Hasta la raíz

No hace falta ser un avezado analista internacional para intuir que vivimos en un mundo convulso. Guerras, tensiones diplomáticas, enfrentamientos comerciales: choques de distinta índole entre visiones antagónicas, o, más sencillamente, intereses contrapuestos.

Descreo de la idea de que nuestros tiempos sean especialmente negativos.

Claro que hay problemas, auténticos dramas humanos que se repiten todos los días. ¿Qué palabra cabe ante el sufrimiento de los inocentes, la muerte de los más débiles, la injusticia de que prevalezca un beneficio individual por sobre el bien común? Acaso, si algo, primero deba guardarse un respetuoso silencio. Cualquier discurso es inoportuno si desconoce el clamor de una realidad que se nos manifiesta con tantas heridas.

Pero a la vez podemos insistir en que no son los nuestros unos tiempos sin parangón. No hay que viajar muy lejos en la historia: el siglo XX, con sus dos guerras mundiales, da cuenta de un horror que puso en jaque toda la cultura occidental. De modo que, tal vez, lo más prudente sea reconocer que nos toca vivir una época ardua, compleja, sin abonar en demasía aquellas interpretaciones que solo la labor bien ejercida de los historiadores podrá llegar a ofrecer, más adelante.

El mundo contemporáneo, un mundo de extremos

En cambio, sí podemos intentar un pequeño análisis de un aspecto saliente del mundo contemporáneo: la tendencia a la adopción de posturas cada vez más extremas e intransigentes. Esto -que se ve reflejado en el fenómeno de la polarización política, a su vez alimentada por la proliferación de las llamadas cámaras de eco- expresa el cultivo específico de una de las acepciones de la palabra “radical”. De ahí que podamos decir que uno de los rasgos de estos tiempos recios sea la radicalidad.

La tesis de este modesto artículo es la siguiente: que la radicalidad de los extremistas e intransigentes puede ser remediada con la promoción de una radicalidad diferente, la que caracteriza al espíritu universitario. Me refiero a la actitud de buscar la verdad, la esencia, la naturaleza de las cosas. Es decir: si queremos construir un mundo más justo, más humano, debemos apostar por la formación del criterio. De otro modo, seguirán prendiendo discursos como los que pronuncian a diario tantos dirigentes políticos y voceros de la intelligentsia multimedial.

A continuación, vamos a analizar cada tipo de radicalidad según tres aspectos: (a) cuál es su punto de partida, es decir, de dónde proviene dicha actitud; (b) cuál es su forma de realizarse, es decir, cómo se lleva a cabo la actitud en cada caso; (c) cuál es su horizonte de destino, es decir, hacia dónde conduce cada versión de la radicalidad. Acaso esta comparación pueda ayudarnos a reconocer la acuciante vigencia de la misión de la Universidad, pese a las voces que anuncian su caducidad o la tentación de convertirla en otra cosa.

 

1. Punto de partida

¿Qué es lo que lleva a una persona a adoptar una postura rígida, tajante? Sin ánimos de agotar una cuestión que, evidentemente, excede mi capacidad de análisis, sí me gustaría proponer lo siguiente: que en el origen de las posturas radicales -en el sentido de extremas e intransigentes- suele haber una marcada desconfianza ante la realidad. De ahí que su gesto inaugural sea la aversión a lo distinto, aquello que puede conmover la propia posición introduciendo una novedad que obligaría a valorar la posibilidad de un cambio.

Tal vez lo que motiva la propagación de posturas extremistas sea la dificultad de gestionar la incertidumbre: es decir, de no saber muy bien a qué atenerse, qué esperar del futuro, en ocasiones inmediato. En cambio, la actitud universitaria se caracteriza por una apertura original a todo y a todos.

La razón consiste en darse cuenta de la realidad, y ésta no se deja comprender exhaustivamente por nuestras categorías o afanes de demostrabilidad. De ahí que en el origen de la tarea universitaria podamos señalar la exigencia inderogable de buscar la verdad, de remitirse al origen, de conocer la naturaleza de las cosas.

Dado que no somos la medida de la realidad, la expresión de la radicalidad universitaria no es la afirmación a ultranza de la propia posición -a la manera de quien encarna una actitud extrema e intransigente-, sino la voluntad de aceptar y afirmar la realidad en la totalidad de sus factores. Incluyendo aquellos que -acaso momentáneamente- escapan a nuestro entendimiento.

 

2. Forma de realizarse

Si la radicalidad -digámoslo de una vez, negativa– de los extremismos se lleva a cabo por obra de individuos “iluminados”, el sujeto de la radicalidad -llamémosla positiva– de los universitarios es la comunidad.

