema es que los matriculados/alumnos (no estudiantes) quieran trabajar y trabajen en casa. Por las razones que sea, es casi imposible que vengan a clase con el material leído (acaso estudiado) y con planteamientos críticos (o de dudas). El precio de las matrículas, el tamaño de las clasas, la nota de acceso y el derecho a no asistir a clase igual tienen algo que ver. Cambiar esa cultura es muy complicado, pero algo habrá que hacer.

  9. José Vidal dice: 16/12/2017 a las 21:37

    La verdad es que el artículo impresiona; no se como es la institución de la autora, pero en los departamentos que conozco, los alumnos reciben copia de los ficheros pdf de transparencias, notas y apuntes, por adelantado. Tambien se usan simuladores, chats, baterías de exámenes, muchos profesores graban en vídeo sus classes magistrales, existen APs y versiones para móviles…en fin, se vive en el siglo XXI. El artículo estremece, muestra la enorme variedad de universidades que conviven en España.

  10. Neila Campos dice: 17/12/2017 a las 14:19

    Sí, José Vidal, por supuesto que en mi Universidad también la mayoría de los profesores -aunque quizá no todos, aún- dan el material por adelantado a través del Campus Virtual. Eso es necesario, pero no suficiente. Porque como apuntamos en el artículo, no solo se trata de dar material, sino de cambiar la forma de utilizarlo. A veces (a veces) las clases se limitan a “leer” el material. Otras veces se produce una duplicidad: los alumnos ya tienen el material, pero el profesor sigue dando clases magistrales donde también se toman apuntes, y así, el alumno tiene “más” apuntes: los de clase manuscritos, y los del Campus Virtual.

    Pero a mi entender, sería bueno dedicar el tiempo de clase a que sean los alumnos los que trabajen. Es decir, que diseñemos una dinámica de clase en la que los docentes nos bajemos de la tarima y los estudiantes trabajen activamente. Yo desde luego me encuentro más a gusto paseando por entre las mesas para ayudar, que hablando en la pizarra, y según mi experiencia, es casi lo único que hace que los estudiantes participen. Y por cierto que esto, como decía Antonio, no sustituye al estudio fuera de clase, pero lo complementa muy bien y les pone en la pista para saber estudiar.

  11. José Vidal dice: 17/12/2017 a las 16:12

    Vale, es tranquilizador que el dictado sea una anomalía, mas que una norma. Sobre la participación activa del alumno, la clave estriba en reducir el tiempo dedicado a clases magistrales, y aumentar el que se dedica a practicas, exposiciones, ejercicios participativos y laboratorios. En esencia, este enfoque se ha impulsado desde la transformación de Bolonia, y creo que casi todas las instituciones lo han seguido. En mi experiencia, esto es lo habitual, y la excepción descrita en el artículo es bastante residual. Aunque tal vez puede variar entre disciplinas…

  12. Jose Vidal dice: 17/12/2017 a las 16:21

    Un aspecto clave para que la formación participativa, y el flipping the clasroom funcione, es tener clases de tamaño pequeño. La masificación es el reto, hay the tener grupos de practicas de tamaño reducido para que el sistema funcione y se pueda seguir al alumno de forma más personalizada.

  13. Neila Campos dice: 17/12/2017 a las 16:31

    Ciertamente la clave es hacer todo lo que dices, y es verdad que Bolonia pretendía precisamente eso. Pero la reforma de Bolonia se ha ahogado en un mar de burocracia y las intenciones iniciales dependen totalmente del profesor, de modo que unas veces se hace “de verdad” y otras solamente sobre el papel.

    Estaría muy bien tener datos (lo cual es muy difícil), pero creo no equivocarme mucho si digo que la clase magistral está todavía bastante lejos de ser algo residual, se cuelguen o no apuntes en la red. En la mayoría de los casos, diría que la clase magistral todavía es el “núcleo” de la asignatura, y las prácticas son un “complemento”. Quizá deberíamos intentar que fuese al revés. Me alegro de que en ¿algunos, muchos? casos ya lo sea.

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