El género en la carrera académica, ayer y hoy

El efecto tijera en la universidad

Es conocido en la universidad –y también en otros ámbitos– el “gráfico tijera”, que expresa visualmente cómo varía la proporción de hombres y mujeres según el nivel del escalafón académico en que nos encontremos. Los datos proporcionados por el Ministerio de Universidades en su informe anual “Datos y cifras del sistema universitario español”, edición 2019-2020, revelan que en nuestro país el efecto tijera sigue atenazando fuertemente nuestro sentido de la igualdad.

Gráfico 1. El gráfico tijera en la universidad

Fuente: elaboración propia con datos del Ministerio de Universidades.

 

El papel de la mujer y del hombre todavía no ha llegado a ser el mismo en la sociedad y, seguramente por eso, tampoco en el mundo académico. Estas diferencias son todavía más persistentes en el ámbito científico y tecnológico.

Son tan habituales estas situaciones, que a menudo ni siquiera nos damos cuenta. A nuestro alrededor vemos profesores titulares, catedráticos, rectores o decanos, conferenciantes invitados a congresos…, y si la proporción de mujeres entre ellos es escasa, quizá apenas nos llame la atención.

Algunas posibles causas subyacentes del efecto tijera

Sería muy complejo analizar todos los factores que conducen al efecto tijera, común a todos los países occidentales. Algunas situaciones son bastante obvias, como el parón en la carrera investigadora que puede suponer el embarazo y maternidad, parón que normalmente va bastante más allá del tiempo estricto de baja maternal. Sin embargo, hay otros condicionantes que, no siendo tan evidentes, actúan de manera continuada y producen un sesgo de género.

Las tradiciones heredadas

Situémonos por un momento en el siglo XIX. Un profesor va cada día a dar clase a la facultad, mientras su esposa permanece en el entorno doméstico. Un catedrático viaja a otras universidades, y su familia le sigue en su desplazamiento. Un investigador se encierra en el laboratorio a trabajar doce horas al día, mientras su esposa se encarga de la crianza de los hijos.

Ese tiempo quedó atrás, y la sociedad en los países de nuestro entorno ya no se organiza así. Sin embargo, la vida universitaria no ha cambiado mucho, y los méritos se siguen computando prácticamente de la misma manera que hace cien años. Se podría pensar que ahora la única diferencia es que la protagonista del párrafo anterior podría ser una profesora o investigadora, pero a poco que reflexionemos, veremos que la situación no afecta a ambos géneros por igual.

A diferencia de siglos pasados, es frecuente en la actualidad que ambos miembros de una pareja tengan una vida laboral fuera del hogar, lo cual por sí solo ya supone una gran diferencia organizativa. En el siglo XIX era muy fácil contemplar la movilidad de los investigadores, pues la esposa y los hijos no tenían más que seguir al cabeza de familia allá donde éste tuviera que ir para desempeñar su trabajo. Pero en el siglo XXI, si uno de los dos miembros debe realizar una estancia en el extranjero, ¿qué hará su cónyuge o pareja? ¿Deberá interrumpir su trayectoria profesional? ¿Cuál de los dos será el que deba adaptarse o incluso renunciar a su trabajo? Estas son situaciones que comienzan a darse de manera recurrente.

La raíz de la desigualdad: ¿un problema de percepción?

En principio, podría parecer que este es un problema de conciliación familiar y laboral que concierne igualmente a ambos miembros de una pareja. Y desde luego existen casos en que una investigadora debe desplazarse y su acompañante, varón, le sigue, debiendo renunciar o modificar algún aspecto de su vida laboral. Pero por algún motivo, la sociedad aún no concibe de la misma manera que una mujer “sacrifique” su vida laboral, o que sea un hombre quien lo haga.

Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que alguien se desplace temporalmente, sin que deba moverse el resto de su familia. Seguramente todos conocemos casos de un profesor o investigador que ha pasado una temporada en el extranjero, reuniéndose con su pareja e hijos durante los escasos días de vacaciones. Pero cabría preguntarse si conocemos casos de mujeres investigadoras, madres de familia, que hayan hecho lo mismo.

La diferente conciliación entre hombres y mujeres

No solo se trata de los desplazamientos o estancias en el extranjero. El día a día de quien se dedica a la investigación está lleno de trabajo fuera de horas, a menudo en fines de semana o vacaciones. Si el plazo para entregar una contribución a un congreso está a punto de cumplirse, no es raro que su autor o autora deba encerrarse a trabajar en el despacho o laboratorio durante todo un fin de semana. Nuevamente, hay muchos condicionantes que hacen que este hecho no sea percibido de la misma manera si se trata de un padre de familia, que si es una madre de familia quien lo hace.

