Delegación y coste cognitivos

Hace unos días mantuve una interesante discusión sobre cómo denominar, al menos en español, el impacto que puede ocasionar el uso intensivo de la inteligencia artificial para realizar tareas que hacemos o podríamos hacer por nosotros mismos, aunque con mayor esfuerzo, al margen de la calidad del resultado.

Voy a hacer una propuesta al respecto, más que nada para ver si yo mismo me aclaro, pero también porque es un tema que debería preocupar especialmente al profesorado de todas las etapas educativas, no solo al universitario.

El coste de la «descarga o delegación cognitiva»

El término «cognitive offloading», que podemos traducir por descarga cognitiva, ha cobrado una renovada actualidad con el auge y el uso creciente de la IA, en particular de la generativa. Se refiere al uso de una ayuda externa (no solo un modelo de lenguaje, sino también un buscador o incluso una calculadora) para reducir el esfuerzo mental que, de otro modo, exigiría la realización de una determinada tarea.

Como tal, este término es descriptivo y neutral, pero se ha convertido en uno de los ejes en torno a los cuales gira el debate sobre los posibles costes cognitivos asociados al uso de la IA.

Hace tiempo que me refiero a esta situación, cada vez más patente y preocupante, como delegación cognitiva. Para mí, la delegación se produce cuando el uso de las tecnologías, y singularmente de la IA, es acrítico e intensivo -a veces incluso abusivo- y afecta no solo a tareas rutinarias y de escaso valor en nuestra vida o trabajo, sino también a otras que forman parte de la necesaria actividad cognitiva que, en mayor o menor medida, todos deberíamos desarrollar, mantener e incluso mejorar a lo largo del tiempo.

Sobre la delegación de unas y otras habilidades cognitivas

Menos significatividad

Podemos pensar que no todas las habilidades y capacidades cognitivas -después entraré en distingos entre unas y otras- son igualmente relevantes para la autonomía y el desarrollo de las personas.  Es más, en algunos casos, el deterioro que pueda producirse en ellas puede ser reversible con algo de entrenamiento y esfuerzo. Por ejemplo, la memoria es fundamental para el aprendizaje y el pensamiento, pero el recuerdo de datos concretos (fechas, teléfonos o referencias) no lo es tanto. El denominado efecto Google afecta sobre todo a qué recordamos -el dato o el lugar donde encontrarlo- y no equivale por sí mismo a un deterioro general del razonamiento.

Algo parecido ocurre con el cálculo mental o con la corrección ortográfica en la escritura -aunque para mí esta última es mucho más importante, ya que lo que queda escrito siempre nos delata-. También puede suceder con la orientación espacial, que puede verse mermada por el uso habitual del GPS.

Hablamos en estos casos de externalizar información o delegar ciertas habilidades en herramientas externas, lo que no afecta necesariamente de forma significativa a nuestra capacidad de razonar o crear.

Más significatividad

Por el contrario, hay capacidades cognitivas que nos resultan indispensables, en la medida en que constituyen el núcleo de la autonomía intelectual y del razonamiento. Por eso, si una persona las va perdiendo, pierde mucho más que una función auxiliar: puede perder la capacidad misma de analizar, decidir y crear y su recuperación puede ser lenta y costosa.

Si les pongo algunos ejemplos, me entenderán. Es imprescindible el pensamiento crítico, que permite discernir si una afirmación es consistente, detectar falacias o sopesar la fiabilidad de una fuente de información.

Ahora, precisamente por el auge de la IA y debido a sus limitaciones y riesgos, el pensamiento crítico es más relevante que nunca.

Si la IA tuviese la voluntad de controlar a la humanidad, podríamos incluso imaginar que fomenta nuestra delegación cognitiva para debilitar nuestra capacidad de protegernos de ella. Sería la IA construyendo su propio caballo de Troya. No lo descartemos en el futuro.

Igualmente importantes son el razonamiento y la resolución de problemas no rutinarios: construir una cadena de inferencias propia ante un problema nuevo; saber explicar y exponer por escrito nuestros argumentos a favor o en contra de algo; comprender un documento no trivial; relacionar conceptos y derivar conclusiones; o formular buenas preguntas ante un reto complejo o incluso mayúsculo, como exige la buena ciencia.

El coste cognitivo

Entre las expresiones utilizadas para referirse a la merma de capacidades o habilidades cognitivas que pueden causar las tecnologías, y muy singularmente la IA, están «deskilling», «skill erosion» y «skill decay», que podemos traducir, respectivamente, por pérdida de cualificación, erosión de habilidades y deterioro de habilidades. También aparecen «cognitive decline», o deterioro cognitivo, y, más recientemente, «cognitive debt», o deuda cognitiva (ver aquí).

La expresión «deuda cognitiva» me parece especialmente desafortunada, ya que, en este contexto, alude a la deuda que uno contrae consigo mismo al hipotecar sus capacidades cognitivas por un uso indebido de la IA.

Podría seguir con expresiones que aluden al coste potencial o real derivado de ese uso intensivo y acrítico de las máquinas para resolver sistemáticamente tareas cuya realización nos exige poner en juego nuestras capacidades y habilidades cognitivas. Pero ¿para qué seguir, si precisamente hablamos de un «coste»? Propongo, sin más, denominarlo coste cognitivo.

Habilidades versus capacidades cognitivas

Llegados a este punto, y sin ánimo de dar lecciones a los psicólogos cognitivos -no podría-, quiero distinguir entre habilidades y capacidades cognitivas, aunque ambos términos se utilizan muchas veces como sinónimos y yo mismo no he mantenido hasta ahora esta distinción con todo el rigor científico.