Esto plantea una diferencia decisiva en el modo en que se desarrolla cada actitud. Porque si de lo que se trata es de la afirmación de un punto de vista en desmedro de todos los demás (radicalidad negativa), entonces el método -de trabajo, de estudio, de vida, de gobierno, etcétera- no tendrá nada que ver con el diálogo. En cambio, si la cuestión es la búsqueda de la verdad, y si la verdad es mayor que lo que podamos decir de ella, nadie se encuentra dotado de la capacidad de buscarla en soledad.

La radicalidad universitaria es expresión de la humildad de todos aquellos que reconocen su propia insuficiencia para realizar lo que se les pide. Esto, lejos de suponer un demérito, es condición de posibilidad de una auténtica vida universitaria: nos introduce en la experiencia de un nosotros diverso e integrador, articulado por una certeza común.

La forma en que se realiza la radicalidad negativa es el enfrentamiento, la discordia, la hostilidad al que piensa distinto.

La forma en que se realiza la radicalidad positiva es el ayuntamiento, la concordia, la hospitalidad del que te invita a pensar consigo.

 

3. Horizonte de destino

¿Hacia dónde conduce cada tipo de radicalidad? Es decir, ¿qué horizonte nos ofrece cada una de estas dos actitudes?

La respuesta de la radicalidad negativa se podría poner en estos términos: “quien siembra vientos, cosecha tempestades”.

Si las actitudes extremas e intransigentes prevalecen en una sociedad, el destino al que esta se enfrenta difícilmente pueda suponer un fortalecimiento de las condiciones para el adecuado desarrollo de todos sus miembros. La erosión de la convivencia es paulatina.

¿Es deseable un mundo en el que debamos vivir a la defensiva, alertas ante cualquier atisbo de amenaza, sometidos al desgaste de la palabra?

La actitud universitaria -la radicalidad positiva- nos pone delante una perspectiva diferente: la de un camino. Porque la aventura de buscar la verdad no acaba nunca, pero nos proyecta en la dirección de una gesta apasionante. Somos artesanos de una obra histórica, que no empezó ni finaliza en nuestras manos.

La actitud universitaria está preñada de futuro porque bebe conscientemente de las raíces de la tradición. En contraste, la radicalidad negativa es ciega y sorda a las señales que provienen del pasado, y por lo tanto no puede ofrecer porvenir alguno: tan solo una diatriba como forma de habitar la coyuntura.

En definitiva, ¿cómo queremos vivir?

Aunque seguramente estos asuntos requieran de un análisis más completo y mejor fundamentado, creo que podemos advertir aquí una buena razón para seguir afirmando la vigencia de la misión histórica de la Universidad. Hoy, cuando no pocas voces alegan la proximidad de su final (¿cómo competir con la oferta de una capacitación exprés que promete alta eficacia?), o se percibe la tentación de reconvertirla en otra cosa (¿escuela de oficios? ¿formación profesional?), creo que la tarea de formación integral que es propia de la mejor tradición universitaria se vuelve más necesaria que nunca. De su realización acaso dependa el que en el siglo XXI prevalezca la radicalidad negativa de los sembradores de vientos o la radicalidad positiva de los que quieren hacer un camino juntos buscando la verdad.

 

Comentarios
  1. Carmelo dice: 16/07/2026 a las 14:26

    Exposición que invita a seguir en el debate de qué somos en realidad o qué podemos ser, frente a los límites que la sociedad nos impone (qué hacemos o qué podemos hacer). La uni ha cambiado desde hace décadas al ritmo del uso de las nuevas tecnologías (a disposición del conocimiento, la investigación, la enseñanza y la gestión). Con todo, la uni se parece cada vez más a la sociedad que le da cobijo y, por ello, debe tomar decisiones constantemente a fin de reconducirse… Quizás ahí encaja la propuesta de Martín Tami.

  2. Martín Tami dice: 16/07/2026 a las 19:21

    Muchas gracias por tu comentario, Carmelo. Quizás el mejor servicio a la sociedad que puede ofrecer la Universidad consista en ser ella misma… Si no vivimos la radicalidad de la misión universitaria, nos condenamos a la irrelevancia. Un saludo.

  3. […] Al igual que en el estudio, la investigación puede transformar internamente al que investiga, aunque el aspecto formativo íntimo de la investigación sería algo secundario o derivado, pues lo genuino de este tipo de actividad es descubrir, descorrer el velo que se interpone entre nosotros y la verdad. […]


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