Heidegger y la autoafirmación de la Universidad alemana

La obra filosófica de Martin Heidegger goza de un prestigio inusual en la filosofía contemporánea, y, sin embargo, esa misma obra y personalidad son a menudo objeto de polémicas. El motivo de estas es conocido: su compromiso político con el nazismo en los años 30, que tiene como inicio y como culmen su actividad como rector de la Universidad de Friburgo.

En su primer discurso como rector, pronunciado en 1933 con el título de La autoafirmación de la Universidad alemana, Heidegger expone su idea de la universidad y su programa de reforma de la Universidad alemana. Así pues, la reflexión heideggeriana sobre la universidad y la militancia nazi de Heidegger coinciden en el tiempo, lo cual no implica necesariamente que el texto deba ser descartado para el debate sobre la universidad. Al contrario, el discurso de Heidegger, si bien menos interesantes que otros de sus trabajos, plantea algunos problemas que merecen ser expuestos.

La centralidad de la ciencia en la existencia del pueblo

El texto de Heidegger trasluce, desde el título, los dos pilares de su reflexión: la Universidad, cuya esencia es la ciencia, y su lugar en Alemania, siendo necesario que la universidad se asiente sobre la “misión histórica del pueblo alemán”. Así lo escribe el mismo Heidegger: “la Universidad alemana es la escuela superior que, desde la ciencia y mediante la ciencia, acoge, para su educación y disciplina, a los dirigentes y guardianes del destino del pueblo alemán” (8).

Para comprender la esencia de la ciencia, Heidegger comienza volcándose hacia el “inicio” de Occidente, hacia el mundo de la filosofía griega. En este vuelco, Heidegger, que afirma que “toda ciencia es filosofía”, entiende que la teoría es la forma suprema de la praxis y, por tanto, que la ciencia era el centro que determinaba la existencia griega como pueblo. De esta forma, Heidegger describe la esencia de la ciencia como un saber en el que el hombre se enfrenta e interroga a la totalidad de la realidad.

Así, el preguntar, para Heidegger, es la figura principal del saber y no solo un paso previo hacia la respuesta. El preguntar “despliega entonces su más peculiar poder de abrir lo esencial de todas las cosas. El preguntar obliga entonces a la extrema simplificación de mirar lo absolutamente ineludible” (12). Este preguntar quiebra la especialización y aislamiento de las ciencias, devolviéndoles una vitalidad que se opone a la “burocrática compartimentación” y “ficticia unidad” (XXIV) de la universidad, y que instituye para el pueblo un “verdadero mundo espiritual”. Por espíritu entiende Heidegger no un análisis intelectual, ni una razón universal, sino el “decidirse […] por la esencia del ser” (12). “Mundo espiritual”, en este sentido, no significa superestructura, sino un poder que conserva las fuerzas de la tierra y que obliga decidir entre la voluntad de grandeza y el dejarse arrastrar a la decadencia.

La función directiva de la universidad

Si la ciencia puede convertirse en el acontecimiento espiritual fundamental de un pueblo, entonces esta misma ciencia tiene una misión central en relación con ese pueblo. Así lo señala Heidegger desde el inicio del discurso, pero especialmente en este punto, asignándole a la universidad una función directiva. Ahora bien, esta función directiva no implica solo ir delante, sino enraizarse y vincularse con su pueblo. En este sentido, Heidegger señala tres formas de vinculación a las que habrá de sumarse el estudiantado alemán:

  • En primer lugar, el vínculo con la comunidad nacional a través del “servicio del trabajo”.
  • Segundo, el vínculo con el honor y el destino de la nación entre los demás pueblos a través del “servicio de las armas”.
  • Por último, el vínculo con la misión espiritual del pueblo alemán a través del “servicio del saber”.

No obstante, que el servicio del saber esté en tercer lugar no significa que tenga una importancia menor que los otros servicios. Al contrario, la Universidad, como ya se ha señalado, tiene una función dirigente en la sociedad. Tampoco significa que el saber deba servir para la formación profesional o para favorecer una determinada política. Respecto a la primera, afirma Heidegger que el “saber no está al servicio de la profesión, sino al revés” (15).

En cuanto a cómo debe ser esa dirección política, el autor de Ser y tiempo, al volver sobre el discurso del rectorado, se muestra crítico con la idea de una “ciencia política”, que nada tiene que ver aquí con la politológica herencia de Maquiavelo, sino con una ciencia al servicio de la política. Podríamos denominarla, también, una “ciencia politizada”, si por politizada se entiende que la dirección viene marcada desde fuera de la ciencia.

La «misión espiritual del pueblo» como dirección

Ahora bien, como señala Heidegger desde el mismo inicio de su discurso, esta función directiva solo tiene sentido si los directores son también dirigidos, guiados por esa “misión espiritual del pueblo alemán”. Y si los dirigentes deben ser al mismo tiempo dirigidos, esta concepción de la ciencia tiene que insertarse también en la estructura universitaria, en las Facultades, de las que dice Heidegger que solo continúan siendo Facultades cuando “desarrollan una capacidad de legislación espiritual” (16).

