Habitar la tensión: activismo y deliberación en la Universidad
Hace unos días leí con interés un artículo con título Sobre los límites educativos del activismo universitario, que alertaba sobre los riesgos que surgen cuando este invade los espacios deliberativos y formativos propios de la vida académica. El texto de la profesora Bianca Thoilliez, sólido y provocador, señala los peligros de sustituir la argumentación por el eslogan, la conversación plural por la consigna, y el debate matizado por formas de expresión cerradas y frentistas.
Repensando la relación entre activismo y deliberación
Si bien comparto buena parte de esa preocupación, creo que también merece la pena repensar, con mayor detenimiento, la relación entre activismo y deliberación no como polos opuestos, sino como formas diferentes y complementarias de construir la vida común.
La universidad ha sido históricamente una institución destinada a custodiar el conocimiento, formar ciudadanos y generar pensamiento crítico, y en la actualidad no es inmune a las tensiones del presente: la polarización, la simplificación del discurso público, la crisis de autoridad del saber experto y, de modo creciente, una relación ambigua con el activismo político.
Nos encontramos en un momento que invita a repensar, más allá de clichés, los límites y posibilidades del activismo en la universidad.
Algunos lo plantean como un antagonismo frente a la deliberación racional: la universidad sería un espacio para la deliberación racional, mientras que el activismo representaría una irrupción emocional, disruptiva, incluso violenta.
En mi opinión, esta contraposición simplifica tanto el fenómeno activista como la realidad universitaria, y si algo necesitan nuestras democracias en la actualidad es mejorar la gestión de las tensiones entre formas diversas de expresión.
Complementariedad entre deliberación y activismo
Lejos de ser polos excluyentes, deliberación y activismo son formas complementarias de disputar el significado de lo común: la primera busca acuerdos mediante el respeto a la pluralidad; el segundo surge cuando esos espacios fallan o excluyen.
No hay democracia sin espacios deliberativos sólidos, pero tampoco sin voces que interrumpan cuando esos espacios se tornan indiferentes, sordos o complacientes.
La corriente actual de simplificación es una amenaza que se cuela también en la universidad, con el agravante de que este es un espacio dedicado a cultivar la complejidad, formar el juicio y sostener el desacuerdo sin cancelarlo. Si bien el activismo puede simplificar problemas complejos en eslóganes, también la deliberación institucional puede degenerar en rituales vacíos y tecnocráticos que, en realidad, encubren decisiones políticas.
La universidad no está libre de dogmatismos: puede haberlos en los activistas, sí, pero también entre académicos que se parapetan tras una pretendida neutralidad al tiempo que sostienen estructuras excluyentes o reacias al cambio.
La tensión entre lo deliberativo y lo activista en el profesorado universitario
El profesorado universitario vive esta tensión con especial intensidad: si bien como ciudadanos tenemos derecho a nuestras convicciones y militancias, como docentes debemos liderar un modelo de ciudadanía reflexiva, que sepa argumentar, escuchar, revisar sus certezas y convivir con quienes piensan diferente.
Es inevitable (y a menudo deseable) que el profesorado tenga ideas políticas, siempre que no eclipsen su función educativa: introducir en una tradición crítica, familiarizar con la dificultad y enseñar a pensar.
Es un error convertir el aula en una tribuna para reproducir consignas, y nadie debe interpelar al profesorado ni a los estudiantes como aliados o adversarios políticos, ya que empobrece no sólo a la calidad del debate, sino a la autonomía intelectual, sobre todo la de quienes están en formación.
Pero excluir el activismo del espacio universitario es otro error grave, que puede producir un daño profundo, no sólo en términos democráticos al clausurar formas legítimas de expresión, sino también en términos educativos: privaría a los estudiantes de la posibilidad de confrontarse con la pasión, el conflicto y el compromiso que conlleva la vida pública. Una universidad que sólo acepta discursos cómodos y normativos corre el riesgo de formar sujetos técnicamente competentes, pero cívicamente inermes.
La clave: habitar críticamente la tensión
La clave no está en eliminar la tensión entre activismo y deliberación, sino en aprender a habitarla críticamente.
En una universidad comprometida con la apertura intelectual, la autocrítica y el diálogo argumentado, el activismo puede ser pedagógicamente útil si amplía los márgenes del debate en lugar de cerrarlos.
Necesitamos una institución que acoja el conflicto sin destruir el espacio común, que forme en el pensamiento crítico sin sofocar el compromiso, y que cultive una noción del saber como proceso abierto, revisable y necesariamente diverso.
En un tiempo en que proliferan las respuestas simples a problemas complejos, el mejor servicio que la universidad puede prestar a la democracia no es multiplicar trincheras ideológicas, sino sostener lugares donde la inteligencia colectiva se ejercite en condiciones de respeto, pluralismo y libertad. Y esto que escribo también es una forma de activismo, el activismo de la razón pública.

