Homogeneidad y diversidad universitaria: dos universos paralelos

Las universidades, por una parte, exigen normas que expliciten (incluso de forma detallada) sus modos de actuación y, por otra, demandan mayor autonomía (Empower European Universities, 2012; Aghion, 2008).

Las normas detalladas permiten evitar debates dentro de la universidad –algo muy deseado– y la autonomía permite evitar dar explicaciones fuera de ella –algo que genera mucha tranquilidad–. Esto parece una contradicción, y lo es. Parece necesario avanzar en el conocimiento de esta situación si queremos encontrar un camino para la mejora de las universidades y no dos, en direcciones diferentes.

Una explicación posible a la coexistencia de estas dos actitudes podría ser la teoría de los universos paralelos –salvando el pequeño detalle de que en nuestro caso no estamos en el marco de la mecánica cuántica, y que esto es sólo una metáfora–. Por una parte, tenemos el universo de la organización regulada, también llamado oficial: centros, elecciones, consejos y comisiones, plazos, autorizaciones, documentos. Este es el universo de la seguridad procedimental y es el que permite disponer de argumentos externos para justificar el porqué se hacen las cosas de una determinada manera dentro de la universidad –y, la mayoría de las veces, las causas de que casi todo lo que se haga mal, según los más críticos–. Lo importante aquí es adaptarse a las normas impuestas, replicar en las normas internas lo que se impone de fuera, sea cual sea el margen de decisión que la norma externa otorgue, y parecerse lo más posible a lo que otras instituciones hacen. No se busca una identidad propia, sino ser aceptado y bienvenido en el grupo.

Por otra parte, tenemos el universo en el que la universidad desarrolla múltiples actividades que van más allá de aquello que está regulado –actuaciones no oficiales, que estoy llamando informales por contraposición a las formales–. En estas actividades las universidades buscan, y encuentran, modos de actuación y organización mucho más flexibles. Todo ello dentro de la legalidad vigente (mientras nadie diga lo contrario). En este universo, lo importante es encontrar la fórmula que permita hacer lo que se quiere hacer. Se busca la forma de que las iniciativas internas encuentren una vía de realización.

Estos dos universos coexisten dentro de las mismas instituciones, gestionadas por las mismas personas, bajo el mismo sistema normativo. Pero el problema no está en dicha convivencia dentro de la institución. El problema está más bien en la consistencia de los argumentos que defienden y justifican la existencia de cada uno de estos universos, argumentos que casi siempre son incoherentes entre sí. Esto no permite clarificar la dirección en la que se quiere caminar y por ello es necesaria una reflexión sobre dichos argumentos. Con el fin de invitar a dicha reflexión, me serviré de dos ejemplos de esta dualidad, que no es de cuerpo y alma, sino de dos cuerpos con sus almas respectivas.

Homogeneidad frente a diversidad

En numerosos análisis sobre el sistema universitario español se demanda mayor diversidad entre las distintas instituciones: de objetivos, de ofertas de formación, de especialidad en la investigación, de formas de actuación. Estos análisis se basan fundamentalmente en la parte oficial de las instituciones y, en mi opinión, el análisis es correcto. Una parte de esta homogeneidad viene impulsada por algunas normas y otra, por un efecto de benchmarking malentendido. Planes de estudio, sistemas de selección de profesorado, organización del personal de administración y servicios, composición y funciones de comisiones y órganos de gobierno, etc. suelen tener muchos rasgos comunes entre diferentes universidades que van más allá de lo que la norma exige. Así que, para eliminar la homogeneidad
deberíamos:
a) modificar algunas normas y
b) mejorar la forma en la que importamos o adaptamos lo que otros hacen, acentuando las ventajas competitivas de cada institución.

Pero la homogeneidad que encontramos en el universo oficial de las universidades españolas no se encuentra en el universo informal de las mismas. En este se encuentran energías desconocidas en el universo oficial: incentivos económicos individuales, capacidad propia de gestión, sistema de toma de decisión diferente o flexibilidad generalizada. Y sus componentes básicos están organizados en centros de formación permanente, institutos de investigación, fundaciones, … Este universo gestiona cada vez más actividades y en él participa gran parte de la comunidad universitaria, especialmente el profesorado. Es decir, algunas de las cosas que se reclaman para un mejor funcionamiento de las universidades públicas ya existen en uno de sus universos.

Por ello, si, por ejemplo, queremos que nuestras universidades sean diversas, antes de modificar las normas, deberíamos sacar a la luz una buena comparación de este conjunto de actividades, de la formas en las que se organizan y de sus resultados. Para darles el valor que tienen como experiencias de éxito, en muchos casos, sólo tenemos que considerarlas como una parte fundamental de las universidades y no como una parte accesoria, a la que despectivamente denominamos «chiringuitos». La inclusión de su descripción en los informes periódicos –con datos y cifras– sobre las universidades españolas sería un gran avance.

