“Rincón de pensar” y “reducto de la razón”: la universidad según Adela Asúa Batarrita y Elisa Pérez Vera
El diagnóstico de nuestro tiempo: entre la inmediatez y la saturación
Resulta difícil analizar el papel de la educación superior sin atender al clima social que la rodea. Asistimos a una época caracterizada por la aceleración informativa, el algoritmo que premia la indignación y una progresiva dificultad para sostener la atención sobre la complejidad. En este panorama, como bien sabemos, disponer de acceso masivo a los datos no se traduce automáticamente en capacidad de interpretación y en conocimiento; al contrario, con frecuencia, este empoderamiento informativo genera una falsa sensación de certeza donde las opiniones se imponen sobre el rigor y el análisis ponderado.
El divorcio entre la complejidad de los retos globales y la simplificación del debate público crea un terreno fértil para la polarización y los populismos. Ante esta inercia, el acto solemne de apertura del curso académico 2026/2027 en la Universidad Carlos III de Madrid adquirió un significado profundamente pedagógico. La concesión del doctorado Honoris Causa a dos juristas de referente trayectoria —Adela Asúa Batarrita y Elisa Pérez Vera— sirvió para recordar cuál es la verdadera misión de la universidad pública: no responder como una mera factoría de títulos adaptada a las urgencias del mercado, sino constituir el andamiaje sobre el que se sostiene una ciudadanía verdaderamente emancipada, libre y pensante.
Adela Asúa y el «rincón de pensar»
Adela Asúa inició su lección con un ejercicio de memoria histórica y personal. Al evocar sus comienzos universitarios en la década de los sesenta —estudiando Derecho «por descarte y con disgusto» ante la imposibilidad económica y familiar de desplazarse fuera de su tierra para cursar carreras científicas—, Asúa puso en valor el inmenso salto cualitativo que ha supuesto la universidad pública española al garantizar la accesibilidad democrática de la juventud al conocimiento.
Sin embargo, su aportación más incisiva para el momento presente se centró en la dimensión íntima e intelectual de la vida académica. En un entorno hiperactivo que impone lo que la propia catedrática definió como un preocupante «robo del tiempo» y de la libertad de concentración, Asúa reivindicó la universidad como un auténtico «rincón de pensar».
Esta metáfora no apela a una reclusión pasiva ni a un castigo disciplinario. Por el contrario, recupera la noción formulada por el museólogo y pensador Jorge Wagensberg sobre «el gozo del conocimiento»: el placer intelectual que nace de la curiosidad y del descubrimiento de las causas de las cosas. Asúa recordó la máxima de Hannah Arendt —«lo que quiero es comprender»— para señalar que la función prioritaria de la universidad en la sociedad contemporánea es «hacer preguntas constantemente».
En un momento social que exige adhesiones emocionales automáticas y respuestas tajantes en pocos caracteres, cultivar las preguntas en las aulas es un acto radical de libertad. Promover que los estudiantes estudien y ejerciten la pausa reflexiva es el acto de resistencia al que está llamada la Universidad.
Elisa Pérez Vera y el «reducto de la razón»
Si Adela Asúa iluminó la dimensión de la universidad como refugio interior para la investigación, Elisa Pérez Vera —pionera del derecho internacional y primera mujer en ejercer el rectorado de una universidad pública en España— proyectó la institución hacia el espacio público y la defensa institucional.
Pérez Vera ofreció una radiografía certera de las patologías del ecosistema comunicativo actual. Señaló con severidad cómo las redes sociales han asumido el papel de «educadores alternativos y muy a menudo tramposos», distorsionando la realidad mediante narrativas fragmentadas y descontextualizadas.
En la era digital, la masa de información circulante no equivale a comprensión; por ello, la labor docente e investigadora debe centrarse en proporcionar a los estudiantes los mecanismos de interpretación y el criterio crítico indispensables para discernir la verdad de la manipulación.
Pérez Vera lanzó asimismo una seria advertencia sobre la brecha creciente entre la ciudadanía y las instituciones informadas, señalando que el divorcio entre las élites y la sociedad civil constituye el terreno abonado sobre el que proliferan el populismo y los extremismos.
Frente a esta deriva, la jurista defendió que la universidad pública debe constituirse en un «reducto de la razón». Un espacio donde la enseñanza no se limite a la transmisión instrumental de destrezas laborales, sino que sea universal y profundamente vertebrada en valores. Recordando la formulación de que «solo hay un hombre en el mundo y su nombre es todos los hombres», erigió el rigor universitario y la formación en derechos fundamentales como la salvaguarda ética de la dignidad humana y el Estado de derecho.
Una universidad para la libertad y la responsabilidad
Ambas intervenciones coinciden en que la Universidad no puede evaluarse con criterios puramente mercantilistas o métricas de rentabilidad inmediata. La universidad pública no es un gasto asistencial ni una mera agencia de acreditación; es la inversión estructural con mayor retorno social para un país, pues constituye la condición de posibilidad para que existan ciudadanos capaces de gobernarse a sí mismos con libertad y responsabilidad.
En definitiva, en un tiempo social agitado por la prisa y la polarización, reivindicar el «rincón de pensar» y el «reducto de la razón» es recordar la raison d’être de la universidad: el lugar donde la sociedad se reúne para ejercitar el pensamiento, comprender el mundo y actuar en él.

