De la disputatio a la IA: regreso a los orígenes

La universidad como lugar de diálogo

Desde sus orígenes medievales, la universidad europea se concibió como una institución de diálogo. Más que un simple lugar de transmisión de conocimientos, era un escenario de controversia racional, donde las ideas se afinaban por el choque de argumentos. La llamada disputatio, el debate formal y reglado, fue el corazón de la enseñanza escolástica durante siglos. En ella, el profesor proponía una cuestión (quaestio), los estudiantes sostenían posiciones opuestas, y el propio docente, al final, ofrecía una síntesis o determinatio que recogía lo mejor de ambas posturas.

Así la dialéctica, como arte de razonar, era vista como una vía de aproximación a la verdad. En un mundo donde los libros eran escasos y la imprenta aún incipiente, la palabra oral, argumentada y sometida a réplica, constituía la forma más viva de pensamiento.

La disputatio fue el laboratorio del intelecto europeo, estableciendo el hábito de examinar las ideas de forma crítica que luego nutriría a la ciencia moderna. Las grandes universidades —París, Oxford, Bolonia, Salamanca— no formaban solo teólogos o juristas, sino gente capaz de razonar en público, de sostener una idea y defenderla ante objeciones.

Evolución de la tradición del debate

Con la llegada del Renacimiento y también de la Reforma protestante, el paisaje universitario europeo se transformó, pero el espíritu dialéctico sobrevivió con bastante vitalidad, sobre todo en los países del norte de Europa. Las universidades reformadas —Leiden, Uppsala, Cambridge— conservaron la práctica del debate como instrumento de discernimiento intelectual.

El estudiante debía aprender a pensar por sí mismo, a confrontar sus ideas y a defenderlas con argumentos.

Esa cultura desembocó en los seminarios de discusión y los colloquia academica del mundo germánico y anglosajón en la Edad Moderna, donde el aprendizaje se articulaba como conversación. Por contra, durante la Contrarreforma del sur de Europa, la exposición magistral fue ganando peso frente al intercambio de ideas. Hoy en día, y a pesar de que la Universidad se ha independizado de las disputas religiosas, estas diferencias culturales siguen siendo apreciables.

La defensa de la tesis doctoral

Un ejemplo ilustrativo lo tenemos en el acto académico por excelencia: la defensa de una tesis doctoral. En su origen –y de ahí el nombre–, la defensa era literalmente una batalla dialéctica. El aspirante al grado de doctor debía presentar sus ideas públicamente y sostenerlas frente a las objeciones de maestros y estudiantes. Se trataba de una prueba de fuego donde el nuevo doctor demostraba su dominio tanto del contenido como de la argumentación.

En buena parte del norte y centro de Europa, esa tradición se ha mantenido. En Alemania, Países Bajos o los países nórdicos, actualmente el tribunal de tesis incluye uno o varios “oponentes”, cuya tarea explícita es intentar refutar el trabajo del candidato, o bien todos los miembros del tribunal asumen ese papel. El acto se concibe como un enfrentamiento intelectual noble, donde la verdad se pone a prueba mediante la crítica razonada. En el sur de Europa, incluyendo España, la defensa de tesis es hoy en día un acto más ceremonial que dialéctico, y raramente alguien sale de allí con las ideas tambaleándose (lo que, en realidad, sería buena señal).

¿Hacia dónde vamos?

La falta de debate y de intercambio de argumentos en las aulas universitarias es también un reflejo de la situación en la sociedad en general.

Vivimos en una época en la que falta espacio y tiempo para la reflexión pausada y la dialéctica, y más aún escasean las oportunidades de hacerlo de viva voz. En las redes sociales, las ideas se lanzan envueltas en un número limitado de caracteres, y a menudo se reciben con aprobación o con descalificación, pero muy pocas veces con debate razonado.

Y en este momento de la historia se ha producido la irrupción de la inteligencia artificial, que nos está obligando a repensar todo en muchos ámbitos. En nuestras aulas debemos replantearnos de raíz la docencia, la investigación, la evaluación académica. En este blog se ha tratado ya el tema en varias entradas, como Inteligencia artificial hasta en la sopa, Inteligencia Artificial (GenAI) en la escritura académica o La idea de universidad ante el surgimiento de la inteligencia artificial.

La llegada de la IA también reabre, de forma inesperada, la vieja cuestión del debate dialéctico. Si un estudiante puede escribir su trabajo con ayuda de una IA (¡y quizá el profesor puede corregirlo con otra IA!), el modelo de evaluación basado en la producción escrita debe revisarse a todos los niveles. Nos referimos aquí a la educación universitaria porque es el tema de este blog, pero la situación obviamente se extiende a todo el sistema educativo.

Recuperar la oralidad y el debate, una cuestión esencial

Ante este escenario, la oralidad y el debate deben recuperar su valor original. No porque sustituyan al texto, sino porque son el espacio donde la inteligencia humana se muestra sin intermediarios. Un estudiante puede escribir su trabajo con o sin ayuda de una IA, pero solo demostrará haber aprendido algo si es capaz de razonar, argumentar y dialogar sobre ello. Si en este contexto la IA ha servido como vehículo para que se produzca dicho aprendizaje, entonces sí: bienvenida sea la IA, como son bienvenidas las búsquedas bibliográficas u otras fuentes de información empleadas con sentido crítico.

Bien utilizada, esta herramienta nos ha de servir para escalar por la pirámide de Bloom (como se ve en la figura y como comentábamos en esta entrada) y conseguir que el aprendizaje se produzca a todos los niveles: no solo recordar información (que también es necesario), sino además comprenderla, saber aplicarla, analizar el porqué, valorar su repercusión, y finalmente, crear nuevo conocimiento.

Así, paradójicamente, la IA, lejos de despersonalizar la enseñanza y aprendizaje, puede acabar restaurando la dimensión más humana del conocimiento: el diálogo cara a cara y la argumentación en vivo. La universidad, nacida de la palabra y del debate, encuentra ahora una oportunidad de regresar a sus orígenes.

 

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