En definitiva, la esencia de la universidad es, para Heidegger, la ciencia, un saber cuyo sentido es el de “aquella interrogación que el hombre, solitario en medio de la problematicidad de la realidad, dirige a esta” (XXIV). Dado que Heidegger parte, sin justificarlo, de la misión espiritual del pueblo alemán, y dada también una concepción de la ciencia en la que esta es el acontecimiento fundamental del pueblo griego, Heidegger atribuye a la ciencia una función de dirección espiritual sobre el pueblo alemán. “Ciencia – obra griega – y destino alemán se funden. Esta es la idea central del Discurso” (XXVI).

En este proceso de reflexión, el lenguaje heideggeriano es bastante peculiar. Abunda en el texto un cierto voluntarismo según el cual la reforma universitaria depende de la voluntad y esta debe ser suscitada. Destaca, además, el ataque heideggeriano a la idea liberal de la actividad académica. En la necesidad de que la ciencia se enraíce encuentra Heidegger el argumento para distinguir, del mismo modo que Kant, entre las ideas de autonomía y de libertad de la voluntad. La primera, que coincide con el concepto de libertad positiva (darse a sí mismo la ley), es para Heidegger la “ley suprema de la libertad” (14), mientras que la segunda, que podríamos denominar libertad negativa (liberal), es despreciada por Heidegger por “inauténtica” y por significar “ausencia de preocupación”.

Contribución a la idea actual de universidad

De alguna forma, los temas rondados por Heidegger siguen siendo los mismos y hoy, después de una crisis económica tremenda, un cambio tecnológico sin precedentes y hasta una pandemia global, las preguntas por la ciencia y por su relación con su contexto deben seguir siendo abordadas.

Hoy, que las empresas pueden sacar sus propios títulos y superar a la universidad en datos de empleabilidad, que las humanidades pierden su espacio a marchas forzadas, al tiempo que el lenguaje científico solo es accesible a los especialistas, cabe preguntarse por la función de la universidad en el mundo. Asumir que una comunidad política tenga una misión especial es uno de los rasgos más problemáticos del discurso de Heidegger, pero la pregunta sigue ahí. ¿Qué aporta la ciencia a la sociedad? Y, dentro de la propia universidad, ¿hay espacio para una ciencia interdisciplinar?

La pregunta afecta al trabajo investigador, pero también docente. Frente a la afirmación de que “el conocimiento está a golpe de click”, sirve de poco, aunque sea cierto, diferenciar entre conocimiento e información. Lo que late es la capacidad de la universidad para orientar en el pensamiento y, en este sentido, convendría recordar que tantas veces la docencia se limita a leer en alto la información de un Power Point. Así, no solo crece el desprestigio de la universidad, sino que también aumenta el riesgo de que la libertad académica sea vista como una “ausencia de compromiso” de los docentes con la enseñanza y, por tanto, de que alguien proponga que la libertad salga por la ventana.

La pregunta radical que formula Heidegger y que sigue resonando es la siguiente: “¿debe, para nosotros, seguir existiendo aún la ciencia, o debemos dejarla correr hacia un rápido final? Que deba haber ciencia no es algo incondicionalmente necesario. Pero, si debe hacer ciencia y si debe existir para nosotros y por nosotros, ¿en qué condiciones puede entonces realmente existir?” (9).

De la respuesta a esta pregunta (y de la capacidad de seguir formulándola) dependerá el futuro de la universidad, de sus profesores, de sus alumnos, de sus investigadores. Sin embargo, para tratar las condiciones en las que puede realizarse el trabajo universitario (y en las que actualmente se hace), haría falta otro post.


En este post nos hemos acercado a la obra de Heidegger a través de su libro publicado por Tecnos y editado y traducido por Ramón Rodríguez, titulado La autoafirmación de la Universidad alemana. El Rectorado, 1933-1934. Entrevista del Spiegel.

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Comentarios
  1. Luís Oquendo dice: 19/12/2020 a las 14:06

    La universidad heidegeriana tenía como objetivo era formar actitudes nacionalista desde cualquier disciplina que se cultivarse el conocimiento. El orden de vinculación de la universidad con el pueblo, no es arbitraria sino que forma parte de la Concepción y construcción nacionalista propuesta

  2. JM dice: 23/12/2020 a las 13:18

    La concepcion Hegueliana de universidad no está asociada a la ciencia, sino a la pseudociencia.

  3. […] paralelismos con la idea de universidad de autores como MacIntyre, Newman, y en menor medida Heidegger, que han sido objeto de tratamiento en este mismo blog. Estos autores, que se apoyan principalmente […]


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