Una habilidad (o destreza) cognitiva es una competencia concreta para ejecutar una tarea específica, adquirida y perfeccionada mediante la práctica, que se apoya en determinadas capacidades cognitivas. Pensemos en tareas como interpretar un electrocardiograma, redactar un informe jurídico o resolver una ecuación diferencial. Conducir es otro ejemplo: se aprende, se automatiza en buena medida con la práctica y puede deteriorarse parcialmente si se deja de conducir durante un periodo prolongado. Una habilidad designa, por tanto, lo que sabemos hacer.

Una capacidad cognitiva, sin embargo, es el potencial o la aptitud subyacente para desarrollar cierto tipo de función mental. Es más básica y general, y depende tanto de la dotación biológica y la maduración como de la experiencia y el entorno: la memoria de trabajo, la atención, el razonamiento lógico y la capacidad de aprendizaje son ejemplos evidentes. Las capacidades cognitivas constituyen la base sobre la que adquirimos habilidades. Por ejemplo, disponemos de una capacidad general para adquirir el lenguaje, especialmente en edades tempranas, y después desarrollamos la habilidad concreta de hablar una o más lenguas.

La capacidad cognitiva es, por tanto, la condición de posibilidad; la habilidad, su concreción aprendida. Una misma capacidad de razonamiento espacial puede contribuir a adquirir habilidades tan distintas como jugar al ajedrez, orientarse con un mapa o interpretar una ecografía.

Los efectos de la delegación cognitiva

Hecha esta distinción, podemos decir que la delegación cognitiva erosiona primero y de forma más visible las habilidades cognitivas. Esto ya es muy preocupante, pero lo sería aún más si una delegación intensiva y temprana llegase a mermar el desarrollo de las propias capacidades cognitivas, pues supondría un daño más profundo, menos perceptible y reversible.

El principio de la plasticidad dependiente de la actividad -«úsalo o piérdelo»- indica, de forma simplificada, que los circuitos neurales pueden fortalecerse o debilitarse en función de su uso. Por eso, una delegación suficientemente intensa y prolongada podría, en principio, traspasar el plano de la habilidad y afectar a la capacidad subyacente. Por ejemplo, cuando delego en mi móvil la tarea de indicarme cómo llegar a cualquier sitio en Madrid, no solo dejo de practicar la destreza de orientarme en esa ciudad (habilidad), sino que también dejo de ejercitar mi capacidad de representación espacial. En este caso, quizá el coste cognitivo no sea tan relevante.

Sin embargo, pensemos en un estudiante que nunca construye un argumento sin ayuda, humana o maquinal: podría desarrollar en menor medida su capacidad para argumentar por sí mismo, no solo su habilidad para redactar. Este es el motivo por el que el riesgo de la delegación cognitiva puede ser cualitativamente mayor en niños y jóvenes que en adultos ya formados.

Esta es la razón por la que debemos preocuparnos, en todas las etapas educativas, también en la universidad, por evitar una delegación cognitiva acrítica, intensa o prematura.

¿Has entendido este artículo y reflexionado sobre lo que dice, o le has pedido a la IA que lo resuma y lo simplifique?


 

Suscríbete al blog por correo electrónico

Suscripción conforme al RGPD 2016/679.

 

Comentarios
  1. Martín Tami dice: 17/09/2026 a las 11:31

    Muchísimas gracias, Senén, por este artículo tan esclarecedor. Nos hace falta una comprensión precisa de los términos de la discusión, así como del sentido al que nos orienta la discusión misma. Tu artículo es una aportación muy valiosa en ambos niveles. Gracias.

  2. Mercedes López dice: 17/09/2026 a las 16:26

    Excelente artículo para compartir, plenamente de acuerdo, la preocupación como docente, cómo estamos formando a las próximas generaciones. Justo ayer comentábamos cómo serán los médicos que atenderán en los centros de salud, si estamos formando e incentivando el.menor esfuerzo. Preocupación en todos los niveles de educación. Gracias por invitarnos a reflexionar con este artículo.

  3. Juan Carlos Gundín dice: 18/09/2026 a las 00:58

    Excelente, Senén, y enhorabuena a l@s responsables del blog!!. Si delegamos, subcontratamos, externalizamos, depositamos, cercenamos, suicidamos…… nuestra función cerebral más característica y distintiva….ya no seremos Homo Sapiens!!.El riesgo existencial es más que patente.

  4. Andrés Pedreño dice: 18/09/2026 a las 12:04

    Querido Senén, un placer leerte. Creo que la delegación cognitiva la venimos ejerciendo desde hace siglos a través de un sistema educativo que en vez de ejercitar el desarrollo de la creatividad, el pensamiento crítico y el desarrollo de sesudas preguntas, nos lleva a memorizar y en boca de muchos estudiantes -aprender para olvidar-. Quizás en la era de la IA habría menos riesgos de delegación cognitiva en clases vibrantes -no pasivas- donde exigiendo el dominio de los conocimientos teóricos -(aprendidos con ayudas de herramientas de personalización) ejercitáramos ejercicios creativos, participativos, etc.
    Dicho desde otro ángulo: los alumnos están dejando de ir a nuestra clases y hay compañeros que reclaman pasar lista (esto no lo hacíamos ni con Franco).
    Algo venimos haciendo mal desde hace ya algún tiempo.


¿Y tú qué opinas?