La universidad contra la era de la mentira
“Veritas”
Lema de la Universidad de Harvard.
A su honor.
Durante siglos, el término verdad se asoció a la religión. Era la “verdad revelada” de Dios y no la “verdad descubierta” por los hombres. No es aquí el lugar para hacer análisis históricos del concepto de verdad, sino simplemente para recordar que desde siempre los humanos han asociado la verdad a la luz: desde la caverna de Platón hasta el siglo XVIII, llamado “de las luces”, y en decenas de paraninfos de las universidades aparece la luz como metáfora de la verdad.
También en bibliotecas como la Library of Congress de Washington, en cuya escalera regia hay una estatua de una diosa de la mitología con una lámpara en la mano dando la bienvenida a los lectores y anunciándoles que en los libros encontrarán la luz de la verdad. Es sorprendente, pero puede ser que la verdad sea una de las palabras que mejor nos definen como seres humanos, por nuestro tozudo empeño en conocer y dominar el mundo que nos rodea.
La universidad como guardiana de la verdad
Desde siempre hemos buscado la verdad, y esta búsqueda infatigable es el ADN que nos ha convertido en animales racionales. Como decía Aristóteles: “Todos los hombres por su naturaleza desean saber”.
Razón y verdad son dos caras de la misma moneda y son también la esencia de la universidad, en sus tres tareas principales, que son la docencia, la investigación y la transferencia de esas verdades a la sociedad.
La universidad es una maquinaria formidable donde millones de profesores y estudiantes aprenden y descubren cada día cientos de verdades y, por extensión, las llevan a la sociedad, y así aumenta la sabiduría de sus ciudadanos. Por eso, la educación organizada desde la infancia hasta la universidad garantiza el progreso de las personas y el triunfo de la democracia como organización política basada en el diálogo, la razón y el pacto, por mucho que ahora se extienda ese bulo que dice que la democracia ha llegado a su fin porque va en contra de la libertad. Una nueva mentira que se proclama en las redes sociales confundiendo la libertad con el más perverso de los individualismos. La razón y las verdades nos garantizan la convivencia como personas, porque también fundamentan las leyes y los pactos. No cabe otro atajo.
El rol de la verdad científica en la sociedad: lecciones de la pandemia
Extender las verdades descubiertas a los ciudadanos es lo que nos permite también sobrevivir, como hemos visto recientemente con las vacunas contra el covid, en una demostración histórica de esfuerzo científico colectivo en torno a la búsqueda de la verdad para derrotar un virus mortífero que tantas vidas estaba segando. Las vacunas son verdades científicas comprobadas mil veces en laboratorios y hospitales que nos salvaron no solo de aquel mortal virus, sino que tuvieron que defendernos, una vez más, de las mentiras orquestadas desde las redes sociales, que hacen tanto daño a los incautos que no confían en la ciencia.
Esfuerzo y talento: pilares del descubrimiento de la verdad
Otra característica también ligada al descubrimiento de la verdad en todos los ámbitos del conocimiento en la universidad es el esfuerzo. La verdad solo se descubre con esfuerzo y, naturalmente, con recursos de todo tipo, pero fundamentalmente con mucho esfuerzo.
Descubrir la verdad no es encontrarla por casualidad, muy al contrario: se requiere mucho esfuerzo, mucho estudio y mucho talento para que las ciencias avancen.
Y, en ocasiones, se necesita incluso un poco de locura, como nos cuenta Benjamín Labatut en sus maravillosos libros. El ansia de la verdad tiene tal atractivo que puede rozar incluso la locura y la enfermedad, porque acercarse a los límites del pensamiento conlleva un magnetismo extremo que atrae hasta la extenuación a algunas personas, dotadas de un talento excepcional.
Dos ejemplos de búsqueda de la verdad en la física y la matemática
Los avances y descubrimientos de la mano de la matemática y de la física, por ejemplo, fueron saltos de tal magnitud en el siglo pasado que están determinando todos los ámbitos del saber de hoy y, gracias a la futura IAG, según dicen los expertos, puede que veamos una “abundancia radical” en las próximas décadas, con nuevas verdades en muchísimos campos del saber, como la medicina, la ingeniería, la robótica, el medio ambiente, las energías, etc., que ayudarán a las personas humanas como nunca lo habíamos visto.
Por tanto, ese mantra que también se difunde entre los jóvenes en las redes sociales, de que todo se puede conseguir de una manera rápida y sin esfuerzo personal, es falso.
La “educación Tiktok“, por llamarla de algún modo, es una nueva mentira que daña la psicología, las ilusiones y el futuro de millones de jóvenes de forma irremediable.