Por otra parte, con el transcurrir de los años, a menudo aparecen otras responsabilidades familiares derivadas del cuidado de padres o familiares mayores. Estas responsabilidades, aunque cada vez se comparten en mayor medida, están todavía mayoritariamente en manos de las mujeres.

Las diferencias entre los jóvenes investigadores

Parece, pues, que no es fácil conciliar la vida académica con las responsabilidades familiares. Pero, ¿qué ocurre con los investigadores más jóvenes, que carecen aún de estas responsabilidades?

La precariedad de la carrera académica actual hace que, a menudo, se tarde bastantes años en alcanzar la estabilidad, encadenando durante ese tiempo becas o contratos temporales en distintos lugares o países. Si el joven investigador o investigadora desea alcanzar una situación adecuada para formar una familia, se verá en la necesidad de posponer esta intención, en ocasiones hasta bien entrada la treintena o rondando los cuarenta años de edad. Huelga decir que, por motivos biológicos, ello afecta muy especialmente a la mujer, que puede verse obligada a elegir entre sus proyectos personales y su trayectoria profesional.

El peso de la historia

Han pasado apenas cuatro generaciones desde el tiempo en que a la mujer ni siquiera se le permitía sentarse en las aulas universitarias. En modo alguno debemos ignorar el avance en esta trayectoria, pero el proceso es muy reciente y parece claro que no se ha completado todavía.

Nuestro Santiago Ramón y Cajal, en su obra “Los tónicos de la voluntad” (que aún hoy se sigue regalando, según deseo del autor, a los mejores expedientes universitarios), ponderaba el valor de la mujer en la carrera científica… de su marido, al liberar a éste de los asuntos pequeños y cotidianos para que él, libre de inquietudes, pueda ocuparse de los asuntos grandes.

Por supuesto, el autor es hijo de su tiempo y no se trata de juzgar su obra con los criterios actuales. Pero sus palabras son muy valiosas para no olvidar de dónde venimos, y para cuestionarnos seriamente en qué medida esas ideas –de aplastante obviedad para nuestros ancestros– siguen funcionando hoy a un nivel muy subterráneo.

Conclusiones de este efecto tijera en las universidades

Pero son muchos los interrogantes que todavía cabría hacerse, y que sin duda también sirven para explicar estos datos: ¿se encuentran las mujeres a gusto en aquellos entornos de trabajo que son mayoritariamente masculinos? ¿Funciona igual para ambos géneros la presión social por ascender en el escalafón? ¿Reciben las jóvenes investigadoras ánimos y elogios por sus logros, o se les resta importancia? ¿Se comunica a las mujeres, de una forma quizá velada e inconsciente, que es suficiente con acomodarse en un determinado nivel y que no es necesario seguir progresando?

No se pueden olvidar los numerosos casos, algunos muy conspicuos en la historia de la ciencia (Rosalind Franklin, Lise Meitner, Jocelyn Bell Burnell y un largo etcétera), de mujeres cuyos logros fueron silenciados y atribuidos por completo al colaborador varón. Cabría preguntarse si eso, en alguna medida, sigue ocurriendo en el presente, o si en todo caso la mentalidad que dio lugar a ello sigue manifestándose por otras vías.

La comunidad universitaria ha de tomar consciencia de todo esto, para no seguir contribuyendo, incluso inadvertidamente, a perpetuar el eco de un mensaje que resuena en las universidades –y fuera de ellas– desde muchos siglos atrás.

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Comentarios
  1. Carmen González dice: 20/11/2020 a las 20:42

    Ha sido una exposición desde un punto de vista distinto, muy interesante y certero en su planteamiento. Sería necesaria una encuesta a nivel nacional para recabar datos y que añada, además, el análisis del impacto psicológico que tiene en la mujer la presión social, las dificultades de conciliación y el sobreexceso de trabajo cotidiano que suponen las «pequeñas cosas» que hay que compatibilizar con las «cosas importantes» (la carrera académica). El «síndrome de la quemada» puede justificar también que llegado determinado momento de estabilidad la mujer pueda verse afectada para no continuar con las exigencias profesionales para la promoción.

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