Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

26-J: ¿Traer a Esperanza a España o que se quede en Londres y vengan Espérance y Hope?

A los partidos políticos en tiempos de elecciones se les llena la boca de “el modelo productivo”. Y, la verdad, tienen razón. España lleva perdiendo la batalla de la productividad varias décadas, como se puede ver en este dramático gráfico extraído de un artículo de Manuel García Santana y Josep Pijoan en Nada es Gratis, que muestra la decepcionante evolución de la productividad total de factores en los últimos 20 años en España (la línea amarilla sólida es la global y la línea de puntos descontando el peso creciente del sector de la construcción en la década primera del siglo), comparada con la Unión Europea (línea azul, que tampoco es que lo hiciera genial, por cierto).

esperanza

La universidad es una pieza clave para mejorar esta situación, de la que depende que tengamos salarios dignos o que nuestros estudiantes más brillantes no tengan que venirse a Londres a trabajar, como la famosa Esperanza que tanto ha dado que hablar en la campaña.

Pero vamos a discutir un poco con Esperanza, porque el ejemplo revela lo rematadamente mal que entendemos el problema de la ciencia y la universidad en España. La Esperanza de la campaña es una bióloga molecular española que está en Londres para “poder trabajar de lo que estudió”. Y hace un llamamiento para votar a un partido para que puedan volver ella y los “muchos de los jóvenes con los que me he cruzado en Europa y que están en la misma situación que yo”.

¿De verdad? ¿La universidad o la ciencia son una agencia de empleo para que los españoles no tengan que emigrar? ¡Qué gran error! De entrada, revela que no creemos en Europa. Yo no veo a los políticos de Arkansas diciendo que no quieren ver emigrar a sus chicos a Nueva York o Boston. Si son tan buenos que les quieren contratar allí, ¿cuál es el problema? Lo que un político debería pedir es tener buenas universidades. No, buenas no, las mejores. Y para esto no quiero que venga Esperanza, a no ser que sea la mejor.

Si la mejor se llama Hope, o Espérance, pues que vengan Hope o Espérance.

Para que lo entiendan todavía mejor, miren el ranking de clubs de fútbol de la UEFA. Hay tres españoles entre los cinco primeros, y cinco entre los veinte primeros. Y si los mejores jugadores se llaman Gareth, Cristiano, Antoine o Lionel, nos  importa un pimiento. Y fíjense que al mismo tiempo hay un número muy elevado de españoles que juegan fuera de España. Para el fútbol lo entendemos bien, la misión de un equipo es ganar campeonatos, no contratar a españoles. Pues la misión de la universidad es formar ciudadanos que puedan aportar a la productividad y progreso social del país, y crear ciencia de la máxima calidad que nos haga salir de la trampa de baja productividad, bajo crecimiento y bajos salarios.

Para llegar a este nivel de excelencia es fundamental aplicar unas recetas parecidas a las del fútbol: competencia y autonomía.

Esto son más que palabras y comparaciones odiosas. Un grupo de los mejores economistas europeos liderados por el profesor Aghion, ha demostrado en un artículo reciente que las universidades que se enfrentan a mayor competencia y al mismo tiempo tienen la libertad para tomar decisiones que les permiten competir, tienden a tener mejores resultados en el Academic Ranking of World Universities. La competencia para conseguir los fondos de investigación, o estudiantes que prefieran venir a esta universidad en lugar de cualquier otra. La autonomía debería servir para diseñar planes de estudio y políticas de contratación y remuneración flexibles. Atraer Espérance o Hope puede ser caro, pero si luego van a traer los fondos de investigación que permitan hacer ciencia de calidad, valdrá la pena.

Para ser más concretos, diseñemos un sistema de financiación que premie esa excelencia que estoy pidiendo. Hoy día la financiación universitaria se hace mayoritariamente por el número de alumnos que tenemos en las aulas. Lo que genera incentivos muy curiosos. Cuando era director de departamento en España me di cuenta de que si suspendíamos a unos cuantos estudiantes más la financiación del departamento subía. Pero si conseguíamos que nuestros estudiantes tuvieran una mejor formación y como consecuencia una mayor tasa de empleo no pasaba nada, a pesar de que esto requiere mucho más esfuerzo. ¿Les parece normal? Y lo mismo con la investigación. Si regalábamos unos títulos de doctor más, subía nuestro “índice” de investigación y teníamos más dinero. Por supuesto que no se nos ocurría suspender a más gente ni dar un doctorado inmerecido. Pero esa no es forma de gestionar.

La financiación universitaria tendría que ser mucho más exigente.

Paguemos a la universidad por estudiante colocado, no por estudiante enfrentado a asignaturas inútiles que están en el programa porque si no el departamento que las enseña no tiene docencia y no puede pagar a sus profesores. Y paguemos por la investigación científica de calidad que se produce. Y solo por la de calidad. Ganar el trofeo de verano Villa de Guadalsalami no va a hacer feliz a ningún aficionado, y publicar un artículo sobre los efectos de la Iglesia del Monstruo del Espagueti Volador en las preferencias por la redistribución de la renta hacia las mantícoras no nos sacará de pobres.

El nuevo gobierno va a tener que tomar decisiones muy duras. A pesar de los unicornios rosa que nos han querido vender (bajadas de impuestos sin bajadas de gastos por un lado, o subidas de gastos sociales pagados solamente por malvadas multinacionales y millonarios criminales por otro, como nos recuerda Jesús Fernández-Villaverde aquí), la realidad es compleja y a largo plazo los recursos suben solamente si somos más productivos. Tomemos ya las medidas que lo pueden hacer posible.

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