Oficial frente a propio

Alguno de los lectores de este texto se habrán encontrado con la difícil tarea de explicar a un extranjero qué significa eso de un título propio en España, y no se trata de un problema de traducción. El antónimo de propio es ajeno o externo. Y, sin duda, tan propios de la universidad son unos títulos como los otros. En realidad, algunos de los títulos más prestigiosos y exitosos de universidades españolas son solo propios. La distinción entre los títulos oficiales y propios es fruto de la tradición de nuestro modelo universitario. En concreto, del carácter de licencia para ejercer una profesión de forma exclusiva que han tenido nuestros títulos. Pero esto ya no es así desde hace años. El ejercicio de profesiones –mejor dicho, de actividades profesionales– se ha modificado mucho más que los títulos universitarios. Y esta distinción genera más limitaciones que ventajas. En el fondo, no existe ninguna diferencia entre unos títulos y otros. Todos ellos están organizados por una institución acreditada para enseñar y todos ellos dan lugar a algún certificado o título. La diferencia organizativa entre estos dos tipos de enseñanza es que en un caso hay normas externas que los regulan (oficiales) y en los otros, las normas que hay son internas (propios). La consecuencia de esta diferencia es que los títulos oficiales están subvencionados con fondos públicos (siempre en el caso de las universidades públicas) y los propios se financian con fondos privados. ¿Qué sucedería si unos y otros pudiesen optar a diferentes niveles de ayudas públicas para su desarrollo? ¿Qué sucedería si el precio de la matrícula de un título no dependiese de su oficialidad? Pues que la distinción entre estos dos tipos de títulos desaparecería y los títulos de las universidades españolas serían tan propios como los de las universidades de Harvard, Stanford, Oxford o Cambridge, teniendo unos una matrícula subvencionada con fondos públicos y otros no. El precio de la matrícula no debe ser la causa de la diferenciación de la naturaleza de dos títulos dentro de una misma universidad.

No me resisto a señalar otra diferencia interesante. En España, los títulos oficiales los firma el Rector, en nombre del Rey de España, y los títulos propios los firma el Rector en nombre de la Universidad. No hay muchos países en el mundo en el que los títulos universitarios se firmen en nombre del Jefe del Estado, aunque, en algunos, el Rector firma en nombre del Estado como institución social, no de su Jefe. La mayoría de los títulos universitarios son firmados por la propia universidad –en distintas versiones: vice-chancellor, board of trustees, rector–, como lo hacemos para nuestros títulos propios. Este detalle es algo más que formal y refleja nuestra cultura, nuestra tradición. Pero obliga a que se hagan reales decretos sobre cómo tienen que imprimirse estos títulos –el vigente es el Real Decreto 1002/2010, de 5 de agosto, sobre expedición de títulos universitarios oficiales–. En él se determinan cosas como la opacidad, porosidad, lisura o pH de los soportes celulósicos, las tintas de seguridad, cuántos y cómo tienen que ir los escudos o, algo fascinante para mí, que en la tinta del anverso tiene que haber una protección de las purpurinas contra la oxidación. Tengo la certeza de que, si hay que hacer algo homogéneo para todo el Estado, los técnicos tienen que decir cómo hacer estas cosas. La duda es: ¿es necesaria esta homogeneidad? ¿No sería suficiente con un número y un registro en donde se pueda consultar la veracidad del mismo? ¿Hay algún país en donde la impresión de los títulos universitarios tenga casi los mismos requisitos formales que la impresión de los billetes de curso legal? Y los títulos propios, ¿cómo se hacen? ¿Tienen tantos detalles? La respuesta habitual es que los títulos oficiales tienen que tener todas esas garantías por su validez, pero que los títulos propios no necesitan tanto porque no tienen la misma validez. Lo que nos debe llevar al tema de cuál es la validez de un título o certificado de aprendizaje dado por una universidad pública española: la de lo que se ha aprendido o la del cartón impreso conseguido. En el mundo de las tecnologías de la información y las comunicaciones, regular la impresión en papel de algo no es un buen indicador de modernidad.

Por ello, cuando demandamos autonomía y diversidad para las universidades públicas españolas deberíamos fomentar que todos sus títulos se considerasen como propios, como hace cualquiera de las Top Ranking Universities a las que tanto queremos parecernos. Sin embargo, la tendencia es la contraria: a conseguir el sello de oficial como signo de garantía de calidad. Ser propio de la universidad no es suficiente. Además tiene que ser oficial. Y esta tendencia es algo asumido y demandado por propios y extraños; un cambio de tendencia en este sentido será un buen indicador del de nuestra universidad en la buena dirección. Si no se modifica la actual cultura de lo oficial por unos y otros, será imposible que las universidades puedan sacar lo mejor de ellas para ofrecer aquello en lo que puedan ser más útiles a la sociedad.

Referencias

Aghion, P.; Dewatripon, M.; Hoxby, C.; Mas-Colell, A.; Sapir, A. (2008), Higher aspirations: An agenda for reforming European universities, Brussels: Brueghel Think Tank.

Empower European Universities (2012). http://empowereu.org

Fuente: adaptación del Cuaderno de Trabajo 2 de Studia XXI, “La Universidad informal.

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Comentarios
  1. Enrique Díez Barra dice: 09/09/2019 a las 10:28

    Javier dices: «¿Qué sucedería si el precio de la matrícula de un título no dependiese de su oficialidad?» y «El precio de la matrícula no debe ser la causa de la diferenciación de la naturaleza de dos títulos dentro de una misma universidad.»
    Completamente de acuerdo en lo segundo. Aunque en este caso las retribuciones adicionales asociadas a los títulos propios estarían en cuestión


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