Estudiar o investigar no son pasatiempos divertidos
Se requieren horas de estudio de los conocimientos especializados y profundos de cada materia para avanzar. Hoy más que nunca se necesita una educación superior fundamentada en unas metodologías docentes basadas en el esfuerzo y en el valor de la verdad frente a la mentira, que activen los intereses y los talentos de las generaciones de estudiantes que ya están llegando a las universidades. ¡No dejemos solos a los estudiantes con los algoritmos, las tecnologías y las redes sociales, llenas de tantas patrañas!
El desafío de la mentira en la era digital y la educación
En el desarrollo de la educación y de la universidad, estamos observando en los últimos cinco años una dificultad muy preocupante que incide directamente en su “core”, que son los conocimientos y las verdades descubiertas. Cada vez más, el imperio de la mentira domina a más estudiantes, que dependen de unas TIC dirigidas por unos intereses particulares que no siempre están alineados con los valores de la educación y la búsqueda de la verdad.
El caso de las TIC
Hace casi treinta años que abrazamos, de forma infantil, la llegada de las TIC a las escuelas y las universidades. Nadie en su sano juicio podía oponerse a aquellos nuevos tiempos, que se bautizaron como “la sociedad del conocimiento” y “la era de la información”. Se anunciaba entonces una nueva ilustración científica y todos pensábamos que con las TIC seriamos más sabios. Enseguida llenamos las aulas de ordenadores y digitalizamos rápidamente todo lo que hacíamos en la aburrida vida analógica. Alguien dijo que volveríamos a tener la nueva biblioteca de Alejandría, pero esta vez en formato digital, y todos empezamos a aplaudir. Pero, transcurridas algunas décadas de aquel buenismo, se han empezado a observar unos daños colaterales de una magnitud alarmante.
Una mancha de mentiras y de desinformación se está extendiendo más rápido que cualquier pandemia imaginada y que compite con las verdades fundamentadas en la razón y en la observación científica que las universidades y la educación difunden.
Estas mentiras tienen la pretensión manifiesta de reemplazar y modificar los sistemas educativos y los sistemas democráticos que nos hemos dotado. No se esconden.
Impacto de la desinformación en la política, la economía y la educación
Las nuevas mentiras, que no paran de crecer en este primer cuarto de siglo tecnológico, se producen en varios ámbitos de nuestras vidas, sobre todo en las redes sociales, y generan una desinformación social masiva. Estamos ante una sustitución progresiva de los medios de comunicación relevantes y fiables, gestionados por profesionales humanos surgidos de nuestras universidades, por unos nuevos canales donde cualquiera puede generar una noticia anónima y falsa, y viralizarla de inmediato.
También los algoritmos pueden hacerlo y generar noticias falsas sin que las personas que las reciben sepan si son verdaderas o han sido generadas por máquinas. Los algoritmos han descubierto nuestras preferencias, nuestros deseos y nuestros anhelos, incluso pueden copiar nuestras voces y nuestras caras, y nos van alimentando con una nueva “educación sentimental digital” impensable hasta hace poco. Miles de jóvenes ya no pueden vivir sin el teléfono móvil, sin las redes sociales y sin hablar con el algoritmo cada mañana. El último barómetro de la UE sobre el uso de las redes sociales por parte de los jóvenes europeos es revelador.
La mentira en la política
También la mentira se cuela y destruye la política y la economía. Lo estamos viviendo cada día. El discurso político no se fundamenta en la razón, en la verdad o en el acuerdo, sino en la mentira y en la emoción. El objetivo es derrotar al adversario, ya que es el enemigo a batir.
No hay confrontación de ideas, de programas o de proyectos; solo polarización, basada en los sentimientos.
Se impone la política de la emoción y no la política de la verdad y de la razón. Y, en este nuevo paradigma, el algoritmo es el rey, porque nos conoce mejor que nosotros mismos. Calcula nuestros intereses políticos y nos radicaliza en nuestras preferencias, sin poder salir de ellas, como si de una secta se tratara.
La mentira en la economía
En el mundo de la economía, la mentira y el engaño provocado por el incremento de la desinformación y la falta de seguridad digital son la gran preocupación actual. La ciberdelincuencia empieza siempre con una mentira que nos engaña. Gartner considera que la desinformación será uno de los temas claves de la economía mundial de la próxima década y alerta a todas las empresas de que se protejan de esta corriente masiva de mentiras. En estos momentos, se publican ya más noticias falsas que verdaderas.
Todo ello afecta –querámoslo o no– a nuestros estudiantes y llega a las aulas. Pasada la euforia tecnológica, ya se están alzando miles de voces de maestros, profesores y expertos ante los excesos de las tecnologías y sus efectos demoledores en la psicología, los hábitos y los procesos de aprendizaje de los estudiantes.
La falta de atención, de concentración y de memoria, así como la pobreza del vocabulario y la baja comprensión lectora de textos profundos, son una preocupación que parece no tener solución, al igual que el bajo nivel de matemáticas. Las matemáticas y la comprensión lectora profunda son la gimnasia del cerebro.
La autoridad del profesor y la fiabilidad del conocimiento en juego
Pero hay más: uno de los problemas principales de la educación es el asalto a la figura del profesor como autoridad en la transmisión del conocimiento, reemplazado por el algoritmo, que se presenta como el verdadero profesor experto en todo y disponible en cualquier momento. La aniquilación del autor como el creador de una obra o de un artículo científico es una variante más de este asalto al profesor. Todo ello configura una destrucción paulatina de la cultura basada en los autores y en sus libros, binomio fundacional de las universidades europeas.
Las respuestas que ofrecen las aplicaciones generativas, no citan autor alguno; a veces, solo la fuente de información de una manera general, y la respuesta resultante tampoco garantiza que sea verdad, porque el algoritmo se alimenta también de falsedades que nadie corrige y que al final quedan como verdades consolidadas. Las verdades futuras puede que no las garantice ya la academia.
El resultado de todo ello es la duda sobre la consistencia y la certeza del profesor, del investigador y de la ciencia por parte de la sociedad.
El problema de la urgencia climática, por ejemplo, es cuestionado en la era de la mentira, cuando es posiblemente el estudio mejor analizado y contrastado científicamente en los últimos cincuenta años. La fiabilidad de la ciencia humana está en entredicho peligrosamente por intereses particulares y puede ser enterrada por las montañas de falsedades que se generan en las redes sociales. Unas falsedades que también compran, por lo visto, algunos gobiernos anticientíficos.
El futuro de la educación: defender la verdad en la era de la desinformación
Ante este horizonte distópico que se avecina, algunos abogan por la desconexión digital y por hacer frente a las grandes empresas tecnológicas con una mayor regulación, decisiones que serán inevitables si al final la luz de la verdad se apaga frente a la oscuridad de la mentira, o si los algoritmos desarrollan una IA plenamente autónoma, sin intervención humana, y deciden como va a ser la educación del futuro de los humanos.
La universidad y el sistema educativo deben hacer frente a esta amenaza de manera urgente, promoviendo una mayor conciencia de la gravedad de los efectos colaterales y, sobre todo, desarrollando una educación basada en la capacidad humana de descubrir la verdad. Educar a los estudiantes es transmitirles conocimientos y, fundamentalmente, capacidad analítica y crítica, porque van a necesitarla para enfrentarse a esta era de la mentira que ya es una realidad.


Totalmente de acuerdo.
Estimado Dídac, como dice nuestro colega Franck Debié (EP Library) sobre tu artículo:
«Excellent. If Kant is right the proliferation of lies, hallucinations, fake data will lead – at one point – to no less than the complete collapse of communication and trust. Worse, only the affluent may have access to a certain level of secure information and knowledge sources from which to build their own views and decisions. This is why public and open academic libraries are already (again) on the frontline of the open society (and the free markets)».
Estoy totalmente de acuerdo con ambos. Creo que las bibliotecas deberían consolidarse en este entorno hostil. Es un debate que debería darse más a menudo entre profesionales.
¡Claro que estoy de acuerdo!, ¡cómo no estarlo! La cuestión es de qué manera lo trabajamos y llegamos a la ciudadanía más allá de las aulas. Cómo contrarrestamos las mentiras, los datos inventados y/o tergiversados y no nos encerramos en nuestras jaulas de cristal. Las aulas ya no son suficientes para mostrar la verdad, hay que crear otras estrategias (tan poderosas, si no más) que «obliguen» a todas las personas a ver más allá de los datos que quieren hacernos creer. Si la Universidad es el lugar donde se genera nuevo conocimiento, ¿no seremos capaces de crear un conocimiento nuevo que desmienta las mentiras?, ¿queremos invertir tiempo, investigación, gestión y dinero en crear esas estrategias? Yo animo desde este espacio de encuentro a pensar sobre el asunto y acometer acciones que nos acrediten como seres creadores de historia para este mundo tecnológico-de-los-datos que estamos viviendo. Gracias por la oportunidad.